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Santa Fe, Santa Fe, Argentina
Abogado con veleidades de constitucionalista y literato. Aprendiz de mucho, oficial de nada. Librepensador me educó mi padre...

El Castillo de Franz Kafka


Franz Kafka, el torturado



Compartimos la mejor novela jurídica de la historia, a mi gusto mejor aún que El Proceso. Sólo un abogado como Kafka logró plasmar la sensación opresiva y sin final posible de los procedimientos estatales. Como dice el refrán "Las cosas de Palacio van despacio" pero las del Castillo en que se esconden, ni siquiera despacio...



FRANZ KAFKA
EL CASTILLO

I
LA LLEGADA

Cuando K llegó era noche cerrada. El pueblo estaba cubierto por una espesa capa de nieve. Del castillo no se podía ver nada, la niebla y la oscuridad lo rodeaban, ni siquiera el más débil rayo de luz delataba su presencia. K permaneció largo tiempo en el puente de madera que conducía desde la carretera principal al pueblo elevando su mirada hacia un vacío aparente.
Se dedicó a buscar un alojamiento; en la posada aún estaban despiertos, el hostelero no tenía ninguna habitación para alquilar, pero permitió, sorprendido y confuso por el tardío huésped, que K durmiese en la sala sobre un jergón de paja. K se mostró conforme. Algunos campesinos aún estaban sentados delante de sus cervezas pero él no quería conversar con nadie, así que él mismo cogió el jergón del desván y lo situó cerca de la estufa. Hacía calor, los campesinos permanecían en silencio, aún los examinó un rato con los ojos cansados antes de dormirse.
Pero poco después le despertaron. Un hombre joven, vestido como si fuese de la ciudad, con un rostro de actor, ojos estrechos y cejas espesas permanecía a su lado junto al posadero. Los campesinos todavía seguían allí, algunos habían dado la vuelta a sus sillas para ver y escuchar mejor. El joven se disculpó muy amablemente por haber despertado a K, se presentó como el hijo del alcaide del castillo y después dijo:
—Este pueblo es propiedad del castillo, quien vive aquí o pernocta, vive en cierta manera en el castillo. Nadie puede hacerlo sin autorización del conde. Usted, sin embargo, o no posee esa autorización o al menos no la ha mostrado.
K, que se había incorporado algo, se alisó el pelo, miró desde abajo a la gente que le rodeaba y dijo:
—¿En qué pueblo me he perdido? ¿Acaso hay aquí un castillo?
—Así es —dijo lentamente el joven, mientras aquí y allá se sacudía alguna cabeza sobre K—, el castillo del Conde Westwest .
—¿Y hay que tener una autorización para pernoctar? —preguntó K como si quisiese convencerse de que no había soñado las informaciones aportadas con anterioridad.
—Hay que tener la autorización —fue la respuesta, y K captó un tono de burla cuando el joven preguntó al hostelero y a los huéspedes con el brazo extendido:
—¿O acaso no hay que tener una autorización?
—Entonces tendré que recoger la autorización —dijo K bostezando y se quitó la manta con la intención de levantarse.
—Sí, ¿y quién se la va a dar? —preguntó el joven.
—El señor conde —dijo K—, no me queda otro remedio.
—¿Solicitar ahora, a medianoche, una autorización del conde? —exclamó el joven, retrocediendo un paso.
—¿No es posible? —preguntó K con indiferencia—, entonces ¿por qué me ha despertado?
Pero el joven entró en cólera.
—¡Maneras de vagabundo! —exclamó—. ¡Exijo respeto para la autoridad condal! Precisamente le he despertado para comunicarle que debe abandonar en seguida el condado.
—Basta de comedias —dijo K con un tono llamativamente bajo, volvió a echarse y se cubrió con la manta—. joven, ha llegado demasiado lejos y mañana volveré a ocuparme de su conducta. El posadero y estos señores serán testigos, en el caso de que necesite testigos. Por ahora conténtese con saber que soy el agrimensor solicitado por el conde. Mis ayudantes vendrán mañana en coche con los aparatos. No quise perderme un paseo por la nieve, pero por desgracia me he desviado algunas veces del camino y por eso he llegado tan tarde. Que era muy tarde para presentarme en el castillo es algo que ya sabía yo mismo ates de su lección. Por esta razón me he conformado con este albergue nocturno que usted, dicho con indulgencia, ha tenido la descortesía de perturbar. Con esto he concluido mis explicaciones. Buenas. noches, señores.
Y K se volvió hacia la estufa.
—¿Agrimensor? —oyó aún que preguntaban dubitativamente a sus espaldas, luego se hizo el silencio. Pero el joven se recobró de la sorpresa y le dijo al posadero en un tono lo suficientemente apagado para interpretarse como una actitud de respeto hacia el sueño de K, pero lo suficientemente elevado como para que le fuese comprensible:
—Me informaré por teléfono.
¡Cómo! ¿Hasta un teléfono había en esa posada de pueblo? Estaban perfectamente establecidos. Ese detalle sorprendió a K, aunque en verdad lo había esperado. Resultó que el teléfono estaba situado casi encima de su cabeza, su somnolencia lo había pasado por alto. Pero si el joven quería telefonear no podría impedir, ni con toda su buena voluntad, perturbar el sueño de K. Se trataba de si K debía dejarle llamar, y decidió permitirlo. Pero entonces ya no tenía sentido simular que estaba dormido, así que volvió a ponerse boca arriba. Vio a los campesinos arrimarse tímidamente y hablar entre ellos: la llegada de un agrimensor no era algo baladí. La puerta de la cocina se había abierto, ocupando todo el umbral se encontraba la poderosa figura de la posadera; el posadero se acercó a ella de puntillas para informarla de lo sucedido. Y entonces comenzó la conversación telefónica. El alcaide dormía, pero un subalcaide, uno de los subordinados, un tal Fritz, estaba allí. El joven, que se presentó como Schwarzer, explicó que había encontrado a K, un hombre en la treintena, bastante andrajoso, durmiendo tranquilamente en un jergón de paja con una minúscula mochila como almohada y con un bastón nudoso al alcance de la mano. Era evidente qué le había resultado sospechoso, y como el posadero había descuidado ostensiblemente su deber, la obligación de Schwarzer consistía en llegar al fondo del asunto. El hecho de despertarle, el interrogatorio, la amenaza derivada del deber de expulsarlo del condado, habían sido tomados con indignación por parte de K, por lo demás, según había resultado al final, con razón, pues afirmaba ser un agrimensor solicitado por el conde. Naturalmente que suponía al menos un deber formal comprobar esa afirmación, y Schwarzer le pedía por ese motivo al señor Fritz que averiguase en la secretaría central si realmente se esperaba a un agrimensor de ese tipo y que telefonease la respuesta en seguida.
Entonces volvió el silencio. Fritz averiguaba por su cuenta y allí se esperaba la respuesta. K permaneció como hasta entonces, ni siquiera se dio la vuelta, no pareció mostrar curiosidad alguna, se limitaba a mirar ante sí. El relato de Schwarzer, en su mezcla de maldad y cautela, le dio una idea de la formación diplomática de la que disponía en el castillo gente inferior como Schwarzer. Y tampoco carecían de diligencia, la secretaría general tenía servicio nocturno. Por añadidura, daba visiblemente una rápida respuesta, ya sonaba la llamada de Fritz. Ese informe pareció muy corto, pues Schwarzer, furioso, colgó en seguida el auricular.
—¡Ya lo había dicho! —gritó—. Ninguna huella de un agrimensor, un vulgar vagabundo mentiroso, tal vez algo peor.
Por un momento K pensó que todos, Schwarzer, los campesinos, el posadero y la posadera, se iban a arrojar sobre él; para al menos evitar la primera acometida se acurrucó debajo de la manta, desde allí volvió a sacar lentamente la cabeza y oyó cómo sonaba el teléfono, pareciéndole que lo hacía con una fuerza inusitada. Pese a que era muy improbable que volviese á referirse a K, todos se quedaron estáticos y Schwarzer regresó al aparato. Allí escuchó una larga aclaración y luego dijo en voz baja:
—¿Así que un error? Esto me resulta muy desagradable. ¿El mismo jefe de oficina ha telefoneado? Extraño, muy extraño. ¿Cómo se lo voy a explicar ahora al señor agrimensor?
K escuchó. Así que el castillo le había nombrado agrimensor. Eso era por una parte desfavorable, pues mostraba que el castillo sabía todo lo necesario acerca de él, que había equilibrado las fuerzas y que emprendía la lucha sonriendo. Por otra parte también era favorable, pues eso demostraba, según su opinión, que se le menospreciaba y que gozaría de más libertad de la que había pensado desde un principio. Y si creían que se le podría mantener en un estado de continuo terror mediante ese reconocimiento de su condición de agrimensor, que, ciertamente, les otorgaba cierta superioridad moral, se equivocaban, sólo le causaba un ligero escalofrío, nada más.
K hizo una señal negativa a Schwarzer cuando intentó acercarse a él con actitud sumisa; se negó a trasladarse al dormitorio del posadero, sobre lo que se le insistió, se limitó a aceptar del hostelero una bebida para favorecer el sueño, de la hostelera una jofaina con jabón y una toalla y ni siquiera tuvo que solicitar que se vaciase la sala, pues todos se apresuraron a salir escondiendo el rostro para que no se les pudiese reconocer al día siguiente; apagaron la lámpara y finalmente tuvo tranquilidad. Durmió profundamente, sólo molestado una o dos veces por las ratas que se deslizaban por la habitación, hasta que llegó la mañana.
Después del desayuno, que, como toda la manutención, según indicaciones del posadero, corría a cargo del castillo, quería dirigirse inmediatamente al pueblo. Pero como el posadero, con quien sólo había hablado hasta ese momento lo necesario en recuerdo de su conducta del día anterior, no paraba de vagar a su alrededor con un semblante de muda súplica, sintió compasión de él y le invitó a sentarse un rato a su lado.
—Aún no conozco al conde —dijo K—, al parecer paga con generosidad el trabajo bien hecho, ¿es cierto? Cuando alguien como yo viaja tan lejos de su mujer e hijo, siempre quiere llevar algo a casa.
—A ese respecto el señor no debe preocuparse, nadie se queja aquí de salarios bajos.
—Bien —dijo K—, no soy una persona tímida y también le puedo dar mi opinión a un conde, pero siempre resulta mucho mejor resolver todos los problemas de forma pacífica.
El posadero se había sentado frente a K en el borde de la repisa de la ventana, no se atrevía a sentarse con más comodidad, y contempló a K todo el tiempo con unos grandes y temerosos ojos castaños. Al principio había hecho esfuerzos por acercarse a K, ahora parecía como si prefiriese huir de él. ¿Temía que le preguntara sobre el conde? ¿Temía la desconfianza del «señor» por el que ahora tomaba a K? K tuvo que cambiar de conversación. Miró la hora y dijo:
—Pronto llegarán mis ayudantes, ¿podrás ofrecerles aquí alojamiento?
—Por supuesto, señor —dijo—, pero, ¿no vivirán contigo en el castillo?
¿Acaso renunciaba tan fácilmente y encantado a sus huéspedes que los quería relegar a toda costa al castillo?
—Eso aún no es seguro —dijo K—, antes tengo que conocer qué trabajo quieren que realice. Si tuviera, por ejemplo, que trabajar aquí abajo, entonces sería razonable vivir aquí abajo. También temo no adaptarme a la vida arriba en el castillo. Siempre quiero ser libre.
—No conoces el castillo —dijo el posadero en voz baja.
—Es cierto —dijo K—, no se debe de juzgar con anticipación. Por el momento, del castillo no sé más que allí saben elegir al agrimensor adecuado. Tal vez haya otras ventajas.
Dicho esto, se levantó para liberarse del posadero que, intranquilo, no cesaba de morderse los labios. Desde luego no se podía ganar fácilmente la confianza de ese hombre.
Mientras K se alejaba le llamó la atención un retrato oscuro en un marco también oscuro. Ya se había fijado en él desde su lecho, pero no había podido apreciar los detalles desde esa distancia y creía que el cuadro había sido retirado quedando sólo una mancha negra. Pero, como podía comprobar ahora, se trataba de un cuadro, el busto de un hombre de unos cincuenta años. Mantenía la cabeza tan inclinada sobre el pecho que apenas se podían distinguir los ojos; esa inclinación parecía causada por la elevada y pesada frente y una nariz grande y aguileña. La barba, a causa de la posición de la cabeza, permanecía aplastada contra el mentón, pero volvía a recobrar su amplitud más abajo. La mano izquierda se hundía abierta en los cabellos, como si quisiese levantar la cabeza sin conseguirlo.
—¿Quién es? —preguntó K—. ¿El conde?
K permanecía ante el cuadro y ni siquiera se volvió hacia el posadero.
—No —dijo el posadero—, el alcaide.
—Buen aspecto tiene el alcaide del castillo —dijo K—, lástima que tenga un hijo que no le llegue a los talones.
—No —dijo el posadero, atrajo un poco a K hacia sí y le susurró en el oído:
—Ayer Schwarzer exageró, su padre no es más que un subalcaide e incluso uno de los últimos.
En ese momento el posadero le pareció a K un niño.
—¡El muy granuja! —dijo K sonriendo, pero el posadero no sonrió con él, sino que se limitó a decir:
—También su padre es poderoso.
—¡Vete! —dijo K—. Consideras a todos poderosos. ¿Acaso a mí también?
A ti —dijo con timidez y seriedad— no te considero poderoso.
—Compruebo que tienes una gran capacidad de observación —dijo K—. Dicho en confianza, no soy realmente poderoso. En consecuencia no tengo menos respeto que tú frente a los poderosos, sólo que no soy tan sincero como tú y no siempre quiero reconocerlo.
Y K dio unas palmadas en la mejilla del posadero para consolarle y ganar su favor. Entonces sonrió un poco. En realidad parecía un adolescente con su rostro suave y casi barbilampiño. ¿Cómo era posible que se hubiese podido casar con esa mujer tan gruesa y de edad tan avanzada, a la que en ese momento se podía ver a través de una ventana cómo trabajaba en la cocina con los codos bien separados del cuerpo? K, sin embargo, no quería seguir sondeando a ese hombre y terminar borrando la sonrisa que tanto le había costado obtener de él, así que le hizo una señal para que le abriese la puerta y salió a la hermosa mañana invernal.
Ahora pudo ver el castillo nítidamente destacado en el aire luminoso, con su contorno aún más realzado por la ligera capa de nieve que lo cubría todo imitando todas las formas. Además, en la montaña donde estaba situado el castillo parecía haber menos nieve que en el pueblo, donde K se desplazaba con no menos esfuerzo que el día anterior en la carretera principal. Allí alcanzaba la nieve hasta las ventanas de las casas y se acumulaba pesada sobre los bajos tejados, pero arriba, en la montaña, todo se elevaba libre y ligero, al menos eso parecía desde allí abajo.
En general, el castillo, como se mostraba desde la lejanía, correspondía a lo que K había esperado. No era ni un viejo castillo medieval ni un nuevo edificio suntuoso, sino una extensa construcción consistente en unos pocos edificios de dos pisos situados muy próximos unos de otros. Si no se hubiera sabido que era un castillo, se habría tenido por una pequeña ciudad. K sólo pudo ver una torre, si pertenecía a una vivienda o a una iglesia era algo que no se podía saber. Bandadas de cornejas la rodeaban.
Con la mirada fija en el castillo, K siguió su camino, sin que le inquietase nada más. Pero al aproximarse, el castillo le decepcionó: en realidad sí que se trataba de un miserable villorrio, compuesto de casas de pueblo, y sólo se distinguía porque tal vez todo estaba construido de piedra, pero la pintura hacía tiempo que se había caído y la piedra parecía desmenuzarse. K se acordó fugazmente de su pueblo natal: apenas tenía nada que envidiarle a ese supuesto castillo; si K hubiese venido sólo para visitarlo, la larga marcha no habría merecido la pena y habría sido más razonable haber vuelto a visitar una vez más su lugar de nacimiento, donde hacía tiempo que no había estado. Y comparó en su mente el campanario de su pueblo natal con la torre de arriba. El campanario, es cierto, no podía dudarse, se erguía recto, rejuveneciéndose en la parte superior, y coronado por un techo ancho de tejas rojas, un edificio terrenal —¿qué otra cosa podíamos construir?—, pero con una finalidad muy superior a la del achaparrado villorrio y con una expresión más luminosa que la otorgada por el sombrío día laboral. La torre de allá arriba —era lo único visible— era la torre de una vivienda, como ahora se mostraba, quizá la del castillo principal, un edificio redondo y uniforme, en parte cubierto piadosamente por la hiedra, con pequeñas ventanas que destellaban por la luz del sol —su aspecto tenía algo de descabellado—, y acababa en una especie de azotea, cuyas almenas, inseguras, irregulares, rotas, mordían el cielo azul y parecían haber sido diseñadas por un niño descuidado o acobardado. Era como si algún habitante afligido que tendría que haberse mantenido encerrado en la habitación más alejada de la casa, hubiese roto el techo y se hubiese alzado para mostrarse al mundo.
K se detuvo una vez más, como si al estar quieto poseyera más capacidad de juicio. Pero algo le perturbó. Detrás de la iglesia del pueblo, al lado de la cual se había detenido —en realidad era sólo una capilla, ampliada ligeramente para poder acoger a los feligreses— se encontraba la escuela. Ésta era un edificio largo y bajo que aunaba extrañamente el carácter provisorio y lo antiguo. Estaba situado detrás de un jardín cercado con una verja que ahora estaba cubierto de nieve. En ese preciso momento salían los niños con el maestro. Se apiñaban a su alrededor, dirigiendo hacia él todas las miradas y sin parar de hablar entre ellos. K no podía entender su forma de hablar tan rápida. El maestro, un hombre joven, pequeño y estrecho de hombros, pero, sin que resultase ridículo, muy recto, ya se había fijado en K desde lejos, si bien K era, aparte de su grupo, la única persona que podía verse en el lugar. K, como forastero, saludó primero a ese hombrecillo de aspecto autoritario.
—Buenos días, señor maestro —dijo.
Los niños enmudecieron de golpe, ese repentino silencio como preparación a sus palabras debió de agradar al maestro.
—¿Contempla el castillo? —preguntó con más amabilidad de lo que K había esperado, pero con un tono como si no aprobase lo que K estaba haciendo.
—Sí —dijo K—, soy forastero, ayer por la noche llegué a este lugar.
—¿No le gusta el castillo? —preguntó rápidamente el maestro.
—¿Cómo? —respondió K un poco confuso y repitió la pregunta de una forma más suave:
—¿Que si no me gusta el castillo? ¿Por qué supone que no me gusta?
—A ningún forastero le gusta—dijo el maestro.
Para no decir nada inapropiado, K cambió de conversación y dijo:
—¿Conoce al conde?
—No —dijo el maestro, y quiso alejarse, pero K no cedió y volvió a preguntar:
—¿Cómo? ¿No conoce al conde?
—¿Por qué tendría que conocerlo? —preguntó el maestro en voz baja y añadió en voz alta en francés—: Tenga consideración con la presencia de niños inocentes.
K se creyó entonces con derecho a preguntar:
—¿Podría visitarle, señor maestro? Permaneceré aquí largo tiempo y ya me siento un poco abandonado; no me identifico con los campesinos, y tampoco con los habitantes del castillo.
—Entre los campesinos y el castillo no hay ninguna diferencia —dijo el maestro.
—Puede ser —dijo K—, pero eso no altera mi situación. ¿Podría visitarle alguna vez?
—Vivo en la calle Schwannen, en la casa del carnicero.
Eso era más la información de una dirección que una invitación; no obstante K dijo:
—Bien, iré.
El maestro asintió con la cabeza y siguió su camino con los niños apiñados a su alrededor que ya habían reanudado su griterío. Al poco tiempo desaparecieron por una callejuela que descendía abruptamente.
K estaba preocupado, enojado por la conversación. Por primera vez desde su llegada se sentía realmente cansado. El largo camino hasta allí parecía no haberle afectado en nada —¡cómo había caminado día tras día, tranquilamente, paso a paso!—; ahora, sin embargo, se mostraban las consecuencias de ese esfuerzo enorme, y a destiempo. Se sentía irresistiblemente impulsado a buscar nuevos conocidos, pero cada nuevo conocido aumentaba su fatiga. Si ese día, en el estado en que se encontraba, se obligaba a prolongar su paseo al menos hasta la entrada del castillo, habría hecho más que suficiente.
Así que continuó su camino, pero era un largo camino. Además, la calle, esa calle principal del pueblo, no conducía al castillo, sólo pasaba cerca; después, sin embargo, como intencionadamente, torcía y, aunque no se distanciaba del castillo, tampoco se aproximaba a él. K siempre esperaba que la calle finalmente se dirigiese hacia el castillo y sólo fundándose en esa esperanza seguía avanzando; en apariencia dudaba en abandonar la calle a causa de su cansancio, también se quedó asombrado por la longitud del pueblo que no conocía fin, una y otra vez se sucedían las casuchas con las ventanas cubiertas de hielo, la nieve y la soledad; finalmente se apartó de esa calle y le acogió una callejuela estrecha, con una capa de nieve aún más profunda, donde sólo podía avanzar con gran esfuerzo al hundírsele los pies en el manto blanco; el sudor comenzó a correr por su frente; de repente se detuvo y ya no pudo seguir.
Bueno, no estaba aislado, a derecha e izquierda había casas de campesinos; hizo una bola de nieve y la arrojó contra una ventana. En seguida se abrió una puerta —la primera puerta que se abría durante toda la caminata por el pueblo— y un viejo campesino, con una chaqueta de piel de cordero, con la cabeza inclinada, apareció en el umbral, débil y amable.
—¿Puedo entrar un rato en su casa? —dijo K—, estoy muy cansado.
No pudo oír lo que le dijo el anciano, aceptó agradecido que le colocasen una tabla, que le salvaran de la nieve y que con unos pasos se hallara en una sala.
Una gran sala en la penumbra. El que venía de fuera al principio no podía ver nada. K tropezó con un cubo y una mano femenina le retuvo. Desde una esquina llegaron los lloros de un niño pequeño, de otra se elevaba humo convirtiendo la penumbra en tinieblas, K parecía estar entre nubes.
—Pero si está borracho —dijo alguien.
—¿Quién es usted? ¿Por qué lo has dejado entrar? —se oyó que decía una voz dominante dirigida al anciano—. ¿Acaso se puede dejar entrar a cualquiera que se arrastre por las calles?
—Soy el agrimensor del condado —dijo K, intentando así justificarse ante la persona aún invisible que había hablado.
—¡Ah!, es el agrimensor —dijo una voz femenina y luego siguió un completo silencio.
—¿Me conocen? —preguntó K.
—Claro que sí —dijo brevemente la misma voz.
El hecho de que le conocieran no le pareció ninguna recomendación.
Al fin se disipó algo el humo y K pudo orientarse lentamente. Parecía un día de limpieza general. Cerca de la puerta se estaba lavando ropa. El humo, sin embargo, procedía de la esquina izquierda, donde, en una cubeta de madera tan grande como K no la había visto en su vida —tenía las dimensiones de dos camas— se bañaban dos hombres en agua caliente. Pero aún más sorprendente, sin que se pudiera precisar en qué consistía la sorpresa, era la esquina derecha. De un gran tragaluz, el único en la pared del fondo, procedía, del patio, una pálida luz blanca de nieve que daba al vestido de una mujer, que casi yacía con aspecto cansado en un sillón en lo más profundo de la esquina, una apariencia sedosa. Tenía un bebé al pecho. A su alrededor jugaban un par de niños, hijos de campesinos, como se podía comprobar, pero ella no parecía ser de su misma clase, si bien la enfermedad y el cansancio también otorgan delicadeza a los campesinos.
—¡Siéntese! —dijo, resollando, uno de los hombres, uno con barba y bigote. Indicó, cómicamente, con la mano sobre el borde de la cubeta, un baúl, y al hacerlo salpicó el rostro de K con agua caliente. En el baúl se sentaba ya aletargado el anciano que le había dejado entrar. K estaba agradecido de poder sentarse al fin. Entonces nadie se preocupó de él. La mujer que hacía la colada, rubia, en plena juventud, cantaba en voz baja mientras trabajaba; los hombres en el baño pataleaban y se daban la vuelta, los niños querían acercarse a ellos, pero eran rechazados una y otra vez por chorros de agua que tampoco respetaron a K; la mujer en el sillón yacía como inánime, ni siquiera miraba a la criatura que tenía al pecho, sino hacia un lugar indeterminado en las alturas.
K contempló esa invariable imagen triste y hermosa a un mismo tiempo, pero luego debió de quedarse dormido, pues al ser llamado por alguien en voz alta, se asustó y descubrió que su cabeza se apoyaba en el hombro del anciano que estaba a su lado. Los hombres, que habían terminado de bañarse —ahora le tocaba el turno a los niños que se movían por la cubeta vigilados por la mujer rubia—, se encontraban vestidos ante K. Resultó que el gritón de la barba era el más ordinario de los dos. El otro, no más alto que el de la barba, aunque con menos barba, era un hombre silencioso y pensativo, de ancha figura y rostro también ancho, que mantenía la cabeza inclinada hacia abajo.
—Señor agrimensor —dijo—, aquí no puede quedarse. Perdone la descortesía.
—Tampoco quería quedarme —dijo K—, sólo descansar un poco. Ya lo he hecho y me voy.
—Es probable que se sorprenda de la poca hospitalidad —dijo el hombre—, pero para nosotros la hospitalidad no es costumbre, no necesitamos huéspedes.
Refrescado por el sueño y más perspicaz que antes, K se alegró por las sinceras palabras. Se movió con más libertad, apoyó su bastón aquí y allá y se acercó a la mujer tendida en el sillón; por lo demás, él era el más alto en la habitación.
—Cierto —dijo K—, para qué necesitan huéspedes. Pero en un momento u otro se necesita alguno, por ejemplo a mí, al agrimensor.
—Eso no lo sé —dijo lentamente el hombre—, si le han llamado, es probable que le necesiten, eso es una excepción; nosotros, sin embargo, gente humilde, nos atenemos a las reglas, eso no nos lo puede reprochar.
—No, no —dijo K—, sólo les puedo estar agradecidos, a ustedes y a todos los presentes.
E inesperadamente para todos, K se dio la vuelta y quedó ante la mujer. Ella miraba a K con sus ojos azules y cansados, un pañuelo de cabeza transparente de seda. le llegaba hasta la mitad de la frente, la criatura dormía en su pecho.
—¿Quién eres? —preguntó K.
Con desdén, aunque no quedaba claro si su desprecio se dirigía a K o se refería a su propia respuesta, dijo:
—Una mujer del castillo.
Todo eso sólo había durado un instante, pero K ya tenía a su derecha e izquierda a cada uno de los hombres y, como si no hubiera ningún otro medio de comunicación, le llevaron hasta la puerta en silencio pero aplicando todas sus fuerzas. El anciano se alegró de algo y aplaudió, también la mujer que lavaba se rió cuando los niños comenzaron repentinamente a hacer ruido como locos.
K se encontraba en la callejuela y los hombres le vigilaban desde el umbral de la puerta. Otra vez caía nieve, sin embargo parecía haber aclarado algo. El de la gran barba gritó impaciente:
—¿Adónde quiere dirigirse? Por aquí se va al castillo, por allí al pueblo.
K no le respondió, pero al otro, que a pesar de su superioridad le parecía el más tratable, le dijo:
—¿Quién es usted? ¿A quién tengo que agradecerle la hospitalidad? —Soy el maestro curtidor Lasemann, pero no le tiene que agradecer nada a nadie.
—Bien —dijo K—, quizá volvamos a encontrarnos.
—No lo creo —dijo el hombre.
En ese instante exclamó el de la barba con la mano levantada:
—¡Buenos días, Artur! ¡Buenos días, Jeremías!
K se dio la vuelta. ¡Así que en ese pueblo salía la gente a la calle! De la dirección del castillo venían dos jóvenes de estatura media, los dos muy delgados, con trajes estrechos, muy parecidos de rostro, de tez muy morena, pero con unas perillas tan negras que aun así destacaban. Para la condición en que se hallaba la calle avanzaban sorprendentemente deprisa, dando grandes zancadas rítmicas con sus piernas delgadas.
—¿Adónde vais? —preguntó el de la gran barba.
Sólo se podía hablar con ellos a gritos, tan rápido caminaban y no se detenían.
—¡Negocios! —exclamaron riéndose. —¿Dónde?
—¡En la posada!
—¡Hacia allí me dirijo yo también! —gritó K.
De repente, y más que cualquier otra cosa, sintió la gran necesidad de que le llevaran con ellos; trabar conocimiento con ellos no le pareció muy productivo, pero parecían alegres compañeros de camino.
Ellos oyeron las palabras de K, se limitaron a asentir con la cabeza y ya habían pasado de largo.
K aún permanecía en la nieve y tenía pocas ganas de levantar el pie para volver a hundirlo una vez más un poco más allá. El maestro curtidor y su compañero, satisfechos por haberse desembarazado definitivamente de K, se retiraron lentamente, no sin dejar de mirarle desde la casa por el resquicio de la puerta. K se quedó solo— rodeado de nieve.
—Una buena oportunidad para desesperarse un poco —pensó—, si me encontrase aquí por casualidad y no por mi propia voluntad.
En la casa situada a la izquierda se abrió de repente una ventana minúscula —cerrada había parecido azul oscura, tal vez por el reflejo de la nieve—, y era tan pequeña que al permanecer ahora abierta no se podía ver todo el rostro de la persona que miraba por ella, sólo los ojos, unos ojos castaños y ancianos.
—Allí está —oyó K que decía una voz femenina y temblorosa.
—Es el agrimensor —dijo una voz masculina. Entonces fue el hombre quien miró por la ventana y preguntó no de una manera descortés, pero sí como si le preocupase que todo estuviese en orden delante de su casa.
—¿A quién está esperando?
—A un trineo que me lleve —dijo K.
—Por aquí no pasa ningún trineo —dijo el hombre—. En esta calle no hay tráfico.
—Pero si es la calle que conduce al castillo —objetó K.
—A pesar de eso —dijo el hombre con cierta inflexibilidad— por aquí no hay tráfico.
Los dos callaron. Pero el hombre meditaba algo, pues aún mantenía abierta la ventana, de la que salía humo.
—Es un camino bastante malo —dijo K por mantener la conversación.
El hombre, sin embargo, se limitó a decir:
—Sí, es cierto.
Después de un rato añadió:
—Si quiere le llevo con mi trineo.
—Sí, por favor —dijo K con gran alegría—. ¿Cuánto me va a cobrar?
—Nada —dijo el hombre.
K se asombró.
—Usted es el agrimensor —dijo el hombre explicándose— y pertenece al castillo. ¿Adónde quiere ir?
—Al castillo —dijo rápidamente K.
—Allí no voy —dijo el hombre en seguida.
—Pero si pertenezco al castillo —dijo K repitiendo las palabras del hombre.
—Puede ser —dijo el hombre algo reservado.
—Entonces lléveme a la posada —dijo K.
—Bien —dijo el hombre—, ahora salgo con el trineo.
La conversación no le dio la impresión de amabilidad, sino la de un empeño egoísta, temeroso y casi pedante de retirar a K de la entrada de la casa.
Se abrió la puerta del patio y por ella apareció un trineo para cargas ligeras, completamente plano y sin ningún asiento, tirado por un pequeño y débil caballo, detrás salió el hombre, no un anciano, sino un hombre débil, encorvado, cojo, con un rostro delgado, colorado y con aspecto de acatarrado, que daba la impresión de ser muy pequeño debido a la bufanda de lana que rodeaba el cuello. El hombre estaba visiblemente enfermo y sólo había salido para poder desembarazarse de K. Éste hizo una alusión al respecto, pero el hombre la rechazó con señas negativas. K sólo pudo enterarse de que era el cochero Gerstäcker y que había cogido ese trineo tan incómodo porque ya estaba preparado y sacar otro habría necesitado mucho tiempo.
—Siéntese —dijo, y señaló con el látigo la parte trasera del trineo.
—Me sentaré junto a usted —dijo K.
—Entonces me marcharé —dijo Gerstäcker.
—Pero ¿por qué? —preguntó K.
—Me marcharé —repitió Gerstäcker y sufrió un ataque de tos que le sacudió tanto que se vio obligado a afirmar fuertemente sus piernas en la nieve y a sujetarse con las dos manos en el borde del trineo. K no dijo nada más, se sentó en la parte trasera del trineo, la tos se fue calmando lentamente y partieron.
El castillo allá arriba, extrañamente oscuro a esa hora, y que K había tenido la esperanza de alcanzar ese mismo día, se alejaba una vez más. Como si le quisiera dar una despedida provisional, en el castillo se oyó el repicar de una campana con un tono alegre y alado, que al menos durante un instante hizo temblar el corazón, como si le amenazase —pues el son también era doloroso— el cumplimiento de lo que él anhelaba con inseguridad. Pero al poco tiempo esa gran campana enmudeció y fue reemplazada por una campanita débil y monótona, quizá arriba o quizá ya en el pueblo. Ese repique se adaptaba mejor al lento avance y al lastimoso pero implacable cochero.
—Eh, tú —exclamó repentinamente K (ya se hallaban cerca de la iglesia, el camino hacia la posada no estaba lejos, así que K podía osar algo)—, me sorprende mucho que te atrevas a llevarme por los alrededores por tu propia cuenta. ¿Puedes hacerlo?
Gerstäcker no le prestó atención y continuó la marcha junto a su caballito.
—¡Eh! —exclamó K, cogió algo de nieve del trineo, hizo una bola, la lanzó y acertó en la oreja de Gerstäcker. Éste se detuvo y se volvió. Pero cuando K le vio así tan cerca de él —esa figura encorvada y en cierto modo maltratada; el rostro colorado, delgado y cansado, con mejillas disparejas, una plana, la otra caída; la boca abierta, con actitud de sorpresa, en la que sólo se veían unos pocos dientes— tuvo que repetir con compasión lo que antes había dicho por maldad: si Gerstäcker no podía ser castigado por transportarle.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Gerstäcker sin comprender, y no esperó ninguna aclaración, llamó al caballito y reanudó el camino.
Cuando ya se hallaban cerca de la posada —K se dio cuenta de esta circunstancia al tomar una curva—, para su sorpresa comprobó que ya había oscurecido. ¿Tanto tiempo había estado fuera? Según sus cálculos, sólo una o dos horas, y había salido por la mañana. Tampoco había sentido hambre, y hacía poco aún había percibido la claridad del día, no obstante ahora ya anochecía.
—Días cortos, días cortos —se dijo, bajó del trineo y entró en la posada.
Arriba, en la pequeña escalera del vestíbulo, le agradó ver al posadero alumbrando con un farol ante sí. Acordándose fugazmente del cochero, K se detuvo, oyó que alguien tosía en la oscuridad y comprobó que estaba detrás de él. Bien, ya le vería próximamente. Sólo cuando llegó arriba, donde estaba el posadero, que le saludaba con humildad, comprobó que había un hombre a cada lado de la puerta. Tomó el farol de las manos del posadero e iluminó a las dos personas; eran los dos jóvenes con los que se había encontrado y a los que se habían dirigido con los nombres de Artur y Jeremías. Ahora le saludaron. Sonrió en recuerdo de su servicio militar, de aquellos tiempos felices.
—¿Quiénes sois? —preguntó, y miró de uno al otro.
—Sus ayudantes —respondieron.
—Son los ayudantes —confirmó en voz baja el posadero.
—¿Cómo? —preguntó K—. ¿Sois mis antiguos ayudantes a los que dije que viniesen después de mí y a los que he estado esperando?
Ellos asintieron.
—Está bien —dijo K después de un rato—, está bien que hayáis venido.
—Por lo demás —dijo K después de otro rato—, os habéis retrasado mucho, sois negligentes.
—Era un largo camino —dijo uno de ellos.
—Un largo camino —repitió K—, pero me he encontrado con vosotros cuando regresabais del castillo.
—Sí —dijeron sin más aclaraciones.
—¿Dónde tenéis los aparatos? —preguntó K.
—No tenemos ninguno —dijeron.
—Los aparatos que os había confiado —dijo K.
—No tenemos ninguno —repitieron.
—Pero, ¿qué clase de gente sois? —dijo K—. ¿Entendéis algo de agrimensura?
—No —respondieron.
—Si sois mis antiguos ayudantes, tenéis que entender algo —dijo K.
Ellos callaron.
—Así que esas tenemos —dijo K, y los empujó delante de él hacia el interior de la casa.

2

BARNABÁS

Los tres estaban sentados juntos ante una mesita en la taberna de la posada, bebían cerveza y guardaban silencio. K en el centro, a derecha e izquierda sus ayudantes. Había otra mesa ocupada por campesinos, como en la noche anterior.
—Resulta difícil con vosotros —dijo K, y comparó sus rostros como había hecho frecuentemente con anterioridad—, ¿cómo os voy a distinguir? Sólo os diferenciáis en los nombres, en lo demás sois idénticos como... —se interrumpió y continuó maquinalmente—, como serpientes.
Ellos se rieron.
—Se nos diferencia bien —dijeron como justificación.
—Lo creo —dijo K—; yo mismo he sido testigo de ello, pero yo sólo veo con mis ojos y con ellos no puedo distinguiros. Por eso os trataré como a un solo hombre y os llamaré a los dos Artur, así se llama uno de vosotros ¿quizá tú? —preguntó K a uno de ellos.
—No —dijo éste—, yo me llamo jeremías.
—Bueno, da igual —dijo K—, os llamaré Artur a los dos. Si envío a Artur a algún lado, os vais los dos juntos, si le encargo a Artur un trabajo, lo hacéis los dos, aunque eso tiene para mí la gran desventaja de que no os puedo emplear en trabajos distintos; sin embargo, tiene la ventaja de que los dos tenéis una responsabilidad indivisible sobre todo lo que os encargue. Cómo os repartáis el trabajo que os encargue, me resulta indiferente, pero no me podéis hablar uno después del otro, para mí sois un solo hombre.
Ellos meditaron un instante y dijeron:
—Para nosotros sería muy desagradable.
—Cómo no —dijo K—; es natural que os resulte desagradable, pero así lo haré.
Ya desde hacía un rato había observado K que uno de los campesinos rondaba la mesa: finalmente se decidió, se acercó a uno de los ayudantes y quiso susurrarle algo en el oído.
—Disculpe —dijo K, golpeó con la mano en la mesa y se levantó—, éstos son mis ayudantes y ahora tenemos una entrevista. Nadie tiene derecho a molestarnos.
—¡Oh!, perdone, perdone —dijo el campesino atemorizado y regresó a su grupo.
—Esto tenéis que tenerlo muy presente —dijo K volviéndose a sentar—, no podéis hablar con nadie sin mi permiso. Yo soy aquí un forastero y si sois mis antiguos ayudantes, también vosotros sois forasteros. Nosotros, los tres forasteros, tenemos, por consiguiente, que mantenernos juntos; estrechadme entonces vuestras manos.
Con demasiada docilidad estrecharon la mano de K.
—Me habéis dado vuestra palabra —dijo—, tenéis que cumplir mis órdenes. Ahora me iré a dormir, os aconsejo que hagáis lo mismo. Hoy hemos perdido un día de trabajo, mañana tendremos que comenzar muy temprano. Tenéis que conseguir un trineo para ir al castillo y estar aquí, ante la casa, con él, a las seis de la mañana, dispuestos para partir.
—Bien —dijo uno, pero el otro se inmiscuyó:
—Dices «bien», pero sabes que es imposible.
—Silencio —dijo K—, ya queréis comenzar a distinguiros.
Pero entonces también habló el primero:
—Tiene razón, es imposible, sin autorización ningún forastero puede ir al castillo.
—¿Dónde se consigue esa autorización?
—No lo sé, tal vez del alcaide.
—Entonces intentaremos hablar con él por teléfono. Llamad en seguida al alcaide, los dos.
Corrieron hacia el aparato, pidieron la conexión —por el modo en que se afanaban aparentaban ser ridículamente obedientes— preguntaron si podía ir al castillo con ellos al día siguiente. El «no» pudo oírlo K desde su mesa, pero la respuesta fue aún más detallada: «ni mañana ni ningún otro día».
—Yo mismo telefonearé —dijo K, y se levantó. Mientras que hasta ese momento, salvo el incidente con el campesino, los presentes apenas habían reparado en K y sus ayudantes, sus últimas palabras despertaron el interés general. Todos se levantaron al mismo tiempo que K y, aunque el posadero intentó echarlos hacia atrás, se agruparon alrededor del aparato formando un semicírculo. Entre ellos predominó la opinión de que K no recibiría ninguna respuesta. K tuvo que pedirles que permaneciesen en silencio: no quería oír su opinión.
En el receptor escuchó un zumbido, como nunca lo había oído al telefonear. Era como si ese zumbido estuviese compuesto de innumerables voces infantiles, pero en realidad tampoco era un zumbido, sino un canto de voces lejanas, extremadamente lejanas, como si de ese zumbido se formase una única voz elevada y fuerte que golpeaba el oído como si quisiese penetrar más en el pobre aparato auditivo. K escuchaba sin decir nada, había apoyado el brazo izquierdo en el soporte del teléfono y escuchaba en esa postura.
No supo cuánto tiempo estuvo allí escuchando, al cabo el posadero le tiró de la chaqueta y le dijo que acababa de llegar un mensajero para él.
—¡Fuera! —gritó perdiendo el dominio de sí mismo, quizá en el auricular del teléfono, pues entonces se anunció alguien. Se desarrolló la siguiente conversación:
—Aquí Oswald, ¿quién es? —gritó una voz severa y arrogante con lo que a K le pareció un pequeño defecto en la articulación que intentaba compensar con un suplemento de severidad. K dudó en identificarse, estaba indefenso ante el teléfono: el otro podía fulminarle, colgar el auricular y K se habría cerrado un camino quizá no carente de importancia. El titubeo de K acabó con la paciencia del hombre.
—¿Quién es? —repitió, y añadió—: Me agradaría que no se telefonease tanto desde allí: hace sólo un instante se ha telefoneado.
K no se ocupó de esa indicación y anunció con una decisión repentina:
—Soy el ayudante del señor agrimensor.
—¿Qué ayudante? ¿Qué señor? ¿Qué agrimensor?
K se acordó de la conversación telefónica del día anterior.
—Pregúntele a Fritz —dijo brevemente.
Para su sorpresa surtió efecto. Pero más por el hecho de que surtiera efecto, se asombró de la centralización del servicio.
La respuesta fue:
—Ya sé, el eterno agrimensor, ja, ja. ¿Qué más? ¿Qué ayudante?
—Josef —dijo K.
Le molestaba algo el murmullo de los campesinos a sus espaldas, en apariencia no estaban de acuerdo en que no se presentase correctamente. Pero K no tenía tiempo de ocuparse de ellos, pues la conversación necesitaba de toda su concentración.
—¿Josef? —preguntaron—. Los ayudantes se llaman... —una pequeña pausa, al parecer reclamaba los nombres a otra persona—, Artur y jeremías.
—Ésos son los nuevos ayudantes —dijo K.
—No, ésos son los antiguos.
—Son los nuevos, yo, sin embargo, soy el antiguo, el que ha llegado hoy después del agrimensor.
—¡No! —gritaron.
—Entonces, ¿quién soy yo? —preguntó K con la misma tranquilidad.
Y después de una pausa la misma voz con el mismo defecto de articulación, aunque con otro tono más profundo y respetable, dijo:
—Tú eres el antiguo ayudante.
K escuchó el timbre de la voz y casi pasó por alto la pregunta: «¿Qué quieres?»
Hubiese querido colgar el auricular. De esa conversación ya no esperaba nada más. Sólo forzándose preguntó rápidamente:
—¿Cuándo puede ir mi señor al castillo?
—Nunca —fue la respuesta.
—Bien —dijo K, y colgó el auricular.
Detrás de él los campesinos se habían aproximado mucho a su persona. Los ayudantes intentaban detenerlos lanzándole a él miradas de soslayo. Pero sólo parecía ser una comedia; además, los campesinos, satisfechos con el resultado de la conversación, comenzaban a ceder lentamente. Entonces el grupo fue dividido desde atrás por un hombre con paso rápido que se inclinó ante K y le dio una carta. K mantuvo la carta en la mano y miró al hombre, ya que en ese instante le parecía más importante que la carta. Se daba una gran similitud entre él y los ayudantes, era tan delgado como ellos, con el mismo traje ceñido, también tan ágil y ligero como ellos y, sin embargo, tan diferente. ¡Ojalá K le hubiese tenido como ayudante! Le recordaba un poco a la dama con el lactante que había visto en la casa del maestro curtidor. Vestía casi por entero de blanco, el traje no era de seda, era un traje de invierno como cualquier otro, pero tenía la suavidad y solemnidad de un traje de seda. Su rostro era claro y sincero, los ojos demasiado grandes. Su sonrisa era enormemente estimulante; se pasó la mano por el rostro como si quisiese ahuyentar esa sonrisa, pero no lo logró.
—¿Quién eres? —preguntó K.
—Me llamo Barnabás —dijo—, soy un mensajero.
Sus labios se abrían y cerraban al hablar con masculinidad y, sin embargo, con suavidad.
—¿Te gusta este lugar? —preguntó K, y señaló a los campesinos, que aún no habían perdido el interés por él, y que miraban con sus rostros atormentados —el cráneo parecía como si hubiese sido aplanado desde arriba y los rasgos faciales se hubiesen formado por el dolor al ser golpeados—, sus labios gruesos, sus bocas abiertas, pero al mismo tiempo tampoco miraban, pues a veces su mirada erraba y permanecía fija en algún objeto antes de regresar; luego K señaló a los ayudantes, que se mantenían abrazados, mejilla con mejilla, y sonreían, no se sabía si humilde o burlonamente, se los señaló como si le presentase un séquito que le habían impuesto por circunstancias especiales, esperando —en ello residía la confianza y a eso era a lo que K daba importancia— que Barnabás distinguiera razonablemente entre él y ellos. Pero Barnabás —si bien con completa inocencia, como se podía reconocer— no admitió la pregunta, la dejó pasar como un criado bien educado deja pasar las palabras sólo en apariencia dirigidas a él por su señor, y se limitó a mirar a su alrededor en el sentido de la pregunta, saludando a sus conocidos entre los campesinos e intercambiando algunas palabras con los ayudantes, todo eso libre y espontáneamente, sin mezclarse con ellos. K, desairado, pero no avergonzado, volvió a la carta que tenía en la mano y la abrió. Decía lo siguiente:

«Muy señor mío:
Como usted ya sabe, ha sido aceptado en el servicio condal. Su superior más próximo es el alcalde del pueblo, quien le comunicará los detalles acerca de su trabajo y sus condiciones salariales y a quien también tendrá que dar cuenta de su trabajo. Sin embargo, no le perderé de vista. Barnabás, el portador de esta carta, le preguntará de vez en cuando para conocer sus deseos y comunicármelos a mí. Siempre me encontrará dispuesto, en cuanto sea posible, a complacerle. Deseo tener trabajadores satisfechos».

La firma era ilegible, pero impreso se podía leer: «El director de la oficina X».
—¡Espera! —le dijo K a Barnabás, quien obedeció con una ligera inclinación. A continuación, K llamó al posadero para que le mostrase su habitación, ya que deseaba permanecer un tiempo a solas con la carta. Al hacerlo recordó que Barnabás, a pesar de la simpatía que sentía hacia él, no era más que un mensajero y pidió que le sirvieran una cerveza. Prestó atención a la forma en que la aceptó, aparentemente la aceptó encantado y se la bebió en seguida. En la casa sólo habían podido poner a disposición de K una habitación en el ático, e incluso eso había creado dificultades, pues había dos criadas que habían dormido hasta entonces en ella y que habían tenido que ser alojadas en otro lugar. En realidad no se había hecho otra cosa que sacar a las criadas, en lo restante la habitación había quedado intacta, nada de sábanas nuevas en la única cama, sólo un par de almohadas y una manta de caballerizas en el mismo estado en que habían quedado después de la última noche; en la pared había algunas imágenes de santos y fotografías de soldados; ni siquiera habían aireado la habitación, al parecer no se esperaba que el huésped permaneciese allí mucho tiempo y tampoco se hacía nada para retenerlo. K, sin embargo, se mostró conforme con todo, se rodeó con la manta, se sentó a la mesa y comenzó a leer de nuevo la carta a la luz de una vela.
No era una carta uniforme, había pasajes en los que se hablaba con él como si fuese una persona independiente, a quien se le reconoce una voluntad propia, así era el encabezamiento, al igual que el pasaje que se refería a sus deseos. Sin embargo, había otros pasajes en que era tratado abierta o encubiertamente como un trabajador inferior apenas digno de la atención de ese director; éste parecía tener que esforzarse para no «perderle de vista», su superior sólo era el alcalde del pueblo, a quien incluso tenía que rendir cuentas, era probable que su único colega fuese el policía del pueblo. Ésas eran sin duda contradicciones, tan visibles que debían de ser intencionadas. Pues el pensamiento absurdo, referido a una administración como ésa, de que había actuado con indecisión, ni siquiera fue tomado en cuenta por K. Más bien advertía en ello el ofrecimiento de una elección, se dejaba a su consideración lo que quería hacer con las instrucciones de la carta: si quería ser un trabajador del pueblo con una conexión, así y todo, distinguida, pero aparente con el castillo, o un trabajador del pueblo aparente que en realidad hacía depender toda su relación laboral de las indicaciones de Barnabás. K no dudó al elegir, tampoco habría dudado sin las experiencias que ya había tenido. Sólo como trabajador del pueblo, lo más alejado posible del señor del castillo, estaba en condiciones de alcanzar algo en el castillo; esa gente del pueblo, que aún se mostraba tan recelosa frente a él, comenzaría a hablar cuando él, aunque no se hubiese convertido en su amigo, sí fuese un conciudadano, y una vez que ya no se diferenciase de un Gerstäcker o Lasemann —y esto tenía que ocurrir con gran rapidez, de ello dependía todo—, entonces se le abrirían de golpe todos los caminos que, si hubiese dependido de los señores de arriba y de su indulgencia, no sólo habrían quedado cerrados para él, sino invisibles. Es cierto que había un peligro y se había acentuado suficientemente en la carta, se había descrito con cierta alegría, como si fuese inevitable. Era la condición de trabajador. Servicio, director, superior, trabajo, condiciones salariales, dar cuenta, trabajador, la carta abundaba en todos estos términos laborales e incluso cuando se decía algo diferente, más personal, se decía desde esa perspectiva. Si K quería convertirse en un trabajador, podía hacerlo, pero entonces con terrible seriedad, sin ninguna otra intención. K sabía que no le habían amenazado con una obligación real, no la temía y aquí menos, pero sí que temía la violencia del ambiente desalentador, la habituación a las decepciones, la violencia de las influencias imperceptibles que se producirían a cada momento, pero tenía que atreverse a enfrentarse con ese peligro. La carta tampoco silenciaba que, si se llegaba a la lucha, K sería quien habría tenido la osadía de comenzarla, se había dicho con sutileza y sólo una conciencia inquieta —inquieta, no mala— podía advertirlo, eran las palabras «como usted ya sabe» respecto a su admisión en el servicio. K se había anunciado y desde ese momento sabía, como se expresaba en la carta, que había sido admitido.
K retiró una foto de la pared y colgó la carta en un clavo; en esa habitación viviría, ahí debía colgar la carta.
Luego bajó a la taberna de la posada; Barnabás estaba sentado con los ayudantes a una mesita.
—¡Ah!, estás ahí —dijo K sin motivo, sólo porque se alegró de ver a Barnabás. Éste se levantó de inmediato. Apenas entró K, los campesinos se levantaron para acercarse a él, se había convertido en una costumbre estar siempre detrás de sus talones.
—¿Qué queréis continuamente de mí? —exclamó K.
No se lo tomaron a mal y regresaron lentamente a sus asientos. Uno de ellos, mientras se retiraba, dijo como explicación y con una indefinible sonrisa, que otros imitaron:
—Siempre se entera uno de algo nuevo —y se lamió los labios como si lo «nuevo» fuese comida.
K no dijo nada reconciliador, estaba bien si recibía algo de respeto, pero apenas acababa de sentarse al lado de Barnabás, cuando ya notó el aliento de un campesino en la nuca; venía, según dijo, a coger el salero, pero K dio, enojado, una patada en el suelo, y el campesino se alejó corriendo sin el salero. Era fácil molestar a K, sólo había que incitar a los campesinos contra él: su obstinada participación le parecía más perversa que la reserva de los otros y, además, también se trataba de reserva, pues si K se hubiese sentado a su mesa, con toda seguridad no se habrían quedado sentados. Sólo la presencia de Barnabás le impidió formar un escándalo. Pero se dio la vuelta hacia ellos con actitud amenazadora, y también ellos le miraron. Al verlos así sentados, cada uno en su puesto, sin hablar entre ellos, sin un vínculo visible entre ellos, teniendo sólo en común que todos le miraban fijamente, le pareció que no se trataba de maldad lo que les impulsaba a perseguirle, tal vez querían realmente algo de él y no lo podían decir, y si no era eso, quizá se tratase sólo de infantilismo; un infantilismo que parecía abundar en esa casa, ¿acaso no era también infantil el posadero, que sostenía una jarra de cerveza para un cliente con las dos manos, permaneciendo en silencio, mirando a K y haciendo caso omiso de una llamada de la posadera, quien se había asomado por la ventana de la cocina?
K, más tranquilo, se volvió hacia Barnabás: le hubiese gustado alejar a los ayudantes, pero no encontró ninguna excusa, por lo demás . se limitaban a mirar en silencio sus cervezas.
—He leído la carta —comenzó K—. ¿Conoces su contenido?
—No —dijo Barnabás. Su mirada pareció decir más que sus palabras. Tal vez K se equivocaba para bien como con los campesinos para mal, pero siguió sintiéndose bien en su presencia.
—También se habla de ti en la carta, de vez en cuando tienes que transmitir informaciones entre la dirección y yo, por eso había pensado que conocerías el contenido.
—Sólo recibí el encargo —dijo Barnabás— de entregar la carta, esperar a que se haya leído y, si lo considerases necesario, llevar una respuesta oral o escrita.
—Bien —dijo K—, no necesita ser escrita, comunícale al señor director, ¿cómo se llama? No pude leer el nombre.
—Klamm —dijo Barnabás.
—Comunícale entonces al señor Klamm mi agradecimiento por la admisión y por su amabilidad, agradecimiento y amabilidad que, como una persona aún no adaptada a este lugar, sé valorar en lo que se merecen. Me comportaré según sus instrucciones. Por ahora no tengo ningún deseo especial.
Barnabás, que había escuchado atento, pidió a K poder repetir el mensaje. K lo permitió y Barnabás lo repitió literalmente. Luego se levantó para despedirse.
Durante todo ese tiempo K había examinado su rostro, ahora lo hizo por última vez. Barnabás era tan alto como K, sin embargo parecía como si inclinase la mirada hacia K, eso ocurría casi con humildad, pero era imposible que ese hombre pudiese avergonzar a alguien. Cierto, no era más que un mensajero, no conocía el contenido de la carta que debía entregar, pero también su mirada, su sonrisa y su paso parecían ser un mensaje, por más que no quisiera saber nada de ellos. Y K le extendió la mano, lo que pareció sorprenderle, pues él sólo hubiese querido inclinarse.
En cuanto se hubo ido —antes de abrir la puerta se había apoyado un instante con el hombro en ella y había abarcado la sala con una mirada que no dirigió a nadie en particular—, K se dirigió a sus ayudantes:
—Voy a traer de mi habitación los planos, entonces hablaremos de nuestro próximo trabajo.
Quisieron acompañarle.
—¡Quedaos aquí! —dijo K.
Pero no cejaron en su empeño. K tuvo que repetir la orden con más severidad. Barnabás ya no estaba en el pasillo, acababa de irse. Tampoco lo vio ante la casa, y volvía nevar. Gritó:
—¡Barnabás!
No hubo respuesta. ¿Acaso se encontraba aún en la casa? No parecía haber otra posibilidad. No obstante, K volvió a gritar su nombre con todas sus fuerzas: el nombre estalló en la oscuridad de la noche. Y desde la lejanía llegó una débil respuesta, tan lejos se encontraba ya Barnabás. K respondió y fue a su encuentro; en el lugar donde se encontraron ya no podían ser vistos desde la posada.
—Barnabás —dijo K, y no pudo evitar un temblor en su voz—, quería decirte algo más. Me he dado cuenta de que no funcionaría bien si tuviese que depender de tus visitas casuales si necesito algo del castillo. Si no te hubiese alcanzado ahora por pura casualidad —aún creía que estabas en la casa—, quién sabe cuánto tendría que haber esperado a tu próxima aparición.
—Puedes pedirle al director —dijo Barnabás— que me envíe regularmente a las horas que tú indiques.
—Tampoco eso sería suficiente —dijo K—, tal vez no quiera decir nada en todo un año, pero un cuarto de hora después de tu partida se me puede ocurrir algo inaplazable.
—¿Debo comunicar entonces a la dirección —dijo Barnabás— que entre ella y tú establezca otra conexión además de la mía?
—No, no —dijo K—, de ningún modo, menciono este asunto sólo de pasada, esta vez he tenido suerte y he logrado alcanzarte.
—¿Quieres que regresemos a la posada —dijo Barnabás— para que me puedas dar allí el nuevo mensaje?
Ya había dado un paso en dirección a la posada.
—Barnabás —dijo K—, no es necesario, te acompañaré un poco.
—¿Por qué no quieres ir a la posada? —preguntó Barnabás.
—La gente me molesta allí —dijo K—. Ya has visto la impertinencia de los campesinos.
—Podemos ir a tu habitación —dijo Barnabás.
—Es la habitación de las criadas —dijo K—, sucia y mal ventilada, para no quedarme allí quería acompañarte un poco, sólo tienes que dejar —añadió K para superar definitivamente sus dudas— que me apoye en ti, tú caminas con más seguridad.
Y K se cogió de su brazo. Había una profunda oscuridad, no veía su rostro, su figura era imprecisa, ya con anterioridad había intentado Palpar su brazo.
Barnabás cedió y se alejaron de la posada. Sin embargo, K sintió que él, a pesar del gran esfuerzo, no era capaz de mantener el paso de Barnabás, que impedía la libertad de sus movimientos y que incluso en circunstancias normales todo tenía que fracasar por ese detalle, y precisamente en una de las callejuelas como aquella en la que K se había hundido en la nieve por la mañana y de la que sólo podría salir llevado por Barnabás. Pero alejó esas preocupaciones y se consoló con el silencio de Barnabás; si continuaban en silencio, entonces seguir caminando podría constituir también para Barnabás la finalidad de su compañía.
Avanzaron, pero K no sabía en qué dirección, no podía reconocer nada, ni siquiera sabía si ya habían pasado la iglesia. Debido al esfuerzo que le causaba el simple hecho de caminar, ocurrió que no podía dominar sus pensamientos. En vez de permanecer fijos en su objetivo, se confundían. Una y otra vez emergió su lugar de origen y los recuerdos de él le colmaron. También allí había una iglesia en la plaza principal, en parte estaba rodeada por un viejo cementerio y éste a su vez por un elevado muro. Pocos niños habían escalado ese muro, tampoco K había sido capaz de escalarlo. No les impulsaba la curiosidad, el cementerio ya no tenía para ellos ningún secreto, muchas veces habían entrado por su puerta enrejada, era el elevado muro lo que querían superar. Una mañana —la plaza, silenciosa y vacía, estaba inundada de luz, K nunca la había visto así y jamás la volvería a ver—, le resultó sorprendentemente fácil; en un lugar donde otras veces había fracasado con frecuencia, escaló el muro a la primera con una bandera entre los dientes. Aún se desprendían piedras bajo él cuando ya estaba arriba. Desenrolló la bandera, el viento desplegó el paño, miró hacia abajo y a su alrededor, también sobre el hombro hacia las cruces hundidas en la tierra, nadie estaba en ese momento y allí más alto que él. Casualmente pasó el maestro, obligó a K a bajar con una mirada enojada y, al saltar, K se lesionó en la rodilla; sólo con esfuerzo pudo regresar a casa, pero había estado en el muro, el sentimiento de esa victoria le proporcionó seguridad para una larga vida, lo que no era del todo absurdo, pues ahora, después de muchos años, vino en su ayuda en la noche nevada caminando del brazo de Barnabás.
Se sujetó a él con más fuerza, Barnabás casi le arrastraba, el silencio no se interrumpió; del camino K sólo sabía que por el estado de la calle no se habían desviado hacia una de esas callejuelas laterales. Se alabó por no detenerse debido a la dificultad del camino o a la preocupación de tener que regresar; para que, finalmente, le arrastrasen, aún alcanzarían sus fuerzas. ¿Podía ser el camino infinito? Durante el día el castillo se había presentado ante él como un fácil objetivo y el mensajero conocía con toda seguridad el camino más corto.
Entonces Barnabás se detuvo. ¿Dónde estaban? ¿No se podía seguir? ¿Se despediría Barnabás de K? No le sería posible, K se sujetaba con tal fuerza del brazo de Barnabás que casi le hacía daño. ¿O podía haber ocurrido lo increíble y se encontraban ya en el castillo o ante sus puertas? Sin embargo, por lo que K sabía, no habían ascendido en ningún momento. ¿O Barnabás le había conducido por un camino que subía imperceptiblemente?
—¿Dónde estamos? —preguntó K en voz baja, más a él mismo que al otro.
—En casa —respondió Barnabás de la misma manera.
—¿En casa?
—Ahora ten cuidado, no vayas a resbalar. El camino desciende.
—¿Desciende?
—Sólo son unos pasos —añadió, y ya estaba llamando a una puerta.
Abrió una joven, se encontraban ante el umbral de una gran sala, casi en plena oscuridad, pues sólo brillaba una diminuta lámpara de aceite sobre una mesa en la parte trasera de la izquierda.
—¿Quién viene contigo, Barnabás? —preguntó la muchacha.
—El agrimensor —dijo él.
—El agrimensor —repitió ella en voz alta mirando hacia la mesa. A continuación, se levantaron de allí dos ancianos, hombre y mujer, y otra joven. Saludaron a K, Barnabás le presentó a todos, eran sus padres y sus hermanas Olga y Amalia. K apenas se fijó en ellos, le quitaron la chaqueta empapada para secarla en la calefacción y K dejó que lo hicieran.
Así pues, no ellos, sino Barnabás era quien estaba en su casa. Pero, ¿por qué estaban allí? K se llevó a Barnabás aparte y dijo:
—¿Por qué has venido a tu casa? ¿O es que vivís en el recinto del castillo?
—¿En el recinto del castillo? —repitió Barnabás, como si no comprendiese a K.
—Barnabás —dijo K—, tú querías ir de la posada al castillo.
—No, señor —dijo Barnabás—, yo quería ir a casa, al castillo iré por la mañana temprano, nunca duermo allí.
—Así que —dijo K— no querías ir al castillo, sólo aquí —su sonrisa le pareció lánguida, su apariencia deslucida—. ¿Por qué no me has dicho nada?
—No me has preguntado —dijo Barnabás—. Querías darme un mensaje, pero ni en la taberna ni en tu habitación, entonces pensé que me lo podrías dar en casa de mis padres sin que nadie te molestase; se alejarán en seguida, si se lo ordenas, también podrías pernoctar aquí si esto te gusta más. ¿No he hecho bien?
K no pudo responder. Había resultado ser un malentendido, un vulgar y banal malentendido y K se había abandonado a él. ¿Se había dejado encantar por la chaqueta sedosa, brillante y ajustada de Barnabás, que éste ahora se desabrochaba y debajo de la cual aparecía una camisa basta, de un color gris sucio, llena de remiendos sobre el poderoso y anguloso pecho de un siervo? Y todo lo que le rodeaba no sólo estaba en sintonía con eso, sino que llegaba a superarlo: el viejo padre gotoso, que avanzaba más gracias a sus manos que a sus piernas rígidas; la madre con las manos dobladas en el pecho que, debido a su volumen sólo podía dar pasos minúsculos; los dos, el padre y la madre, habían abandonado su esquina desde que K había entrado y aún no le habían alcanzado. Las hermanas, rubias, muy similares y también parecidas a Barnabás, pero con rasgos más duros que él, jóvenes altas y fuertes, rodeaban a los recién llegados y esperaban de K algunas palabras de saludo, él, sin embargo, no podía decir nada, había creído que en aquel pueblo todos tenían importancia para él y así era, sólo esa gente no le importaba en lo más mínimo . Si hubiese sido capaz de regresar solo a la posada, se habría ido en seguida. La posibilidad de ir con Barnabás por la mañana temprano al castillo no le tentaba. Ahora, en la noche, inadvertido, habría querido penetrar en el castillo, conducido por Barnabás, pero con el Barnabás que se le había aparecido al principio, un hombre que le estaba más próximo que cualquier otro de los que había visto allí hasta entonces, y del que había creído al mismo tiempo que poseía estrechas conexiones con el castillo que iban más allá de su rango visible. Sin embargo, con el hijo de esa familia, a la que pertenecía por completo y con la que ya estaba sentado a la mesa, con un hombre que significativamente ni siquiera podía dormir en el castillo, era imposible ir al castillo en pleno día y cogido de su brazo, era un intento ridículo y desesperado.
K se sentó en un banco situado debajo de una ventana, decidido a pasar allí la noche y a no reclamar de la familia ningún otro servicio. La gente del pueblo, que le había echado o que tenía miedo de él, le parecía menos peligrosa, pues le impulsaba a depender de sí mismo, le ayudaba a mantener concentradas sus fuerzas; esos ayudantes aparentes, sin embargo, que en vez de al castillo le conducían, gracias a una pequeña mascarada, a su familia, le apartaban de su camino; lo quisieran o no, trabajaban en la destrucción de sus fuerzas. Ignoró una llamada de invitación procedente de la mesa familiar, permaneciendo en el banco con la cabeza hundida.
En ese instante se levantó Olga, la más afable de las hermanas y, mostrando una huella de confusión juvenil, se acercó a K y le pidió que le acompañase a la mesa, en ella habían dispuesto pan y tocino e iría a traer cerveza.
—¿De dónde? —preguntó K.
—De la posada —dijo ella.
Eso le convenía a K. Le pidió que no trajera cerveza pero que le acompañara hasta la posada, pues aún tenía importantes trabajos que concluir. Sin embargo, resultó que no quería ir tan lejos, a su posada, sino a otra más cercana, a la señorial. A pesar de ello, K le pidió que le dejara acompañarla; tal vez, pensó, podría encontrar allí una posibilidad para pernoctar; en todo caso lo habría preferido a la mejor cama en esa casa. Olga no respondió en seguida, se limitó a mirar hacia la mesa. El hermano se había levantado, asintió con la cabeza y dijo:
—Si el señor así lo desea.
Con ese consentimiento, K casi estuvo a punto de retirar su petición, pues sólo podía consentir algo carente de valor. Pero cuando a continuación se habló sobre la posibilidad de que la posada admitiese a K y todos dudaron, insistió en ir sin ni siquiera hacer el esfuerzo de fundamentar razonablemente su petición; esa familia tenía que aceptarle tal como era: en cierto modo no sentía ninguna vergüenza ante ellos. Sólo le desconcertaba un poco Amalia con su mirada seria, directa e impávida, quizá también algo abúlica.
Durante el corto camino a la posada —K se asió del brazo de Olga y ella le arrastró, no podía ayudarse de otra manera, como lo había hecho su hermano—, supo que esa posada sólo estaba destinada a los señores del castillo, que allí podían comer o incluso pernoctar cuando tenían algo que hacer en el pueblo. Olga habló con K en voz baja y confidencial: era agradable ir con ella, casi como con su hermano; K se resistió a esa sensación de bienestar, pero terminó plegándose a ella.
La posada era exteriormente muy similar a la posada en que K vivía; en el pueblo no había grandes diferencias externas, pero sí que podían advertirse en seguida pequeñas: la escalera de entrada, por ejemplo, tenía una barandilla, habían fijado un pequeño farol sobre la puerta, cuando entraron ondeó un paño sobre sus cabezas, era una bandera con los colores condales. En el pasillo les salió al encuentro el posadero, que al parecer se encontraba realizando una ronda de inspección; con los ojos pequeños, examinadores o somnolientos, no se sabía muy bien, miró fugazmente a K y dijo:
—El señor agrimensor sólo puede llegar hasta el despacho de venta de consumiciones.
—Claro —dijo Olga, intercediendo en seguida—, sólo me acompaña.
K, sin embargo, desagradecido, se desprendió de Olga y se apartó con el posadero. Olga, mientras tanto, esperó pacientemente al final del pasillo.
—Desearía pernoctar aquí —dijo K.
—Por desgracia, eso es imposible —dijo el posadero—. Parece desconocer que la casa está exclusivamente destinada a los señores del castillo.
—Eso lo puede decir el reglamento —dijo—, pero tiene que ser posible dejarme dormir en algún rincón.
—Me encantaría poder satisfacer su deseo —dijo el posadero—, pero aparte de la severidad del reglamento, del que usted habla como un forastero, su deseo resulta imposible de cumplir porque los señores son extremadamente sensibles; estoy convencido de que son incapaces, al menos tomándolos desprevenidos, de soportar la mirada de un extraño; si yo le dejase dormir aquí y por una casualidad —y las casualidades siempre se producen del lado de los señores— le descubrieran, no sólo estaría yo perdido, también usted lo estaría.
Sonaba ridículo, pero era cierto. Ese señorón, abotonado hasta el cuello, que, con una mano apoyada en la pared y la otra en la cadera, con las piernas cruzadas y un poco inclinado hacia K, le hablaba en confianza, parecía no pertenecer al pueblo, por más que su oscuro traje tuviese un aspecto solemne y pueblerino.
—Le creo perfectamente —dijo K— y tampoco menosprecio la importancia del reglamento: he debido de expresarme con imprecisión. Sólo quiero llamarle la atención sobre algo, en el castillo tengo valiosas conexiones y las tendré aún más valiosas, las cuales le aseguran contra todo peligro que pudiese ocasionar mi estancia aquí y le garantizo que estoy en condiciones de agradecerle con creces un pequeño favor.
—Lo sé —dijo el posadero, y repitió una vez más—: Eso lo sé.
Ahora K tendría que haber expresado su deseo con más intensidad, pero precisamente esa respuesta del posadero le confundió, por eso se limitó a preguntar:
—¿Pernoctan hoy aquí muchos señores del castillo?
—En ese aspecto ésta es una noche ventajosa —dijo el posadero tentador en cierta manera—, sólo se queda un señor.
K no podía seguir insistiendo, pero tenía la esperanza de que lo admitiesen, así que preguntó por el nombre del huésped.
—Klamm —dijo el posadero de pasada, mientras se volvía hacia su esposa que apareció en ese momento con un vestido extrañamente envejecido y usado, lleno de arrugas y pliegues, pero de un estilo fino, de la ciudad. Quería llevarse al posadero, pues el señor director deseaba algo. Pero antes de irse, el posadero se volvió hacia K, como si no fuese él sino K quien tuviese que decidir sobre la posibilidad de pernoctar allí. K, sin embargo, no pudo decir nada; precisamente la circunstancia de que se hallase allí su superior lo había desconcertado; sin poder aclarárselo a él mismo, no se sentía tan libre ante Klamm como frente al castillo; ser descubierto por él no habría supuesto un susto en el sentido del posadero, pero sí una situación desagradable, algo así como si le ocasionase algún dolor a alguien a quien le debía agradecimiento; al mismo tiempo le oprimió severamente advertir que en esa irresolución se mostraban las temidas consecuencias de ser un subordinado, un trabajador, y que no era capaz, ni siquiera allí, donde surgían, de luchar con ellas hasta eliminarlas. Permaneció de pie, se mordió los labios y no dijo nada. Una vez más, antes de que el posadero desapareciese por una puerta, éste le miró y K le devolvió la mirada, pero no se movió de su sitio hasta que Olga vino y se lo llevó.
—¿Qué querías del posadero? —preguntó Olga.
—Quería pasar aquí la noche —dijo K.
—Pero si vas a pernoctar en nuestra casa —dijo Olga maravillada.
—Sí, claro —dijo K, y le confió la interpretación de esas palabras.

3

FRIEDA

Donde se servían las bebidas, en una habitación grande, vacía en el centro, se sentaban cerca de la pared, al lado de barriles y sobre ellos, algunos campesinos, que, sin embargo, presentaban un aspecto diferente a los de la posada de K. Eran más limpios y uniformes, vestidos con un paño basto de color amarillo grisáceo, las chaquetas eran holgadas, los pantalones ceñidos. Eran hombres pequeños, a primera vista muy parecidos, con rostros angulosos y planos, pero al mismo tiempo de mejillas redondeadas. Todos parecían tranquilos y apenas se movían, sólo con la mirada perseguían a los que habían entrado, pero lentamente y con actitud indiferente. Sin embargo, como eran tantos y reinaba tanto silencio, ejercieron en K cierto efecto. Volvió a tomar el brazo de Olga para así aclarar a aquellos hombres su presencia. En una esquina se levantó un hombre, un conocido de Olga, y quiso aproximarse a ella, pero K la obligó a volverse en otra dirección con el brazo con el que se apoyaba. Nadie salvo Olga lo pudo notar; ella lo toleró con una sonriente mirada de soslayo.
Una jovencita de nombre Frieda les sirvió la cerveza. Una pequeña, rubia e insignificante muchacha, con rasgos tristes y mejillas hundidas, que, sin embargo, sorprendía por su mirada, una mirada de especial superioridad. Cuando esa mirada recayó en K, le pareció como si esos ojos hubiesen solucionado ya asuntos que le concernían y cuya existencia ni siquiera conocía, pero de cuya existencia esa mirada le convenció. K no dejó de mirar de reojo a Frieda, tampoco cuando habló con Olga. No parecían ser amigas, sólo intercambiaron algunas palabras indiferentes. K quiso contribuir algo a la conversación y preguntó cuando menos se esperaba:
—¿Conoce al señor Klamm?
Olga se rió.
—¿Por qué te ríes? —preguntó K enojado.
—Pero si no me río —dijo, y siguió riéndose.
—Olga es aún una joven muy infantil —dijo K, y se inclinó sobre el mostrador para atraer una vez más la mirada fija de Frieda.
Sin embargo, ella la mantuvo baja y dijo en voz baja:
—¿Quiere ver al señor Klamm?
K se lo pidió. Ella señaló hacia una puerta situada a la izquierda, cerca de donde se encontraban.
Allí hay un pequeño agujero, puede mirar a través de él.
—¿Y esta gente? —preguntó K.
Ella levantó el labio inferior y se llevó a K hacia la puerta con una mano increíblemente suave. A través del agujero, que se había realizado ostensiblemente con objeto de observar, pudo abarcar casi toda la habitación. A un escritorio en el centro de la habitación, en un redondo y cómodo sillón, estaba sentado el señor Klamm iluminado intensamente por una bombilla que colgaba ante él. Era un hombre de mediana estatura, gordo y torpe. El rostro aún estaba terso, pero las mejillas caían un poco por efecto de la edad. Lucía un largo bigote. Unos quevedos torcidos que reflejaban la luz ocultaban sus ojos. Si el señor Klamm hubiese estado sentado completamente frente a la mesa, K sólo habría podido ver su perfil, pero como había adoptado una posición oblicua, le podía ver toda la cara. Klamm apoyaba el codo izquierdo en la mesa; la mano derecha, que sostenía un cigarro, descansaba sobre la rodilla. Sobre la mesa había una jarra de cerveza; como el borde de la mesa estaba elevado, K no pudo ver bien si allí había documentos, a él le parecía que estaba vacía. Para mayor seguridad le pidió a Frieda que mirase por el agujero y que le informase. Como ella había estado hacía poco en la habitación, pudo confirmarle sin más que no había ningún escrito. K le preguntó a Frieda si ya tenía que irse, pero ella le dijo que podía seguir mirando todo el tiempo que quisiese. K se había quedado solo con Frieda. Olga, como comprobó fugazmente, había encontrado el camino hacia su conocido, estaba sentada sobre un barril y pataleaba.
—Frieda —dijo K con un susurro—, ¿conoce bien al señor Klamm?
—Ah, sí, muy bien —dijo.
Se inclinó hacia K y arregló con actitud juguetona su blusa color crema que, como ahora comprobaba K, era ligeramente escotada y colgaba de su pobre cuerpo como algo ajeno. Entonces ella dijo:
—¿No se acuerda de la risa de Olga?
—Sí, la muy malcriada —dijo K.
—Bien —dijo ella reconciliadora—, había motivos para reírse, usted preguntó si yo conocía a Klamm, y soy... —aquí se enderezó involuntariamente y volvió a dirigir su mirada victoriosa hacia K, aunque no guardase ninguna relación con lo que se estaba hablando—, soy su amante.
—La amante de Klamm —dijo K.
Ella asintió con la cabeza.
—Entonces usted es para mí —dijo K sonriendo para que no hubiese demasiada seriedad entre ellos— una persona muy respetable.
—No sólo para usted —dijo Frieda amigablemente, pero sin imitar su sonrisa.
K tenía un remedio contra su altanería y lo empleó, al preguntarle:
—¿Ha estado alguna vez en el castillo?
Pero no resultó, porque ella respondió:
—No, pero ¿acaso no es suficiente con estar aquí en el despacho de bebidas?
Era evidente que su orgullo se había desbordado y precisamente quería cebarse en K.
—Cierto —dijo K—, aquí, en la taberna, usted desempeña las funciones del posadero.
—Así es —dijo ella—, y comencé como criada en la posada del puente.
—Con esas manos tan suaves —dijo K con un tono medio interrogativo y no supo si se limitaba a lisonjear o realmente había sido obligado por ella a hacerlo. Sus manos, sin embargo, eran realmente pequeñas y suaves, aunque también podría haberse dicho que eran delgadas e indiferentes.
—Nadie se ha fijado nunca en ellas —dijo ella—, ni siquiera ahora...
K la miró con actitud interrogadora, ella sacudió la cabeza y no quiso seguir hablando.
—Usted tiene, naturalmente —dijo K—, sus secretos y no hablará de ellos con alguien a quien sólo conoce desde hace una hora y que aún no ha tenido la oportunidad de contarle cuál es su situación.
Ésa fue, como se demostró en seguida, una indicación inadecuada, era como si hubiese despertado a Frieda de una agradable ensoñación, ella sacó de su cartera de piel, que colgaba de su cinturón, un trozo de madera y tapó con él el agujero en la pared, a continuación, y para ocultar su cambio de humor, le dijo visiblemente forzada:
—En lo que a usted concierne, lo sé todo, usted es el agrimensor.
Después de una pausa añadió:
Ahora tengo que trabajar.
Y ocupó su puesto detrás del mostrador, mientras entre la gente se levantaba de vez en cuando alguno para que ella le llenase la jarra vacía. K quería volver a hablar con ella de forma discreta, así que tomó una jarra vacía de un estante y se aproximó a ella.
—Sólo una cosa más, señorita Frieda —dijo—. Resulta extraordinario, y se necesita una gran energía para ascender de criada a camarera, pero ¿se puede decir que una persona así ha alcanzado ya su meta? Ésta es una pregunta absurda. En sus ojos, y no se ría de mí, señorita Frieda, no habla tanto la lucha pasada como la futura. Pero las resistencias del mundo son grandes, se tornan más grandes cuanto más grandes son los objetivos, y no supone ninguna vergüenza asegurarse la ayuda de un hombre sin influencia pero igual de combativo. Tal vez podamos hablar con tranquilidad, no aquí, donde se fijan en nosotros tantas miradas.
—No sé qué pretende usted —dijo, y en el tono esta vez, contra su voluntad, no parecían reflejarse las victorias de su vida, sino las infinitas decepciones—. ¿Acaso desea separarme de Klamm?
—¡Cielo santo! Me ha leído el pensamiento —dijo K cansado de tanto recelo—. Precisamente ésa era mi intención secreta. Usted debería abandonar a Klamm y ser mi amante. Y ahora ya me puedo ir. ¡Olga! —exclamó K—. Nos vamos a casa.
Obediente, Olga descendió del barril, pero no pudo desembarazarse en seguida de los amigos que la rodeaban. Entonces dijo Frieda en voz baja, mirando a K con un aire amenazador:
—¿Cuándo puedo hablar con usted?
—¿Puedo pernoctar aquí? —preguntó K.
—Sí —dijo Frieda.
—¿Puedo permanecer aquí?
—Salga con Olga para que me deshaga de la gente. Después de un rato puede volver.
—Bien —dijo K, y esperó impaciente a Olga.
Pero los campesinos no la dejaban, habían inventado un baile cuya protagonista era Olga; danzaban a su alrededor en corro y al lanzar un grito común salía uno del corro, aferraba la cadera de Olga con una mano y la remolineaba; el corro giraba cada vez más deprisa, los gritos, como resuellos hambrientos, se tornaron paulatinamente en uno solo; Olga, que al principio había querido romper el corro sonriente, se tambaleaba de mano en mano con el pelo suelto.
—Ésa es la gentuza que me envían —dijo Frieda, y se mordió con ira sus finos labios.
—¿Quiénes son? —preguntó K.
—Los criados de Klamm —dijo Frieda—; una y otra vez los trae consigo y su presencia me trastorna. Apenas sé de qué he hablado hoy con usted, señor agrimensor, si fue de algo malo, perdóneme, la presencia de esa gente es la culpable: es lo más despreciable y repugnante que conozco y a ellos les tengo que servir cerveza. Cuántas veces le he tenido que pedir a Klamm que los envíe a casa; si tengo que soportar a los criados de otros señores, al menos podría tener consideración conmigo, pero todo ha sido en vano, una hora antes de su llegada se abalanzan como el ganado en el establo. Pero ahora deben irse realmente al establo, que es el sitio al que pertenecen. Si usted no estuviese aquí, abriría violentamente la puerta y el mismo Klamm tendría que sacarlos de esta habitación.
—Pero, ¿no los oye? —preguntó K.
—No —dijo Frieda—, duerme.
—¿Cómo? —exclamó K—. ¿Duerme? Cuando miré en la habitación aún estaba despierto y sentado a la mesa.
—Así se sienta siempre —dijo Frieda—, también cuando usted le vio estaba durmiendo. ¿Le hubiera dejado mirar en otro caso? Ésa era su posición para dormir, los señores duermen mucho, apenas se puede comprender. Por lo demás, si no durmiese tanto, ¿cómo podría soportar a esa gente? Pero ahora tendré que expulsarlos de aquí yo misma. Cogió un látigo de una esquina y se acercó con un único salto, elevado y algo inseguro, a los danzantes. Primero se volvieron hacia ella como si fuese una nueva danzarina y, efectivamente, en un primer instante pareció como si Frieda quisiese dejar caer el látigo, pero lo volvió a alzar.
—¡En el nombre de Klamm —gritó—, al establo, todos al establo!
Entonces comprobaron que iba en serio; con un miedo incomprensible para K comenzaron a aglomerarse en la parte trasera, con el golpe del primero se abrió una puerta, el aire nocturno penetró en la habitación, y todos desaparecieron con Frieda, que al parecer los llevó por el patio hasta el establo. Pero en el silencio repentino que invadió la sala, K oyó pasos en el pasillo. Para protegerse saltó detrás del mostrador, era el único lugar donde podía esconderse; aunque no le estaba prohibido permanecer en esa zona, quería pernoctar allí, así que debía evitar que le vieran. Cuando la puerta se abrió, se deslizó en el interior. Que le descubriesen allí no dejaba de ser peligroso, en todo caso la excusa de que se había escondido allí de la furia de los campesinos no era inverosímil. Era el posadero.
—¡Frieda! —gritó, y se paseó varias veces por la habitación. Afortunadamente, Frieda regresó pronto y no mencionó a K, sólo se quejó de los campesinos y se dirigió al mostrador con la intención de encontrar a K, allí pudo K rozar su pie y a partir de ese momento se sintió seguro. Como Frieda no mencionó a K, al cabo tuvo que hacerlo el posadero.
—Y ¿dónde está el agrimensor? —preguntó.
Era un hombre cortés y bien educado por el trato duradero y relativamente libre con personas muy superiores a él, pero con Frieda hablaba empleando un tono especialmente respetuoso, que llamaba la atención porque, a pesar de ello, en la conversación no dejaba de ser el empleador frente a su empleada, además frente a una empleada bastante audaz.
—He olvidado por completo al agrimensor —dijo Frieda, y puso su pequeño pie en el pecho de K—. Se ha debido de ir hace tiempo.
—Pero yo no le he visto —dijo el posadero— y he estado casi todo el tiempo en el pasillo.
Aquí no está —dijo Frieda con indiferencia.
—A lo mejor se ha escondido —dijo el posadero—, después de la impresión que me ha dejado, le considero capaz de eso y de otras cosas.
—No creo que tenga esa osadía —dijo Frieda, y presionó aún más su pie contra K.
Había algo alegre y libre en su ser que K no había advertido antes y ese rasgo se apoderó increíblemente de ella cuando de repente, y riéndose, dijo:
—A lo mejor está escondido aquí debajo —se agachó hacia K y lo besó fugazmente para levantarse al instante y decir con un tono triste:
—No, no está aquí.
Pero también el posadero dio motivo de sorpresa cuando dijo:
—Para mí es muy desagradable no poder decir con seguridad que se ha ido. No sólo se trata del señor Klamm, sino del reglamento. Pero el reglamento, señorita Frieda, me afecta a mí tanto como a usted. Usted se hace responsable de esta sala, yo mismo registraré el resto de la casa. ¡Buenas noches! ¡Que duerma bien!
Aún no había salido de la habitación, cuando Frieda apagó la luz y ya estaba al lado de K debajo del mostrador.
—¡Amado mío! ¡Mi dulce amado! —susurró, pero ni siquiera rozó a K, como inconsciente de amor yacía sobre la espalda con los brazos extendidos; el tiempo era infinito para su amor afortunado y suspiró, más que cantó, una canción. Luego se sobresaltó, pues K estaba sumido en sus pensamientos, y comenzó a arrastrarse hacia él como si fuera una niña:
—Ven, aquí se asfixia uno.
Se abrazaron, el pequeño cuerpo ardía en las manos de K, rodaron sumidos en una inconsciencia de la que K intentó en vano liberarse; unos metros más allá chocaron con la puerta de Klamm provocan do un ruido sordo y allí yacieron sobre un charco de cerveza y rodeados de otra basura de la que el suelo estaba cubierto. Allí transcurrieron horas, horas de un aliento común, de latidos comunes, horas en las que K tuvo la sensación de perderse o de que estaba tan lejos en alguna tierra extraña como ningún otro hombre antes que él, una tierra en la que el aire no tenía nada del aire natal, en la que uno podía asfixiarse de nostalgia y ante cuyas disparatadas tentaciones no se podía hacer otra cosa que continuar, seguir perdiéndose. Y para él, al menos en un principio, no supuso ningún susto, sino un consolador amanecer, cuando alguien llamó a Frieda desde la habitación de Klamm con una voz profunda, entre indiferente y autoritaria.
—Frieda —dijo K en el oído de Frieda y transmitió la llamada.
Con una obediencia innata Frieda quiso levantarse de un salto, pero entonces se acordó de dónde estaba, se estiró, rió en silencio y dijo:
—No, no iré, nunca más iré con él.
K quiso contradecirla, quiso impulsarla a que fuese con Klamm, comenzó a buscar con ella los restos de su blusa, pero no pudo decir nada, estaba demasiado feliz de tener a Frieda en sus brazos, demasiado feliz y a un mismo tiempo asustado, pues le parecía que si Frieda le abandonaba, le abandonaba todo lo que tenía. Y como si Frieda se hubiese fortalecido con la aquiescencia de K, golpeó con su puño en la puerta y gritó:
—¡Estoy con el agrimensor! ¡Estoy con el agrimensor!
Entonces Klamm se calló. Pero K se levantó, se arrodilló junto a Frieda y miró a su alrededor en la penumbra del amanecer.
¿Qué había ocurrido? ¿Dónde estaban sus esperanzas? ¿Qué podía esperar de Frieda que había traicionado todo? En vez de avanzar con la mayor precaución como correspondía a la magnitud del enemigo y del objetivo, se había solazado allí durante toda la noche sobre restos de cerveza, cuyo olor llegaba a aturdir.
—¿Qué has hecho? —dijo ante sí—. Estamos perdidos.
—No —dijo Frieda—, sólo yo estoy perdida, pero te he ganado a ti. Tranquilízate, pero escucha cómo se ríen los dos.
—¿Quién? —preguntó K, y se volvió.
En el mostrador estaban sentados sus dos ayudantes, un poco somnolientos, pero alegres: era la alegría que da el fiel cumplimiento del deber.
—¿Qué queréis aquí? —gritó K como si fuesen culpables de todo, y buscó a su alrededor el látigo que Frieda había tenido por la noche.
—Teníamos que buscarte —dijeron los ayudantes—, como no regresaste con nosotros a la posada, te buscamos en casa de Barnabás y finalmente te encontramos aquí: hemos estado aquí sentados toda la noche. El trabajo no es fácil.
—Os necesito durante el día, no por la noche —dijo K—. ¡Largaos de aquí!
—Ya es de día —dijeron, y no se movieron.
Realmente era de día, las puertas del patio se abrieron, los campesinos inundaron la sala con Olga, a la que K había olvidado por completo. Olga estaba animada como por la noche, por más que su pelo y su vestido estuviesen desordenados; sus ojos buscaron a K desde que apareció en la puerta.
—¿Por que no viniste a casa conmigo? —dijo ella casi llorando—. ¡Por una criada como ésa! —y repitió esa exclamación varias veces.
Frieda, que había desaparecido por un instante, regresó con un hatillo. Olga se apartó con tristeza.
Ahora ya nos podemos ir —dijo Frieda.
Era evidente que se refería a la posada del puente, ése era el lugar al que quería ir. K iba acompañado de Frieda y, a continuación, los ayudantes: ésa era la comitiva. Los campesinos mostraron desprecio por Frieda, era comprensible porque ella hasta ese momento los había dominado con severidad: uno de ellos incluso tomó un bastón e hizo como si no quisiese dejarla irse hasta que no hubiese saltado sobre él, pero su mirada bastó para ahuyentarlo. Afuera, en la nieve, K pudo respirar algo: la alegría de estar al aire libre era tan grande que esta vez le pareció soportable la dificultad del camino, aunque si K hubiese estado solo, habría ido mejor. Al llegar a la posada, se dirigió directamente a su habitación y se echó en la cama; Frieda preparó un lecho en el suelo y los ayudantes entraron en la habitación, fueron expulsados, volvieron a entrar por la ventana y K se mostró demasiado cansado para expulsarlos de nuevo. La posadera vino en persona para saludar a Frieda y fue llamada «madrecita» por ésta, se produjo un saludo efusivo incomprensible con besos y largos abrazos. En la habitación no había apenas tranquilidad, con frecuencia entraron también las criadas alborotando con sus botas masculinas ya fuese para traer o para recoger algo. Si necesitaban cualquier cosa de la cama, llena de los objetos más dispares, no dudaban en sacarlas sin consideración a K. A Frieda la saludaron como si fuese una de ellas. A pesar de todas esas molestias, K permaneció en cama durante todo el día y la noche. De vez en cuando Frieda le tendía la mano. Cuando finalmente se levantó al día siguiente, recuperado por el descanso, ya era su cuarto día en el pueblo.

4

CONVERSACIÓN CON LA POSADERA

Le habría gustado hablar confidencialmente con Frieda, pero los ayudantes, con quienes, por lo demás, Frieda reía y bromeaba de vez en cuando, se lo impedían con su impertinente presencia. Desde luego no se podía decir que fuesen exigentes, se habían instalado en el suelo, sobre dos faldas viejas; su ambición, como le repitieron a Frieda, consistía en no molestar a K y en ocupar el mínimo espacio posible; a este respecto, si bien es cierto que sin dejar de susurrar y soltar risitas medio ahogadas, doblaban brazos y piernas, se acurrucaban el uno junto al otro y en la penumbra sólo se veía un gran ovillo. Sin embargo, se apreciaba muy bien que con la luz del día se convertían en observadores atentos, siempre mirando fijamente a K, ya fuese empleando sus manos como telescopios al igual que los niños en sus juegos y realizando otras cosas absurdas, o sólo parpadeando mientras parecían ocupados en el cuidado de sus barbas, a las que atribuían una gran importancia, comparándolas innumerables veces en su longitud y densidad y dejando que Frieda las juzgase. K miraba frecuentemente desde su cama con completa indiferencia los manejos de los tres.
Cuando se sintió lo suficientemente fuerte para abandonar la cama, los tres se apresuraron a servirle. No obstante, aún no estaba tan fuerte como para poderse defender de su celo, notó que por ello se veía sometido a cierta dependencia que podía tener consecuencias perjudiciales, pero no tenía más remedio que dejarlo estar. Tampoco fue muy desagradable tomarse en una mesa bien puesta el buen café que Frieda había traído, calentarse al lado de la calefacción que Frieda había encendido, hacer que los ayudantes impulsados por su celo e ineptitud bajasen y subiesen las escaleras diez veces para traer agua, jabón, un peine y un espejo, y, una última vez, porque K había expresado el deseo en voz baja de querer un vasito de ron.
En medio de todo ese ordenar y servir, K, más como resultado de su bienestar que de la esperanza de éxito, dijo:
—Salid ahora los dos, por el momento no necesito nada y quiero hablar a solas con la señorita Frieda.
Y cuando no vio en sus rostros ninguna señal de resistencia, aún les dijo para resarcirlos:
—Luego nos iremos los tres a ver al alcalde, me podéis esperar abajo en la taberna.
Por extraño que parezca le obedecieron, sólo que antes de salir dijeron:
—También podríamos esperar aquí.
K respondió:
—Lo sé, pero no quiero.
A K le pareció enojoso, aunque también, en cierto sentido, favorable, que Frieda (quien, una vez que habían salido los ayudantes, se había sentado sobre las rodillas de K), le dijese:
—¿Qué tienes, cariño, contra los ayudantes? Ante ellos no debemos tener ningún secreto. Son fieles.
—¡Ah!, conque fieles —dijo K—, me espían continuamente, su conducta es absurda y repugnante.
—Creo entenderte —dijo ella, se colgó de su cuello y quiso decir algo más pero no pudo seguir hablando y, como el sillón estaba cerca de la cama, oscilaron sobre ella y cayeron. Allí yacieron, pero no tan entregados como la noche anterior. Ella buscaba algo y él buscaba algo, furiosos, dibujándose extrañas muecas en sus rostros; buscaban horadando el pecho del otro con la cabeza, y sus abrazos y sus cuerpos violentamente entrelazados no les hacían olvidar, sino que les recordaban el deber de buscar; como perros desesperados que escarban en el suelo, así escarbaban en sus cuerpos e, irremediablemente decepcionados, para sacar algún resto más de felicidad, deslizaron sus lenguas por el rostro ajeno. Sólo el cansancio logró calmarlos y que se mostrasen mutuamente agradecidos. Entonces llegaron las criadas.
—Mira cómo están echados ahí —dijo una de ellas, y arrojó un trapo sobre ellos por compasión.
Cuando más tarde K se liberó del trapo y miró a su alrededor, comprobó —no le asombró nada— que sus ayudantes volvían a estar en su esquina, amonestándose mutuamente con seriedad mientras señalaban a K con el dedo y le saludaban, pero, además, la posadera estaba sentada al lado de la cama y remendaba un calcetín, una pequeña labor que no se compaginaba con su figura enorme que casi oscurecía la habitación.
—Estoy esperando desde hace tiempo —y alzó su rostro ancho y surcado de arrugas, aunque en general daba la extraña sensación de ser liso y quizá, en otro tiempo, hermoso. Las palabras sonaron como un reproche, un reproche inconveniente, pues K no había solicitado que acudiese. Se limitó a constatar con la cabeza sus palabras y se incorporó. También Frieda se levantó, pero abandonó a K y se apoyó en el sillón donde estaba sentada la posadera.
—Señora posadera —dijo K distraído—, ¿no puede esperar eso que me quiere decir hasta que regrese de ver al alcalde? Tengo una importante entrevista con él.
—Esto es más importante, créame señor agrimensor —dijo la posadera—, allí se trata probablemente sólo de un trabajo, aquí de un ser humano, de Frieda, mi querida sirvienta.
—¡Ah, ya! —dijo K—, entonces no entiendo por qué no nos deja ese asunto a nosotros dos.
—Por amor e inquietud —dijo la posadera, y atrajo hacia sí la cabeza de Frieda, quien, de pie, sólo llegaba al hombro de la posadera sentada.
—Como Frieda tiene tanta confianza en usted —dijo K—, no puedo hacer otra cosa. Y como Frieda ha llamado hace poco fieles a mis ayudantes, estamos entre amigos. Así que le puedo decir, señora posadera, que considero lo mejor que Frieda y yo nos casemos y, además, lo más pronto posible. Por desgracia no podré compensar a Frieda de lo que ha perdido: el puesto en la posada de los señores y la amistad de Klamm.
Frieda levantó su rostro, sus ojos estaban llenos de lágrimas, en ellos no había nada de un sentimiento de victoria.
—¿Por qué yo? ¿Por qué he sido yo la elegida?
—¿Cómo? —preguntaron K y la posadera a un mismo tiempo.
—Está confusa, pobre hija —dijo la posadera—, confusa por la coincidencia de tanta felicidad y desgracia.
Y como confirmación de esas palabras Frieda se precipitó sobre K, le besó con pasión, como si no hubiese nadie más en la habitación y cayó después de rodillas, llorando y abrazándole. Mientras acariciaba el cabello de Frieda, K preguntó a la posadera:
—¿Me da usted la razón?
—Usted es un hombre de honor —dijo la posadera, también a ella se le notaba la emoción en la voz, parecía algo decaída y respiraba con dificultad; no obstante, aún encontró la fuerza para decir:
—Ahora habrá que pensar en algunas garantías que usted debe dar a Frieda, pues por muy grande que sea el respeto que le tengo, usted sigue siendo un forastero, no puede remitirse a nadie, su situación doméstica es aquí desconocida, así que las garantías son necesarias, eso lo comprenderá, señor agrimensor, usted mismo ha destacado lo que Frieda perderá al unirse a usted.
—Por supuesto, garantías, naturalmente —dijo K—, lo mejor es que todo se haga ante un notario, pero quizá otros organismos administrativos del condado también se inmiscuyan. Por lo demás, antes de la boda tengo un asunto que resolver. Tengo que hablar con Klamm.
—Eso es imposible —dijo Frieda, levantándose un poco y apretándose contra K—. ¡Qué ocurrencia!
—Tiene que ser —dijo K—, si me resulta imposible a mí, tendrás tú que conseguirlo.
—No puedo, K, no puedo —dijo Frieda—, Klamm no hablará nunca contigo. ¿Cómo puedes creer que Klamm hablará contigo?
—¿Hablaría contigo? —preguntó K.
—Tampoco —dijo Frieda—, ni contigo ni conmigo, eso es imposible.
Se volvió hacia la posadera con los brazos extendidos.
—Vea, señora posadera, lo que reclama.
—Usted es una persona peculiar, señor agrimensor —dijo la posadera, y K quedó horrorizado al ver cómo estaba sentada, recta, con las piernas abiertas, las poderosas rodillas marcándose en la fina falda—. Usted pide algo imposible.
—¿Por qué es imposible? —preguntó K.
—Se lo explicaré —dijo la posadera en un tono como si esa aclaración no fuese un último favor sino ya la primera pena que imponía—, estaré encantada de explicárselo. Cierto, yo no pertenezco al castillo, y soy sólo una mujer, y sólo una posadera, aquí, en una posada de última categoría —bueno, no es de última categoría, pero casi—, y así es posible que no atribuya mucha importancia a mi aclaración, pero durante toda mi vida he mantenido los ojos bien abiertos y he conocido a mucha gente y yo sola he llevado todo el peso de la economía, pues mi esposo es un buen hombre, pero no un posadero, y jamás comprenderá lo que significa asumir la responsabilidad. Usted, por ejemplo, debe a su negligencia —en aquella noche yo estaba completamente agotada que siga en el pueblo, que esté aquí sentado tan cómoda y pacíficamente en la cama.
—¿Cómo? —dijo K, despertando de su distracción, más excitado por la curiosidad que por el enojo.
—Sólo lo debe a su negligencia —exclamó una vez más la posadera señalando a K con el dedo índice.
Frieda intentó apaciguarla.
—¿Qué quieres tú? —dijo la posadera con un rápido giro de todo su cuerpo—, el señor agrimensor me ha preguntado y debo responderle. No hay otra forma de que comprenda lo que a nosotros nos resulta evidente: que el señor Klamm jamás hablará con él, pero qué digo, que jamás podrá hablar con él. Escúcheme, señor agrimensor, el señor Klamm es un señor del castillo, eso ya significa por sí mismo, al margen de su otra posición, un rango muy elevado. Pero, ¿qué es usted, cuyo consentimiento para la boda buscamos tan humildemente? Usted no pertenece al castillo, no es del pueblo, usted es un don nadie. Por desgracia, sin embargo, usted es algo: un forastero, uno que siempre resulta superfluo y siempre está en camino, uno por quien siempre se producen trastornos, por cuya causa hay que esconder a las criadas, cuyas intenciones son desconocidas, uno que ha seducido a nuestra pequeña y querida Frieda y al que hay que dársela, por desgracia, como esposa. A causa de todo esto no le hago en el fondo ningún reproche. Usted es lo que es; ya he visto mucho en mi vida como para no soportar ahora esta situación. Sin embargo, imagínese lo que está pidiendo. Un hombre como Klamm debe hablar con usted. Con dolor he oído que Frieda le ha dejado mirar por el agujero de la pared, ya cuando lo hizo había sido seducida por usted. Dígame, ¿cómo ha podido soportar la mirada de Klamm? No tiene por qué responder, lo sé, la ha soportado muy bien. Usted no es capaz de ver realmente a Klamm, esto no es envanecimiento por mi parte, pues yo tampoco soy capaz. Klamm debería hablar con usted, pero él ni siquiera habla con la gente del pueblo, nunca ha hablado con alguien del pueblo. La gran distinción de Frieda, que será mi orgullo hasta la muerte, consistía en que al menos solía pronunciar su nombre, en que ella podía dirigirle la palabra cuando quería y recibía el permiso para mirar por el agujero de la pared, pero él tampoco ha hablado con ella. Y que llamase a Frieda de vez en cuando, no debe tener el significado que a uno le gustaría atribuirle, él se limitaba a pronunciar el nombre de Frieda. Pero ¿quién conoce sus intenciones? Que Frieda, naturalmente, acudiese deprisa, era asunto suyo, y que la dejasen presentarse ante él sin oponerse, se debía a la bondad de Klamm, pero no se puede afirmar que la hubiese llamado. Ahora es cierto que todo eso se ha acabado para siempre. Tal vez Klamm vuelva a pronunciar el nombre de Frieda, es posible, pero ya no la dejarán entrar, a ella, a una muchacha que es su prometida. Y hay una cosa, una sola cosa que no comprendo con mi pobre cabeza, que una joven, de la que se decía era la amante de Klamm —dicho sea de paso, considero esta expresión algo exagerada— se dejase rozar por usted.
—Cierto, eso es extraño —dijo K, y colocó a Frieda, que se sometió con la cabeza inclinada, sobre sus rodillas—, eso demuestra, según creo, que no toda la situación es como usted la describe. Así, por ejemplo, usted tiene razón cuando dice que yo ante Klamm soy un don nadie, y si ahora exijo hablar con Klamm y no me dejo influir por sus explicaciones, con eso aún no se ha dicho que sea capaz de soportar la mirada de Klamm sin la puerta interpuesta y que no correré en cuanto esté en su presencia. Pero ese temor, aunque fundado, para mí no supone un motivo para no aventurarme a afrontarlo. Si me resulta posible soportarlo, entonces es necesario que hable conmigo, me basta si puedo comprobar la impresión que le hacen mis palabras y si no le hacen ninguna o ni siquiera las escucha, habré sacado el beneficio de haber hablado libremente ante un poderoso. Usted, sin embargo, señora posadera, con todos sus conocimientos humanos y de la vida, y Frieda, que aún ayer era la amante de Klamm —no veo ningún motivo para cambiar de término—, me podrían facilitar la entrevista con Klamm, si no es posible de otra manera, entonces en la posada de los señores, quizá aún siga hoy allí.
—Es imposible —dijo la posadera—, y ya veo que le falta la capacidad de comprenderlo. Pero díganos, ¿de qué quiere hablar con Klamm?
—Sobre Frieda naturalmente —dijo K.
—¿Sobre Frieda? —dijo la posadera con incomprensión y se volvió hacia Frieda—. ¿Has oído, Frieda? Sobre ti quiere hablar con Klamm, ¡con Klamm!
—¡Ay! —dijo K—, usted es, señora posadera, una mujer tan lista y respetable y, sin embargo, la asusta cualquier pequeñez. Así es, quiero hablar con él de Frieda, eso no es tan terrible, sino más bien evidente. Pues se equivoca con toda seguridad si cree que Frieda, desde el instante en el que yo aparecí, se ha convertido en algo insignificante para Klamm. Le menosprecia si es eso lo que cree. Pienso que resulta presuntuoso por mi parte querer instruirla a este respecto, pero lo tengo que hacer. Por mi causa no ha podido alterarse nada en la relación de Klamm con Frieda. O no existía ninguna relación esencial —eso es lo que dicen aquellos que no le quieren dar el nombre honorífico de amante a Frieda—, por lo que hoy tampoco existiría, o sí existía, entonces ¿cómo podría perturbarla una persona como yo, quien, como ha dicho certeramente, es un don nadie a los ojos de Klamm? Esas cosas se creen en el primer instante del susto, pero la más pequeña reflexión debe ponerlas en su sitio. Por lo demás, dejemos que Frieda exprese su opinión sobre el asunto.
Con una mirada perdida en la lejanía, la mejilla apoyada en el pecho de K, Frieda dijo:
—Es como madre dice: Klamm no quiere saber nada más de mí. Pero, ciertamente, no porque llegaras tú, querido, nada parecido podría haberle conmocionado. Creo que fue obra suya que nos encontrásemos bajo el mostrador, esa hora fue bendecida y no maldita.
—Si es así —dijo K lentamente, pues las palabras de Frieda habían sido dulces y él había cerrado los ojos unos segundos para dejarse invadir por esas palabras—, si es así, aún hay menos motivos para temer una entrevista con Klamm.
—Verdaderamente —dijo la posadera mirándolo desde arriba—, me recuerda a veces a mi esposo, usted es tan obstinado e ingenuo como él. Lleva dos días en el pueblo y ya cree saberlo todo mejor que sus habitantes, mejor que yo, una mujer ya mayor, y que Frieda, que tanto ha visto y oído en la posada de los señores. No niego que alguna vez sea posible lograr algo contra los reglamentos o contra la costumbre, por mi parte no he visto algo parecido, pero según dicen hay ejemplos de ello, puede ser, pero entonces con toda certeza no ocurre de la manera en que usted pretende hacerlo: diciendo continuamente que no, guiándose sólo por su propia tozudez y pasando por alto los consejos bienintencionados. ¿Acaso cree que usted es el objeto de mi inquietud? ¿Me he ocupado de usted mientras estaba solo? ¿A pesar de que hubiese sido conveniente y se hubiese podido evitar algo? Lo único que le dije entonces a mi esposo fue: «Mantente alejado de él». Estas palabras deberían haber mantenido su validez también para mí en el día de hoy, si el destino de Frieda no estuviese involucrado. A ella le debe —le guste o no— mi atención, sí, incluso mi consideración. Y no puede simplemente rechazarme ya que usted es responsable ante mí, la única que cuida a la pequeña Frieda con atención maternal. Es posible que Frieda tenga razón y que todo lo que ha ocurrido haya sido la voluntad de Klamm, pero de Klamm no sé nada, jamás hablaré con él, para mí es completamente inalcanzable. Usted, sin embargo, se sienta aquí, tiene en sus manos a mi Frieda y —por qué debería callarlo— también está en mis manos. Sí, en mis manos, pues intente si no, joven, si le echo de casa, buscar un alojamiento en el pueblo, aunque sea en una caseta de perro.
—Gracias —dijo K—, ésas son palabras sinceras y las creo. Tan insegura es entonces mi posición y, por tanto, la de Frieda.
—¡No! —gritó la posadera furiosa—. La posición de Frieda no tiene a ese respecto nada que ver con la suya. Frieda pertenece a mi casa y nadie tiene el derecho de llamar insegura su posición aquí.
—Bueno, bueno —dijo K—, también le doy la razón en eso, especialmente porque Frieda, por motivos desconocidos, parece tenerle demasiado miedo para injerirse. Sigamos tratando provisionalmente sólo mi caso. Mi posición es extremadamente insegura, eso no lo niega, sino que más bien se esfuerza en demostrarlo. Como ocurre con todo lo que dice, esto es en su mayor parte cierto, pero no del todo. Así, sé de un buen alojamiento que estaría dispuesto para mí.
—¿Dónde? ¿Dónde? —exclamaron Frieda y la posadera tan simultáneamente y con tanta codicia como si tuviesen los mismos motivos para sus preguntas.
—En casa de Barnabás —dijo K.
—¡Esas granujas! —exclamó la posadera—. ¡Esas taimadas granujas! ¡En casa de Barnabás! ¿Lo habéis oído? —y se volvió hacia la esquina donde se encontraban los ayudantes, pero éstos ya hacía tiempo que se habían levantado y estaban detrás de la posadera cogidos del brazo; ella, ahora, como si necesitase un apoyo, cogió la mano de uno de ellos—. ¿Habéis oído dónde las corre el señor? ¡En la familia de Barnabás! Es cierto, ahí recibirá un alojamiento, ¡ay!, habría sido mejor que lo hubiese conseguido allí y no en la posada de los señores. Y ¿dónde pasasteis vosotros la noche?
—Señora posadera—dijo K antes de que respondiesen los ayudantes—, se trata de mis ayudantes, pero así los trata como si fueran sus ayudantes y mis vigilantes. En cualquier otra cosa estoy dispuesto, al menos, a discutir cortésmente sobre sus opiniones, pero no respecto a mis ayudantes, pues aquí el asunto está claro. Por esto le pido que no hable con mis ayudantes, y si mi solicitud no bastase les prohibo a mis ayudantes que la contesten.
—Así que no puedo hablar con vosotros —dijo la posadera, y los tres se rieron, la posadera, sin embargo, de forma burlona y con más suavidad de la que K había esperado; los ayudantes en su forma acostumbrada, significándolo todo y nada, rechazando cualquier responsabilidad.
—No te enojes —dijo Frieda—, tienes que comprender correctamente nuestra excitación. Si se quiere, en realidad debemos nuestro encuentro a Barnabás. Cuando te vi por primera vez en el mostrador —entraste del brazo de Olga— ya sabía algo sobre ti, pero en general me eras por completo indiferente. Pero no sólo tú me eras indiferente, casi todo, casi todo me era indiferente. Estaba insatisfecha con muchas cosas y algo me producía enojo, pero ¿qué clase de insatisfacción y de enojo? Por ejemplo, uno de los huéspedes me molestó en el mostrador—siempre estaban detrás de mí, ya viste a aquellos tipos, pero venían más enojosos, el servicio de Klamm no era de lo peor—, así pues, uno de ellos me molestó, ¿qué significaba eso para mí? Para mí era como si hubiese ocurrido hace muchos años o como si no me hubiese ocurrido a mí o como si hubiese escuchado cómo lo contaban o como si ya lo hubiese olvidado. Pero no lo puedo describir, ni siquiera me lo puedo imaginar más, tanto han cambiado las cosas desde que he abandonado a Klamm.
Y Frieda interrumpió su relato, inclinó con tristeza la cabeza y mantuvo las manos dobladas sobre el regazo.
—Ve usted —exclamó la posadera, y lo hizo como si no hablase ella misma sino que prestase su voz a Frieda, luego se acercó más y se sentó al lado de ella—, se da cuenta ahora, señor agrimensor, de cuáles han sido las consecuencias de su comportamiento; y también sus ayudantes, con los que no puedo hablar, pueden aprender de esta situación. Usted ha arrancado a Frieda del estado de máxima felicidad que se le podía dar y le ha sido posible porque Frieda, con su exagerada e infantil compasión, no pudo soportar que entrase colgado del brazo de Olga y que pareciese entregado a la familia de Barnabás. Le ha salvado y al hacerlo se ha sacrificado. Y ahora que ya ha ocurrido y que Frieda ha cambiado todo lo que tenía por la felicidad de sentarse sobre sus rodillas, ahora viene usted y presenta como su gran triunfo que una vez tuvo la posibilidad de poder pernoctar en la casa de Barnabás. Con eso quiere demostrar que usted es independiente de mí. Cierto, si realmente hubiese pernoctado en casa de Barnabás, sería tan independiente de mí que tendría que abandonar mi casa al instante y de la forma más rápida.
—No conozco los pecados de la familia de Barnabás —dijo K mientras Frieda, que estaba como inánime, se incorporaba cuidadosamente, se sentaba en la cama y terminaba por levantarse—. Quizá tenga usted razón en lo que dice, pero con certeza tenía yo razón cuando le pedí que nos dejase a Frieda y a mí resolver nuestros propios asuntos. Usted mencionó algo de amor y preocupación, de ello no he vuelto a notar nada, sí, sin embargo, de odio, escarnio y expulsión de la casa. Si se le había ocurrido apartar a Frieda de mí o a mí de Frieda, lo ha intentado con gran habilidad, pero me parece que no lo logrará y, si lo lograse —permítame por una vez pronunciar una oscura amenaza—, lo lamentará amargamente. En lo que se refiere al alojamiento que me ha brindado —con esas palabras parece referirse a este repugnante agujero— no resulta del todo seguro que lo haya puesto a mi disposición por propia voluntad, más bien me parece que existe una instrucción al respecto de la administración condal. Comunicaré allí que me han desahuciado de la posada y si me conceden otro alojamiento entonces podrá ya respirar con libertad, y yo con mayor profundidad. Y ahora me voy a ver al alcalde con motivo de éste y de otros asuntos. Ocúpese al menos, por favor, de Frieda, a quien ya ha maltratado lo suficiente con sus sermones maternales.
A continuación, se volvió hacia sus ayudantes.
—Venid —dijo, quitó la carta del clavo y se dispuso a salir.
La posadera había permanecido en silencio, pero en cuanto K Puso la mano en el picaporte, dijo:
—Señor agrimensor, aún me queda algo por decirle antes de que se ponga en camino, pues diga lo que quiera y me insulte como me insulte, a mí, a una mujer ya anciana, sigue siendo el futuro esposo de Frieda. Sólo por eso le digo que ignora por completo la situación que se le presenta aquí; a una le zumba la cabeza cuando le oye y cuando compara lo que dice y piensa con la realidad. No se puede arreglar esa ignorancia de una vez y quizá no se pueda nunca, pero hay muchas cosas que pueden mejorar si me cree aunque sólo sea un poco y mantiene presente el hecho de esa ignorancia. Entonces, por ejemplo, se volverá en seguida más justo conmigo y comenzará a sospechar la magnitud del susto que he sufrido —cuyos efectos aún padezco— cuando me he dado cuenta de que mi querida pequeña ha abandonado, en cierta manera, al águila, para unirse a la culebra ciega, aunque la relación real sea mucho peor y tenga que intentar olvidarla continuamente, sino no podría hablar con usted una palabra con tranquilidad. Pero ahora se ha enfadado otra vez. No, no se vaya todavía, escuche aún esto, por favor: adonde quiera que vaya sepa que sigue siendo el más ignorante y tenga cuidado, aquí en nuestra casa, donde la presencia de Frieda le protege de daños, puede decir lo que quiera, aquí nos puede mostrar, por ejemplo, cómo pretende hablar con Klamm, pero, por favor, por favor se lo pido, no se atreva a decir esas cosas en la realidad.
Se levantó algo tambaleante por la excitación, se acercó a K, tomó su mano y le miró con gesto suplicante.
—Señora posadera —dijo K—, no comprendo por qué se humilla para suplicarme una cosa así. Si, como usted dice, resulta imposible hablar con Klamm, entonces no lo podré lograr, me lo supliquen o no. Pero si fuese posible, ¿por qué tendría que renunciar a hacerlo, especialmente cuando con la refutación de su principal reproche el resto de sus temores resultan cuestionables? Es cierto, soy ignorante; sin embargo, la verdad prevalece, y eso es muy triste para mí, pero también tiene la ventaja de que el ignorante osa más, así que prefiero portar conmigo aún un poco más la ignorancia y sus malas consecuencias, al menos mientras alcancen mis fuerzas. Esas consecuencias, en lo esencial, sólo me afectan a mí, y por eso ante todo no comprendo por qué me suplica. Usted siempre cuidará de Frieda y, si desaparezco completamente de su círculo, eso significará, según su opinión, una suerte para ella. ¿Qué teme entonces? ¿Acaso teme que al ignorante le parece todo posible? —aquí K abrió la puerta—. ¿No temerá acaso por Klamm?
La posadera miró en silencio cómo salía y bajaba deprisa las escaleras con sus ayudantes detrás.

5

EN CASA DEL ALCALDE

A K, casi para su sorpresa, la entrevista con el alcalde le causaba pocas preocupaciones. Intentó explicárselo con el hecho de que, según sus experiencias hasta ese momento, el trato oficial con las autoridades condales había sido muy fácil para él. Por una parte eso se debía a que, respecto al tratamiento de sus asuntos, era evidente que se había emitido de una vez por todas un determinado principio de actuación, supuestamente muy favorable para él, y por otra, se debía a la unidad digna de admiración del servicio, que precisamente allí donde no existía en apariencia se presentía perfecta. K, cuando alguna vez pensaba en estas cosas, no estaba muy lejos de encontrar su situación satisfactoria, a pesar de que, después de los ataques de bienestar que le aquejaban, se dijera que cabalmente ahí radicaba el peligro. El trato directo con organismos administrativos no era demasiado difícil, pues éstos, por muy organizados que estuvieran, siempre tenían que defender cosas invisibles y distantes en nombre de señores invisibles y distantes, mientras que K luchaba por algo viviente y cercano, por él mismo, sobre todo, al menos últimamente, por su propia voluntad, pues él era el atacante, y no sólo él luchaba por él mismo, sino con toda seguridad por otras fuerzas que no conocía, pero en las que podía creer según las medidas de los organismos administrativos. Pero como los organismos desde un principio le habían manifestado su buena voluntad en cosas inesenciales —hasta ese momento tampoco se había tratado de más—, le habían impedido la posibilidad de pequeñas y ligeras victorias y con esa posibilidad también la correspondiente satisfacción, así como la fundada seguridad resultante de ella para otras luchas más grandes. En vez de eso le dejaban deslizarse por todas partes, eso sí, sin abandonar el pueblo, y, mediante esa táctica, le mimaban y debilitaban, evitando toda lucha y situándolo en una vida extraña, extraoficial, completamente opaca y turbia. De esa manera bien podía ocurrir, si no estaba alerta, que él algún día, pese a toda la deferencia del organismo y pese al cumplimiento completo de todas las obligaciones oficiales tan exageradamente fáciles, fuese embaucado por el favor supuestamente concedido y condujese su vida con tan poca precaución que se desmoronase, y el organismo competente, aún suave y amistoso, por decirlo así, contra su voluntad pero en nombre de cualquier orden público desconocido para él, viniese para deshacerse de él. Y ¿qué era su vida extraoficial allí? K no había visto nunca una mayor fusión entre vida y función pública que allí, tan fundidas estaban que a veces podía parecer que la vida y la función pública habían intercambiado sus puestos. ¿Qué significaba, por ejemplo, el poder formal que Klamm había ejercido hasta ahora sobre la posición oficial de K, si se comparaba con el poder real que tenía Klamm sobre su alcoba? Así concluyó que sólo había lugar para un comportamiento relajado frente a la administración, mientras que en lo restante siempre sería necesaria una gran precaución, un mirar hacia todos los lados antes de dar un paso.
K encontró por lo pronto confirmada su idea de la administración local con el alcalde. Éste, un hombre amable, obeso y afeitado pulcramente, estaba enfermo, padecía un ataque de gota y recibió a K en la cama.
Así que aquí está nuestro agrimensor—dijo; quiso levantarse para saludarle, pero no pudo y se arrojó, disculpándose y señalando hacia la pierna, de nuevo sobre el cojín. Una mujer silenciosa, casi como una sombra en la habitación oscurecida por las pequeñas ventanas y las cortinas corridas, trajo una silla a K y la colocó al lado de la cama.
—Siéntese, siéntese, señor agrimensor—dijo el alcalde—, y dígame sus deseos.
K le leyó la carta de Klamm y añadió algunos comentarios. Una vez más sintió la extraordinaria ligereza del trato con la administración. Asumían literalmente toda la carga, se les podía cargar con todo y uno quedaba intacto y libre. Como si el alcalde hubiese sentido lo mismo a su manera, se volvió incómodo en la cama. Finalmente, dijo:
—Como habrá notado, señor agrimensor, ya conocía el asunto. El que no haya emprendido nada tiene dos motivos, primero mi enfermedad, y segundo que, como usted no venía, pensé que había renunciado al trabajo. Ahora que ha sido tan amable de venir a verme, debo decirle la desagradable verdad. Ha sido aceptado como agrimensor, como usted dice, pero, por desgracia, no necesitamos a ningún agrimensor. No hay ningún trabajo para usted. Los límites de nuestras pequeñas propiedades han sido trazados, todo ha sido registrado convenientemente, apenas hay transmisiones de la propiedad y las pequeñas disputas de límites las arreglamos entre nosotros. ¿Para qué necesitamos, pues, a un agrimensor?
K, sin que hubiera pensado antes en ello, estaba convencido en su interior de haber esperado una comunicación similar. Por eso mismo pudo responder inmediatamente:
—Eso me sorprende mucho y arroja todos mis cálculos por la borda. Sólo espero que se trate de un malentendido.
—Por desgracia, no —dijo el alcalde—, es como le digo.
—Pero ¿cómo es posible? —exclamó K—, no he emprendido un viaje larguísimo para ahora ser mandado de vuelta.
—Ésa es otra cuestión —dijo el alcalde— sobre la que yo no tengo que decidir, pero le puedo explicar cómo se ha producido ese malentendido. En una administración tan grande como la del condado puede ocurrir alguna vez que un departamento disponga algo y que otro disponga otra cosa diferente, ninguno sabe del otro, el control superior, es cierto, actúa con gran precisión, pero, por su naturaleza, demasiado tarde, y así pueden originarse pequeñas confusiones. Siempre se trata de pequeñeces, como, por ejemplo, su caso; en asuntos importantes aún no he conocido un error, aunque las pequeñeces son con frecuencia lo suficientemente desagradables. En lo que concierne a su caso, le contaré abiertamente los pormenores sin secretos oficiales: para esto no llego a la categoría de funcionario, soy un campesino y nada más. Hace mucho tiempo, cuando llevaba pocos meses de alcalde, llegó un edicto, no sé de qué departamento, en el que se comunicaba de la forma categórica tan peculiar a los señores que se debía contratar a un agrimensor y en el que se encargaba a la comunidad que preparase todos los planos y registros necesarios para su trabajo. Ese edicto, naturalmente, no podía afectarle a usted, pues eso fue hace muchos años y no me habría acordado si ahora no estuviese enfermo y tuviese tiempo suficiente para reflexionar en la cama sobre las cosas más ridículas. Mizzi —dijo de repente, interrumpiendo su informe, dirigiéndose a la mujer que aún correteaba por la habitación realizando una actividad incomprensible—, por favor, mira en el armario, a lo mejor encuentras el edicto. Data —se explicó ante K— de mi primera época: en aquel tiempo aún lo guardaba todo.
La mujer abrió en seguida el armario, K y el alcalde miraban. El armario estaba lleno a rebosar de papeles, al abrirlo rodaron dos gruesos rollos de expedientes, enrollados como si fuesen troncos. La mujer saltó asustada hacia un lado.
—Abajo, tiene que estar abajo —dijo el alcalde, dirigiendo sus movimientos desde la cama. Con actitud obediente, la mujer, abarcando los expedientes con sus dos brazos, arrojó hacia abajo todo el contenido del armario para llegar a los papeles situados en la parte inferior. Los papeles ya cubrían la mitad de la habitación.
—Se ha trabajado mucho —dijo el alcalde asintiendo con la cabeza—, y eso sólo es una pequeña parte. La masa principal la he conservado en el granero, aunque la mayor parte se ha perdido. ¿Quién puede guardar todo eso? En el granero, sin embargo, aún queda mucho.
—¿Vas a encontrar de una vez el edicto? —se volvió de nuevo hacia la mujer—. Tienes que buscar un expediente en el que está la palabra «agrimensor» subrayada con color azul.
—Esto está demasiado oscuro —dijo la mujer—, traeré una vela.
Y salió de la habitación pasando por encima de los papeles.
—Mi esposa es una gran ayuda para mí —dijo el alcalde— en este trabajo pesado que, sin embargo, se debe realizar en los ratos libres. Cierto, para los escritos dispongo de un ayudante, el maestro, pero pese a ello resulta imposible terminarlo todo, siempre queda mucho sin concluir, todo eso se encuentra guardado en esas cajas —y señaló hacia otro armario—. Y sobre todo ahora que estoy enfermo, se acumula—dijo, y se recostó cansado pero con orgullo.
—¿No podría ayudar a su esposa a buscar? —dijo K cuando la mujer ya había regresado con la vela y buscaba el edicto arrodillada ante las cajas.
El alcalde sacudió sonriente la cabeza:
—Como ya le dije, no tengo secretos oficiales para usted, pero no puedo llegar tan lejos como para dejarle que busque en los expedientes. El silencio invadió la habitación, sólo se podía oír el roce de los papeles, el alcalde quizá dormitaba un poco. Un ligero golpeteo en la puerta hizo que K se diese la vuelta. Eran, naturalmente, los ayudantes. Al menos se mostraron algo educados, no irrumpieron en la habitación, sino que primero susurraron a través de la ranura de la puerta.
—Tenemos mucho frío fuera.
—¿Quién es? —preguntó el alcalde asustándose.
—Sólo se trata de mis ayudantes —dijo K—, no sé dónde me pueden esperar, en el exterior hace mucho frío y aquí molestan.
—A mí no me molestan —dijo amablemente el alcalde—, déjelos entrar. Además, les conozco. Viejos conocidos.
—Pero a mí sí que me molestan —dijo K con franqueza y dejó vagar su mirada de los ayudantes al alcalde y de éste a los ayudantes, encontrando las tres sonrisas iguales—. Pero ya que estáis aquí —dijo a modo de prueba—, entonces quedaos y ayudad a la señora a buscar un expediente en el que aparece la palabra «agrimensor» subrayada con color azul.
El alcalde no puso ninguna objeción; lo que no podía hacer K, lo podían hacer los ayudantes. Se arrojaron inmediatamente sobre los papeles, pero revolvían los montones más que buscaban, y mientras uno deletreaba un escrito, el otro se lo arrebataba continuamente de las manos. La mujer, por el contrario, estaba arrodillada ante las cajas vacías, parecía haber dejado de buscar, en todo caso la vela estaba muy lejos de ella.
—Así que los ayudantes —dijo el alcalde con una sonrisa de satisfacción, como si todo ocurriese según sus propias disposiciones, aunque nadie pudiese suponerlo—, le resultan molestos. Pero son sus propios ayudantes.
—No —dijo fríamente K—, se han unido a mí aquí.
—¿Cómo que unido? —dijo el alcalde—. Querrá decir que le han sido asignados.
—Bueno, pues asignados —dijo K—, igual podrían haber caído del cielo, tan irreflexiva fue esa asignación.
—Aquí no ocurre nada de forma irreflexiva —dijo el alcalde, olvidó incluso el dolor del pie y se sentó en la cama.
—¿Nada? —dijo K—; y ¿qué ocurre con mi contratación?
—También su contratación fue fruto de la reflexión —dijo el alcalde—, sólo que hay algunas circunstancias accesorias que han creado confusión, se lo demostraré con los expedientes.
—Esos expedientes no se van a encontrar—dijo K.
—¿No? —exclamó el alcalde—. Mizzi, por favor, busca más rápido. Pero en un principio también le puedo contar la historia sin expedientes. Aquel edicto del que ya le he hablado lo contestamos agradecidos diciendo que no necesitábamos ningún agrimensor. Esta respuesta al parecer no llegó al departamento originario, lo denominaré A, sino, erróneamente, a otro departamento B. Así pues, el departamento A se quedó sin respuesta, pero por desgracia el departamento B tampoco recibió toda nuestra respuesta, ya fuese porque el contenido del expediente se hubiese quedado aquí o porque se hubiese perdido por el camino —en el departamento desde luego no, se lo puedo garantizar—, el caso es que al departamento B sólo llegó una carpeta del expediente en la que no había nada indicado salvo que se trataba del expediente incluido, pero en realidad desgraciadamente perdido, de la contratación de un agrimensor. Mientras, el departamento A esperó nuestra respuesta; es cierto que tenía notas sobre el asunto, pero como suele ocurrir comprensiblemente y puede ocurrir debido a la precisión con que se llevan todos los casos, el encargado confió en que responderíamos y que él luego o contrataría al agrimensor o seguiría manteniendo correspondencia con nosotros según las necesidades. Por consiguiente, descuidó las notas y se olvidó de todo. Al departamento B, sin embargo, llegó la carpeta, en concreto a un funcionario famoso por su escrupulosidad, se llama Sordini, un italiano, incluso para mí, un iniciado, resulta incomprensible por qué un hombre de sus capacidades ocupa uno de los puestos más subordinados. Este Sordini, naturalmente, nos envió la carpeta vacía para que incluyésemos el expediente. Ahora bien, desde el primer escrito del departamento A habían pasado muchos meses, cuando no años, y esto es comprensible, pues, cuando, como es la regla, un expediente recorre el camino correcto, llega a su departamento a más tardar en un día y se soluciona en ese mismo día, pero cuando yerra el camino, y debe buscar con celo en la excelencia de la organización el camino correcto, si no lo encuentra, entonces dura mucho tiempo. Cuando recibimos la nota de Sordini, sólo nos podíamos acordar difusamente del asunto, en aquel tiempo sólo éramos dos en el trabajo, Mizzi y yo, aún no me habían asignado al maestro, y sólo conservábamos copias de los asuntos más importantes. En suma, sólo pudimos responder de forma vaga que no sabíamos nada de esa contratación y que no necesitábamos a ningún agrimensor.
—Pero —se interrumpió a sí mismo el alcalde como si hubiese llegado demasiado lejos en su celo narrativo o como si al menos existiese esa posibilidad de haber llegado demasiado lejos— ¿no le aburre la historia?
—No, nada de eso —dijo K—, me divierte.
A eso contestó el alcalde:
—No se la cuento para su diversión.
—Sólo me divierte —dijo K— porque me deja entrever la ridícula confusión que, bajo determinadas circunstancias, puede decidir sobre la existencia de un hombre.
—Aún no ha podido entrever nada—dijo el alcalde con seriedad—, y puedo seguir contándole la historia. Con nuestra respuesta, evidentemente, un Sordini no podía quedar satisfecho. Admiro a ese hombre, aunque para mí resulta un tormento. No se fía de nadie; aun cuando, por ejemplo, ha conocido a alguien en innumerables ocasiones como el hombre más digno de confianza, siempre desconfía de él en la siguiente ocasión y, además, como si no lo conociese de nada o, mejor, como si le conociera como un granuja. Considero que su forma de actuación es correcta: un funcionario debe proceder así, por desgracia no puedo seguir ese principio debido a mi carácter. Ya ve como le muestro todo abiertamente, a un extraño; no puedo actuar de otro modo. Sordini, sin embargo, consideró inmediatamente con desconfianza nuestra respuesta. Entonces se desarrolló una numerosa correspondencia. Sordini preguntó por qué se me había ocurrido de repente que no había que contratar a ningún agrimensor. Yo respondí con ayuda de la excelente memoria de Mizzi que la iniciativa había partido de la administración (ya hacía mucho tiempo que nos habíamos olvidado de que se trataba de otro departamento); Sordini, por el contrario: ¿por qué menciona ahora este escrito oficial?; yo otra vez: porque me acabo de acordar de él; Sordini: eso es muy extraño; yo: eso no es extraño en un asunto que se arrastra ya desde hace tanto tiempo; Sordini: sí que es extraño, pues el escrito del que yo me había acordado, no existe; yo: naturalmente que no existe, porque se ha perdido el expediente; Sordini: pero debe de haber una nota respecto a ese primer escrito. Yo: pues no la hay. Aquí me detuve, pues no osé afirmar ni creer que en el departamento de Sordini se había deslizado un error. Quizá usted, señor agrimensor, reproche en su mente a Sordini que la consideración a mi afirmación al menos tendría que haberle impulsado a investigar el asunto en otros departamentos. Pero precisamente eso no hubiese sido correcto; no quiero que en sus pensamientos quede una mácula sobre ese hombre; es un principio laboral fundamental de la administración que no se cuente con la posibilidad de errores. Ese principio está autorizado por la exquisita organización del Todo y es necesario cuando se quiere alcanzar una gran velocidad en la conclusión de los asuntos. Así pues, Sordini no pudo investigar en otros departamentos; además, esos departamentos no le habrían respondido, pues habrían advertido en seguida que se trataba de la investigación de un posible error.
—Permítame, señor alcalde, que le interrumpa con una pregunta —dijo K—, ¿no mencionó antes un organismo de control? El funcionamiento de la administración es tal, según lo que me cuenta, que me produce vértigo la sola idea de que ese control no se llegase a aplicar.
—Usted es muy severo —dijo el alcalde—, pero multiplique su severidad por mil y seguirá siendo una minucia comparada con la severidad que aplica la administración contra sí misma. Sólo un completo forastero como usted puede plantear esa pregunta. ¿Que si hay organismos de control? Sólo hay organismos de control. Cierto, no tienen como misión descubrir errores en el sentido grosero del término, pues en realidad no se producen errores y en el caso de que se produzca uno, como el suyo, ¿quién puede afirmar definitivamente que se trata de un error?
—¡Eso sería algo completamente nuevo! —exclamó K.
—Para mí es algo muy viejo —dijo el alcalde—. No estoy convencido de una manera muy diferente a la suya de que se ha producido un error; Sordini, a causa de la desesperación que le ha causado, ha enfermado gravemente, y los primeros organismos de control, a quienes debemos el descubrimiento del origen del error, también lo reconocen. Pero ¿quién puede afirmar que los segundos órganos de control juzgarán de la misma manera, y también los terceros y los restantes?
—Puede ser —dijo K—, prefiero no injerirme en esas especulaciones; también es la primera vez que oigo de esos órganos de control y, naturalmente, no los puedo comprender. No obstante, creo que aquí hay que distinguir dos cosas, la primera es lo que ocurre en el seno de la administración y lo que se puede entender de una manera u otra como oficial, y, en segundo lugar, mi persona real, yo mismo, que permanezco fuera del ámbito administrativo y a quien amenaza un perjuicio tan absurdo por parte de la administración que aún no puedo creer en la seriedad del peligro. Para lo primero probablemente posea validez, señor alcalde, lo que ha contado con tan extraordinario y asombroso conocimiento de causa, pero quisiera oír aunque sólo sea una palabra acerca de mi persona.
—Ahora voy a eso —dijo el alcalde—, pero no podría haberlo comprendido si no hubiera dicho lo anterior. Al mencionar los órganos de control me he anticipado. Así que regreso a las divergencias con Sordini. Como le he mencionado, mi defensa fue cediendo lentamente. Pero cuando Sordini tiene en la mano cualquier ventaja, por mínima que sea, ya ha vencido, pues entonces se intensifican su atención, su energía y su presencia de ánimo, siendo una visión horrible para el atacado y espléndida para el enemigo del atacado. Porque he experimentado esto último, puedo contárselo, como así hago. Por lo demás, aún no he logrado verle, él no puede bajar, tiene demasiado trabajo, me han descrito su despacho como una habitación consistente en paredes cubiertas con columnas de expedientes, y ésos son sólo los expedientes en los que está trabajando en ese momento, y como los expedientes se están sacando y metiendo continuamente, ocurriendo todo con gran prisa, las columnas se derrumban y precisamente el ruido y los crujidos que producen se han convertido en el distintivo del despacho de Sordini. Así es, Sordini es un trabajador y dedica al caso más pequeño el mismo cuidado que al más grande.
—Usted siempre denomina, señor alcalde, mi caso como uno de los más pequeños y, sin embargo, ha ocupado ya a muchos funcionarios; si al principio quizá era muy pequeño, se ha convertido por el celo de funcionarios como Sordini en un caso grande. Por desgracia, y en contra de mi voluntad, puesto que mi celo no me lleva a originar columnas de expedientes referentes a mí y a hacer que se derrumben, sino a trabajar tranquilamente en mi humilde mesa de diseño como un humilde agrimensor.
—No —dijo el alcalde—, no es ningún caso grande, en este sentido no tienen ningún motivo para quejarse, es uno de los casos más pequeños entre los pequeños. El volumen de trabajo no determina el rango del caso; sigue estando muy lejos de comprender a la administración, si es eso lo que cree. Pero incluso si dependiese del volumen de trabajo, su caso sería uno de los más insignificantes; los casos normales, es decir, aquellos en los que no se producen los supuestos errores, dan mucho más trabajo y, por añadidura, más productivo. Por lo demás, usted no sabe nada del trabajo que causó su caso, de eso quiero hablarle ahora. Al principio Sordini me dejó de lado, pero sus funcionarios vinieron, se produjeron diariamente interrogatorios de miembros respetados de la comunidad en la posada de los señores, de todos esos interrogatorios se levantó acta. La mayoría me apoyó, sólo unos pocos se quedaron extrañados, la cuestión de la agrimensura afecta a los campesinos, sospechaban algún acuerdo secreto, alguna injusticia, además encontraron un líder, y Sordini debió de llegar a la conclusión de que si sometía la cuestión al consejo municipal no todos se habrían mostrado contrarios a la contratación de un agrimensor. Así, algo evidente, esto es, que no necesitábamos a ningún agrimensor, se convirtió al menos en algo cuestionable. En especial destacó al respecto un tal Brunswick, usted no le conoce, quizá no sea un mal tipo, pero sí tonto y fantasioso, es un cuñado de Lasemann.
—¿Del maestro curtidor? —preguntó K, y describió al hombre con barba que había visto en la casa de Lasemann.
—Sí, es él —dijo el alcalde.
—También conozco a su esposa —dijo K un poco a la buena de Dios.
—Es posible —dijo el alcalde, y enmudeció.
—Es hermosa —dijo K—, pero un poco pálida y enfermiza. Parece que procede del castillo —esto último lo pronunció en un tono casi interrogativo.
El alcalde miró la hora, puso algo de medicina en una cuchara y la tragó con premura.
—Del castillo usted sólo conoce la zona administrativa, ¿verdad? —preguntó K con rudeza.
—Sí —dijo el alcalde con una sonrisa irónica y, sin embargo, agradecida—, es la más importante. Y en lo que concierne a Brunswick: si pudiéramos excluirlo de la comunidad, casi todos seríamos felices y Lasemann no menos que los demás. Pero en aquella época Lasemann ganó algo de influencia; desde luego no es un orador, pero sí un gritón y eso les basta a algunos. Y así ocurrió que me vi obligado a presentar el caso ante el consejo municipal, por lo demás el único éxito de Brunswick, pues, naturalmente, el consejo municipal, en su gran mayoría, no quería saber nada de un agrimensor. También esto ocurrió hace mucho tiempo, pero el asunto nunca ha llegado a tranquilizarse del todo, en parte por la escrupulosidad de Sordini, quien intentó averiguar los motivos tanto de la mayoría como de la oposición mediante las comprobaciones más cuidadosas, en parte por la necedad y el celo de Brunswick, que mantiene diversas relaciones personales con la administración y que ponía en movimiento con nuevas invenciones de su fantasía. Sordini, sin embargo, no se dejó embaucar —¿cómo podría embaucar Brunswick a Sordini?—, pero, incluso para no dejarse embaucar, era necesario iniciar nuevas averiguaciones y antes de que se hubiesen concluido, a Brunswick ya se le había ocurrido algo nuevo, pues es muy dinámico, eso forma parte de su necedad. Y ahora llego a una característica especial de nuestro aparato administrativo. Debido a su precisión también es extremadamente sensible. Cuando se ha ponderado un asunto durante mucho tiempo, puede ocurrir, sin que las consideraciones se hayan terminado, que surja repentinamente, como un rayo, una decisión del caso en un lugar impredecible e ilocalizable, una decisión que termina con él de manera arbitraria aunque, la mayoría de las veces, de forma correcta. Es como si el aparato administrativo no hubiese podido soportar más la tensión causada por la irritación de tantos años debido a la misma insignificante cuestión, y hubiese tomado por sí misma la decisión, sin la colaboración de los funcionarios. Naturalmente, no se ha producido ningún milagro y con toda certeza ha sido algún funcionario quien ha escrito la conclusión o tomado una decisión ágrafa, pero en todo caso, al menos por nuestra parte o por la de la administración, no se puede afirmar qué funcionario ha decidido en esa ocasión y por qué motivos. Son los órganos de control los que pueden constatarlo mucho después, aunque nosotros ya no lo sabremos nunca, además tampoco se interesaría nadie más por eso. Como he dicho, sin embargo, esas decisiones son la mayoría de las veces excelentes, sólo molesta de ellas que, como acostumbra a ocurrir, de esas decisiones sólo se sabe mucho después y, por lo tanto, mientras, se sigue discutiendo apasionadamente sobre el asunto ya decidido hace tiempo. No sé si en su caso se produjo una decisión semejante —hay circunstancias que hablan a favor y otras en contra—, pero si hubiera ocurrido, entonces le habrían enviado a usted el contrato y habría realizado el largo viaje hasta aquí; mientras, habría transcurrido mucho tiempo y Sordini habría seguido trabajando en el mismo asunto hasta la extenuación, Brunswick habría seguido intrigando y yo habría sido atormentado por los dos. Me limito a indicar esa posibilidad, con certeza sólo sé lo siguiente: un organismo de control descubrió entretanto que del departamento A salió hace muchos años una interpelación a la comunidad referente a un agrimensor sin que hasta ese momento hubiese llegado una respuesta. Me volvieron a preguntar y se volvió a aclarar toda la cuestión, el departamento A se quedó satisfecho con la respuesta de que no se necesitaba ningún agrimensor, y Sordini tuvo que reconocer que ese caso no había entrado en su ámbito de competencias y que, ciertamente sin culpa, había realizado un trabajo inútil y agotador. Si no se hubiera vuelto a acumular tanto trabajo de todas partes, como siempre, y si su caso no hubiese sido uno muy pequeño —casi se puede decir el más pequeño entre los pequeños—, todos habríamos podido respirar, creo que incluso Sordini, sólo Brunswick se mostró rencoroso, pero era algo ridículo. Y ahora imagínese, señor agrimensor, mi decepción, cuando, después de la conclusión feliz de todo el asunto —y también ha pasado mucho tiempo de eso—, usted aparece repentinamente y parece como si todo el caso tuviese que comenzar de nuevo. Comprenderá muy bien que estoy firmemente decidido, en lo que a mí concierne, a no permitirlo.
—Claro —dijo K—, pero aún comprendo mejor que aquí se ha cometido un terrible abuso conmigo y quizá, incluso, con las leyes. Sabré defenderme, por mi parte, contra todo esto.
—¿Qué pretende hacer? —preguntó el alcalde.
—Eso no se lo puedo decir—dijo K.
—No quiero meterme donde no me llaman —dijo el alcalde—, pero quiero recordarle que usted, en mí, tiene, no quiero decir un amigo, pues somos completamente extraños, pero sí, en cierto modo, un compañero de negocios. Lo único que no concedo es que se le haya contratado como agrimensor, pero por lo demás siempre se puede dirigir a mí con confianza, aunque, ciertamente, dentro de los límites de mi poder, que no es muy grande.
—Usted repite una y otra vez —dijo K— que debo ser contratado como agrimensor, pero ya he sido contratado, aquí tiene la carta de Klamm.
—La carta de Klamm —dijo el alcalde— es valiosa y honrosa con la firma de Klamm, que parece verdadera, pero..., no, aquí no me atrevo a decir nada. ¡Mizzi! —exclamó entonces—. ¿Qué estáis haciendo?
Era evidente que ni los ayudantes, a quienes habían dejado de observar hacía tiempo, ni Mizzi, habían encontrado el expediente, pero luego lo habían querido guardar todo en el armario y no les había sido posible debido al gran desorden causado. Entonces a los ayudantes se les había ocurrido algo y era lo que estaban ejecutando. Habían volcado el armario en el suelo, lo habían llenado de expedientes, se habían sentado luego con Mizzi sobre la puerta del armario e intentaban ahora presionarla para que se cerrase.
—Así que no han encontrado el expediente —dijo el alcalde—, es una lástima, pero ya conoce la historia, en realidad ya no necesitamos el expediente, aunque tendremos que encontrarlo, probablemente se halle en casa del maestro, en la que aún se encuentran muchos expedientes. Pero ven con la vela, Mizzi, y léeme esta carta.
Mizzi se acercó y pareció aún más gris e insignificante que cuando estaba sentada al borde de la cama y se apretaba contra el voluminoso hombre que la tenía rodeada con el brazo. Su pequeño rostro llamó la atención ahora a la luz de la vela, con sus arrugas severas sólo suavizadas por el decaimiento causado por la edad. No hizo nada más que mirar la carta y dobló las manos.
—De Klamm —dijo.
Luego leyeron conjuntamente la carta, murmuraron un poco entre ellos y, finalmente, mientras los ayudantes gritaban hurras por haber logrado cerrar el armario y Mizzi los miraba agradecida, el alcalde dijo:
—Mizzi comparte mi opinión y ahora lo puedo decir. Esta carta no es ningún escrito oficial, se trata de una carta privada. Eso se puede reconocer claramente en el encabezamiento «Muy Sr. Mío». Además, en ella no se dice una palabra de que usted haya sido contratado como agrimensor, en realidad sólo se habla en general de servicios señoriales y ni siquiera eso se ha expresado de modo vinculante, sino que se dice que usted ha sido contratado «como usted sabe», esto es, la carga de la prueba de que ha sido contratado recae sobre usted. Al final, por lo demás, se le remite en asuntos oficiales exclusivamente a mí, como su superior más próximo, quien le comunicará los detalles, como en gran parte ha ocurrido ya. Para alguien que sepa leer los escritos oficiales y que, en consecuencia, lee mejor las cartas no oficiales, todo esto queda muy claro. Que usted, un forastero, no lo pueda percibir, no me extraña. En general, la carta significa otra cosa: que Klamm se propone ocuparse personalmente de usted para el caso en que se le contrate para servicios señoriales.
—Señor alcalde —dijo K—, interpreta tan bien la carta que al final no queda otra cosa más que un papel en blanco con una firma. ¿Acaso no nota que así denigra el nombre de Klamm al que pretende respetar?
—Eso es un malentendido —dijo el alcalde—, no desconozco la importancia de la carta, ni tampoco la denigro con mi interpretación, todo lo contrario. Una carta privada de Klamm tiene, naturalmente, mucha más importancia que un escrito oficial, pero precisamente no tiene la importancia que usted le otorga.
—¿Conoce a Schwarzer? —preguntó K.
—No —dijo el alcalde—. ¿Lo conoces tú, Mizzi? Tampoco. No, no le conocemos.
—Eso es extraño —dijo K—, es el hijo de un subalcaide.
—Querido señor agrimensor —dijo el alcalde—, ¿cómo podría conocer a todos los hijos de los subalcaides?
—Bien —dijo K—, entonces tendrá que creerme que lo es. Con ese Schwarzer tuve el día de mi llegada una disputa enojosa. Él mismo se puso en contacto telefónico con un subalcaide apellidado Fritz y recibió la información de que yo había sido contratado como agrimensor. ¿Cómo se explica eso, señor alcalde?
—Muy fácil —dijo el alcalde—, en realidad aún no ha entrado en contacto con nuestra administración. Todos sus contactos hasta ahora han sido aparentes. Usted, sin embargo, como consecuencia de su ignorancia de las circunstancias, los tuvo por reales. Y en lo que respecta al teléfono, mire, en mi casa, y yo verdaderamente tengo suficientes contactos con la administración, no hay ningún teléfono. En posadas, etc., es posible que pueda prestar buenos servicios, como un tocadiscos, pero nada más. Ha telefoneado aquí alguna vez, ¿verdad? Entonces es posible que me comprenda. En el castillo el teléfono funciona perfectamente, me han contado que allí se telefonea ininterrumpidamente, lo que, es natural, acelera mucho el trabajo. Ese ininterrumpido telefonear es oído en nuestros teléfonos como un rumor o un canto, seguro que usted también lo ha oído. Sin embargo, ese rumor y esos cantos son lo único correcto y digno de confianza que nos transmiten los teléfonos del pueblo, todo lo demás es engañoso. No hay ninguna conexión telefónica específica con el castillo, ninguna centralita que comunique nuestra llamada; si se llama desde aquí al castillo, allí suena en todos los aparatos de los departamentos más inferiores o, mejor, sonaría en todos, como sé con certeza, si los teléfonos no estuvieran desconectados en casi todos ellos. De vez en cuando, sin embargo, hay algún funcionario que siente la necesidad de distraerse un poco —especialmente por la tarde o por la noche—, entonces conecta los teléfonos y nosotros recibimos alguna respuesta, aunque una respuesta que no es más que una broma. Por lo demás, es muy comprensible. ¿Quién puede creerse legitimado para alborotar a causa de sus pequeños problemas personales en medio de los trabajos más importantes de los que se ocupan a una velocidad vertiginosa? Tampoco comprendo cómo un forastero puede creer que si él, por ejemplo, llama por teléfono a Sordini, el que contesta es Sordini. Más bien se tratará probablemente de un insignificante secretario de otro departamento. Por el contrario, en alguna hora especial, puede ocurrir que, si se llama al insignificante secretario, sea Sordini quien responda. Entonces, ciertamente, será mucho mejor salir corriendo y dejar el teléfono antes de oír la primera sílaba.
—No lo había considerado así —dijo K—, no podía conocer esas particularidades, tampoco tenía mucha confianza en esas conversaciones telefónicas y siempre fui consciente de que sólo tiene una importancia real lo que se conoce o se alcanza en el mismo castillo.
—No —dijo el alcalde, acentuando la negación—, esas respuestas telefónicas poseen una importancia real, ¿cómo podría ser de otro modo? ¿Cómo es posible que una información dada por un funcionario del castillo carezca de importancia? Ya se lo dije con ocasión de la carta de Klamm. Todas esas manifestaciones carecen de importancia oficial; si les atribuye una importancia oficial, se equivoca; sin embargo, su importancia privada, en un sentido amistoso u hostil, es muy grande, la mayoría de las veces más grande de lo que podría llegar a ser nunca una importancia oficial .
—Bien —dijo K—, aceptando que todo sea como usted lo ha expuesto, entonces yo tendría una buena cantidad de amigos en el castillo; bien considerado, ya antaño, hace muchos años, la ocurrencia de aquel departamento de hacer venir a un agrimensor fue un acto de amistad respecto a mi persona, y en el periodo que siguió se fueron encadenando esos actos hasta que, con un mal final, me atrajeron hasta aquí y ahora me amenazan con expulsarme.
—Hay algo de verdad en su forma de ver las cosas —dijo el alcalde—, tiene razón en que no se pueden tomar literalmente las declaraciones del castillo. Pero siempre es necesaria la precaución, y no sólo aquí, será más necesaria cuanto más importante sea la declaración de que se trata. En lo que se refiere a lo que ha dicho de haber sido atraído, me resulta incomprensible. Si hubiera seguido mejor mis informaciones, debería saber que la cuestión de su contratación aquí es demasiado difícil como para poder responderla a lo largo de una pequeña conversación.
—Así que como resultado —dijo K— sólo queda que todo es muy confuso e insoluble, salvo mi expulsión.
—¿Quién osaría expulsarle, señor agrimensor? —dijo el alcalde—. La misma opacidad de las cuestiones que le incumben le garantizan el tratamiento más cortés, sólo que, según parece, usted es muy sensible. Nadie le retiene aquí, pero eso aún no es una expulsión.
—Oh, señor alcalde —dijo K—, ahora es usted otra vez el que ve algo con demasiada claridad. Le enumeraré algunas cosas que me retienen aquí: los sacrificios que hice para salir de mi casa; el largo y penoso viaje; las esperanzas fundadas que me hice a causa de la contratación; mi completa falta de capital; la imposibilidad de encontrar un trabajo en casa y, finalmente, y no la menor, mi novia, que es de aquí.
—¡Ah, Frieda! —dijo el alcalde sin sorpresa alguna—. Ya sé. Pero Frieda le seguiría a cualquier parte. En lo que respecta al resto, aquí son necesarias algunas consideraciones e informaré sobre ello en el castillo. Si se emitiese una decisión o fuese necesario otro interrogatorio, iré a recogerle. ¿Está de acuerdo?
—No, en absoluto —dijo K—, no quiero ningún regalo compasivo del castillo, sino mi derecho.
—Mizzi —dijo el alcalde a su esposa, que aún permanecía sentada en la cama y apretada contra él y que jugueteaba soñadora con la carta, de la que había hecho un barquito. K se la quitó asustado—. Mizzi, la pierna comienza de nuevo a dolerme mucho, tendremos que renovar la compresa.
K se irguió.
—Entonces ha llegado el momento de despedirme —dijo.
—Sí —dijo Mizzi, quien había comenzado a aplicar una pomada—, la corriente de aire es muy fuerte.
K se volvió, los ayudantes, en su celo servicial e improcedente, habían abierto las puertas de par en par en cuanto K había hecho la indicación de retirarse. K sólo pudo inclinarse ligeramente ante el alcalde para preservar la habitación del enfermo del intenso frío que penetraba. Luego salió de la habitación, llevándose detrás a los ayudantes, y cerró rápidamente la puerta.

6

SEGUNDA CONVERSACIÓN CON LA POSADERA

El posadero le esperaba ante la posada. Sin ser preguntado no habría osado hablar, por eso fue K quien le preguntó qué quería.
—¿Tienes ya una nueva vivienda? —preguntó el posadero, mirando al suelo.
—¿Preguntas por encargo de tu esposa? —dijo K—. Dependes mucho de ella, ¿no?
—No —dijo el posadero—, no pregunto por encargo de ella. Pero está muy excitada y se siente muy desgraciada por tu culpa, no puede trabajar, tampoco sale de la cama y no cesa de suspirar y de quejarse.
—¿Crees que debo visitarla? —preguntó K.
—Te lo pido —dijo el posadero—, quería recogerte en casa del alcalde, oí allí a través de la puerta, pero estabais en plena conversación, no quería molestar, además me preocupaba mi esposa, así que regresé corriendo, pero ella no me dejó entrar en la habitación, por lo que no me quedó otro remedio que esperarte.
—Entonces vamos deprisa—dijo K—, la tranquilizaré pronto.
—Ojalá sea posible —dijo el posadero.
Atravesaron la luminosa cocina, donde trabajaban tres o cuatro criadas, separadas las unas de las otras, en ocupaciones casuales, y que se quedaron estáticas al ver a K. Ya en la cocina se podían oír los suspiros de la posadera. Se encontraba en una pequeña dependencia sin ventanas, separada de la cocina sólo por un tabique de madera. Había únicamente espacio para una gran cama de matrimonio y un armario. La cama estaba situada de tal modo que desde ella se podía ver toda la cocina y se podía vigilar todo el trabajo que se realizaba en ella. Por el contrario, desde la cocina apenas se podía ver algo de esa dependencia: en su interior reinaba una gran oscuridad, sólo el cobertor rojo brillaba un poco. Cuando ya se había entrado y la vista se había acostumbrado a la oscuridad, se podían distinguir algunos detalles.
—Por fin viene usted —dijo la posadera con voz débil. Yacía sobre la espalda con los miembros extendidos, era evidente que la respiración le causaba molestias, pues había arrojado el edredón. En la cama presentaba un aspecto más juvenil que vestida, pero el gorro de dormir de fino encaje que llevaba, a pesar de que era muy pequeño y no se ajustaba debido a su peinado, despertaba la compasión al destacar el decaimiento de su rostro.
—¿Cómo iba a venir? —dijo K con suavidad—.
No me ha llamado. —No tendría que haberme dejado esperar tanto —dijo la posadera con la obstinación del enfermo—. Siéntese —dijo, y señaló el borde de la cama—. Los demás podéis iros.
Junto a los ayudantes también habían entrado las criadas.
—¿También yo debo irme, Gardena? dijo el posadero.
K era la primera vez que oía el nombre de la esposa.
—Naturalmente —dijo ella con lentitud, y como si estuviese entre tenida con otros pensamientos, añadió—: ¿Por qué ibas a quedarte precisamente tú?
Pero cuando todos se habían retirado a la cocina, incluidos los ayudantes, que esta vez obedecieron en seguida, quizá porque les interesaba una de las criadas, Gardena demostró estar lo suficientemente atenta como para comprobar que desde la cocina se podía oír todo lo que allí se hablara, pues esa estancia carecía de puerta, así que ordenó que todos desalojasen la cocina. Esto ocurrió en seguida.
—Por favor, señor agrimensor—dijo entonces Gardena—, en la parte delantera del armario cuelga un chal, alcáncemelo. Quiero taparme con él, no soporto el edredón, tengo dificultades para respirar.
Y cuando K le hubo entregado el chal, ella dijo:
—Ve usted, éste es un bonito chal, ¿verdad?
A K le pareció un chal de lana común y corriente, lo palpó una vez más por cortesía, pero no dijo nada.
—Sí, es un bonito chal —dijo Gardena, y se tapó con él. Ahora yacía pacíficamente, todas las penas parecían haberla abandonado, incluso recordó su cabello alborotado por su posición en la cama, así que se sentó un rato y arregló su peinado alrededor del gorro de dormir. Tenía un cabello abundante.
K se tornó impaciente y dijo:
—Encargó que me preguntasen, señora posadera, si ya había encontrado otro alojamiento.
—¿Encargué que le preguntasen? —dijo la posadera—. No, eso es un error.
—Su esposo me acaba de hacer esa pregunta.
—No me sorprende —dijo la posadera—, estoy reñida con él. Cuando yo no quería tenerle aquí, dejó que se quedara, ahora que estoy feliz de que viva aquí, continúa su juego. Siempre hace cosas parecidas.
—Entonces —dijo K—, ¿ha cambiado tanto su opinión sobre mí? ¿En tan sólo una o dos horas?
—No he cambiado mi opinión —dijo débilmente la posadera—. Deme su mano, así. Y ahora prométame que será completamente sincero, yo también quiero serlo con usted.
—Bien —dijo K—, pero ¿quién va a comenzar?
—Yo —dijo la posadera; no daba la sensación de que con eso hubiese querido hacer una concesión a K, sino que parecía ansiosa por ser la primera en hablar.
Sacó una fotografía de debajo del colchón y se la dio a K.
—Fíjese en esa foto —le pidió.
Para verla mejor, K se adentró un poco en la cocina pero ni siquiera allí era fácil reconocer algo en la fotografía, pues, debido a su antigüedad, los tonos habían palidecido y presentaba numerosas arrugas y manchas.
—No está en muy buenas condiciones —dijo K.
—Por desgracia, no —dijo la posadera—, cuando se llevan siempre encima durante años, les ocurre eso. Pero si se fija bien, lo podrá reconocer todo, seguro. Por lo demás, yo misma puedo ayudarle, dígame lo que ve, me alegra mucho oír algo de la fotografía. ¿Qué ve?
—A un hombre joven —dijo K.
—Correcto —dijo la posadera—. Y ¿qué hace?
—Parece descansar sobre una tabla, se estira y bosteza.
La posadera se rió.
—No, eso es completamente falso —dijo ella.
—Pero si aquí se ve la tabla y a él encima—insistió K.
—Fíjese mejor—dijo la posadera enojada—, ¿se le ve realmente tendido?
—No —dijo entonces K—, no está tendido, flota, y ahora lo veo, no es ninguna tabla, sino probablemente un cordón y el joven da un salto.
—Así es —dijo la posadera alegrándose—, salta, así se ejercitan los mensajeros oficiales, ya sabía que lo reconocería. ¿Puede ver también su rostro?
—Del rostro veo muy poco —dijo K—, parece esforzarse mucho, la boca está abierta, los ojos entornados y el pelo ondea.
—Muy bien —dijo la posadera con un tono elogioso—, nadie que no le haya visto antes puede apreciar más. Pero era un joven hermoso, sólo lo vi fugazmente una vez y nunca le olvidaré.
—¿Quién era? —preguntó K.
—Era el mensajero —dijo la posadera—, a través del cual Klamm me llamó por primera vez.
—K no pudo oír muy bien, fue distraído por el ruido de un cristal. Encontró en seguida el origen de la perturbación. Los ayudantes permanecían en el patio exterior, saltando alternativamente sobre un pie y sobre el otro en la nieve. Simularon que se alegraban de ver a K, de la alegría le señalaron y repiquetearon con los dedos en la ventana de la cocina. Ante un gesto amenazador de K dejaron inmediatamente de hacerlo, intentaron apartarse mutuamente de allí, pero uno desplazaba al otro y al poco tiempo volvieron a estar los dos en el mismo sitio. K se apresuró a llegar al dormitorio, donde los ayudantes no podían verle desde el exterior y él también podía dejar de verlos. Pero el ruido suave y suplicante en la ventana aún le persiguió durante un buen rato.
—Otra vez los ayudantes —dijo a la posadera como disculpa, y señaló hacia afuera. Ella, sin embargo, no le prestó atención, le había quitado la foto, la había visto, alisado y vuelto a guardar debajo del colchón. Sus movimientos se habían tornado más lentos, pero no por cansancio, sino bajo la carga del recuerdo. Había querido contarle la historia a K, pero ésta le había hecho olvidar a K. Jugaba con el borde del chal. Sólo transcurrido un rato miró hacia arriba, se pasó la mano sobre los ojos y dijo:
—También este chal es de Klamm, y el gorro de dormir. La fotografía, el chal y el gorro: ésos son los tres recuerdos que me quedan de él. No soy joven como Frieda, ni tan ambiciosa, ni tampoco tan delicada, ella es muy delicada; en suma, sé resignarme con la vida que me ha tocado, pero tengo que reconocer que sin estas tres cosas no habría soportado tanto tiempo aquí, sí, probablemente no habría soportado ni un día. Estos tres recuerdos quizá le parezcan pobres, pero ya ve, Frieda, que ya lleva tratando con Klamm tanto tiempo, no posee ningún recuerdo, se lo he preguntado, ella es demasiado entusiasta y también demasiado difícil de contentar, yo, por el contrario, que sólo estuve tres veces con Klamm —después no me volvió a llamar, no sé por qué—, presintiendo la brevedad de mi trato con él, me traje estos recuerdos. Cierto, hay que ocuparse personalmente de ello, Klamm, por sí mismo, no da nada, pero cuando se ve algo adecuado, se puede pedir.
K se sentía incómodo con esas historias, por más que le afectaran.
—¿Cuánto tiempo ha pasado de todo eso? —preguntó suspirando.
—Más de veinte años —dijo la posadera—, mucho más de veinte años.
—Así que tanto tiempo se mantiene fidelidad a Klamm —dijo K—. ¿Es consciente, señora posadera, de que con esas confesiones me causa hondas preocupaciones cuando pienso en mi futuro matrimonio?
La posadera encontró una impertinencia que K se inmiscuyera en sus asuntos y le miró sesgada e iracunda.
—No se enoje, señora posadera —dijo K—, no digo una palabra contra Klamm, pero por el poder de los acontecimientos mantengo ciertas relaciones con Klamm, eso no lo puede negar ni el más grande admirador de Klamm. En consecuencia, cuando se le nombra siempre pienso en mí, es algo que no puedo evitar. Por lo demás, señora posadera —aquí K tomó su mano vacilante—, recuerde lo mal que terminó nuestra última conversación y que ahora queremos separarnos en paz.
—Tiene razón —dijo la posadera, e inclinó la cabeza—, pero respéteme. No soy más sensible que otros, todo lo contrario, todos tienen zonas sensibles, yo sólo tengo ésta.
—Por desgracia, también es la mía —dijo K—, pero podré dominarme. Ahora acláreme, señora posadera, cómo puedo soportar en el matrimonio esa horrible fidelidad a Klamm, presuponiendo que Frieda también la comparta.
—¿Horrible fidelidad? —repitió la posadera enojada—. ¿Se trata de fidelidad? Yo soy fiel a mi esposo, ¿pero a Klamm? Klamm me hizo una vez su amante, ¿puedo perder alguna vez ese rango? ¿Y que cómo lo puede soportar con Frieda? Ay, señor agrimensor, ¿quién es usted para atreverse a realizar semejante pregunta?
—¡Señora posadera! —dijo K con tono admonitorio.
—Ya sé —dijo la posadera aplacándose—, pero mi esposo no ha planteado esas preguntas. No sé a quién se puede llamar más desgraciada, si a mí en aquel tiempo o a Frieda ahora. Frieda, que abandona a Klamm por petulancia o yo, a quien no volvió a llamar. Quizá sea Frieda, aunque no parezca saberlo aún en toda su trascendencia. Pero en aquellos tiempos mi desgracia dominaba exclusivamente mis pensamientos, pues una y otra vez tenía que preguntarme y hoy tampoco dejo de preguntarme: ¿por qué ocurrió? ¡Tres veces te llamó Klamm, pero no hubo nunca una cuarta vez! ¿Qué es lo que me ocupaba más entonces? ¿De qué otra cosa iba a hablar con mi esposo, con el que me casé poco después? Durante el día no teníamos tiempo, habíamos adquirido esta posada en un estado lamentable y teníamos que intentar levantarla. ¿Y en la noche? Durante muchos años nuestros pensamientos nocturnos giraban en torno a Klamm y a los motivos de su cambio de opinión. Y cuando mi esposo se quedaba dormido en esas conversaciones, le despertaba y seguíamos hablando.
—Ahora, si me lo permite —dijo K—, le plantearé una pregunta algo brusca.
La posadera permaneció en silencio.
—Así que no puedo preguntar —dijo K—, también eso me basta.
—Cierto —dijo la posadera—, también eso le basta, especialmente eso. Usted lo interpreta todo mal, también el silencio. Pero no puede hacer otra cosa. Le permito que pregunte.
—Si todo lo interpreto mal —dijo K—, quizá también interprete mal mi pregunta, quizá no sea tan brusca. Sólo quería saber cómo conoció a su esposo y cómo llegó esta posada a su posesión.
La posadera arrugó la frente, pero dijo con indiferencia:
—Esa es una historia muy simple. Mi padre era herrero y Hans, mi actual esposo, que era mozo de caballerías de un terrateniente, venía con frecuencia a ver a mi padre. Fue después de mi último encuentro con Klamm, yo era muy desgraciada y en realidad no debería haberlo sido, pues todo se había producido con corrección y que no pudiese volver a ver a Klamm, era la decisión de Klamm, es decir, era correcta, sólo los motivos seguían siendo oscuros; podría haberlos investigado, pero no debería haber sido desgraciada; sin embargo lo era y no podía trabajar, pasaba el día sentada en nuestro jardín. Allí me vio Hans, se sentó a mi lado, no me quejé, pero él sabía de qué se trataba, y como es un buen chico se puso a llorar conmigo. Y cuando el posadero de entonces, a quien se le había muerto la esposa, renunciando al negocio, pues ya era un hombre viejo, pasó un día por delante de nuestro jardín y nos vio allí sentados, se detuvo y nos ofreció sin dudarlo el arrendamiento de la posada. Como nos tenía confianza, no quiso recibir ningún anticipo y fijó un arrendamiento muy barato. No quería representar una carga para mi padre, todo lo demás me resultaba indiferente y así, pensando en la posada y en el trabajo que quizá podría procurarme algo de olvido, le di mi mano a Hans. Ésa es la historia.
Durante un momento reinó el silencio, luego dijo K:
—La manera de actuar del posadero fue espléndida pero imprudente, ¿o tenía algún motivo para tener confianza en los dos?
—Conocía muy bien a Hans —dijo la posadera—, era su tío.
—Entonces resulta evidente —dijo K— que la familia de Hans tenía interés en establecer vínculos con usted.
—Tal vez —dijo la posadera—, no lo sé, no me preocupó.
—Pero tuvo que ser así —dijo K—, cuando la familia estuvo dispuesta a realizar semejante sacrificio y poner en sus manos la posada sin garantía alguna.
—No supuso ninguna imprudencia como luego se mostró —dijo la posadera—. Me puse manos a la obra, como era fuerte, la hija del herrero, no necesitaba criada ni mozo, estaba en todas partes, en la sala, en la cocina, en el establo, en el patio, cocinaba tan bien que incluso le quité clientes a la posada de los señores. Aún no ha estado al mediodía en el comedor, no conoce a nuestros huéspedes de esas horas, antaño aún eran más, desde entonces he perdido a muchos. Y el resultado fue que no sólo pudimos pagar sin problemas el arrendamiento, sino que transcurridos algunos años pudimos comprar la posada y hoy casi no tenemos deudas. El siguiente resultado, sin embargo, fue que me destrocé, me puse enferma del corazón y ahora soy una mujer mayor. Quizá crea que soy mucho mayor que Hans, pero en realidad sólo es dos o tres años más joven y, además, no envejecerá nunca, pues con su trabajo —fumar en pipa, escuchar a los huéspedes, vaciar la pipa y de vez en cuando coger una cerveza—, con ese trabajo no se envejece.
—Su capacidad de trabajo resulta digna de admiración —dijo K—, de ello no cabe la menor duda, pero hablábamos de los tiempos anteriores a su matrimonio y entonces debió de ser extraño que la familia de Hans, sacrificando su dinero o, al menos, con la asunción de un riesgo tan grande como la entrega de la posada, hubiesen fomentado la boda y sin otra esperanza que la basada en su capacidad de trabajo, desconocida para ellos, y en la de Hans, cuya debilidad ya tendría que haber salido a la luz.
—Bueno, sí —dijo la posadera cansada—, ya sé adónde quiere ir a parar y el error en que se encuentra. De Klamm no había ninguna huella en todo eso. ¿Por qué habría tenido que cuidarse de mí o, mejor, cómo habría podido cuidarse de mí? Él ya no sabía nada de mí. Que no me hubiese vuelto a llamar era un signo de que me había olvidado. Cuando ya no llama, olvida por completo. No quería hablar de esto delante de Frieda. Tampoco es olvido, es más que eso, pues a quien se ha olvidado, se le puede volver a conocer. En el caso de Klamm eso no es posible. Cuando no manda llamar a alguien, no sólo le ha olvidado en lo que respecta al pasado, sino también en lo que respecta al futuro. Cuando me esfuerzo mucho, puedo ponerme en su lugar y leer sus pensamientos, unos pensamientos que aquí carecen de sentido y que quizá en el lugar de donde viene posean alguna validez. Posiblemente llegue a la osadía de pensar la extravagancia de que Klamm me había procurado a un Hans como esposo para que yo no tuviera ningún impedimento para verle cuando me llamase en el futuro. Bien, más allá no puede ir una extravagancia. ¿Dónde está el hombre que podría impedirme ir a ver a Klamm, cuando él me hiciese una señal? Absurdo, completamente absurdo, una misma se confunde cuando juega con esos absurdos.
—No —dijo K—, no queremos confundirnos, no había llegado tan lejos con mis pensamientos como usted supone, aunque, para decir la verdad, me encontraba en ese camino. Al principio me asombró que los parientes esperasen tanto de la boda y que esas esperanzas, efectivamente, se hiciesen realidad, si bien es cierto con el empeño de su corazón, de su salud. El pensamiento en una conexión entre esos hechos y Klamm se abrió paso en mi mente, pero no del modo tan grosero en que usted lo ha representado, sólo con la finalidad de volver a increparme, porque eso le causa placer. ¡Pues que lo disfrute! Mi pensamiento, sin embargo, era otro: al principio es Klamm la causa del matrimonio. Sin Klamm no habría sido usted infeliz, no habría permanecido pasiva en su jardín; sin Klamm no la hubiese visto Hans; sin su tristeza, el tímido de Hans jamás se habría atrevido a dirigirle la palabra; sin Klamm no habrían llorado juntos; sin Klamm, el buen tío posadero jamás les hubiera visto allí, pacíficamente sentados; sin Klamm usted no se habría mostrado indiferente frente a la vida, esto es, no se habría casado con Hans. Bueno, en todo esto ya hay suficiente Klamm, podríamos pensar, pero aún sigue. Si no hubiese buscado el olvido, no habría trabajado contra usted misma con tanta desconsideración, y tampoco habría mejorado tanto la posada. Así que también aquí aparece Klamm. Pero Klamm, aparte de eso, también fue la causa de su enfermedad, pues su corazón ya estaba agotado antes de su matrimonio por la desgraciada pasión que la consumió. Sólo queda la pregunta de qué fue lo que tanto tentó a los parientes de Hans para querer la boda. Usted misma mencionó una vez que ser la amante de Klamm significa una elevación en el rango que ya no se puede perder, así pues, bien pudo ser eso lo que les atrajo. Pero además creo que también fue la esperanza de que la buena estrella que la había conducido hasta Klamm —presuponiendo que se tratase de una buena estrella, pero usted así lo afirma— le seguiría perteneciendo, esto es, que permanecería con usted y no la abandonaría de forma tan repentina, como Klamm había hecho.
—¿Cree todo eso en serio? —preguntó la posadera.
—En serio —contestó rápidamente K— sólo creo que las esperanzas de los parientes de Hans no eran ni fundadas ni infundadas y también creo descubrir el error que usted ha cometido. Aparentemente todo parece haber acabado con éxito. Hans está bien situado, tiene una esposa espléndida, es respetado, la posada está libre de deudas. Pero en realidad no todo ha concluido con éxito, él habría sido mucho más feliz con una simple muchacha, de la que él hubiese sido su primer amor; si él, como le reprochan, a veces se queda en la taberna como perdido, es porque realmente se siente perdido —sin por ello ser desgraciado, desde luego, ya le conozco bastante para decirlo—, pero también es seguro que ese joven guapo y comprensivo habría sido más feliz con otra mujer, con lo que también digo, más independiente, más trabajador y masculino. Y usted, con toda certeza, no es feliz y, como dijo, sin los tres recuerdos no habría podido seguir viviendo y también está enferma del corazón. Así que, ¿fueron infundadas las esperanzas de sus parientes? No lo creo. La bendición recaía sobre usted, pero no supieron emplearla.
—¿Qué se ha omitido? —preguntó la posadera. Yacía boca arriba con los miembros extendidos mirando al techo.
—Preguntarle a Klamm—dijo K.
—Entonces volveríamos a ocuparnos de su caso.
—O del suyo —dijo K—, nuestros asuntos parecen tocarse
—¿Qué quiere usted de Klamm? —preguntó la posadera. Se había sentado erguida y sacudido la almohada para poder apoyarse y miraba directamente a los ojos de K—. Le he contado sinceramente mi caso, del que podría aprender algo. Dígame ahora usted con toda sinceridad lo que le quiere preguntar a Klamm. Sólo con esfuerzo he convencido a Frieda de que se vaya a su habitación y permanezca allí, temía que en su presencia no hablaría con la suficiente sinceridad.
—No tengo nada que ocultar —dijo K—. Para comenzar, sin embargo, tengo que llamarle la atención sobre algo. Klamm olvida en seguida, dijo. Eso, en primer lugar, me parece muy improbable y, en segundo lugar, no se puede demostrar; es evidente que sólo se trata de una leyenda, inventada por la fantasía de las jovencitas que en ese momento gozaban del favor de Klamm. Me asombra que crea una invención tan trivial.
—No es ninguna leyenda —dijo la posadera—, es más el producto de la experiencia.
—Entonces también se puede refutar con una nueva experiencia —dijo K—. Y también hay una diferencia entre su caso y el de Frieda. Aún no se ha producido el hecho de que Klamm no llame a Frieda, más bien sí que la ha llamado, pero ella no ha obedecido la llamada. Es incluso posible que aún la esté esperando.
La posadera calló y paseó por K una mirada escrutadora. Luego dijo:
—Escucharé tranquilamente todo lo que tenga que decir. Hable con toda sinceridad y no tenga miramientos conmigo. Sólo le pido una cosa, no emplee el nombre de Klamm. Llámele «él» o de cualquier otra forma, pero no con su nombre .
—Encantado —dijo K—, pero lo que quiero de él es difícil de decir. En principio quiero verle de cerca, luego quiero oír su voz y, a continuación, quiero saber qué opina de nuestra boda; el resto depende del curso de la conversación. Pueden surgir muchas cosas mientras hablamos, pero lo más importante para mí es estar frente a él. Aún no he hablado directamente con ningún funcionario de verdad. Parece ser más difícil de lograr de lo que había creído. Ahora, sin embargo, tengo el deber de hablar con él como una persona particular, y eso es, según mi opinión, mucho más fácil de lograr; como funcionario tal vez sólo pudiera hablar con él en su despacho inaccesible, en el castillo o, lo que resulta cuestionable, en la posada de los señores; como persona particular, sin embargo, en cualquier parte de la casa, en la calle, donde consiga encontrarme con él. El hecho de que cuando lo logre, también tendré ante mí al funcionario, lo aceptaré encantado, pero no es mi primer objetivo .
—Bien —dijo la posadera, y presionó su rostro contra la almohada, como si dijera algo vergonzoso—, si logro con mis conexiones que se transmita su solicitud de una entrevista con Klamm, prométame que no emprenderá nada por su cuenta hasta que llegue la respuesta.
—Eso no lo puedo prometer —dijo K—, aunque me gustaría complacer sus deseos. El asunto corre prisa, sobre todo después del resultado desfavorable de mi entrevista con el alcalde.
—Esa objeción es baladí —dijo la posadera—, el alcalde es una persona insignificante. ¿Acaso no lo ha notado? No podría permanecer un día en el puesto, si su esposa, que lo lleva todo, no estuviera allí.
—¿Mizzi? —preguntó K.
La posadera asintió.
—Estuvo presente—dijo K.
—¿Dijo algo? —preguntó la posadera.
—No —dijo K—, pero tampoco me dio la impresión de que pudiera.
—Bueno —dijo la posadera—, todo lo contempla erróneamente aquí. En todo caso, lo que el alcalde ha dispuesto sobre usted no tiene ninguna importancia y con la esposa hablaré en su momento. Y si ahora le prometo que la respuesta de Klamm llegará como mucho en una semana, ya no tiene ningún motivo para no transigir con mi petición.
—Todo eso no es decisivo —dijo K—, mi resolución está tomada e intentaría ejecutarla aunque llegase una respuesta negativa. Pero si tengo esa intención desde el principio, no puedo solicitar con anterioridad una entrevista. Lo que sin la solicitud permanece un intento quizá osado, pero de buena fe, después de una respuesta negativa se convertiría en una insubordinación manifiesta. Eso sería mucho peor.
—¿Peor? —dijo la posadera—. En todo caso se tratará de insubordinación. Y ahora haga lo que quiera. Acérqueme la falda.
Se puso la falda sin ninguna consideración a K y se apresuró a entrar en la cocina. Ya desde hacía tiempo se oían ruidos en el comedor. Habían llamado en la ventana. Los ayudantes la habían abierto y gritado que tenían hambre. También habían aparecido otros rostros. Incluso se oía un canto bajo entonado por varias voces.
La conversación de K con la posadera había retrasado la comida: aún no estaba preparada y los huéspedes se habían reunido, si bien ninguno de ellos había osado infringir la prohibición de la posadera de pisar la cocina. Ahora, sin embargo, que los observadores anunciaron que la posadera ya llegaba, las criadas entraron en la cocina, y cuando K entró en el comedor, los numerosos comensales, más de veinte, hombres y mujeres, vestidos con provincialismo pero no como campesinos, se abalanzaron desde la ventana hacia las mesas para asegurarse su plaza. Sólo en una pequeña mesa, situada en un rincón, permanecía ya sentado un matrimonio con algunos niños; el hombre, un señor amable de ojos azules con cabello gris desgreñado y barba, estaba inclinado hacia los niños marcándoles el compás para su canción, que se esforzaba en mantener en un tono bajo. Quizá quería que se olvidaran del hambre con la canción. La posadera se disculpó ante los comensales con unas palabras pronunciadas con indiferencia, nadie le reprochó nada. Miró buscando al posadero, que ya había huido hace tiempo ante la dificultad de la situación. Entonces se fue lentamente hacia la cocina; para K, que se apresuró a buscar a Frieda en su habitación, ya no tuvo ni una mirada.

7

EL MAESTRO

K se encontró arriba con el maestro. La habitación, para su alegría, apenas se podía reconocer, tan diligente había sido Frieda. Había aireado, había puesto la calefacción, fregado el suelo, hecho la cama; las cosas de las criadas, esa odiosa basura, habían desaparecido, incluidas las fotografías; la mesa, que había atraído las miradas por la costra de mugre formada en la tabla, había sido cubierta con un mantel blanco. Ahora ya se podía recibir a huéspedes; la poca ropa de K que Frieda había lavado con anterioridad y que colgaba ahora ante la calefacción para secarse, molestaba poco. El maestro y Frieda estaban sentados a la mesa, se levantaron cuando entró K, Frieda le saludó con un beso, el maestro se inclinó un poco. K, distraído y aún con la intranquilidad provocada por la conversación con la posadera, comenzó a disculparse por no haber podido visitar aún al maestro: parecía como si indicase que el maestro, impaciente por la espera de K, se hubiese decidido por hacer él mismo la visita. El maestro, sin embargo, con su actitud moderada, sólo pareció recordar lentamente que entre K y él se había convenido una suerte de visita.
—Usted es, entonces, señor agrimensor —dijo lentamente—, el forastero con el que hablé hace tiempo en la plaza de la iglesia.
—Sí —dijo brevemente K; lo que había tolerado entonces en su abandono, no lo iba a permitir en su habitación. Se volvió hacia Frieda y habló con ella sobre una visita importante que tenía que hacer inmediatamente y en la que tenía que aparecer lo mejor vestido posible. Frieda, sin preguntar más a K, llamó en seguida a los ayudantes, que estaban entretenidos en inspeccionar el nuevo mantel, ordenándoles que limpiaran el traje y los zapatos de K, que había comenzado a quitarse, y que los limpiaran concienzudamente en el patio. Ella misma tomó una camisa del cordel y corrió hacia la cocina para plancharla.
Ahora se encontraba K a solas con el maestro, que permanecía sentado y en silencio, dejó que esperase aún un poco más, se quitó la camisa y comenzó a lavarse ante la jofaina. Ahora, de espaldas al maestro, le preguntó sobre el motivo de su visita.
—Vengo por encargo del alcalde —dijo él.
K se mostró dispuesto a recibir el mensaje. Pero como las palabras de K apenas se podían oír por el chapoteo del agua, el maestro tuvo que acercarse y se apoyó en la pared junto a K. Éste se disculpó por su ocupación y por su intranquilidad con la excusa de la urgencia de la visita proyectada. El maestro no reparó en sus palabras y dijo:
—Fue descortés con el señor alcalde, un hombre mayor, honorable y con amplia experiencia.
—No sé si fui descortés —dijo K mientras se secaba—, pero que pensaba en otra cosa que en un comportamiento cortés, es cierto, pues se trataba de mi existencia que se ve amenazada por el ignominioso funcionamiento de una administración cuyas particularidades no tengo que expresar, pues usted mismo es un miembro activo de sus organismos. ¿Se ha quejado sobre mí el alcalde?
—¿De quién otro se podría quejar? —dijo el maestro—. Y si lo hubiera, ¿se quejaría de él alguna vez? Me he limitado a levantar un acta, según su dictado, sobre su conversación y, a través de ella, he tenido suficiente noticia sobre la bondad del señor alcalde y sobre su tipo de respuestas.
Mientras K buscaba el peine, que Frieda tenía que haber guardado en alguna parte, dijo:
—¿Cómo? ¿Un acta? ¿Redactada en mi ausencia por alguien que ni siquiera estuvo en la entrevista? No está mal. Y ¿por qué un acta? ¿Acaso fue un acto administrativo?
—No —dijo el maestro—, fue semioficial, también el acta es sólo semioficial, se hizo porque en nuestros asuntos tiene que reinar un orden severo. En todo caso ya está redactada y no resulta muy honrosa para usted.
K, que ya había encontrado el peine sobre la cama, dijo más tranquilo:
—Pues muy bien, ¿ha venido sólo a anunciármelo?
—No —dijo el maestro—, pero no soy ningún autómata y tenía que expresarle mi opinión. Mi encargo, sin embargo, es una prueba más de la bondad del señor alcalde. Hago hincapié en que para mí esa bondad resulta inexplicable y que cumplo su encargo sólo como una obligación de mi puesto y por veneración al señor alcalde.
K, lavado y peinado, estaba ahora sentado a la mesa esperando la camisa y el traje, sentía poca curiosidad por lo que el maestro le iba a comunicar, también había influido en él la baja opinión que la posadera tenía del alcalde.
—¿Son más de las doce? —dijo pensando en el camino que aún tenía que recorrer, luego recapacitó—: Quería cumplir un encargo del alcalde, ¿no?
—Bueno —dijo el maestro encogiéndose de hombros como si quisiera desprenderse de cualquier responsabilidad—. El señor alcalde teme que usted, si la decisión sobre su asunto se prolonga durante mucho tiempo, emprenda algo irreflexivo por su propia cuenta. Yo, por mi parte, no sé por qué teme eso, mi opinión es que usted puede hacer lo que quiera. No somos sus ángeles protectores y tampoco tenemos ninguna obligación de seguirle en todos los caminos que elija. Pero en fin, el señor alcalde es de otra opinión. Cierto es que no puede acelerar la decisión sobre la competencia de la administración; sin embargo, desea tomar una decisión, provisional aunque generosa, en su radio de acción que dependerá de usted aceptarla o no: le ofrece provisionalmente el puesto de bedel de la escuela.
K, al principio, apenas prestó atención a lo que se le ofrecía, pero el hecho de que se le ofreciera algo no le parecía insignificante. Indicaba que, según la opinión del alcalde, era capaz de poner en práctica medidas para su defensa, y para defenderse de ellas quedaban justificados algunos sacrificios de la comunidad. Y qué importancia se le daba al asunto. El maestro, que ya había esperado allí un buen rato y que antes había redactado el acta, debía de haber sido enviado a toda prisa por el alcalde.
Cuando el maestro comprobó que con su mensaje sólo había conseguido que K se tornase meditabundo, continuó:
—Yo puse mis objeciones. Le dije que hasta ahora no había sido necesario ningún bedel en la escuela: la esposa del sacristán limpia de vez en cuando y la señorita Gisa, la maestra, lo inspecciona; yo tengo ya preocupaciones suficientes con los niños como para enojarme ahora con un bedel. El señor alcalde opuso que, sin embargo, la escuela está muy sucia. Yo le contesté, como era verdad, que no está tan mal y añadí: ¿será mejor si tomamos a ese hombre como bedel? Seguro que no, aparte de que él no entiende de esos trabajos, la escuela consta exclusivamente de dos grandes clases sin ninguna otra estancia, el bedel tiene, por tanto, que vivir con su familia en una de las clases, dormir, incluso es posible que cocinar, eso no puede aumentar, naturalmente, la limpieza. Pero el señor alcalde insistió y dijo que ese puesto podía significar la salvación para usted y que, por consiguiente, se esforzaría todo lo posible para cumplirlo a la perfección; además, el señor alcalde opinó que con usted ganábamos también las fuerzas de su esposa y de sus ayudantes, de tal forma que no sólo la escuela, sino también el jardín podrían mantenerse con una limpieza y orden ejemplares. Todo eso lo pude refutar con facilidad. Finalmente, el señor alcalde no pudo aducir más en su favor, se rió y dijo que usted es el agrimensor y que, por tanto, trazaría muy bien los macizos de flores en el jardín de la escuela. Bueno, contra las bromas no hay objeciones, así que vine aquí para transmitirle esa proposición.
—Se preocupa inútilmente, señor maestro —dijo K—, jamás se me ocurriría aceptar ese puesto.
—Estupendo —dijo el maestro—, lo rechaza sin reservas.
Tomó el sombrero y se marchó.
Poco después llegó Frieda con el rostro turbado: traía la camisa sin planchar, y no respondió ninguna pregunta. Para distraerla, K le contó lo del maestro y la oferta; apenas lo hubo escuchado, arrojó la camisa sobre la cama y volvió a irse. Regresó al poco tiempo, pero con el maestro, que presentaba un aspecto mohíno y ni siquiera saludó. Frieda le pidió un poco de paciencia —era evidente que se lo había pedido ya varias veces en el camino hasta allí—, se llevó a K por una puerta lateral, de la que él no sabía nada, hacia una habitación contigua y finalmente le contó, excitada y sin aliento, lo que le había ocurrido. La posadera, furiosa porque se había humillado ante K con confesiones y, lo que era más enojoso, con condescendencia referente a una entrevista de K con Klamm, y sin conseguir otra cosa que, como ella dijo, un rechazo frío y, además, poco sincero, había decidido no tolerar por más tiempo a K en su casa; si tiene conexiones con el castillo, que las utilice rápidamente, pues hoy mismo, ahora, tiene que abandonar la casa y sólo por una orden directa de la administración y obligada por la fuerza le volvería a acoger, pero ella tiene la esperanza de que no se llegue a eso, pues también ella tiene conexiones con el castillo y sabrá hacerlas valer. A fin de cuentas, él sólo ha sido admitido en la posada por el descuido del posadero y ni siquiera en una situación de necesidad, pues esta misma mañana se ha preciado de tener otro alojamiento dispuesto. Frieda, naturalmente, se puede quedar, pero si quiere mudarse con K, la posadera será muy desgraciada, sólo por ese pensamiento se había desplomado, llorando, ante el horno de la cocina, la pobre mujer que padece del corazón, pero cómo puede actuar de otro modo, si se trata, al menos en su imaginación, del honor del recuerdo de Klamm. Así piensa la posadera. Frieda, ciertamente, seguirá a K a donde él quiera, por la nieve o el hielo, sobre eso no cabía ninguna duda, pero en todo caso su situación era muy mala, por eso ha saludado con gran alegría la oferta del maestro; por más que no sea un puesto muy adecuado para K, era temporal, se podía ganar tiempo y se podrían encontrar fácilmente otras posibilidades, aunque la decisión final fuese desfavorable.
—¡En caso de necesidad emigramos! —exclamó finalmente Frieda colgada del cuello de K—. ¿Qué nos mantiene aquí en el pueblo? Temporalmente, ¿verdad, cariño?, aceptamos la oferta, he vuelto a traer al maestro, tú le dices «trato hecho», nada más, y nos trasladamos a la escuela.
—Malo —dijo K sin tomarlo muy en serio, pues el alojamiento le importaba poco, también tenía mucho frío en ropa interior allí, en la buhardilla, que, expuesta, era atravesada por una corriente de aire hela do—. ¿Ahora que has arreglado tan bien la habitación tenemos que mudarnos? Sólo aceptaría ese puesto de mala gana, muy a disgusto, ya la humillación ante ese maestrillo me resulta desagradable y ahora se convierte en mi superior. Si pudiera permanecer un poco más aquí, quizá esta misma tarde cambiase mi situación. Si al menos tú permanecieras aquí, podríamos esperar y darle al maestro una respuesta incierta. Para mí siempre encontraré un alojamiento, aunque sea en casa de Bar...
Frieda le tapó la boca con la mano.
—Eso no —dijo angustiada—, por favor no vuelvas a decirlo. En lo demás, te seguiré en todo. Si quieres, permaneceré aquí sola, por muy triste que sea para mí y si quieres rechazaremos la oferta, por muy errónea que me parezca esa decisión. Pues mira, si encontrases otra posibilidad, incluso esta misma tarde, bueno, entonces es evidente que renunciaríamos inmediatamente a la escuela, nadie podrá impedírnoslo. Y en lo que respecta a la humillación ante el maestro, déjame que yo me preocupe de eso y verás como no lo es, yo misma hablaré con él. Tú permanecerás en silencio, no tendrás nunca que hablar con él, si no quieres; yo seré en realidad su subordinada y ni siquiera yo lo seré, pues conozco sus debilidades. Así que no se perderá nada si aceptamos el puesto, mucho, sin embargo, si lo rechazamos, ante todo no encontrarías un alojamiento, ni siquiera para ti mismo, si hoy no logras alcanzar el castillo, al menos uno por el que yo, tu futura esposa, no tuviera que avergonzarme. Y si no encuentras ningún alojamiento, reclamarás de mí que duerma aquí en una habitación cálida mientras sé que tú estás vagando allá afuera, en plena noche y helado de frío.
K, que durante todo el tiempo había permanecido con los brazos cruzados sobre el pecho y con las manos golpeándose la espalda para así calentarse un poco, dijo:
—Entonces no nos queda otra solución que aceptar, ¡vamos!
En la habitación se apresuró a acercarse a la calefacción, del maestro no se preocupó; éste estaba sentado a la mesa, sacó el reloj y dijo:
—Ya se ha hecho tarde.
—Pero ya nos hemos puesto completamente de acuerdo, señor maestro —dijo Frieda—, aceptamos el puesto.
—Bien —dijo el maestro—, pero el puesto se ha ofrecido sólo al señor agrimensor, él es quien debe manifestarse al respecto.
Frieda acudió en ayuda de K.
—Cierto —dijo ella—, él acepta el puesto, ¿verdad, K?
Así K pudo limitar su declaración a un simple «sí», que ni siquiera fue dirigido al maestro, sino a Frieda.
—Entonces —dijo el maestro—, sólo me queda enumerarle sus deberes laborales, para que coincidamos en ello de una vez por todas. Señor agrimensor, tiene que limpiar y calentar diariamente las dos clases, así como efectuar pequeñas reparaciones en el edificio, en el mobiliario y en los aparatos gimnásticos, debe mantener el camino a través del jardín despejado de nieve, realizar servicios de mensajero para mí y para la maestra y en la temporada cálida se encargará de los trabajos del jardín. Entre sus derechos se encuentran los siguientes: podrá vivir en una de las clases, según su elección; sin embargo, cuando no se den clases simultáneas en las dos habitaciones, y usted viva precisamente en la habitación donde se da clase, tendrá que trasladarse naturalmente a la otra habitación. En la escuela no puede cocinar, por eso tanto usted como los suyos recibirán la comida aquí, en la posada, a costa de la comunidad. Menciono sólo de pasada, pues usted, como un hombre instruido, ya debe de saberlo, que tendrá que comportarse de un modo digno para una escuela y que, especialmente durante las horas de clase, los niños jamás serán testigos de escenas domésticas desagradables. En este ámbito aprovecho para recordarle que debe legitimar lo más rápidamente posible sus relaciones con la señorita Frieda. Sobre todo esto y otros detalles se redactará un contrato laboral que deberá firmar en cuanto se traslade a la escuela.
A K le parecía todo eso carente de importancia, como si no le afectase o no le vinculase a nada, sólo la jactancia del maestro le irritaba, por lo que dijo sin reflexionar:
—Bueno, se trata de las obligaciones usuales.
Para difuminar un poco esa observación, Frieda preguntó por el sueldo.
—Si se paga un sueldo —dijo el maestro— se considerará después de que transcurra un mes de prueba.
—Pero eso es muy duro para nosotros —dijo Frieda—, deberíamos casarnos prácticamente sin dinero, crear nuestro hogar de la nada. ¿No podríamos, señor maestro, mediante una solicitud a la comunidad, pedir un pequeño sueldo inmediato? ¿Lo aconsejaría usted?
—No —dijo el maestro, que dirigía sus palabras a K—, una solicitud así tendría que ser acompañada de mi recomendación para que pudiera tener éxito y yo no la recomendaré. La concesión de la plaza no es más que una deferencia frente a usted y las deferencias, cuando se es consciente de la propia responsabilidad pública, no se deben llevar demasiado lejos.
Entonces se inmiscuyó K, casi en contra de su voluntad.
—En lo que concierne a la deferencia, señor maestro —dijo—, creo que se equivoca. La deferencia, más bien, parte de mí.
—No —dijo el maestro sonriendo, ya había logrado que K hablase—, sobre eso estoy muy bien informado. Necesitamos un bedel en la escuela con tanta urgencia como un agrimensor. Bedeles y agrimensores no son más que una carga. Me costará muchos dolores de cabeza cómo voy a justificar esos costes ante la comunidad, lo mejor y lo más sincero sería arrojar el nombramiento sobre la mesa y no molestarse en justificarlo.
—A eso es a lo que me refiero —dijo K—, me tiene que contratar en contra de su voluntad; a pesar de que le va a causar dolores de cabeza, me tiene que contratar. Cuando alguien se ve obligado a contratar a otro y este otro se deja contratar, el último es quien hace el favor.
—Extraño —dijo el maestro—, ¿qué nos puede obligar a contratarle? La bondad del señor alcalde, su gran corazón, eso es lo que nos obliga. Usted deberá renunciar, señor agrimensor, de eso me doy buena cuenta, a algunas fantasías, antes de convertirse en un buen bedel. Y para la percepción de un sueldo, esas indicaciones, naturalmente, no crean la atmósfera adecuada. Por desgracia también noto que su comportamiento aún me dará mucho que hacer: durante todo el tiempo ha estado negociando conmigo, lo sigue haciendo y no lo puedo creer, en camisa y calzoncillos.
—¡Así es! —exclamó K sonriendo y dando una palmada—. ¿Dónde están esos terribles ayudantes?
Frieda corrió hacia la puerta. El maestro, que comprobó que K ya no estaba dispuesto a seguir hablando con él, le preguntó a Frieda cuándo querían trasladarse a la escuela.
—Hoy mismo —dijo Frieda.
—Entonces mañana por la mañana haré mi visita de inspección —dijo el maestro, saludó con la mano, quiso salir por la puerta, que Frieda mantenía abierta para él, pero chocó con las criadas que ya venían con sus pertenencias para acomodarse otra vez en la habitación. Así que el maestro tuvo que deslizarse entre ellas y Frieda le siguió.
—Tenéis mucha prisa —dijo K, que esta vez se mostró muy satisfecho con ellas—, aún estamos aquí y ya queréis volver.
Ellas no contestaron y retorcieron confusas sus hatillos de ropa, de los que sobresalían los conocidos trapos sucios.
—Ni siquiera habéis lavado vuestras cosas —dijo K, no lo dijo con maldad, sino con cierta simpatía. Ellas lo notaron, abrieron al mismo tiempo sus rudas bocas, mostraron sus hermosos y fuertes dientes, como los de un animal, y lanzaron una sonora carcajada.
—Venid —dijo K—, instalaos, es vuestra habitación.
Como aún dudaban —su habitación les parecía demasiado cambiada—, K tomó a una del brazo para conducirla hacia el interior. Pero la dejó inmediatamente, tanta sorpresa leyó en la mirada de las dos, después de haberse intercambiado un signo de inteligencia, mirada que no apartaron de él.
—Ya me habéis mirado suficiente tiempo —dijo K, defendiéndose de una sensación desagradable; tomó los zapatos y el traje, que Frieda, seguida de los ayudantes, acababa de traer, y se vistió. Una vez más le resultó incomprensible la paciencia que mostraba Frieda con los ayudantes. Los había encontrado, tras una larga búsqueda, en vez de limpiando los trajes en el patio como debían, en el comedor, pacíficamente sentados y comiendo, con el traje sucio y arrugado sobre las rodillas; ella misma tuvo que limpiarlo después y, sin embargo, ella, que sabía dominar a la gente de baja condición, ni siquiera se enojó con ellos, en su presencia habló de su burda negligencia como si contase una broma e incluso acarició a uno de ellos en la mejilla. K quería exponerle sus quejas al respecto más adelante. Ahora, sin embargo, ya era hora de irse.
—Los ayudantes se quedan aquí para ayudarte en el traslado —dijo K.
Ellos no se mostraron de acuerdo, alegres y satisfechos con la comida, preferían algo de movimiento. Sólo cuando Frieda dijo: «claro, os quedáis aquí», se sometieron.
—¿Sabes adónde voy? —preguntó K.
—Sí —dijo Frieda.
—¿Y no quieres detenerme? —preguntó K.
—Encontrarás tantos impedimentos —dijo ella—, ¡qué significarían para ti mis palabras!
Se despidió de K con un beso, le dio, como no había podido comer, un paquete con pan y salchichas, que había subido de la cocina, le recordó que ya no debía regresar allí, sino a la escuela, y le acompañó, con la mano en su hombro, hasta la puerta.

8

ESPERANDO A KLAMM

Al principio, K estaba contento de haber escapado del barullo de las criadas y de los ayudantes en la habitación caldeada. Fuera helaba un poco, la nieve era más dura, se podía caminar con más facilidad. Pero comenzaba a oscurecer, así que aceleró sus pasos.
El castillo, cuyos perfiles comenzaban a difuminarse, permanecía, como siempre, en calma, jamás había percibido K en él un signo de vida, quizá era imposible reconocer algo desde esa distancia y, sin embargo, los ojos reclamaban algo y no querían tolerar esa quietud. Cuando K contemplaba el castillo, a veces le parecía como si observase a alguien que estaba sentado allí tranquilo, mirando ante sí, no sumido en sus pensamientos y cerrado a todo su entorno, sino libre y despreocupado, como si estuviese solo y nadie le observase. Y, sin embargo, tenía que percibir que alguien le observaba, pero eso no afectaba en nada a su tranquilidad y, en realidad —no se sabía si como motivo o como consecuencia— las miradas del observador no podían mantenerse fijas y resbalaban. Ese día, esa sensación se fortaleció por la temprana oscuridad: cuanto más tiempo lo contemplaba, con más profundidad se hundía todo en la penumbra.
Precisamente cuando K llegó a la posada de los señores, aún sin iluminar, se abrió una ventana en el primer piso, un hombre joven, gordo y pulcramente afeitado, con una pelliza, se asomó por ella y permaneció allí; no pareció responder al saludo de K ni con la más ligera inclinación de cabeza. K no encontró a nadie ni en el pasillo ni en la taberna, el olor a cerveza rancia era peor que la última vez, algo parecido no ocurría en la posada del puente. Se acercó de inmediato a la puerta por la cual había observado a Klamm, presionó cuidadosamente el picaporte hacia abajo, pero la puerta estaba cerrada; a continuación, palpó para encontrar el lugar donde se hallaba el agujero, pero le habían debido de poner un tapón tan bien ajustado que no podía encontrarlo de esa manera, así que encendió una cerilla. Entonces un grito le asustó. En el rincón, entre la puerta y la barra, cerca de la calefacción, estaba sentada, formando un ovillo, una muchacha que le observaba con fijeza en el resplandor de la cerilla con unos ojos apenas abiertos por la somnolencia. Era evidente que se trataba de la sucesora de Frieda. Se recuperó pronto de la sorpresa, encendió la luz, la expresión de su rostro aún era enojada, entonces reconoció a K.
Ah, el señor agrimensor —dijo sonriendo, le dio la mano y se presentó:
—Me llamo Pepi.
Era pequeña, colorada, sana, el cabello abundante y rojizo estaba recogido en una trenza, algunos mechones ondulados colgaban alrededor del rostro; llevaba un vestido liso que caía verticalmente y que no le quedaba bien: estaba hecho de una tela gris brillante, en la parte inferior había sido estrechado en el bajo de un modo tosco e infantil con ayuda de una cinta de seda. Se interesó por Frieda y preguntó si no regresaría pronto. Ésa era una pregunta que casi rayaba en la maldad.
—Me llamaron a toda prisa —dijo entonces—, después de la partida de Frieda, pues aquí no se puede emplear a una cualquiera, hasta ahora era criada, pero no ha sido un cambio muy bueno el que he hecho. Aquí hay mucho trabajo nocturno, es agotador, apenas podré soportarlo, no me sorprende que Frieda haya renunciado.
—Frieda estaba aquí muy satisfecha —dijo K para, finalmente, llamar la atención de Pepi sobre la diferencia existente entre Frieda y ella y que ella no consideraba.
—No la crea—dijo Pepi—, Frieda puede dominarse como nadie. Lo que no quiere reconocer, no lo reconoce, y ninguno nota que ella tuviese algo que reconocer. Ya hace unos años que trabajo con ella aquí, siempre hemos dormido juntas en la misma cama, pero no nos tomamos confianza, seguro que ya no piensa en mí. Su única amiga es quizá la vieja posadera de la posada del puente y eso también resulta significativo.
—Frieda es mi novia —dijo K, y siguió buscando al mismo tiempo el agujero.
—Lo sé —dijo Pepi—, por eso se lo cuento, si no para usted no tendría ninguna importancia.
—Comprendo —dijo K—, se refiere a que puedo estar orgulloso de haber ganado para mí a una mujer tan reservada.
—Sí —dijo ella, y rió satisfecha, como si hubiese conseguido de K un secreto acuerdo referente a Frieda.
Pero no eran realmente sus palabras las que ocupaban a K y las que le distraían algo de su búsqueda, sino su aparición y su presencia en ese lugar. Cierto, era mucho más joven que Frieda, casi una niña, y su vestido era ridículo, parecía evidente que se había vestido así para corresponder a las ideas exageradas que tenía de una muchacha de servicio en la barra. Y ni siquiera podía corresponder con pleno derecho a esas ideas, pues la ocupación de ese puesto, que no le iba nada, había sido inesperada e inmerecida, además se lo habían dado temporalmente, ni siquiera le habían confiado la cartera de piel que Frieda siempre había llevado en el cinturón. Y su supuesta insatisfacción con la plaza no era más que arrogancia. Sin embargo, a pesar de su irreflexión infantil, era probable que tuviera relaciones con el castillo, pues, si no mentía, había sido criada; sin saber de sus posesiones, pasaba el tiempo allí dormitando, pero un abrazo a ese pequeño y redondo cuerpecillo quizá no sirviera para arrebatarle sus posesiones, pero sí podría animarle para el penoso camino que tenía ante él. Entonces, ¿quizá no era diferente a Frieda? Oh, sí, era diferente. Bastaba con pensar en la mirada de Frieda para comprenderlo. K jamás habría rozado a Pepi, pero ahora tuvo que taparse un rato los ojos, con tanta codicia la estaba mirando.
—No tiene por qué estar encendida —dijo Pepi, y apagó la luz—, sólo he encendido porque me ha asustado. ¿Qué busca aquí? ¿Ha olvidado algo Frieda?
—Sí —dijo K, y señaló hacia la puerta—, ahí, en la habitación contigua, un mantel, uno blanco y bordado.
—Sí, su mantel —dijo Pepi—, lo recuerdo, un trabajo muy bonito, también yo la ayudé a hacerlo. Pero en esa habitación no creo que esté.
—Frieda así lo cree. ¿Quién vive aquí? —preguntó K.
—Nadie —dijo Pepi—, es la habitación de los señores, aquí comen y beben los señores, esto es, está destinada para eso, pero la mayoría de ellos permanecen arriba, en sus habitaciones.
—Si supiera —dijo K— que en la habitación no hay nadie, me encantaría entrar y buscar el mantel. Pero es muy inseguro; Klamm, por ejemplo, suele sentarse allí.
—Klamm no está ahora allí, con toda seguridad—dijo Pepi—, está a punto de partir, en el patio le está esperando el trineo.
En seguida, sin una palabra de explicación, K abandonó la taberna, torció en el pasillo en vez de hacia la salida hacia el interior de la casa y ya había alcanzado en pocas zancadas el patio. ¡Qué bello y silencioso estaba aquel lugar! Un patio cuadrado, limitado en tres de sus lados por la casa y separado de la calle, una calle lateral que K desconocía, por un elevado muro blanco con una enorme y pesada puerta que en ese momento permanecía abierta. En la parte del patio la casa parecía más alta que vista desde la parte frontal, al menos el primer piso estaba terminado de construir y presentaba un gran aspecto, pues se hallaba rodeado de una galería de madera cerrada hasta dejar sólo una rendija a la altura de la vista. Aún en el tramo central, pero ya en el ángulo, en la intersección de las dos alas del edificio, había una entrada a la casa, abierta, sin puerta. Ante ella se encontraba un trineo cerrado tirado por dos caballos. Salvo al cochero, a quien K, desde esa distancia y en la penumbra, más adivinaba que veía, no se podía ver a nadie más.
Con las manos en los bolsillos, mirando cuidadosamente a su alrededor, K rodeó dos muros del patio hasta llegar al trineo. El cochero, uno de esos campesinos que habían estado en la taberna, le había visto venir hundido en su abrigo de piel e indiferente, del mismo modo en que alguien sigue el camino de un gato. Pese a que K llegó a donde se encontraba, saludó, e incluso los caballos se volvieron un poco intranquilos ante la presencia de un hombre surgido de la oscuridad, permaneció despreocupado. Eso le venía bien a K. Apoyado en el muro sacó su comida, pensó agradecido en Frieda que tan bien le alimentaba, y atisbó en el interior de la casa. Una escalera rectangular descendía desde allí y se veía atravesada por un pasadizo aparentemente profundo; todo estaba limpio, pintado de blanco y bien, delimitado.
K esperó más de lo que había pensado. Ya hacía mucho tiempo que había terminado la comida, el frío era considerable, de la penumbra se había pasado a las más oscuras tinieblas y Klamm aún no aparecía.
—Aún puede tardar bastante —dijo repentinamente una voz ruda tan cerca de K que éste se estremeció. Era el cochero que, como si se hubiese despertado, se estiraba y bostezaba en voz alta.
—¿Que puede tardar bastante? —preguntó K, en cierto modo agradecido por sus palabras, pues el continuo silencio y la tensión comenzaban a ser desagradables.
—Hasta que usted se vaya—dijo el cochero.
K no le comprendió, pero no siguió preguntando, creía que así podía hacer hablar a ese tipo altanero. No responder en esa oscuridad era casi una provocación. Y, efectivamente, el cochero preguntó al poco rato:
—¿Quiere coñac?
—Sí —dijo K sin reflexionar, demasiado tentado por la oferta, pues estaba tiritando de frío.
—Entonces abra el trineo —dijo el cochero—, en la cartera lateral hay algunas botellas, tome una, beba y démela a mí. Me resulta muy problemático bajar a causa del abrigo de piel.
A K le fastidió eso de tener que darle la botella, pero como ya había comenzado una conversación con el cochero, obedeció, aun con el peligro de ser sorprendido por Klamm en el interior del trineo. Abrió la amplia puerta y hubiera podido sacar en seguida la botella de la cartera situada en la parte lateral, pero se vio tan atraído por el interior, ahora que la puerta estaba abierta, que no pudo resistirse; sólo quería sentarse un instante. Se introdujo rápidamente. Era extraordinaria la calidez en el interior del trineo y así permaneció aunque la puerta, que K no se atrevía a cerrar, estaba abierta. No sabía si estaba sentado en un banco, tantas pieles, edredones y cojines había por doquier; uno podía estirarse y girar hacia todos los lados, siempre se hundía con suavidad y calor. Con los brazos extendidos y la cabeza apoyada en los cojines, que siempre estaban a mano, K miró desde el interior del trineo hacia la oscura casa. ¿Por qué Klamm tardaba tanto en bajar? Como ebrio por el calor después de la larga espera en la nieve, K deseó que Klamm llegase por fin. El pensamiento de que no debería ser visto por KIamm en esa situación sólo se hizo consciente de un modo difuso, como una silenciosa perturbación. En ese olvido se vio apoyado por la conducta del cochero, quien debía de saber que estaba en el interior del trineo y le dejaba allí sin ni siquiera reclamarle la botella de coñac. Eso era considerado, pero K quería hacerle el favor; torpemente, sin cambiar de postura, alcanzó la cartera lateral, pero no la de la puerta abierta, que estaba muy lejos, sino la que se encontraba detrás de él, en la cerrada, aunque daba igual, también en ésa había botellas. Sacó una, la abrió y olió el contenido, tuvo que reírse involuntariamente, el olor era tan dulce, tan acariciador, como si se oyera de alguien, a quien se ama mucho, alabanzas y buenas palabras, y sin saber con certeza de qué se trata, sin ni siquiera querer saberlo, sintiéndose sólo feliz con la conciencia de que esa persona amada es la que habla. «¿Será esto coñac?» —se preguntó K dubitativo y lo probó por curiosidad. Pues sí, era coñac, por extraño que pareciese, quemaba y daba calor. ¿Cómo era posible que al beberlo, algo que era portador de un dulce aroma se convirtiese en una bebida digna de un cochero? «¿Es posible?» —se preguntó K como haciéndose un reproche a sí mismo y volvió a beber.
En ese momento —K estaba precisamente dando un largo trago a la botella—, se hizo la claridad, se encendió la luz eléctrica en el interior de la escalera, en el corredor, en el pasillo y sobre la entrada. Se oyeron pasos en la escalera, la botella se cayó de las manos de K y se derramó sobre una de las pieles. K saltó fuera del trineo; acababa de cerrar la puerta, lo que produjo un ruido estruendoso, cuando un señor salió lentamente de la casa. Lo único consolador es que no se trataba de Klamm, o ¿había que lamentarse de que no lo fuera? Era el señor que K ya había visto en la ventana del primer piso. Un señor aún joven, muy apuesto, rosado y blanco, pero muy serio. También K le miró con aire sombrío, pero con esa mirada aludía a sí mismo. Hubiera preferido arreglárselas para que los ayudantes se hubiesen comportado como él había hecho, entonces habrían comprendido. El hombre aún callaba, como si no tuviera el aliento suficiente para hablar en su ancho pecho.
—Esto es terrible —dijo entonces, y alzó algo el sombrero sobre la frente.
¿Cómo? ¿El señor no sabía probablemente nada de la estancia de K en el interior del trineo y ya encontraba algo terrible? ¿Acaso encontraba terrible que K pudiese haber penetrado hasta el patio?
—¿Cómo ha llegado hasta aquí? —preguntó el señor en voz más baja, pero logrando ya respirar, entregándose a lo irrevocable.
¡Qué pregunta! ¿Qué podía responder? ¿Debía confirmar expresamente K que el camino comenzado con tantas esperanzas había sido en vano? En vez de responder, K se volvió hacia el trineo, lo abrió y recogió su gorro que había olvidado en el interior. Con desagrado notó cómo el coñac goteaba sobre el estribo.
Luego se dirigió de nuevo hacia el señor; ya no tenía ningún reparo en mostrarle que había estado en el trineo, tampoco era lo peor; si le preguntaba, aunque sólo en ese caso, no silenciaría que el mismo cochero le había inducido al menos a abrir la puerta. Lo realmente malo era en realidad que el señor le había sorprendido, que no había tenido el tiempo suficiente para esconderse de él para luego esperar a Klamm sin molestias o que no había tenido la suficiente presencia de ánimo para permanecer en el interior del trineo, cerrar la puerta, y allí esperar a Klamm entre las pieles, o al menos permanecer allí mientras ese señor se encontrase en las cercanías. Cierto, él no podía haber sabido si era realmente Klamm el que venía, en cuyo caso hubiese sido naturalmente mucho mejor haberle recibido fuera del trineo. Sí, había mucha materia para reflexionar, pero ya no, pues todo había acabado.
—Venga conmigo —dijo el señor, sin ordenar en un sentido estricto, aunque la orden no residía en las palabras, sino en un corto movimiento de la mano, intencionadamente indiferente, que las acompañaba.
—Estoy esperando a alguien —dijo K, ya sin esperanzas de éxito, sólo por principio.
—Venga —dijo una vez más el señor impertérrito, como si quisiese mostrar que nunca había dudado que K esperase a alguien.
—Pero entonces no encontraré a quien estoy esperando —dijo K con un estremecimiento del cuerpo. Pese a todo lo ocurrido tenía la sensación de que lo que había conseguido hasta ese momento era una especie de posesión que, ciertamente, sólo mantenía de forma aparente pero que no debía renunciar a ella por una orden cualquiera.
—No le va a encontrar en ningún caso, tanto si se queda como si se va—dijo el señor, brusco al manifestar su opinión, pero llamativamente deferente respecto al proceso mental de K.
—Entonces prefiero no encontrarle esperándole —dijo K con obstinación; con toda seguridad no iba a dejarse expulsar de allí sólo por las palabras de ese joven. A continuación, el señor cerró un instante los ojos con una expresión de superioridad en el rostro, inclinado hacia arriba con arrogancia, como si quisiese que K entrase en razón; pasó la lengua por sus labios semiabiertos y le dijo al cochero:
—¡Desenganche los caballos!
El cochero, obediente, pero lanzando una enojada mirada de soslayo a K, tuvo que descender y quitarse la piel, comenzando con lentitud, como si no esperase una contraorden del señor, pero sí un cambio de opinión de K, a empujar a los caballos hacia atrás, aproximándose a un ala lateral del edificio en la que, detrás de una gran puerta, debía de estar el establo y la cochera. K vio cómo se quedaba solo, por una parte se alejaba el trineo, por la otra, por el camino por donde K había venido, se alejaba el joven señor, aunque los dos lo hacían con gran lentitud, como si quisieran mostrar a K que aún estaba en su poder impulsarlos a regresar .
Quizá tuviese ese poder, pero no le habría servido de nada; hacer regresar al trineo habría significado tener que alejarse. Así que permaneció en silencio, siendo el único que mantenía su puesto, pero era una victoria que no proporcionaba ninguna alegría. Miró alternativamente al trineo y al señor. Este último ya había alcanzado la puerta por la que K había entrado al patio, una vez más miró hacia atrás, K creyó ver cómo sacudía la cabeza sobre tanta obstinación, luego se volvió con un movimiento corto y decidido y entró al pasillo en el que desapareció. El cochero permaneció más tiempo en el patio, tenía mucho trabajo con el trineo, tenía que abrir la gran puerta del establo, retroceder y colocar el trineo en su lugar, desenganchar los caballos, llevarlos a la cuadra, todo lo hacía con gran seriedad, sumido en sus pensamientos, ya sin ninguna esperanza de realizar un viaje; ese continuo trabajo en silencio, sin ninguna mirada de soslayo a K, le pareció a éste un reproche más duro que el comportamiento del señor. Y cuando una vez terminada la labor, el cochero, con su paso lento y oscilante, atravesó el patio, cerró la puerta y regresó al establo, todo pausadamente, siguiendo literalmente su propio rastro en la nieve, encerrándose en el establo, y cuando entonces se apagó la luz —¿a quién tendría que haber iluminado?—, y arriba, en la galería de madera, aún se veía claridad a través de la ranura, atrayendo su mirada errática, a K le pareció como si hubiesen roto todos los vínculos con él y como si fuese más libre que nadie y pudiera esperar en ese lugar prohibido todo lo que quisiera, como si se hubiese ganado en duro combate, como ningún otro, esa libertad, y como si nadie pudiera tocarle o expulsarle, ni siquiera hablarle, pero —este convencimiento era como mínimo igual de fuerte— como si, al mismo tiempo, no hubiese nada más absurdo, más desesperado que esa libertad, esa espera, esa invulnerabilidad.

9

LA LUCHA CONTRA EL INTERROGATORIO

Y se alejó de allí regresando a la casa, esta vez no a lo largo del muro, sino a través de la nieve; en el pasillo se encontró al posadero, quien le saludó sin decir una palabra y le señaló la puerta de la taberna. K siguió el gesto del posadero porque estaba helado y quería ver personas, aunque se quedó muy decepcionado al encontrar una vista opresiva para él, a una mesita, que en realidad había sido dispuesta a propósito, pues allí se contentaban con los barriles, se sentaba el joven señor y ante él, de pie, estaba la posadera de la posada del puente. Pepi, orgullosa, con la cabeza inclinada hacia atrás, con la misma sonrisa eterna, consciente de su irrefutable dignidad, oscilando la trenza con cada uno de sus movimientos, corrió de un lado a otro llevando cerveza, tinta y una pluma, pues el señor había extendido papeles ante sí, comparaba cifras que encontraba en un papel y luego en otro al final de la mesa, y quería escribir. La posadera contemplaba muda y tranquila al señor y los papeles como si ya hubiese dicho todo lo necesario y hubiese sido bien recibido.
—El señor agrimensor, por fin —dijo el señor cuando K entró, lanzándole una mirada fugaz y concentrándose de nuevo en los papeles. También la posadera dirigió a K una mirada, ésta indiferente y carente de sorpresa. Pepi pareció haber reparado en K sólo cuando él se acercó a la barra y pidió un coñac.
K se apoyó allí, presionó los ojos con su mano y no prestó atención a nada. Luego dio unos sorbitos al coñac y lo rechazó porque era imbebible.
—Todos los señores lo beben —dijo brevemente Pepi, vació el resto, lavó la copa y la colocó en su sitio.
—Los señores también lo tienen mejor—dijo K.
—Es posible—dijo Pepi—, pero yo no.
Con eso había terminado con K y ya estaba otra vez al servicio del señor, quien, sin embargo, no necesitaba nada, así que pasó una y otra vez por detrás de él con el intento respetuoso de arrojar una mirada a los papeles; pero no era más que burda curiosidad y fanfarronería, que también la posadera desaprobó frunciendo las cejas.
De repente, sin embargo, la posadera oyó algo y se quedó inmóvil, concentrándose en la escucha, mirando al vacío. K se volvió, no oyó nada especial, tampoco los otros parecían oír nada, pero la posadera anduvo de puntillas con pasos cortos hacia la puerta detrás de ella que conducía al patio, miró por el ojo de la cerradura, se volvió hacia los demás con los ojos muy abiertos y el rostro sofocado, hizo un gesto con la mano hacia donde estaban y entonces miraron alternativamente, la posadera la mayor parte del tiempo, también Pepi tuvo su turno, y el señor se mostró en comparación el más indiferente. Pepi y el señor regresaron pronto, sólo la posadera seguía mirando con esfuerzo, muy inclinada, casi de rodillas, parecía como si quisiese conjurar al ojo de la cerradura para que la dejase pasar a través de él, pues ya hacía tiempo que no se podía ver nada. Cuando finalmente se irguió, se pasó las manos por el rostro, se arregló el cabello despeinado, tomó aire y su vista aparentemente se habituó a la habitación y a los presentes,—aunque lo hizo en contra de su voluntad. K, no para que le confirmasen algo que ya sabía, sino para anticiparse a un ataque, que ya temía, tan vulnerable era ahora, dijo:
—¿Entonces ya se ha ido Klamm?
La posadera pasó por su lado sin decir una palabra, pero el señor dijo desde la mesita:
—Sí, claro. Como usted ha abandonado su puesto de vigilancia, Klamm ya ha podido partir. Resulta maravilloso lo sensible que es el señor. ¿No notó, señora posadera, lo intranquilo que miraba Klamm a su alrededor?
La posadera no pareció haberlo observado, pero el señor continuó:
—Bueno, afortunadamente, ya no se podía ver nada más, el cochero borró las huellas en la nieve.
—La señora posadera no ha advertido nada—dijo K—, pero no dijo eso a causa de alguna esperanza, sino sólo irritado por la afirmación del señor que había querido sonar tan conclusiva e inapelable.
—Quizá no estaba en ese preciso instante en el ojo de la cerradura —dijo la posadera al principio para proteger al señor, pero después también quiso otorgarle su derecho a Klamm y añadió:
—Por lo demás, no creo que Klamm sea tan sensible. Es cierto que tememos por él e intentamos protegerle y por eso partimos de una extremada sensibilidad de Klamm. Eso está bien así y con seguridad también es la voluntad de Klamm. Pero cómo sea en realidad, no lo sabemos. Está claro que Klamm jamás hablará con alguien con quien no quiera hablar, por mucho que se esfuerce ese alguien y por muy insoportable que sea su intromisión, pero sólo ese hecho, que Klamm jamás hablará con él, que jamás dejará que aparezca en su presencia, basta, ¿por qué no podría soportar en realidad la mirada de cualquiera?
El señor asintió con insistencia.
—Esa es también, naturalmente, mi opinión —dijo—, si me he expresado de un modo algo diferente ha sido para que el señor agrimensor me comprendiese. Cierto es, sin embargo, que Klamm, en cuanto salió, miró varias veces a su alrededor.
—Quizá me ha buscado —dijo K.
—Es posible —dijo el señor—, en eso no había caído.
Todos se rieron, Pepi, que apenas entendía de qué hablaban, con más fuerza que los demás.
—Ahora que estamos todos reunidos y tan alegres —dijo entonces el señor—, le pediría al señor agrimensor que me ayudase a completar mis actas con algunos datos.
—Aquí se escribe mucho —dijo K, y miró desde la lejanía hacia el acta.
—Sí, una mala costumbre —dijo el señor, y volvió a reírse—, pero quizá aún no sepa quién soy yo. Soy Momus , el secretario municipal de Klamm.
Después de estas palabras la seriedad volvió a la habitación; aunque la posadera y Pepi, naturalmente, conocían bien al señor, quedaron afectadas por la mención del nombre y de su cargo. E incluso el señor mismo, como si hubiese dicho demasiado para su capacidad receptiva, y como si quisiera al menos huir de toda solemnidad adicional implícita en sus palabras, se concentró en sus expedientes y comenzó a escribir de tal modo que en la habitación sólo se oía la pluma.
—¿Qué es eso de secretario municipal? —preguntó K después de un rato.
En vez de Momus, que ahora, después de haberse presentado, ya no consideraba adecuado proporcionar ese tipo de explicaciones, fue la posadera quien contestó:
—El señor Momus es el secretario de Klamm como cualquier otro de los secretarios de Klamm, pero su residencia oficial y, si no me equivoco, sus competencias...
Momus sacudió vivamente la cabeza mientras escribía y la posadera mejoró sus palabras.
—Bueno, su residencia oficial, no sus competencias, queda limitada al pueblo. El señor Momus se encarga de los escritos de Klamm referentes al pueblo y es el primero que recibe todas las peticiones a Klamm procedentes del pueblo.
Cuando K, aún poco afectado por esas cosas, contempló a la posadera con la mirada vacía, añadió ella casi confusa:
Así está dispuesto, todos los señores del castillo tienen sus secretarios municipales.
Momus, que había escuchado con más atención que K, completó lo dicho por la posadera:
—La mayoría de los secretarios municipales sólo trabajan para un señor; yo, sin embargo, para dos, para Klamm y para Vallabene.
—Sí —dijo la posadera, recordándolo en ese momento, y se dirigió a K:
—El señor Momus trabaja para dos señores, para Klamm y para Vallabene, por tanto es doble secretario municipal.
—Incluso doble —dijo K asintiendo con la cabeza hacia Momus, como se asiente ante un niño del que se acaban de oír elogios. Mientras, el secretario municipal, inclinado hacia adelante, le miraba directamente.
Si en esas palabras había cierto desprecio, o no se notó o, por el contrario, se supuso. Precisamente ante K, que ni siquiera era lo suficientemente digno para ser visto por Klamm, aunque sólo fuera casualmente, se detallaban los méritos de un hombre perteneciente al estrecho círculo de Klamm con la intención sin disimulo de obligarle a mostrar reconocimiento y alabanzas. Y, sin embargo, K no se daba cuenta; él, que se esforzaba con todas sus energías por conseguir una mirada de Klamm, no valoraba lo suficiente el puesto de un Momus, que podía vivir ante Klamm; lejos estaban de él la admiración o incluso la envidia, pues no consideraba su proximidad lo más deseable, él, sólo él, con sus deseos y con los de nadie más, era quien tenía que acercarse a Klamm, y acercarse, no para descansar a su lado, sino para adelantarle en su camino hacia el castillo.
Y después de mirar la hora en su reloj, dijo:
—Ahora debo irme a casa.
En ese momento cambió de inmediato la situación a favor de Momus.
—Sí, es cierto —dijo éste—, los deberes del bedel de la escuela le llaman. Pero antes me tendrá que dedicar un minuto. Se trata de unas preguntas cortas.
—No tengo ganas —dijo K, y quiso irse hacia la puerta.
Momus golpeó una de las actas contra la mesa y se levantó:
—En nombre de Klamm le conmino a responder mis preguntas.
—¿En nombre de Klamm? —repitió K—, ¿acaso le preocupan mis asuntos?
—Sobre eso —dijo Momus— no puedo juzgar y usted mucho menos, dejémoslo a su discreción. Pero le exijo en el ejercicio del cargo que ocupo, concedido por Klamm, que permanezca y responda.
—Señor agrimensor —se injirió la posadera—, me guardaré mucho de seguir aconsejándole; con mis anteriores consejos, los más benevolentes que puede haber, he sido rechazada por usted con la mayor grosería y he venido ha hablar con el secretario —no tengo nada que ocultar para informar a la administración de su conducta y de sus intenciones, así como para impedir en el futuro que usted sea alojado de nuevo en mi posada; así están las cosas entre nosotros y ya no se puede cambiar nada, y si ahora digo mi opinión, no lo hago para ayudarle a usted, sino para facilitar en algo la difícil tarea del señor secretario consistente en tratar con un hombre como usted. No obstante, y debido a mi completa sinceridad—con usted no puedo hablar sino con sinceridad y aun así ocurre en contra de mi voluntad—, también usted puede sacar provecho de mis palabras, siempre que quiera. En este caso le advierto de que el único camino que conduce a Klamm pasa por las actas del señor secretario. Pero no quiero exagerar, quizá el camino no conduzca a Klamm, quizá se interrumpa antes de llegar a él, sobre eso decide el secretario según su arbitrio. En todo caso es el único camino que, al menos para usted, va en la dirección de Klamm. ¿Y usted quiere renunciar a este único camino por ningún otro motivo que por obstinación?
—Ay, señora posadera —dijo K—, no es ni el único camino hacia Klamm ni posee más valor que los demás. Y usted, señor secretario, es quien decide sobre si lo que diré aquí llegará hasta Klamm o no.
—Cierto —dijo Momus, y miró orgulloso, con los ojos hundidos, hacia la derecha y la izquierda, donde no había nada que mirar—. ¿Para qué sería en otro caso secretario?
—Ahora puede ver, señora posadera —dijo K—, que no necesito un camino para llegar a Klamm, sino uno para llegar al señor secretario.
—Ese camino se lo pretendía abrir yo —dijo la posadera—, ¿no le pedí esta mañana que me dejase canalizar su petición a Klamm? Eso habría ocurrido a través del señor secretario. Usted, sin embargo, lo rechazó y ahora no le va a quedar otro remedio que este camino. Ciertamente, después de su actuación de hoy, de su intento de asaltar a Klamm, con menos perspectivas de éxito. Pero esta última y diminuta esperanza que desaparece, casi inexistente, es lo único que tiene.
—¿Cómo es posible, señora posadera —dijo K—, que en un principio haya intentado impedirme que llegase hasta Klamm y que ahora torne tan en serio mi solicitud y, en cierto modo, me considere perdido después del fracaso de mis planes? Si al principio se me desaconsejó con toda sinceridad que intentase llegar a Klamm, ¿cómo es posible que ahora se me impulse hacia adelante, al parecer con la misma sinceridad, en el camino hacia Klamm, por más que no conduzca hasta él?
—¿Le impulso hacia adelante? —preguntó la posadera—. ¿Acaso significa impulsarle hacia adelante decirle que sus intentos carecen de esperanza de éxito? Sería, verdaderamente, lo máximo en osadía, si así quisiese descargar sobre mí una responsabilidad que le concierne a usted. ¿Es quizá la presencia del señor secretario lo que le motiva a ello? No, señor agrimensor, yo no le impulso a nada. Sólo puedo reconocer una cosa, que yo, cuando le vi por primera vez, quizá le estimé demasiado. Su rápida victoria sobre Frieda me asustó, no sabía de lo que aún podría ser capaz, yo quería impedir males mayores y creí poder conseguirlo si le conmocionaba con amenazas y súplicas. Mientras tanto he aprendido a pensar con más tranquilidad sobre todo. Puede hacer lo que quiera, sus actos podrán dejar, a lo mejor, afuera, en la nieve del patio, profundas huellas, pero nada más.
—Me parece que aún no ha logrado aclarar la contradicción —dijo K—, pero me doy por satisfecho habiéndole llamado la atención sobre ella. Ahora le pido, señor secretario, que me diga si la opinión de la señora posadera es acertada, me refiero a si el acta que quiere completar conmigo podría conducir como consecuencia a que pudiese aparecer ante Klamm. Si es así, estoy dispuesto a responder a todas las preguntas. A ese respecto, estoy dispuesto a todo.
—No —dijo Momus—, no existe esa vinculación. Aquí se trata sólo de redactar una correcta descripción de lo acontecido esta tarde para el registro municipal de Klamm. Esa descripción ya está terminada, sólo tiene que rellenar dos o tres espacios en blanco por cuestión de orden, no existe ninguna otra finalidad y tampoco se puede alcanzar.
K miró en silencio a la posadera.
—¿Por qué me mira? —preguntó la posadera—. ¿Acaso he dicho algo diferente? Así ocurre siempre, señor secretario, así ocurre siempre. Falsea las informaciones que se le dan y luego afirma que ha recibido informaciones falsas. Le vengo diciendo desde el principio, hoy y siempre, que no tiene ninguna posibilidad de ser recibido por Klamm, si no hay ninguna posibilidad, tampoco la recibirá por esta acta. ¿Puede haber algo más claro? Además, le digo que esta acta es la única conexión oficial que puede tener con Klamm, también eso es lo suficientemente claro y no da lugar a dudas. Como no me cree, sigue con la esperanza —no sé por qué ni para qué— de poder llegar hasta Klamm, entonces sólo se le puede ayudar, si se logra insertar en su proceso mental que la única conexión oficial que tiene con Klamm es esta acta. Eso es lo que me he limitado a decir, y quien afirme otra cosa diferente tergiversa maliciosamente mis palabras.
—Si es como dice, señora posadera, entonces le pido disculpas, entonces la he interpretado mal; yo creía, erróneamente, como ha resultado ahora, que de sus palabras se podía deducir una ínfima esperanza para mí.
—Cierto —dijo la posadera—, ésa es mi opinión, usted vuelve a tergiversar mis palabras, aunque ahora en el sentido contrario. Para usted, según mi opinión, existe una esperanza así y, además, se basa únicamente en esta acta, pero puede ser que asalte al señor secretario con la pregunta «¿podré ver a Klamm si respondo a las preguntas?» Cuando un niño pregunta así, uno se ríe, cuando lo hace un adulto resulta una ofensa contra la administración, lo que el señor secretario ha ocultado indulgentemente con la elegancia de su respuesta. La esperanza, sin embargo, a la que me refiero, consiste en que a través del acta posee una suerte de conexión, quizá una suerte de conexión con Klamm. ¿No es esa una esperanza suficiente? ¿Si le preguntaran sobre los méritos que le hacen digno de esa esperanza, podría mencionar algo? Cierto, no se puede decir nada más concreto acerca de esa esperanza, y especialmente el señor secretario, en el ejercicio de sus funciones, jamás podrá darle la mínima indicación al respecto. Para él se trata, como ya le dijo, de una descripción de la tarde de hoy, por cuestión de orden, más no le dirá, ni siquiera si ahora mismo le pregunta respecto a mis palabras.
—¿Entonces, señor secretario —preguntó K—, leerá Klamm esa acta?
—No —dijo Momus—, ¿para qué? Klamm no puede leer todas las actas, en realidad no lee ninguna. «¡Dejadme en paz con vuestras actas!», suele gritarnos.
—Señor agrimensor—se quejó la posadera—, me agota con esas preguntas. ¿Acaso es necesario o siquiera deseable que Klamm lea esa acta y tome conciencia literal de las naderías de su vida? ¿No preferiría pedir humildemente que ocultasen ese expediente a Klamm, una petición, por lo demás, tan irrazonable como la primera —quién puede ocultar algo a Klamm— algo que, sin embargo, revelaría en usted un carácter más simpático? ¿Y es necesario para eso que usted denomina su esperanza? ¿No ha declarado que quedaría satisfecho, si sólo tuviese la oportunidad de hablar delante de Klamm, aun en el caso de que él no le viera y ni siquiera le escuchara? ¿Y no alcanza mediante este expediente al menos eso, aunque quizá mucho más?
—¿Mucho más? —preguntó K—. ¿De qué manera?
—Si no quisiera tenerlo siempre todo en forma comestible —dijo la posadera—, como si fuera un niño. ¿Quién puede dar respuesta a esas preguntas? El acta se guarda en el registro municipal de Klamm, eso ya lo ha escuchado, mas no se puede decir con seguridad. ¿Conoce ya toda la importancia de lo que redacta el señor secretario para el registro municipal? ¿Sabe lo que significa cuando el señor secretario le interroga? Tal vez, o es muy probable, ni siquiera lo sepa él mismo. Está aquí tranquilamente sentado y cumple con su deber, por cuestión de orden, como dijo. Pero piense que Klamm le ha nombrado, que trabaja en nombre de Klamm, que lo que hace, aunque nunca llegue hasta Klamm, cuenta desde un principio con la aprobación de Klamm. Y ¿cómo puede tener algo la aprobación de Klamm si no está inspirado por su espíritu? Muy lejos está de mí la intención de adular toscamente al señor secretario, él mismo tampoco lo toleraría, pero no hablo de su personalidad independiente, sino de lo que él es cuando cuenta con la aprobación de Klamm, como ahora mismo. Entonces es un instrumento en el cual se posa la mano de Klamm, y ay de aquel que no se someta a él .
K no temía las amenazas de la posadera, ya estaba cansado de las esperanzas con las que intentaba hacerle caer en la trampa. Klamm estaba lejos, una vez la posadera había comparado a Klamm con un águila y eso le había parecido a K ridículo; ahora ya no, pensaba en su lejanía, en su inexpugnable morada, en su silencio continuo, quizá sólo interrumpido por gritos que K jamás había oído, en su mirada penetrante que nunca se dejaba contrariar ni poner en evidencia, en sus círculos, indestructibles por la profundidad de K, que trazaba arriba según leyes incomprensibles, sólo visibles en algún instante, todo eso tenían en común Klamm y el águila. El acta no tenía nada que ver con todo eso, esa acta sobre la cual Momus despedazaba en ese momento una rosquilla con la que iba a acompañar la cerveza y con la que cubrió todos los papeles de sal y comino.
—Buenas noches —dijo K—, siento aversión contra todos los interrogatorios.
Y realmente se fue hacia la puerta.
—Pues se va —dijo Momus casi atemorizado a la posadera.
—No se atreverá —dijo ella.
Pero K no pudo oír nada más, ya se encontraba en el pasillo. Hacía frío y soplaba un fuerte viento. De la puerta de enfrente salió el posadero, parecía como si detrás de ella, por un agujero, hubiese vigila do el pasillo. Se sujetaba los faldones de la chaqueta, tan fuerte soplaba el viento en el pasillo.
—¿Ya se va, señor agrimensor? —dijo.
—¿Se asombra de ello? —preguntó K.
—Sí —dijo el posadero—. Entonces, ¿no le han interrogado?
—No —dijo K—, no me dejo interrogar.
—¿Por qué? —preguntó el posadero.
—No sé por qué razón me debería dejar interrogar, por qué me tengo que someter a una broma o a un capricho administrativo. Tal vez lo hubiese hecho en otra ocasión para matar el tiempo, pero hoy no.
—Sí, claro —dijo el posadero, pero era una anuencia cortés, carente de convicción—. Tengo que dejar entrar al servicio en la taberna —dijo después—, ya hace tiempo que ha pasado su hora. No quería importunar el interrogatorio.
—¿Lo consideraba tan importante? —preguntó K.
—Oh, sí —dijo el posadero.
—Entonces, ¿no tendría que haberme negado? —preguntó K.
—No —dijo el posadero—, no lo debería haber hecho.
Como K callaba, ya fuese para consolarle o para salir del paso con más rapidez, añadió:
—Bueno, bueno, no por eso se va a caer el cielo.
—No —dijo K—, por el tiempo que hace, no creo.
Y se separaron sonriendo.

10

EN LA CALLE

K salió a la escalera exterior azotada por el fuerte viento y miró hacia la oscuridad. Un tiempo malo, malísimo. De alguna manera, en consonancia con él se acordó de cómo la posadera se había esforzado en que se plegase al interrogatorio y cómo había logrado resistirse. No había sido ningún esfuerzo externo, en secreto le había alejado del acta, al final no sabía si había resistido o se había resignado. Una naturaleza intrigante, aparentemente trabajando sin sentido como el viento, según encargos lejanos y extraños de los que nunca se tenía noticia.
Apenas había caminado unos pasos por la carretera cuando vio en la lejanía dos luces oscilantes. Ese signo de vida le alegró y se apresuró a llegar hasta ellas, que también venían a su encuentro. No supo por qué se sintió tan decepcionado al reconocer a los dos ayudantes que marchaban hacia él, probablemente los había enviado Frieda, y los faroles que le liberaban de las tinieblas haciendo ruido a su alrededor eran de su propiedad; no obstante, estaba decepcionado, había esperado encontrarse con algún extraño, no con esos viejos conocidos que le resultaban una carga. Pero no sólo venían los ayudantes, de la oscuridad, entre ellos, surgió Barnabás.
—¡Barnabás! —exclamó K, y le ofreció su mano—. ¿Me buscabas?
La sorpresa del encuentro le hizo olvidar al principio el enojo que le causó una vez.
—Sí —dijo Barnabás con el mismo tono amable de siempre—, y con una carta de Klamm.
——¡Una carta de Klamm! —dijo K alzando la cabeza y tomando deprisa la carta de la mano de Barnabás—. ¡Iluminad! —le dijo a los ayudantes que se apretaban contra él a derecha e izquierda y levantaban los faroles.
K tuvo que doblar repetidas veces el gran pliego de la carta para protegerlo del viento. A continuación leyó: «¡Al agrimensor en la posada del puente! Los trabajos de agrimensura que ha realizado hasta el presente son dignos de mi reconocimiento. También los trabajos de los ayudantes son dignos de alabanza. Sabe estimularlos muy bien a trabajar. ¡No desmaye en su celo profesional! ¡Conduzca sus trabajos a un buen fin! Una interrupción me enojaría. Por lo demás, esté confiado, la cuestión salarial se decidirá en breve. No le pierdo de vista».
K dejó de mirar la carta cuando los ayudantes, lectores más lentos, gritaron tres hurras para celebrar las buenas noticias e hicieron oscilar los faroles.
—Calma —dijo, y dirigiéndose a Barnabás—: Es un malentendido.
Barnabás no le comprendió.
—Es un malentendido —repitió K.
Y el cansancio de la tarde volvió a apoderarse de él, el camino hasta la escuela le parecía aún más largo y detrás de Barnabás se encontraba toda su familia y los ayudantes se apretaban contra él, así que tuvo que distanciarlos con los codos; cómo había podido Frieda enviárselos; si él había ordenado que permanecieran con ella. El camino a casa lo habría encontrado él solo y lo habría recorrido con más facilidad que en esa compañía. Por añadidura, uno de ellos se había puesto alrededor del cuello un pañuelo, cuyos extremos ondeaban con el viento y golpeaban el rostro de K, mientras que el otro los retiraba de su rostro con sus dedos puntiagudos y juguetones sin, ciertamente, mejorar la situación. Los dos, incluso, parecían haberle tomado el gusto a esa actividad, del mismo modo en que les entusiasmaba el viento y la inestabilidad de la noche.
—¡Vamos! —gritó K—. Si habéis venido a mi encuentro, ¿por qué no habéis traído mi bastón? ¿Con qué si no os voy a llevar hasta casa?
Se escondieron detrás de Barnabás, pero tampoco estaban tan asustados, pues en otro caso no habrían mantenido los faroles a derecha e izquierda de su protector. Él, sin embargo, se desprendió de ellos.
—Barnabás —dijo K, y le afectó profundamente que Barnabás no comprendiese que en tiempos tranquilos su chaqueta brillase, pero que cuando había problemas, no supusiese ninguna ayuda; en él sólo se podía encontrar una resistencia muda, resistencia contra la que no se podía luchar, pues él mismo estaba indefenso, sólo brillaba su sonrisa, pero era de tan poca ayuda como las estrellas arriba contra la tormenta allí abajo.
—Mira lo que me escribe el señor —dijo K, y mantuvo la carta ante su rostro—. El señor está mal informado, no hago ningún trabajo de agrimensura y lo valiosos que son los ayudantes, bueno, eso ya lo sabes tú mismo. Y el trabajo que no hago no lo puedo interrumpir, ¡si ni siquiera puedo despertar el enojo del señor, cómo voy a ganarme su reconocimiento! Y confiado, desde luego, no lo estaré nunca.
—Yo lo intentaré arreglar —dijo Barnabás, que todo el tiempo había pasado la vista por la carta, pero no la había podido leer, ya que la tenía pegada al rostro.
—¡Ay! —dijo K—, me prometes que lo vas a arreglar, pero ¿puedo creerte realmente? ¡Necesito tanto a un mensajero digno de confianza, ahora más que nunca!
K se mordió los labios de impaciencia.
—Señor —dijo Barnabás con una ligera inclinación del cuello. K estuvo a punto de dejarse seducir y creer a Barnabás—, yo lo arreglaré, también lo último que me pediste.
—¡Cómo! —gritó K—. ¿Aún no lo has arreglado? ¿No estuviste al día siguiente en el castillo?
—No —dijo Barnabás—, mi buen padre es viejo, ya lo has visto, y había mucho trabajo, tuve que ayudarle, pero ahora podré ir pronto al castillo.
—Pero ¿qué haces, ser descabellado? —exclamó K, y se dio una palmada en la frente—, ¿acaso no tienen prioridad ante todo los asuntos de Klamm? ¿Tienes el cargo superior de un mensajero y lo ejerces con tal desvergüenza? ¿A quién le preocupa el trabajo de tu padre? Mamm espera noticias y tú, en vez de precipitarte a llevárselas, prefieres sacar la porquería del establo.
—Mi padre es zapatero —dijo Barnabás impertérrito—, tenía encargos de Brunswick y yo soy el ayudante de mi padre.
—¡Encargos—zapatos—Brunswick! —gritó K amargado, como si hiciese inservibles para siempre cada una de las palabras—. ¿Y quién necesita aquí zapatos en los caminos siempre vacíos, y qué me importan a mí todos los zapatos del mundo? Te he confiado un mensaje, no para que lo olvides en un banco de zapatero, sino para que lo lleves de inmediato al señor.
K se tranquilizó un poco al ocurrírsele que probablemente Klamm no había permanecido todo el tiempo en el castillo, sino en la posada de los señores, pero Barnabás volvió a irritarle cuando comenzó a recitar el primer mensaje para demostrarle que no lo había olvidado.
—Basta, no quiero saber más—dijo K.
—No te enfades conmigo, señor—dijo Barnabás y, como si quisiera castigarle inconscientemente, apartó su mirada y bajó los ojos, pero no era más que consternación por los gritos de K.
—No me he enfadado contigo —dijo K, y su intranquilidad se volvió contra él mismo—, no contigo, pero resulta muy perjudicial para mí sólo tener un mensajero así para las cosas importantes.
—Mira —dijo Barnabás, y pareció como si para defender su honor de mensajero dijera más de lo que podía—, Klamm no espera tus noticias, incluso se enoja cuando llego, «otra vez noticias», dijo él una vez, y la mayoría de las veces se levanta cuando me ve llegar desde lejos, se va a la habitación contigua y no me recibe. Tampoco está acordado que tenga que presentarme cada vez que tenga un mensaje; si fuese así, es obvio que me presentaría inmediatamente, pero no se ha acordado nada al respecto, y si no me presentase nunca, tampoco me reclamarían que lo hiciese. Cuando llevo un mensaje lo hago voluntariamente.
—Bien —dijo K observando a Barnabás y apartando premeditadamente la vista de los ayudantes que, alternándose detrás de los hombros de Barnabás, surgían lentamente de su hundimiento y rápidamente, con un silbido que imitaba al viento, como si se asustasen ante la mirada de K, volvían a desaparecer, así se divirtieron un buen rato—, no sé cómo son las cosas con Klamm, que tú sepas reconocer cómo son allí, lo dudo e incluso si pudieras, tampoco podrías mejorarlas. Pero sí puedes transmitir un mensaje, y eso es lo que te pido. Un mensaje muy corto. ¿Podrás llevarlo mañana mismo y decirme la respuesta también mañana o al menos informarme de cómo ha sido recibido? ¿Puedes y quieres hacerlo? Para mí sería muy importante. Y tal vez tenga la oportunidad de agradecértelo o tal vez tienes ahora un deseo que yo pueda cumplir.
—Claro que cumpliré tu encargo —dijo Barnabás.
—¿Y quieres esforzarte, cumplirlo lo mejor posible, transmitírselo personalmente a Klamm, recibir la respuesta del mismo Klamm y en seguida, mañana, aún por la mañana, quieres hacerlo?
—Lo haré lo mejor que pueda—dijo Barnabás—, pero eso es lo que hago siempre.
—No vamos a seguir discutiendo sobre eso —dijo K—. Éste es el mensaje: «El agrimensor solicita al señor director que le permita presentarse personalmente ante él, acepta por antelación toda condición que esté vinculada a esa autorización. Se ha visto obligado a realizar esta petición, porque hasta ahora todos los intermediarios han fracasado, como prueba aduce que hasta el momento no ha realizado ningún trabajo de agrimensura; con desesperada vergüenza ha leído, por tanto, la última carta del señor director, sólo una entrevista personal podría ayudar a solucionar la situación. El agrimensor conoce las molestias que puede causar, así que se esforzará por reducirlas todo lo que pueda, sometiéndose a cualquier limitación de tiempo, incluso a una fijación del número de palabras, si se considera necesaria, que pueda emplear durante la entrevista, incluso cree poder contentarse con sólo diez palabras. Con gran respeto y extremada impaciencia, espera la decisión».
K había hablado concentrado en las palabras y olvidándose de sí mismo, como si estuviese ante la puerta de Klamm y hablase con el vigilante de la puerta.
—Es más largo de lo que había pensado —dijo al cabo—, pero tienes que transmitirlo oralmente, no quiero escribir una carta, seguiría el infinito camino de los expedientes.
Así, K garabateó en un papel sobre la espalda de uno de los ayudantes, mientras el otro iluminaba, pero K pudo escribirlo según el dictado de Barnabás que lo había memorizado todo y lo repetía como un escolar, sin preocuparse del texto erróneo que los ayudantes le intentaban soplar.
—Tu memoria es extraordinaria —dijo K, y le dio el papel—, ahora, por favor, muéstrate extraordinario en el resto. ¿Y los deseos? ¿No tienes ninguno? Te digo sinceramente que me tranquilizaría, respecto al destino de mi mensaje, si tuvieras alguno.
Al principio Barnabás permaneció callado, luego dijo:
—Mis hermanas te envían saludos.
—Tus hermanas —dijo K—, sí, esas jóvenes fuertes y altas.
—Las dos te envían un saludo, pero especialmente Amalia —dijo Barnabás—, hoy me ha traído esta carta del castillo para ti.
Interesado en esta información, K preguntó:
—¿No podría llevar ella también mi mensaje al castillo? ¿O no podríais ir los dos juntos y buscar suerte cada uno por su lado?
—Amalia no puede entrar en las oficinas —dijo Barnabás—, si no lo haría encantada.
—Mañana es probable que vaya a visitaros —dijo K—, pero ven tú antes a buscarme con la respuesta. Te espero en la escuela. Saluda de mi parte a tus hermanas.
La promesa de K pareció hacer muy feliz a Barnabás y, después de estrecharse las manos como despedida, llegó incluso a rozar fugazmente el hombro de K. Éste sintió sonriente ese roce como si fuera un distintivo, como si ahora todo fuese como al principio, cuando Barnabás entró por primera vez en la posada con todo su esplendor en la presencia de los campesinos. Ya más calmado, durante el camino de regreso dejó que los ayudantes hicieran lo que quisiesen.

11

EN LA ESCUELA

Llegó congelado a casa, todo estaba oscuro, las velas en los faroles se habían consumido; conducido por los ayudantes, que conocían el lugar, logró entrar en una de las clases palpando las paredes:
—Vuestra primera acción digna de elogio —dijo recordando la carta de Klamm.
Aún medio dormida, Frieda exclamó desde una esquina:
—¡Dejad dormir a K! ¡No le molestéis!
Así seguía ocupando K sus pensamientos, aun cuando rendida por el sueño no había podido esperarlo despierta. Entonces se encendió la luz, aunque la lámpara, dado que tenía poco petróleo, apenas iluminaba. El lugar mostraba varias carencias, si bien se había caldeado; la gran habitación, que también se empleaba para hacer gimnasia —los aparatos estaban por todos lados y también colgaban del techo—, había consumido ya toda la leña disponible. Como se le aseguró a K, la temperatura había sido muy agradable, pero ahora, por desgracia, se había enfriado. En un depósito había reservas de leña, pero estaba cerrado y el maestro era quien tenía la llave, además, sólo permitía que se sacase leña para calentar durante las horas de clase. Hubiera sido soportable, si hubiesen dispuesto de camas para poder huir del frío en ellas, pero no había nada excepto un jergón de paja, cubierto, lo que era digno de aprecio, por un mantón de lana perteneciente a Frieda, pero sin colchón de plumas y sólo con dos cobertores rígidos y bastos que apenas calentaban. E incluso los ayudantes miraban con codicia ese jergón de paja, pero, naturalmente, no tenían la esperanza de poder acostarse en él. Frieda miró a K con miedo; que podía hacer habitable incluso la habitación más miserable, era algo que había demostrado en la posada del puente, pero aquí no había podido lograr nada más, sin ningún medio, como en realidad había sido.
—Nuestro único mobiliario son los aparatos de gimnasia —dijo entre lágrimas esforzándose por sonreír. Pero en lo que se refería a las graves carencias, la insuficiencia de camas y la calefacción, se prometía ayuda para el día siguiente y le pidió a K que tuviera paciencia hasta entonces. Ninguna palabra, ningún signo, ningún gesto podía indicar que albergaba en su corazón la mínima amargura por más que él, como tenía que reconocer, la había sacado de la posada de los señores y luego de la del puente. Por esta razón K se esforzó por encontrarlo todo soportable, lo que tampoco le resultaba tan difícil, pues él caminaba en pensamientos con Barnabás y repetía literalmente todo su mensaje, pero no como se lo había transmitido a Barnabás, sino como él creía que sonaría en los oídos de Klamm. Además, se alegró sinceramente por el café que Frieda le preparaba en un hornillo y siguió desde la calefacción, ya fría, sus movimientos experimentados y ligeros con los cuales extendía sobre la mesa del maestro el inevitable mantel blanco, colocaba una taza de café con motivos florales y, junto a ella, pan y tocino e, incluso, una lata de sardinas. Ahora ya estaba todo listo, tampoco Frieda había comido, sólo había esperado a K. Había dos sillas: en ellas Frieda y K se sentaron a la mesa, los ayudantes a sus pies, en la tarima, pero no permanecieron tranquilos, también molestaron durante la comida; a pesar de que recibieron con abundancia de todo y ni siquiera habían terminado lo suyo, no cesaban de levantarse para comprobar si aún quedaba algo en la mesa y si podían esperar algo más. K no les prestó atención, sólo por la risa de Frieda se fijó en ellos. Él puso su mano acariciadora sobre la de ella y le preguntó en voz baja por qué les toleraba tanto, incluso aceptaba amablemente su mala educación. De esa manera jamás podrían desprenderse de ellos, mientras que tratándolos con dureza como correspondía a su comportamiento podrían lograr o dominarlos o, lo que era más probable y mejor, quitarles el gusto de seguir en ese puesto y finalmente que se fuesen. No parecía que la estancia en la escuela tuviese perspectivas de ser muy buena, aunque tampoco fuera a durar mucho, pero apenas se notarían las carencias si los ayudantes se hubiesen ido y sólo los dos permaneciesen en esa casa tan tranquila. ¿Acaso no notaba que los ayudantes se ponían más descarados cada día que pasaba, como si la presencia de Frieda y la esperanza de que K no intervendría con fuerza en su presencia, como haría en otro caso, les animara a ello? Además, quizá podría haber algún medio simple para desembarazarse de ellos, tal vez hasta lo conociese Frieda, que tanto sabía de su situación actual. Y a los ayudantes probablemente sólo se les hiciese un favor al expulsarlos, pues tampoco se daban allí la gran vida y la haraganería de la que habían disfrutado hasta ese momento terminaría en parte, ya que tendrían que ponerse a trabajar, mientras que Frieda, después de las agitaciones de los últimos días, tenía que descansar y él, K, estaría ocupado en buscar una salida a la situación de emergencia en que se encontraban. Sin embargo, si los ayudantes se fueran, se encontraría tan aligerado que podría cumplir fácilmente con las obligaciones en la escuela y con todo lo demás.
Frieda, que había escuchado con atención, acarició lentamente su brazo y dijo que era de la misma opinión, pero que él, sin embargo, quizá valoraba demasiado la mala educación de los ayudantes, eran chicos jóvenes, alegres y algo simples, por primera vez al servicio de un forastero, liberados de la severa disciplina del castillo, por eso mismo un poco excitados y asombrados, y que en ese estado a veces cometían tonterías, sobre las que, naturalmente, uno se tenía que enojar, aunque lo más razonable sería reírse. Ella, a veces, no podía dejar de reírse. Sin embargo, estaba de acuerdo con K en que lo mejor sería desembarazarse de ellos y quedarse los dos solos. Se aproximó a K y ocultó su rostro en su hombro, y allí dijo, de forma tan incomprensible que K se tuvo que inclinar, que no conocía ningún medio contra los ayudantes y temía que fracasase todo lo propuesto por K. Por lo que ella sabía, había sido el mismo K quien los había reclamado y ahora los tenía y los mantendría. Lo mejor sería aceptarlo como un mal menor, como lo que en realidad eran, y así los soportaría mejor.
K no quedó satisfecho con esa respuesta: medio en broma medio en serio dijo que le parecía que ella tenía confianza en ellos o que, al menos, sentía por ellos una gran inclinación, a fin de cuentas eran unos chicos atractivos aunque no había nadie del que alguien, con buena voluntad, no pudiese deshacerse, y eso lo demostraría con los ayudantes.
Frieda le dijo que ella le estaría muy agradecida si lo lograba. Además, a partir de ese momento ya no se reiría de ellos ni hablaría con ellos una palabra que no fuese necesaria. Ya no encontraba en ellos nada que le hiciera gracia; por añadidura no era nada agradable ser observada continuamente por dos personas, ella había aprendido a contemplar a los dos con sus ojos. Y, realmente, se sobresaltó un poco cuando los dos ayudantes volvieron a levantarse, en parte para comprobar los restos de comida en parte para enterarse de a qué se debían los continuos murmullos.
K aprovechó la ocasión para quitarle las ganas a Frieda de seguir con los ayudantes, la atrajo hacia sí y terminaron juntos la comida. Entonces deberían haberse acostado, todos estaban muy cansados, uno de los ayudantes se había quedado dormido, incluso, mientras comía, eso divirtió mucho al otro y quiso convencer a K y a Frieda para que mirasen el necio rostro del durmiente, pero no lo logró, los dos se mantuvieron arriba con actitud de rechazo. Con el insoportable frío que hacía dudaban si irse a dormir, finalmente K declaró que se tenía que volver a caldear la habitación, en otro caso sería imposible dormir. Buscó un hacha o alguna herramienta parecida, los ayudantes sabían de un hacha y la trajeron; a continuación se fue al depósito de leña. En poco tiempo había logrado romper la puerta; encantados, como si no hubiesen experimentado en su vida nada mejor, persiguiéndose y empujándose mutuamente, los ayudantes comenzaron a llevar leña a la habitación; en poco tiempo ya habían acumulado un buen montón, así que encendieron la calefacción, se sentaron alrededor, a los ayudantes les dieron un cobertor, para arroparse con él, y eso bastó, porque acordaron que uno de ellos siempre vigilaría el fuego para mantenerlo, pero poco después hacía tanto calor que ya no necesitaron los cobertores, se apagó la lámpara y, felices por el calor y la calma, Frieda y K se echaron a dormir.
Cuando K se despertó por la noche a causa de un ruido y tocó somnoliento en el lugar donde debía estar Frieda, comprobó que en vez de ella a su lado estaba uno de los ayudantes. Fue, probablemente debido a la irritación que ya trajo consigo el ser despertado de repente, el mayor susto que había tenido desde que había llegado al pueblo. Se levantó dando un grito y sin pensarlo le dio al ayudante tal puñetazo que comenzó a llorar. El malentendido, sin embargo, se aclaró en seguida. Frieda se había despertado porque —al menos eso se había figurado— un animal grande, probablemente un gato, le había saltado al pecho y luego se había escapado. Ella se había levantado y buscado al animal por toda la habitación. Eso lo había aprovechado uno de los ayudantes para disfrutar un poco del placer del jergón de paja, lo que ahora pagaba amargamente. Frieda, sin embargo, no pudo encontrar nada, quizá sólo fuera pura imaginación, regresó con K y en el camino, como si hubiese olvidado la conversación nocturna, acarició el pelo del ayudante lloroso para confortarle. K no dijo nada, se limitó a ordenar al ayudante que dejase ya de vigilar el fuego, pues con el consumo de casi toda la leña reunida ya hacía demasiado calor.
Por la mañana se despertaron cuando los primeros niños de la escuela ya estaban allí y rodeaban con curiosidad a los durmientes. Fue algo desagradable porque a causa del calor, que ahora, sin embargo, por la mañana, había dado lugar a un frío respetable, se habían quitado todos hasta la camisa y precisamente cuando comenzaban a vestirse apareció en la puerta Gisa, la maestra, una mujer joven, alta, rubia y hermosa, aunque algo rígida. Había sido visiblemente preparada para tratar al nuevo bedel y había recibido instrucciones del maestro, pues ya en el umbral dijo:
—Esto no lo puedo tolerar. Pues sí, bonita situación. Tienen simplemente el permiso de dormir en la clase, pero yo no tengo la obligación de dar clase en su dormitorio. Una familia que duerme hasta casi el mediodía, ¡era lo que nos faltaba!
Bueno, contra eso se podría decir bastante, especialmente en lo que se refería a la familia y a las camas, pensó K, mientras él y Frieda —los ayudantes no podían ayudar, se limitaban a mirar perplejos, desde el suelo, a la maestra y a los niños— empujaron a toda prisa el potro y las barras, los cubrieron con el cobertor y así crearon un espacio en el cual, asegurados contra las miradas de los niños, al menos pudieron vestirse. Pero no lograron gozar de un minuto de tranquilidad. Al principio la maestra les riñó porque no había agua fresca en la jofaina. Precisamente K acababa de pensar en recoger la jofaina para él y para Frieda, pero en principio renunció a ello para no irritar demasiado a la maestra, aunque esa renuncia no ayudó en nada, pues poco después se produjo una gran disputa, puesto que, desgraciadamente, se habían olvidado de quitar los restos de la cena de la mesa del maestro, así que la maestra lo apartó todo con una regla y lo tiró al suelo; a la maestra no le preocupó en absoluto que se derramase el aceite de las sardinas y los restos del café, el bedel ya pondría orden en todo. Aún sin estar completamente vestidos, apoyados en las barras, Frieda y K contemplaban la destrucción de su pequeña posesión, los ayudantes, que no pensaban en vestirse, espiaban, para el disfrute de los niños, por debajo del cobertor. A Frieda lo que más le dolía era la pérdida de la cafetera, sólo cuando K, para consolarla, le aseguró que iría inmediatamente a ver al alcalde y reclamaría una reposición, se calmó lo suficiente como para, en ropa interior como estaba, salir del recinto y recuperar al menos la tapa para impedir que se ensuciara más. Lo logró a pesar de que la maestra, para asustarla, martillaba la mesa de un modo irritante. Una vez que K y Frieda terminaron de vestirse, tuvieron, no sólo que obligar a los ayudantes, que yacían como embargados por los acontecimientos, con órdenes y empujones, para que se vistieran, sino que en parte tuvieron que vestirlos ellos mismos. Cuando terminaron, K repartió el trabajo. Los ayudantes tenían que recoger madera y calentar la habitación, pero primero en la otra clase, en la cual aún amenazaban grandes peligros, pues allí se encontraba ya probablemente el maestro. Frieda tenía que fregar el suelo y K traería agua y ordenaría un poco, por ahora no se podía pensar en desayunar. Pero para informarse del estado de ánimo de la maestra, K quería salir el primero, los demás le deberían seguir cuando él los llamara, tomó esa medida porque no quería que las tonterías de los ayudantes volviesen a empeorar la situación y, por otra parte, porque quería procurar no herir a Frieda, pues ella tenía ambición, él no; ella era sensible, él no; ella pensaba en los pequeños horrores del presente, él, sin embargo, en Barnabás y en el futuro. Frieda siguió correctamente todas sus indicaciones, apenas apartaba los ojos de él. En cuanto salió, la maestra, acompañada de las risas de los niños, que ya no cesaron, exclamó:
—¡Qué! ¿Se han quedado dormidos?
Y cuando K no se dignó responder, pues no había sido una pregunta de verdad, y se dirigió directamente al lavabo, la maestra preguntó:
—¿Qué han hecho con mi gato?
Un gato gordo y viejo yacía sobre la mesa y la maestra inspeccionaba una pata que parecía ligeramente herida. Así que Frieda había tenido razón, ese gato no había saltado sobre ella, pues parecía incapaz de saltar, pero había pasado por encima de ella, se habría asustado por la presencia de personas en la casa, se querría esconder y al realizar algún movimiento inusual causado por la prisa, se había herido. K intentó explicárselo tranquilamente a la maestra, pero ésta sólo se fijó en el resultado y dijo:
—Ya veo, le habéis herido, así os habéis presentado aquí. Mire —y llamó a K para que acudiese a la mesa, le enseñó la pata y antes de que pudiese darse cuenta, ella le hizo un arañazo en la palma de la mano. Aunque las uñas del gato estaban ocultas, la maestra, esta vez sin consideración con el gato, las presionó con tanta fuerza que produjeron unas estrías sangrientas.
—Y ahora vaya al trabajo —dijo ella con impaciencia y volvió a inclinarse sobre el gato.
Frieda, que había mirado detrás de las barras con los ayudantes, gritó al ver la sangre. K mostró la mano a los niños y dijo:
—Mirad lo que me ha hecho un gato malo y astuto.
No lo dijo por los niños, cuyos gritos y risas se habían vuelto tan ingobernables que ya no necesitaban ninguna causa o estímulo, no había ninguna palabra que pudiese penetrarlos o influir en ellos. Pero como la maestra sólo respondió con una breve mirada de soslayo y continuó ocupada con el gato, quedando su furia inicial satisfecha con el castigo sangriento, K llamó a Frieda y a los ayudantes para comenzar el trabajo.
Después de que K se hubo llevado la jofaina con agua sucia y hubo traído agua fresca y cuando se disponía a fregar la clase, un niño de doce años se levantó de su asiento, tocó la mano de K y dijo algo incomprensible por el barullo. Entonces se produjo un gran silencio. K se volvió. Había ocurrido lo temido durante toda la mañana. En la puerta estaba el maestro, el hombrecillo sostenía con cada una de sus manos a un ayudante cogido por el cuello. Los había atrapado cuando recogían leña; con poderosa voz, haciendo una pausa entre cada palabra, gritó:
—¿Quién se ha atrevido a romper la puerta del depósito de leña? ¿Quién es el culpable para que lo aplaste?
Entonces se levantó Frieda del suelo, pues se esforzaba en limpiar a los pies de la maestra, miró hacia K, como si quisiese reunir fuerzas, y, no sin algo de su antigua superioridad en la voz y el gesto, dijo:
—He sido yo, señor maestro. No se me ocurrió otra cosa. Si las clases tenían que estar caldeadas por la mañana temprano, había que abrir el depósito de leña. No me atreví a recoger la llave en su casa, pues ya era de noche, mi novio estaba en la posada de los señores, era posible que pasara la noche allí, así que tuve que tomar una decisión. Si hice mal, perdóneme mi inexperiencia, ya me ha reñido lo suficiente mi novio cuando vio lo ocurrido. Sí, incluso me prohibió que caldease la clase temprano, pues creía que al mantener cerrado el depósito de leña, usted no quería que se calentase por la mañana, al menos hasta que usted llegase. Que no se haya encendido la calefacción es culpa suya, pero de la rotura de la puerta yo soy la culpable.
—¿Quién ha roto la puerta? —preguntó el maestro a los ayudantes, quienes aún intentaban liberarse de su cautividad.
—El señor—dijeron los dos al unísono y, para que no hubiese ninguna duda, señalaron a K.
Frieda se rió, y esa risa pareció más convincente que sus palabras. A continuación, comenzó a escurrir el trapo con el que estaba fregando el suelo en el cubo, como si con su explicación el caso se hubiese concluido y el testimonio de los ayudantes no hubiese sido nada más que una broma. Cuando se agachó para continuar su labor, dijo:
—Nuestros ayudantes son niños que, a pesar de su edad, deberían estar aquí en la escuela. Yo misma abrí la puerta del depósito de madera ayer por la noche con un hacha, fue muy fácil, no necesité a los ayudantes, sólo habrían importunado. Pero cuando mi novio vino por la noche y salió para inspeccionar los daños y para repararlos en lo que fuese posible, los ayudantes le siguieron después, probablemente porque tenían miedo de permanecer aquí solos, y vieron a mi novio trabajando delante de la puerta destrozada, por eso dicen eso ahora; ya ve, son como niños.
Mientras hablaba Frieda, los ayudantes no paraban de mover negativamente la cabeza, seguían señalando a K y se esforzaban por cambiar la opinión de Frieda con sus gestos, pero como no lo consiguieron, finalmente se sometieron, tomaron las palabras de Frieda como una orden y al repetirles la pregunta el maestro, ya no respondieron.
—Bueno, bueno, así que me habéis mentido, o al menos habéis acusado injustamente al bedel.
Ellos se mantuvieron en silencio, pero su temblor y sus miradas angustiadas parecían indicar una conciencia culpable.
—Entonces os daré ahora mismo una paliza —dijo el maestro, y envió a uno de los niños a la otra habitación para que le trajera una palmeta. Cuando el maestro levantó la palmeta, Frieda gritó:
—¡Los ayudantes han dicho la verdad!
Entonces arrojó desesperada el trapo en el cubo, salpicando con el agua, y corrió hasta detrás de las barras para esconderse.
—Un grupo de mentirosos —dijo la maestra, que acababa de ponerle la venda al gato y lo mantenía en el regazo, para el cual era demasiado ancho.
—Así que nos queda el señor bedel —dijo el maestro, empujó a los ayudantes dejándolos libres y se volvió a K, que, durante todo el tiempo, había estado escuchando apoyándose en el palo de la escoba.
—Este bedel, que por cobardía reconoce con toda tranquilidad que se inculpe a otros falsamente de sus propias bellaquerías.
—Bueno —dijo K, que había notado que la intervención de Frieda había calmado la desenfrenada furia inicial del maestro—, si los ayudantes hubiesen recibido un castigo, no me habría apenado, pues ya se han salido con la suya en más de diez casos en que lo merecían, así que bien podrían recibir un castigo aunque sea inmerecido. Pero también me hubiera convenido si se hubiera evitado un enfrentamiento directo entre usted, señor maestro, y yo, quizá también le habría convenido a usted. Pero como ahora Frieda me ha sacrificado a los ayudantes —aquí K realizó una pausa, se podían oír en el silencio los sollozos de Frieda detrás del cobertor—, se tienen que aclarar las cosas.
—Esto es inaudito —dijo la maestra.
—Comparto completamente su opinión, señorita Gisa —dijo el maestro—. Usted, bedel, está naturalmente despedido de inmediato por este comportamiento vergonzoso en el ejercicio de sus funciones, por ahora me reservo la sanción que seguirá, pero márchese al instante con todas sus cosas de esta casa. Para nosotros será una liberación y por fin podremos comenzar las clases. Así que dese prisa.
—Yo no me muevo de aquí —dijo K—. Usted es mi superior pero no la persona que me ha concedido este empleo, esa persona es el señor alcalde, sólo acepto su despido. Pero él no me ha dado el puesto para que me congele aquí con los míos, sino —como usted mismo dijo— para impedir actos desesperados e imprudentes por mi parte. Despedirme de repente estaría en contra de sus intenciones; mientras no oiga lo contrario de su propia boca, no lo creeré. Por lo demás, es probable que el rechazo de su imprudente despido le sea ventajoso también a usted.
—¿Así que no obedece? —preguntó el maestro.
K negó con la cabeza.
—Piénselo bien —dijo el maestro—, no se puede decir que sus decisiones siempre sean las mejores, piense por ejemplo en la tarde de ayer, cuando rechazó que le interrogasen.
—Por qué menciona eso ahora? —preguntó K.
—Porque me da la gana —dijo el maestro—, y ahora repito por última vez: ¡fuera de aquí!
Pero como esas palabras tampoco tuvieron ningún efecto, el maestro se fue hacia la mesa y habló en voz baja con la maestra; ésta dijo algo referente a la policía, pero el maestro lo rechazó; finalmente, los dos llegaron a un acuerdo, el maestro dijo a los niños que le siguieran a la otra habitación, allí tendrían clase con los otros niños, todos juntos, ese cambio les alegró; en un instante, entre gritos y risas, la habitación se quedó vacía, el maestro y la maestra fueron los últimos en salir. La maestra llevaba el diario de clase y encima al gato, que se mantenía impertérrito. Al maestro le hubiese gustado dejar allí al gato, pero una indicación que lo sugería fue rechazada categóricamente por la maestra, haciendo una referencia a la crueldad de K, así que para colmo K le cargó el gato al maestro. Esto último influyó, evidentemente, en las últimas palabras que el maestro dirigió a K desde la puerta:
—La señorita abandona esta clase obligada por la necesidad, porque usted se niega de manera recalcitrante a aceptar mi despido y porque nadie puede reclamar de ella, una mujer joven, que imparta su clase en medio de sus sucias relaciones domésticas. Así que se queda solo y puede ponerse todo lo cómodo que quiera, sin sentirse molesto por la aversión de observadores decentes. Pero no durará mucho, se lo garantizo.
Y con esto cerró la puerta.

12

LOS AYUDANTES

Cuando todos abandonaron la habitación, K dijo a los ayudantes:
—¡Fuera de aquí!
Asombrados por esa orden repentina, obedecieron, pero en cuanto K cerró con llave la puerta detrás de ellos, gimotearon y llamaron a la puerta:
—¡Estáis despedidos! —gritó K—, jamás os volveré a tomar a mi servicio.
Pero no quisieron aceptar esa decisión y golpearon con las manos y los puños en la puerta.
—¡Queremos regresar contigo, señor! —gritaron, como si K fuese la tierra prometida y ellos no pudiesen llegar hasta ella. Pero K no tenía ninguna compasión, esperó impaciente hasta que el ruido insoportable obligó a intervenir al maestro. Ocurrió pronto.
—¡Deje entrar a sus malditos ayudantes! —gritó.
—¡Los he despedido! —respondió K, y tuvo el desagradable efecto colateral de mostrar lo que ocurría cuando alguien era lo suficientemente fuerte no sólo para despedir a otro, sino para ejecutar el despido. El maestro intentó aplacar bondadosamente a los ayudantes, sólo tenían que esperar allí con calma, al final K los volvería a admitir. Después de decir estas palabras, se fue. Y quizá se hubiesen calmado si K no les hubiera vuelto a gritar que estaban definitivamente despedidos y que no tenían ninguna esperanza de ser readmitidos. A continuación, volvieron a hacer ruido como al principio. De nuevo vino el maestro, pero esta vez no habló con ellos, se limitó a alejarlos de allí con la temida palmeta.
Al poco rato aparecieron ante la ventana de la clase de gimnasia, golpearon en los cristales y gritaron, pero sus palabras eran incomprensibles. No permanecieron allí mucho tiempo, en la profunda capa de nieve no podían saltar como lo requería su intranquilidad. Así que corrieron hacia la verja del jardín y se subieron sobre su parte inferior, desde donde, aunque sólo desde la lejanía, disfrutaban de una mejor vista sobre la habitación; allí, encaramados a las verjas, se balanceaban a un lado y a otro, pero de repente se quedaban quietos y doblaban las manos en actitud de súplica hacia K. Eso lo hicieron durante mucho tiempo, sin considerar la inutilidad de sus esfuerzos; estaban como cegados, ni siquiera oyeron cómo K corrió las cortinas para liberarse de su visión.
En la penumbra de la habitación K fue hacia las barras para ver a Frieda. Ante su mirada ella se levantó, se arregló el pelo, se secó el rostro y se puso en silencio a hacer el café. Aunque ella lo sabía todo, K le informó formalmente de que había despedido a los ayudantes. Ella se limitó a asentir con la cabeza. K se sentó en un pupitre y observó sus cansados movimientos. Siempre había sido la frescura y la tenacidad lo que había embellecido la futilidad de su cuerpo, ahora esa belleza había desaparecido. Unos días viviendo con K lo habían logrado. El trabajo en la taberna no había sido fácil, pero más conveniente para ella. ¿O había sido el distanciamiento de K la causa real de su decadencia? La cercanía de Klamm la había hecho tan irresistiblemente seductora; seducido por ella, K la había tomado para sí y ahora se marchitaba entre sus brazos .
—Frieda—dijo K.
Ella dejó en seguida el molinillo de café y se acercó a K en el pupitre.
—¿Estás enfadado conmigo? —preguntó ella.
—No —dijo K—, creo que no puedes hacer otra cosa. Has vivido satisfecha en la posada de los señores, debí dejarte allí.
—Sí —dijo Frieda, y miró ante sí con tristeza—, tendrías que haberme dejado allí. No valgo lo suficiente para vivir contigo. Liberado de mí, quizá podrías conseguir todo lo que quieres. En consideración a mí te sometes a ese maestro tiránico, asumes este puesto miserable, solicitas fatigosamente una entrevista con Klamm. Todo lo haces por mí, pero yo te lo pago mal.
—No —dijo K, y la rodeó consolador con su brazo—, todo eso no son más que pequeñeces que a mí no me dañan y en realidad a Klamm sólo le quiero ver por ti. ¡Y todo lo que tú has hecho por mí! Antes de conocerte, aquí estaba completamente extraviado, nadie me aceptaba, y cuando los obligaba me despedían a toda prisa. Y si pudiese haber encontrado tranquilidad con alguien, eran personas de las que tenía que huir, como por ejemplo Barnabás.
—Huiste de ellos, ¿verdad, querido? —exclamó Frieda con viveza y después de oír el dubitativo «sí» de K volvió a caer en su apatía. Pero K tampoco poseía la tenacidad para explicar qué es lo que gracias a Frieda había tomado un camino favorable. Soltó lentamente el brazo que la rodeaba y se quedaron un rato sentados y en silencio, hasta que Frieda, como si el brazo de K le hubiese transmitido calor, dijo:
—No soportaré esta vida. Si quieres que siga contigo, tenemos que emigrar, a cualquier lado, al sur de Francia o a España.
—No puedo emigrar —dijo K—, he venido para permanecer aquí. Permaneceré aquí —e incurriendo en una contradicción que no hizo el esfuerzo de aclarar, añadió como si hablase consigo mismo—: ¿Qué podría haberme tentado a venir a este páramo a no ser el deseo de quedarme?
A continuación, dijo:
—Pero tú también quieres quedarte aquí, es tu tierra. Sólo que echas de menos a Klamm y eso hace que te desesperes.
—¿Que echo de menos a Klamm? —dijo Frieda—, aquí hay Klamm en exceso, demasiado Klamm; para escapar de él quiero salir de aquí. No echo de menos a Klamm, sino a ti. Por ti quiero irme, porque no puedo tener suficiente de ti, aquí, donde todos tiran de mí. Cómo me gustaría quitarme esta bonita máscara y con el cuerpo miserable poder vivir contigo en paz.
K sólo prestó atención a una cosa.
—¿Klamm está aún en contacto contigo? —preguntó en seguida—. ¿Te llama?
—No sé nada de Klamm —dijo Frieda—, hablo de otros, por ejemplo de los ayudantes.
—¡Ah!, los ayudantes —dijo K sorprendido—. ¿Te acosan?
—¿Acaso no lo has notado? —preguntó Frieda.
—No —dijo K, e intentó recordar en vano algún detalle—. Son jóvenes impertinentes y ávidos, pero que te hayan importunado, eso no lo he advertido.
—¿No? —dijo Frieda—. ¿No notaste que no había manera de sacarlos de nuestra habitación en la posada del puente, ni cómo vigilaban celosos nuestra relación, o cómo uno de ellos, finalmente, se echó a mi lado en el jergón de paja, o cómo han testimoniado contra ti para expulsarte, perderte y así poder estar a solas conmigo? ¿No has notado nada de eso?
K miró a Frieda sin responder. Esas acusaciones contra los ayudantes eran verdaderas, pero también podían interpretarse de forma inocente, como fruto del carácter ridículo, infantil, inquieto y falto de dominio de los dos. Y ¿no hablaba contra la acusación de Frieda que hubiesen intentado siempre ir a todas partes con K en vez de quedarse con Frieda? K mencionó algo parecido.
—¡Pura hipocresía! —dijo Frieda—. Pero ¿no has podido darte cuenta? Entonces ¿por qué los has despedido si no es por estos motivos?
Y se fue hacia la ventana, apartó un poco las cortinas, miró hacia afuera y llamó a K. Aún se encontraban los ayudantes en la verja. Aunque estaban visiblemente cansados, de vez en cuando, haciendo acopio de todas sus fuerzas, seguían extendiendo los brazos con actitud suplicante hacia la escuela. Uno de ellos, para no tener que aferrarse continuamente había ensartado la chaqueta en una de las barras de la verja. —¡Pobres! ¡Pobres! —exclamó Frieda .
—¿Que por qué los he expulsado? —preguntó K—. La causa directa has sido tú.
—¿Yo? —preguntó Frieda sin apartar la vista de los ayudantes.
—Sí, porque has tratado con demasiada amabilidad a los ayudantes —dijo K—, por perdonarles su comportamiento maleducado, reírte de sus necedades, acariciar su pelo, tener continuamente compasión de ellos, J os pobres, los pobres», vuelves a decir, y, finalmente, el último incidente, como para ti mi precio no era muy alto, me quisiste sacrificar para rescatar del castigo a los ayudantes.
—Eso es —dijo Frieda—, de eso es precisamente de lo que hablo, eso es lo que me hace infeliz, lo que me separa de ti, aunque no conozco mayor felicidad para mí que estar contigo, continuamente, sin interrupción, sin fin; sueño que en la tierra no hay ningún lugar tranquilo para nuestro amor, ni en el pueblo ni en ningún otro sitio, y por eso me imagino una tumba, profunda y estrecha, en la que nos mantenemos abrazados como oprimidos por unas tenazas, yo oculto mi rostro en ti, tú el tuyo en mí y nadie nos ve más. Pero aquí... ¡mira a los ayudantes! Sus manos suplicantes no se dirigen a ti, sino a mí.
—Y no soy yo quien los observa —dijo K—, sino tú.
—Claro, yo —dijo Frieda casi enojada—, de eso es de lo que estoy hablando todo el rato, ¿a qué se debería si no que los ayudantes me persiguieran, por más que puedan ser emisarios de Klamm?
—¿Emisarios de Klamm? —dijo K, a quien sorprendió mucho esa designación, por muy natural que le pareciese al principio. —Emisarios de Klamm, claro —dijo Frieda—, aunque lo sean, al mismo tiempo son jóvenes pueriles que necesitan probar la palmeta para su educación. Qué jóvenes más feos y gamberros son y qué repugnante es el contraste entre sus rostros de adultos, casi de estudiantes, y su comportamiento necio e infantil. ¿Acaso crees que no me doy cuenta? Me avergüenzo de ellos. Pero aquí radica el asunto, ellos no me repudian, sino que me avergüenzo de ellos. Siempre tengo que mirarlos. Cuando debiera enojarme con ellos, me tengo que reír. Cuando debiera golpearlos, tengo que acariciar su pelo. Y cuando yazco a tu lado por la noche, no puedo dormir y tengo que ver cómo uno de ellos duerme enrollado en una manta y el otro permanece arrodillado ante la calefacción, vigilando que no se apague, y tengo que inclinarme hasta casi despertarte. Y no es el gato lo que me asusta, ¡ay!, conozco gatos y también conozco esos sueños agitados y constantemente turbados en la taberna, no es el gato lo que me asusta, sino yo misma. Y no necesito a ese gato monstruoso, me estremezco con el menor ruido. Temí que te despertaras y todo llegase a su fin y entonces me levanté y encendí una vela para que te despertases deprisa y me pudieses proteger.
—No sabía nada de todo eso —dijo K—, sólo por un presentimiento de lo que me cuentas los he expulsado, ahora ya se han ido, ahora todo está bien.
—Sí, al fin se han ido —dijo Frieda, pero su rostro estaba atormentado, triste—, pero no sabemos quiénes son. Emisarios de Klamm, así los llamo yo jugando con mi imaginación, aunque tal vez lo sean. Sus ojos, esos ojos simples pero centelleantes, me recuerdan en cierto modo a los ojos de Klamm, sí, ésa es la mirada de Klamm, que a veces me contempla a través de sus ojos. Y, por tanto, fue incorrecto cuando dije que me avergonzaba de ellos. Sólo quería que fuese así. Pero sé que en otro lugar y con otras personas el mismo comportamiento sería necio y repugnante, pero con ellos no es así, contemplo sus necedades con respeto y admiración. Pero si son los emisarios de Klamm, ¿quién nos liberará de ellos? Y ¿sería bueno que nos liberasen de ellos? ¿No tendrías que correr a recogerlos y alegrarte de que quisieran volver?
—¿Quieres que los vuelva a dejar entrar? —preguntó K.
—No, no —dijo Frieda—, no hay nada que quiera menos. Su mirada cuando entrasen, su alegría por volverme a ver, sus saltos de niños y sus abrazos de hombres, todo eso no podría soportarlo. Pero en cuanto pienso que, si permaneces duro con ellos, quizá cierres el camino de Klamm hacia ti, deseo preservarte de las consecuencias que eso tendría. Entonces sí quiero que los dejes entrar. Entonces que entren lo más rápido posible. No tengas ninguna consideración conmigo, yo no importo. Me defenderé todo el tiempo que pueda y, si tuviera que perder, bueno, perderé, pero con la conciencia de que también ha ocurrido por ti.
—Con esas palabras no haces más que reforzar mi sentencia respecto a los ayudantes —dijo K—, jamás entrarán si puedo impedirlo. Que los he expulsado, demuestra que, bajo determinadas circunstancias, se los puede dominar y que, por tanto, no guardan ninguna relación esencial con Klamm. Ayer por la noche recibí una carta de Klamm de la que se puede deducir que está mal informado acerca de los ayudantes, de lo que también se puede deducir que le son completamente indiferentes, pues si no lo fueran habría podido recabar noticias cabales sobre ellos. Y que veas en ellos a Klamm no demuestra nada, pues aún, por desgracia, estás influida por la posadera y ves a Klamm por todas partes. Todavía eres la amante de Klamm y todavía no eres mi esposa. A veces eso me entristece profundamente, me parece como si lo hubiese perdido todo, tengo la sensación de haber venido al pueblo, pero no lleno de esperanza, como estaba en realidad cuando llegué, sino con la conciencia de que sólo me esperan decepciones y que tendré que probarlas todas hasta la raíz. Aunque esto sólo ocurre a veces —añadió K sonriendo al ver cómo Frieda se venía abajo con sus palabras—, y en el fondo demuestra algo bueno: lo que significas para mí. Y si ahora reclamas que decida entre tú y los ayudantes, los ayudantes ya han perdido. Vaya pensamiento, elegir entre los ayudantes y tú. Ahora quiero librarme definitivamente de ellos. Quién sabe, por lo demás, si la debilidad que se ha apoderado de nosotros dos no proviene de que no hemos desayunado.
—Es posible —dijo Frieda sonriendo con cansancio y se puso a trabajar. También K volvió a coger la escoba.

13

HANS

Después de un rato, llamaron débilmente a la puerta.
—¡Barnabás! —gritó K, arrojó la escoba y en pocas zancadas ya estaba ante la puerta.
Horrorizada más por el nombre que por otra cosa, Frieda le contempló. Con las manos inseguras K no podía abrir el viejo cerrojo.
—Ya abro —repetía en vez de preguntar quién era el que llamaba. A continuación tuvo que ver cómo el que entraba por la puerta abierta no era Barnabás, sino un niño que ya con anterioridad había querido hablar con K. Pero K no tenía ganas de acordarse de él.
—¿Qué buscas aquí? —dijo—. La clase es ahí al lado.
—Vengo de allí —dijo el niño, y miró tranquilamente a K con sus grandes ojos castaños, muy recto y con los brazos pegados al cuerpo.
—¿Qué quieres? Dímelo rápido —dijo K, y se inclinó un poco hacia abajo, pues el niño hablaba en voz baja.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó el niño.
—Nos quiere ayudar—dijo K a Frieda, y luego al niño—: ¿Cómo te llamas?
—Hans Brunswick—dijo el niño—, alumno de cuarto curso, hijo de Otto Brunswick, maestro zapatero en la calle Madelein.
—Así que te llamas Brunswick—dijo K, y se dirigió a él en un tono más amable. Resultó que Hans, por los arañazos sangrientos con que la maestra había castigado a K, se había irritado tanto que había decidido apoyarle. Por su propia cuenta se había escabullido de la clase contigua como un desertor, exponiéndose a un gran castigo. Podía deberse a las ideas infantiles que le dominaban. A ellas también correspondía la seriedad que se desprendía de todos sus actos. Su timidez sólo le había molestado al principio, luego se habituó a K y a Frieda y cuando le dieron un café se animó y tomó confianza, siendo sus preguntas vehementes y penetrantes, como si quisiera enterarse rápidamente de lo más importante para luego poder tomar decisiones por su propia cuenta en favor de K y Frieda. También había algo imperioso en su carácter, pero estaba tan mezclado con la inocencia infantil, que, medio en broma medio en serio, se dejaba someter. En todo caso acaparó toda la atención, habían dejado el trabajo y el desayuno se prolongaba. A pesar de que estaba sentado ante un pupitre, K en la mesa del maestro y Frieda en una silla a su lado, parecía que Hans era el maestro, como si examinase y juzgase las respuestas; una ligera sonrisa en su rostro parecía indicar que sabía muy bien que sólo se trataba de un juego, no obstante, más seria era su actitud ante el asunto, aunque quizá no era una sonrisa lo que se reflejaba en sus labios, sino la felicidad de la niñez. Sorprendentemente tarde reconoció que ya conocía a K, desde que éste estuvo en la casa de Lasemann. K se alegró de ello.
—¿Tú jugabas entonces a los pies de la mujer? —preguntó K.
—Sí —dijo Hans—, es mi madre.
Y entonces tuvo que hablar sobre su madre, pero lo hizo con dudas y sólo cuando le reiteraron la petición. Resultó que era un niño a través del cual a veces parecía hablar, especialmente en las preguntas, en un presentimiento del futuro, quizá también como consecuencia de la ilusión de los sentidos que afectaba a los intranquilos y tensos oyentes, casi un hombre enérgico, astuto y perspicaz, pero que poco después se manifestaba sin transición como un escolar que no comprendía algunas preguntas, otras las interpretaba mal, que con una desconsideración infantil hablaba en voz demasiado baja, aunque se le había llamado frecuentemente la atención sobre esa falta y que, finalmente, como consuelo frente a algunas preguntas urgentes, se limitaba a callar y, además, sin mostrar confusión alguna, como jamás podría hacerlo un adulto. Era como si, según su opinión, sólo a él le estuviese permitido preguntar y que las preguntas de los otros infringieran algún reglamento o fuesen una pérdida de tiempo. También podía mantenerse mucho tiempo sentado con el cuerpo recto, la cabeza inclinada hacia abajo y el labio inferior ligeramente desprendido. A Frieda le gustó tanto esa actitud, que le planteó con frecuencia preguntas de las que esperaba que le hiciesen callar de esa manera. A veces lo consiguió, pero a K le enojaba. En general pudieron saber poco, la madre estaba algo enferma, pero no pudieron averiguar de qué enfermedad se trataba; el niño que la señora Brunswick mantenía en el regazo era la hermana de Hans y se llamaba Frieda (la coincidencia de nombres con la mujer que le preguntaba la tomó con mal humor), todos vivían en el pueblo, pero no en casa de Lasemann, allí sólo estaban de visita para que los bañasen, porque Lasemann tenía una gran bañera, en la cual bañarse y jugar procuraba un gran placer a los niños pequeños, entre los que Hans no se contaba; de su padre Hans habló con respeto o con miedo, pero sólo cuando no hablaba al mismo tiempo de la madre; en comparación con la madre el valor del padre parecía pequeño, por lo demás, todas las preguntas sobre la vida familiar, fuera cual fuese el método en plantearlas, quedaron sin respuesta; del oficio del padre se supo que era el zapatero más importante del lugar, nadie se le podía igualar, como repitió con frecuencia y en respuesta a preguntas que no tenían nada que ver con eso, incluso le daba trabajo a otros zapateros, por ejemplo, al padre de Barnabás; en este último caso Brunswick lo hacía por compasión, al menos eso indicaba el gesto orgulloso de Hans, lo que impulsó a Frieda a acercarse a él de un salto y darle un beso. A la pregunta de si ya había estado en el castillo, respondió, después de habérsela repetido muchas veces, que «no», y la misma pregunta, pero referida a la madre, no se dignó responderla. Al final K se cansó. Seguir preguntando le pareció inútil, en eso el niño tenía razón, y además había algo vergonzoso en querer enterarse de secretos familiares a través de un niño inocente, y doblemente vergonzoso era que ni siquiera se enteraran de algo al respecto. Y cuando K para terminar le preguntó en qué se ofrecía para ayudar, no se maravilló al oír que sólo quería ayudarles en el trabajo para que el maestro y la maestra no se enojasen, con K. Éste le aclaró que no era necesaria su ayuda, que enojarse era un rasgo del carácter del maestro y que no podrían impedirlo ni con el trabajo mejor realizado. Pero el trabajo en sí no era difícil, esa vez simplemente se había retrasado por unas circunstancias casuales, además esos enojos no hacían el mismo efecto en K que en un escolar, se los sacudía de encima, le eran indiferentes, y tenía la esperanza de librarse del maestro muy pronto. Agradecía mucho que hubiese ofrecido su ayuda con el maestro y Hans podía regresar, esperaba que no lo castigasen por lo que había hecho. A pesar de que K no subrayó y se limitó a indicar fugazmente que se trataba de ayuda con el maestro la que él no necesitaba, dejaba abierta la pregunta sobre otro tipo de ayuda, Hans así lo dedujo y preguntó si quizá K necesitaba otra ayuda, le encantaría ayudarle y si él mismo no pudiera, se lo pediría a su madre y entonces seguro que podía resultar. También cuando el padre tenía preocupaciones, le preguntaba a la madre. Y la madre ya había preguntado una vez por K, ella apenas salía de casa, sólo excepcionalmente estuvo aquel día en casa de Lasemann; él, sin embargo, Hans, iba con frecuencia para jugar con sus hijos y una vez le preguntó la madre si tal vez el agrimensor se había encontrado allí. Pero a la madre, como estaba tan débil y cansada, no se le podía hablar mucho y él se limitó a decir que no había visto al agrimensor y ya no se habló más del asunto. Pero al encontrarle ahora en la escuela, le había tenido que hablar para poder informar luego a la madre. Pues eso es lo que más le gusta a la madre: cuando se obedecen sus deseos sin una orden expresa. A eso respondió K, después de una breve reflexión, que no necesitaba ninguna ayuda, tenía todo lo que necesitaba, pero era muy amable por parte de Hans que quisiera ayudarle y le agradecía sus buenas intenciones, era posible que más tarde pudiese necesitar algo, entonces se dirigiría a él, ya conocía su dirección. Por el contrario, quizá K pudiese ayudarle un poco, sentía mucho que la madre de Hans estuviese enferma y que nadie comprendiese allí su sufrimiento; en un caso tan descuidado puede darse un grave empeoramiento de una ligera dolencia. Pero él, K, tenía conocimientos médicos y lo que aún era más valioso, experiencia en el tratamiento de los enfermos. Consiguió triunfar cuando los médicos fracasaron. En casa siempre le habían llamado por sus poderes curativos «hierba amarga». En todo caso querría ver a la madre de Hans y hablar con ella. Quizá pudiese darle un buen consejo, sólo por él, por Hans, estaría encantado de poder hacerlo. Al principio los ojos de Hans brillaron con esa oferta, sedujeron a K para mostrarse más perentorio, pero el resultado fue insatisfactorio, pues Hans contestó a las preguntas, y ni siquiera se mostró triste al hacerlo, que su madre no podía recibir visitas de extraños, pues necesitaba reposo absoluto; a pesar de que K apenas habló con ella, tuvo que pasar después varios días en cama, lo que, ciertamente, ocurría con frecuencia. En aquella ocasión el padre se enojó mucho con K y jamás permitiría que K visitase a su madre, incluso aquella vez él quiso buscar a K para castigarle por su comportamiento, pero la madre le convenció de lo contrario. Ante todo era su misma madre la que no quería hablar con nadie y su interés por K no significaba una excepción de la regla, todo lo contrario, a su mención ocasional de que tendría el deseo de verle, no le siguieron los hechos, con eso había manifestado claramente su voluntad. Sólo quería oír de K, pero no hablar con él. Por lo demás tampoco padecía de una enfermedad en el pleno sentido de la palabra, ella sabía muy bien el origen de su estado y a veces lo dejaba entrever, probablemente se debía al aire de allí, que ella no soportaba, pero tampoco quería abandonar el lugar a causa del padre y de los niños, también estaba mejor que antes. Eso fue de lo que K se enteró; la capacidad mental de Hans aumentaba visiblemente, ya que protegía a su madre de K, de K, a quien supuestamente quería ayudar; incluso con la finalidad de proteger a la madre de K contradijo algunas de sus manifestaciones anteriores, por ejemplo respecto a la enfermedad. No obstante, K notó también que le seguía cayendo bien a Hans, sólo que sobre la madre olvidaba todo lo demás. Cualquiera que se colocase frente a la madre, se ponía en una posición injusta, ahora había sido K, pero también podía ser, por ejemplo, el padre. K quiso intentar esto último y dijo que era muy razonable por parte de su padre que protegiese así a su madre de toda molestia y si K hubiese sospechado algo en aquella ocasión, no habría osado dirigirse a ella y ahora pedía perdón por ello. Por el contrario, no podía entender del todo por qué el padre, si el origen del padecimiento estaba tan claro como Hans decía, impedía que la madre se recuperase cambiando de aires; se tenía que afirmar que se lo impedía, pues ella no quería irse por el padre y por los niños, pero se podría llevar a los niños, tampoco tendría que estar ausente mucho tiempo ni tampoco muy lejos, ya arriba, en la montaña del castillo, el aire era mucho mejor. Los costes de esa excursión no deberían atemorizar al padre, a fin de cuentas era el mejor zapatero del lugar y con toda seguridad la madre tenía parientes o conocidos en el castillo que la acogerían encantados. ¿Por qué no dejaba que se fuera? No debería menospreciar ese padecimiento; K sólo había visto fugazmente a la madre, pero su llamativa palidez y debilidad le impulsaron a dirigirle la palabra, ya en aquella ocasión le sorprendió que el padre dejase a la esposa enferma en la atmósfera perjudicial de la habitación de los baños y que ni siquiera se moderase en sus conversaciones en voz alta. El padre no sabía de qué se trataba, por más que haya mejorado de la enfermedad en los últimos tiempos, ese tipo de padecimientos tienen humores, pero si no se los combate con todas las fuerzas, se llega a un momento en que ya no puede ayudar nada. Si K no podía hablar con la madre, sería quizá ventajoso si al menos pudiese hablar con el padre y llamarle la atención sobre todo eso.
Hans había escuchado con gran atención, había entendido la mayoría y había sentido con fuerza la amenaza implícita en el resto. A pesar de ello dijo que K no podía hablar con el padre, pues éste tenía una gran aversión hacia él y probablemente le trataría igual que el maestro. Dijo esto sonriendo y con timidez al hablar de K y triste y con saña cuando habló del padre. Sin embargo, añadió que K quizá pudiese hablar con la madre, pero sin que lo supiera el padre. Entonces Hans reflexionó con la mirada fija en un punto, como una mujer que quiere hacer algo prohibido y busca una posibilidad de realizarlo con impunidad. Poco después dijo que en un par de días quizá sería posible, pues el padre iba por la tarde a la pensión de los señores, ya que allí tenía algunas entrevistas, entonces él, Hans, vendría por la tarde y conduciría a K hasta su madre, presuponiendo que ella estuviese de acuerdo, lo que sería muy improbable. Ella no hacía nada contra la voluntad del padre, se sometía en todo a él, incluso en cosas cuya irracionalidad hasta él mismo, Hans, veía claramente. Ahora buscaba Hans ayuda contra el padre, era como si se hubiese engañado a sí mismo, pues había creído que quería ayudar a K, mientras que en realidad había querido averiguar si tal vez, como nadie del lugar había podido ayudar, ese forastero aparecido repentinamente y mencionado incluso por la madre era capaz de hacerlo. Qué inconscientemente reservado, sí, casi solapado, era el niño, no había sido fácil de deducir de su presencia y de sus palabras, sólo se pudo notar después por la casualidad y la intención dulas confesiones que habían asomado. Y entonces reflexionó con K en largas conversaciones qué dificultades habría que superar; eran, pese a la mejor voluntad de Hans, dificultades casi insuperables; sumido en sus pensamientos y, sin embargo, buscando ayuda, miraba continuamente a K con ojos inquietos y parpadeantes. No podía decirle nada a la madre antes de la partida del padre, si no éste se enteraría de todo y ya sería imposible, así que sólo más tarde podría mencionarlo, pero por consideración a la madre tampoco de repente y deprisa, sino lentamente y en el momento oportuno, entonces podría pedir permiso a la madre, luego vendría a recoger a K, pero ¿no sería ya demasiado tarde?, ¿no amenazaría la llegada inminente del padre? Sí, en realidad era imposible. K, por el contrario, demostró que no era imposible. No tenían que temer que no hubiese suficiente tiempo, bastaría una corta entrevista, un breve encuentro, y no hacía falta que Hans viniese a buscar a K, éste esperaría escondido en algún lugar cerca de la casa y, con un signo de Hans, acudiría en seguida. No, dijo Hans, K no podía esperar cerca de la casa —una vez más le dominaba la sensibilidad por causa de su madre—, sin conocimiento de la madre K no podía ponerse en camino, Hans no podía aceptar un acuerdo secreto con K que fuese secreto para la madre, él tenía que recoger a K de la escuela y no antes de que la madre lo supiese y diese su consentimiento. Bueno, dijo K, entonces era realmente peligroso, era posible que el padre le descubriese en la casa y aunque no ocurriese, la madre, por miedo, no dejaría que K la visitase y todo fracasaría por culpa del padre. Contra eso volvió a defenderse Hans y así siguió la disputa. Ya hacía tiempo que K había llamado a Hans para que viniese a la mesa y le había colocado entre sus rodillas, acariciándolo de vez en cuando para tranquilizarlo. Esa cercanía influyó en que Hans, a pesar de su resistencia temporal, consintiese en llegar a un acuerdo. Convinieron lo siguiente: Hans le diría al principio a su madre toda la verdad, sin embargo, para facilitarle el consentimiento, añadiendo que K también quería hablar con Brunswick, aunque no a causa de la madre, sino por sus asuntos. Eso también era verdad, a lo largo de la conversación a K se le había ocurrido que Brunswick, aunque fuese un hombre malo y peligroso, no podía ser realmente su enemigo, a fin de cuentas había sido, al menos según el informe del alcalde, el líder de aquellos que, fuese también por motivos políticos, habían reclamado la contratación de un agrimensor. Así pues, la llegada de K al pueblo tenía que haber sido favorable para él, pero entonces el enojoso encuentro el primer día y la aversión de la que Hans había hablado resultaban incomprensibles, quizá Brunswick se había enojado porque K no se había dirigido a él primero para solicitar ayuda, quizá había otro malentendido que podía ser aclarado con unas palabras. Una vez que ocurriera eso, K podría encontrar en Brunswick un respaldo contra el maestro, sí, incluso contra el alcalde, poniendo al descubierto todo el fraude administrativo, pues ¿qué otra cosa podía ser todo? El alcalde y el maestro le mantenían alejado de los órganos administrativos del castillo y le obligaban a aceptar el puesto de bedel. Si se producía una nueva lucha por K entre Brunswick y el alcalde, Brunswick tendría que poner a K de su parte, K sería huésped en la casa de Brunswick y sus instrumentos de poder se pondrían a su disposición, todo a despecho del alcalde, quien sabía muy bien hasta dónde podría llegar y, en todo caso, estaría frecuentemente cerca de la mujer. Así jugaba con sus sueños y ellos con él, mientras Hans, pensando exclusivamente en su madre, observaba preocupado el silencio de K, al igual que se hace con un médico sumido en sus pensamientos para encontrar un remedio en un caso grave. Con esa propuesta de K, que él quería hablar con Brunswick por la contratación como agrimensor, Hans se mostró conforme, aunque sólo porque gracias a eso su madre quedaba protegida del padre y, además, se trataba de un recurso excepcional que esperaba no se produjese. Sólo preguntó cómo K aclararía al padre una visita tan tardía, y se conformó finalmente, aunque con un rostro algo sombrío, con que K diría que el insoportable puesto como bedel en la escuela y el tratamiento deshonroso del maestro le habían sumido en una repentina desesperación y había olvidado cualquier consideración.
Cuando lograron preparar todo, en lo que se podía prever, y la posibilidad de éxito ya no quedaba al menos excluida, Hans, liberado de la carga de la reflexión, se tornó más alegre y charló aún un rato de manera infantil, primero con K y luego con Frieda, que desde hacía tiempo estaba abstraída y ahora comenzó de nuevo a participar en la conversación. Entre otras cosas ella le preguntó qué quería ser de mayor, él no reflexionó mucho y dijo que quería ser un hombre como K. Cuando le preguntó los motivos, no supo qué responder y a la pregunta de si quería ser bedel en una escuela, contestó negativamente. Sólo al seguir preguntándole reconocieron a través de qué caminos había llegado a expresar ese deseo. La situación presente de K no era en modo alguno digna de envidia, sino triste y despreciable, él mismo habría preferido preservar a su madre de la mirada y de las palabras de K. Sin embargo, él había llegado hasta K y le había pedido ayuda y había sido feliz de que K consintiese, también creía reconocer lo mismo en otras personas, y ante todo la madre había mencionado a K. De esa contradicción surgió en él la creencia de que en ese momento K era aún un ser humillado y espantoso, pero que en un futuro, si bien casi inimaginable y lejano, él los superaría a todos. Y precisamente esa disparatada lejanía y el orgulloso desarrollo que debería conducir a ella tentaron a Hans. Incluso a ese precio quería tomar al K del presente. Lo especialmente infantil y al mismo tiempo astuto de ese deseo consistía en que Hans contemplaba desde lo alto a K como si fuera un joven cuyo futuro se expandiera más que el suyo propio, el de un niño. Y era con una seriedad sombría con la que él, obligado una y otra vez por las preguntas de Frieda, hablaba de esas cosas. Pero K le volvió a animar cuando dijo que él sabía lo que Hans le envidiaba, se trataba de su espléndido bastón de nudos que se encontraba sobre la mesa y con el que Hans había jugado distraído durante la conversación. Bueno, K sabía fabricar esos bastones y, si el plan resultaba exitoso, le haría a Hans uno más bonito. No quedó muy claro si Hans sólo había tenido en mente el bastón, tal fue su alegría sobre la promesa de K, y se despidió alegremente no sin antes estrechar con fuerza la mano de K y decir:
—Entonces hasta pasado mañana.

14

EL REPROCHE DE FRIEDA

Ya era hora de que Hans se marchase, pues poco después el maestro abrió violentamente la puerta y, al ver a K y a Frieda tranquilamente sentados sobre la mesa, gritó:
—¡Perdonad la molestia! Pero decidme cuándo vais a terminar por fin de arreglar la habitación. En la otra habitación se sientan todos apretados, así no se puede dar clase, mientras vosotros os estiráis aquí a vuestras anchas en la habitación grande y encima, para tener aún más sitio, habéis echado a los ayudantes. ¡Y ahora haced el favor de moveros!
Y dirigiéndose a K:
—¡Tú ahora me traes un tentempié de la posada del puente!
Todo eso lo gritó furioso, pero las palabras eran proporcionalmente suaves, incluso el grosero tuteo. K se mostró dispuesto a obedecer en seguida; sólo para sondear al maestro dijo:
—Me ha despedido.
—Despedido o no, tráeme mi tentempié—dijo el maestro.
—Despedido o no, eso es precisamente lo que quiero saber—dijo K.
—¿De qué hablas? No has aceptado el despido.
—¿Eso basta para anularlo? —preguntó K.
—Para mí no —dijo el maestro—, de eso puedes estar seguro, pero sí para el alcalde, incomprensiblemente. Ahora corre, si no sales de aquí volando y esta vez de verdad.
K estaba satisfecho, el maestro había hablado mientras tanto con el alcalde o tal vez no había hablado, sino adoptado la previsible opinión del alcalde y ésta era favorable a K. Ahora quería K darse prisa en traer el tentempié, pero cuando aún se encontraba en el pasillo, el maestro le hizo regresar, ya fuese porque quisiese probar con esa orden especial su disposición servicial para orientarse luego según el resultado, ya fuese porque había recobrado las ganas de ordenar y le causaba placer que K, siguiendo sus órdenes, saliese corriendo como un camarero y le pudiese obligar a regresar con la misma rapidez. K, por su parte, sabía que él, mediante un comportamiento demasiado obediente, se convertiría en el esclavo y en cabeza de turco del maestro, pero hasta cierto límite quería ahora aceptar pacientemente los caprichos del maestro, pues si, como se había mostrado, no podía despedirle legalmente, podía atormentarle en el puesto hasta hacerle la vida imposible. Pero precisamente ahora K necesitaba ese puesto más que antes. La conversación con Hans le había dado nuevas esperanzas, manifiestamente improbables, sin ningún fundamento, pero inolvidables, incluso hacían olvidar a Barnabás. Si quería ir detrás de ellas, y no le quedaba otro remedio, tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas, no preocuparse de ninguna otra cosa, ni de la comida, ni de la vivienda, ni de la administración del pueblo, ni siquiera de Frieda, y en el fondo se trataba sólo de Frieda, pues todo lo demás únicamente le afligía con relación a Frieda. Por eso tenía que intentar mantener ese puesto que daba alguna seguridad a Frieda y no debía arrepentirse de tolerar algo más al maestro en aras de ese objetivo, aunque fuese más de lo que le hubiese tolerado en otras circunstancias. Todo eso no era demasiado doloroso, pertenecía a esa cadena continua de pequeñas aflicciones de que constaba la vida, no era nada en comparación con aquello a lo que aspiraba K, además, no había venido para llevar una vida pacífica y rodeada de honores.
Y así ocurrió que, al igual que se había puesto en camino hacia la posada, al recibir la contraorden se mostró dispuesto en seguida a ordenar antes la habitación para que la maestra pudiese trasladarse a ella con su clase. Pero tenía que trabajar deprisa, pues después tenía que traer el tentempié y el maestro ya estaba hambriento y sediento. K aseguró que lo haría todo según sus deseos; el maestro miró un rato cómo K se apresuraba a cumplir sus órdenes, cómo quitaba el jergón de paja, ponía los aparatos de gimnasia en su lugar y barría, mientras Frieda lavaba y frotaba la tarima. Ese celo pareció satisfacer al maestro, aún llamó la atención de que ante la puerta había preparado un montón de leña para la calefacción —no quería dejar que K abriese el depósito de leña— y se fue a ver a los niños con la amenaza de regresar e inspeccionar la tarea.
Después de un rato de trabajo silencioso, Frieda preguntó por qué se sometía ahora tanto al maestro. Era una pregunta compasiva e inquieta, pero K, que pensaba lo poco que Frieda había conseguido cumplir su promesa de protegerle de las órdenes y de la violencia del maestro, dijo brevemente que ahora que era bedel de la escuela tenía que ejercer el puesto. Entonces volvió el silencio hasta que K, recordando con la breve conversación que Frieda había estado mucho tiempo sumida en sus propios pensamientos, ante todo durante la conversación con Hans, le preguntó abiertamente, mientras llevaba la leña, en qué estaba pensando. Ella respondió, mirando hacia él lentamente, que en nada determinado, sólo pensaba en la posadera y en la verdad de algunas de sus palabras. Sólo cuando K insistió en que siguiese, contestó con más detalles después de varias negativas, pero sin dejar su trabajo, lo que no hacía por diligencia, pues apenas avanzaba en él, sino sólo para no verse obligada a mirar a K. Y entonces contó cómo al principio había escuchado tranquilamente la conversación de K con Hans, cómo después se asustó con algunas palabras de K y comenzó a comprender con más precisión el sentido de esas palabras y cómo desde entonces no había podido dejar de encontrar en las palabras de K confirmaciones de una advertencia que agradecía a la posadera y en cuyo fundamento no había querido creer. K, enojado sobre los modismos generales con que hablaba y más irritado que conmovido por su voz triste y llorosa —pero ante todo porque la posadera volvía a injerirse en su vida, al menos en recuerdos, ya que en persona hasta ese momento había tenido poco éxito—, arrojó la leña al suelo, se sentó encima y reclamó con palabras serias que hablase con completa claridad.
A menudo —comenzó Frieda—, ya desde el principio, la posadera se esforzó en que dudara de ti, no afirmaba que mentías, todo lo contrario, dijo que eras sincero como un niño, pero que tu manera de ser era tan diferente a la nuestra que nosotros, incluso cuando hablabas sinceramente, nos teníamos que esforzar mucho para creerte y, si no nos salvaba antes una buena amiga, nos teníamos que habituar a creerte a través de una amarga experiencia. Incluso a ella, que posee un gran conocimiento de los hombres, no le ocurre de manera muy diferente. Pero después de la última conversación contigo en la posada del puente, ella —me limito a repetir sus malas palabras— ha descubierto tus manejos, ahora ya no puedes embaucarla, incluso si te esforzaras en ocultar tus intenciones. «Pero él no oculta nada», repitió una y otra vez, añadiendo: «esfuérzate en escucharle realmente en cualquier oportunidad, no sólo superficial, sino realmente». Ninguna otra cosa ha hecho ella, y respecto a mí habría averiguado lo siguiente: tú me has abordado —empleó esta expresión afrentosa— sólo porque casualmente me crucé en tu camino, no te desagradé y porque tú tomaste a una chica de barra, de manera errónea, por la víctima propicia de todo huésped que alargaba su mano. Además, querías, por algún motivo, dormir aquella noche en la posada de los señores, como la posadera ha sabido del posadero, y eso sólo lo podías conseguir gracias a mí. Todo eso habría bastado para convertirme en tu amante aquella noche, pero para que llegase a más, se necesitaba más, y ese «más» era Klamm. La posadera no afirma saber lo que quieres de Klamm, sólo afirma que tú, antes de conocerme a mí, te esforzabas en llegar hasta Klamm tanto como después. La diferencia residía en que antes carecías de esperanzas, después, sin embargo, creíste encontrar en mí un instrumento de confianza para llegar pronto e incluso con superioridad hasta Klamm. Cómo me asusté —pero sólo fue fugazmente, sin un motivo profundo cuando dijiste hoy que antes de conocerme te sentías extraviado aquí. Son las mismas palabras que empleó la posadera, también ella dice que desde que me conociste te has vuelto mucho más resuelto. Eso se debe a que creíste haber conquistado en mí a una amante de Klamm y, por eso, poseer una prenda que sólo se podía desempeñar al precio más alto. Negociar con Klamm sobre ese precio es tu único anhelo. Como no tienes ningún interés en mí, sino sólo en mi precio, estás dispuesto respecto a mí a toda concesión, pero respecto al precio te muestras testarudo. Por eso te resulta indiferente que pierda mi puesto en la posada de los señores, te es indiferente que también tenga que abandonar la posada del puente, que tenga que realizar el trabajo pesado de la escuela, no tienes ninguna dulzura conmigo, ni siquiera tienes tiempo para mí, me dejas a los ayudantes, no conoces los celos, el único valor que poseo para ti es que una vez fui la amante de Klamm, en tu ignorancia te esfuerzas en impedirme olvidar a Klamm para que al final no me resista mucho cuando el momento decisivo haya llegado; por añadidura luchas también contra la posadera, a quien crees capaz de poder arrebatarme de tu lado, por eso extremaste tu disputa con ella para poder abandonar conmigo la posada del puente; de que yo, en lo que a mí concierne, sea tu posesión bajo todas las circunstancias, de eso no dudas. Te imaginas la entrevista con Klamm como un negocio: dinero efectivo a cambio de dinero efectivo. Cuentas con todas las posibilidades; para conseguir el premio, estás dispuesto a todo; si Klamm me quiere, me darás a él; si quiere que te quedes conmigo, te quedarás conmigo; si quiere que me abandones, me abandonarás, pero también estarás dispuesto a hacer comedia en caso de que sea ventajoso; en ese caso simularás que me quieres, intentarás combatir su indiferencia resaltando tu insignificancia y avergonzándole con el hecho de tu sucesión en mi persona o le informarás de mis confesiones amorosas respecto a él, que realmente he hecho, y le pedirás que me vuelva a acoger, por supuesto bajo condición del pago del precio; y si no hay otra manera, simplemente suplicarás en nombre del matrimonio K. Pero si tú entonces, dedujo la posadera, te das cuenta de que te has equivocado en todo, en tus suposiciones y en tus esperanzas, en tu idea de Klamm y de sus relaciones conmigo, en ese momento comenzará para mí el infierno, pues seré tu única posesión de la que, además, dependerás por completo, pero al mismo tiempo será una posesión que ha resultado sin valor y a la que tratarás en consecuencia, ya que el único sentimiento que tienes hacia mí es el del poseedor.
K había escuchado tenso y con la boca cerrada, la leña debajo de él había rodado, casi había resbalado hasta el suelo, no se había dado cuenta, sólo ahora lo percibió; se levantó y se sentó en la tarima, allí tomó la mano de Frieda, que intentó eludirlo débilmente, y dijo:
—En el informe no he podido distinguir la opinión de la posadera de la tuya.
—Sólo era la opinión de la posadera—dijo Frieda—, lo he escuchado todo porque venero a la posadera, pero fue la primera vez en mi vida que rechacé del todo su opinión. Tan lamentable me pareció todo lo que dijo, tan lejana su comprensión de nuestra situación real. Más bien me pareció verdad todo lo contrario de lo que ella dijo. Pensé en la mañana sombría después de nuestra primera noche. Cómo te arrodillaste a mi lado con una mirada como si todo estuviese perdido. Y cómo sucedió después que a pesar de mis esfuerzos, no sólo no pude ayudarte, sino que te obstaculicé. Por mí se convirtió la posadera en tu enemiga, a quien aún continuas sin apreciar en lo que vale; por mí, por quien te preocupabas, tuviste que luchar por este empleo; estabas en desventaja frente al alcalde, tuviste que someterte al maestro y a los caprichos de los ayudantes, pero lo peor ha sido que quizá por mi culpa has cometido una falta contra Klamm. Que sigas queriendo llegar hasta Klamm no es más que el esfuerzo impotente de reconciliarle contigo. Y me dije que la posadera, que sabe todo esto mucho mejor que yo, me quería guardar con sus consejos de los reproches mucho más amargos que me podría hacer yo a mí misma. Un esfuerzo bienintencionado, pero superfluo. Mi amor a ti me habría ayudado a superarlo todo, finalmente te habría ayudado a ti, si bien no aquí, en el pueblo, en cualquier otro lado, ya ha habido una prueba de su fuerza, te ha salvado de la familia de Barnabás.
Así que ésa era tu opinión —dijo K—. Y ¿qué ha cambiado desde entonces?
—No lo sé —dijo Frieda, y miró la mano de K que mantenía la suya—, quizá no ha cambiado nada; si estás tan cerca de mí y me preguntas con tanta tranquilidad, entonces creo que no ha cambiado nada. En realidad, sin embargo —y retiró su mano, se sentó erguida ante él y lloró sin cubrirse la cara, mostrándole el rostro bañado en lágrimas como si no llorara por ella y, por lo tanto, no tuviera nada que ocultar, sino como si llorara por la traición de K y éste mereciese la desolación de esa visión—, en realidad todo ha cambiado desde que te he oído hablar con el niño. Con qué inocencia comenzaste, preguntando por su situación doméstica, por esto y aquello, me pareció como si acabases de llegar a la taberna, solícito, sincero, buscando mi rostro con celo infantil. No había ninguna diferencia con aquella vez y me hubiera gustado que la posadera estuviera aquí, te hubiese escuchado e intentase mantenerse en su opinión. Pero de repente, no sé cómo ocurrió, noté con qué intención hablabas con el niño. Con tus palabras compasivas ganaste fácilmente una confianza difícil de ganar para luego perseguir sin obstáculos tu objetivo, que yo iba identificando más y más. Ese objetivo era la mujer. A través de tus palabras aparentemente preocupadas se reflejaba sin ambages el interés exclusivo en tus asuntos. Has engañado a la mujer antes de ganártela. No sólo escuchaba en tus palabras mi pasado, también mi futuro, me parecía como si la posadera se sentara a mi lado y me aclarase todo y yo intentase apartarla con todas mis fuerzas, pero dándome cuenta de la imposibilidad de semejante esfuerzo y en ello en realidad ya no era yo la engañada, ni siquiera era yo ya la engañada, sino esa extraña. Y cuando hice un último esfuerzo y le pregunté qué quería ser y él dijo que quería ser como tú, esto es, que ya te pertenecía del todo, ¿qué diferencia podía haber entre él, el niño inocente del que se ha abusado aquí, y yo, de quien se abusó aquella vez en la taberna?
—Todo —dijo K; al ir acostumbrándose a los reproches se había serenado—, todo lo que tú dices es, en cierto sentido, correcto, no se puede decir que no sea verdad, sólo que es hostil. Son pensamientos de la posadera, mi enemiga, incluso si crees que son tuyos, eso me consuela. Pero también son instructivos, aún se puede aprender algo de la posadera. A mí no me los ha comunicado, aunque tampoco ha sido indulgente conmigo, es evidente que te ha confiado esa arma con la esperanza de que la emplearías contra mí en un momento especialmente malo o decisivo; si abuso de ti, ella también lo hace. Pero ahora, Frieda, piensa, aun cuando todo fuese exactamente tal y como lo cuenta la posadera, sólo sería muy grave en un caso, si tú no me amaras. Entonces, sólo entonces habría ocurrido así, que yo te habría ganado con cálculo y astucia para beneficiarme de esa posesión. Quizá forme parte también de mi plan que aquella vez, para despertar tu compasión, apareciese ante ti con Olga del brazo, y la posadera ha olvidado añadir eso en mi cuenta. Pero si no se da ese caso, si no fue un astuto animal de rapiña el que se apoderó de ti entonces, sino que tú viniste hacia mí, del mismo modo en que yo fui hacia ti, y nos encontramos olvidándonos de nosotros mismos, dime, Frieda, ¿qué sería? Desde aquella vez llevo adelante tanto tus asuntos como los míos, no hay ninguna diferencia y sólo una enemiga puede hacer distinciones. Eso vale en todas partes, también respecto a Hans. Por lo demás, en tu delicadeza de sentimientos, exageras la conversación con Hans, pues si las opiniones de Hans y las mías no coinciden plenamente, tampoco llegan tan lejos como para que exista una contradicción, además, a Hans no se le han escapado nuestras diferencias, si creyeras eso, valorarías en muy poco a ese cauteloso joven y aun en el caso de que le hubieran quedado ocultas, nadie recibirá un daño por ello, al menos eso espero.
—Es tan difícil orientarse, K —dijo Frieda, y sollozó—, no he tenido ningún recelo contra ti, me lo ha contagiado la posadera, y sería feliz de poder deshacerme de él y pedirte perdón de rodillas, como en realidad hago todo el rato, incluso cuando digo cosas tan malas. Pero cierto es que mantienes muchos secretos; vienes y vas, no sé adónde ni de dónde. Antes, cuando Hans llamó a la puerta, pronunciaste incluso el nombre de Barnabás. Si alguna vez me hubieras llamado a mí con tanto amor como por un motivo incomprensible gritaste ese nombre odiado. Si no tienes ninguna confianza en mí, cómo puedo impedir que no se origine desconfianza en mí, entonces estoy entregada a la posadera a quien pareces confirmar con tu comportamiento. No en todo, no quiero afirmar que la confirmas en todo, ¿acaso no has expulsado por mí a los ayudantes? ¡Ay, si supieras con cuánto anhelo busco algo positivo para mí en todo lo que haces y dices, aun cuando me atormente!
Ante todo, Frieda —dijo K—, no te oculto nada: cómo me odia la posadera y cómo se esfuerza por apartarte de mí y con qué medios despreciables lo hace y cómo tú cedes ante ella, Frieda, cómo cedes ante ella. Dime en qué te oculto algo. Que quiero llegar hasta Klamm, ya lo sabes, que no puedes ayudar a lograrlo y que lo tengo que conseguir por mi propia cuenta, también lo sabes, que hasta ahora no lo he conseguido, ya lo ves. ¿Tengo que humillarme doblemente al contarte los intentos fallidos que ya en la realidad me humillan lo suficiente? ¿Tengo acaso que preciarme de haber esperado en vano, congelándome, al lado del trineo de Klamm durante toda una tarde? Feliz de no tener que pensar más en esas cosas, me apresuro a volver contigo y entonces encuentro que de ti emana esa actitud amenazadora. ¿Y Barnabás? Cierto, le espero. Es el mensajero de Klamm, no he sido yo el que le ha nombrado.
—¡Otra vez Barnabás! —exclamó Frieda—. No creo que sea un buen mensajero.
—Quizá tengas razón —dijo K—, pero es el único mensajero que me han enviado.
Aún peor—dijo Frieda—, entonces más deberías guardarte de él.
—Por desgracia, hasta ahora no me ha dado motivo para ello —dijo K sonriendo—, viene raramente y lo que trae carece de importancia, sólo el hecho de proceder de Klamm es lo que le confiere valor.
—Pero mira ahora—dijo Frieda—, ya ni siquiera Klamm es tu objetivo, quizá eso sea lo que más me intranquiliza; que quisieras llegar a Klamm por encima de mí, era malo, pero que ahora parezcas querer alejarte de Klamm es mucho peor, es algo que ni siquiera la posadera ha previsto. Según la posadera, mi suerte terminó, una suerte muy cuestionable pero real, con el día en que tú viste definitivamente que tu esperanza en Klamm era vana. Ahora ni siquiera esperas ese día, de repente entra un niño y comienzas a luchar con él por su madre, como si lucharas por oxígeno para respirar.
—Has comprendido correctamente mi conversación con Hans —dijo K—, así fue realmente. Pero ¿se ha hundido tanto en tu recuerdo tu vida anterior —excepto, naturalmente, la posadera, que no se deja apartar— que ya no sabes cómo se debe luchar por avanzar, especialmente cuando se viene de abajo? ¿Te has olvidado de que hay que utilizar todo aquello que de alguna manera dé esperanza? Y esa mujer viene del castillo, ella misma me lo dijo cuando me perdí el primer día y acabé en la casa de Lasemann. ¿Qué otra cosa se me podía ocurrir que no fuese pedirle consejo e, incluso, ayuda? Si la posadera conoce con exactitud todos los impedimentos que me separan de Klamm, esa mujer conoce probablemente el camino, pues ella ha bajado por él.
—¿El camino hacia Klamm? —preguntó Frieda.
—Claro, hacia KIamm, ¿hacia dónde si no? —dijo K, que entonces se levantó de un salto.
—Pero ahora ya ha llegado el momento de que vaya a recoger el tentempié.
Frieda insistió en que permaneciera con una urgencia injustificada, como si sólo su permanencia confirmase todas sus palabras confortadoras. K, sin embargo, le recordó al maestro, señaló hacia la puerta, que en cualquier momento se podía abrir violentamente, prometió volver en seguida, ni siquiera tenía que encender la calefacción, él mismo lo haría. Finalmente, Frieda se sometió en silencio. Cuando K caminaba por la nieve —ya hacía tiempo que tenía que haberla retirado del camino, extraño lo lento que avanzaba el trabajo—, vio cómo uno de los ayudantes aún se aferraba a la verja muerto de cansancio. Sólo había uno, ¿dónde estaba el otro? ¿Había logrado romper K la resistencia de al menos uno de ellos? El que había quedado aún tuvo las energías suficientes, ya que, al ver a K, se animó de nuevo, extendió los brazos y comenzó a hacer girar sus globos oculares con anhelo.
—Su tenacidad es modélica—se dijo K, y se vio obligado a añadir—: Uno se congela con él en la verja.
Por lo demás, K sólo tuvo para el ayudante un gesto amenazador con el puño que excluyó cualquier acercamiento, sí, incluso el ayudante retrocedió asustado un buen trecho. En ese momento abrió Frieda la ventana, para, como había convenido con K, airear antes de encender la calefacción. El ayudante dejó inmediatamente de mirar a K y se deslizó, atraído irresistiblemente, hasta la ventana. Con el rostro desfigurado por la amabilidad frente al ayudante y de impotencia frente a K, ella agitó un poco la mano por la parte de arriba de la ventana, ni siquiera era claro si se trataba de un gesto de defensa o de un saludo. El ayudante, al acercarse, tampoco se dejó desconcertar. Entonces Frieda cerró deprisa la ventana exterior y permaneció detrás con la mano en el picaporte, con la cabeza inclinada hacia un lado, grandes ojos y una sonrisa rígida. ¿Sabía que así atraía al ayudante más que lo espantaba? Pero K ya no miró hacia atrás, prefería darse prisa y regresar pronto.

15

CON AMALIA

Por fin —ya era de noche— había terminado K de despejar el camino del jardín, había acumulado la nieve a ambos lados del camino y la había aplanado, terminando el trabajo del día. Estaba en la puerta del jardín, sin nadie a su alrededor en un amplio círculo. Hacía horas que había expulsado al ayudante, le había perseguido durante un buen trecho y se había escondido en algún lugar entre el jardín y las casas. Ya no le pudo encontrar, pero tampoco apareció más. Frieda estaba en casa y o lavaba la ropa o seguía bañando al gato de Gisa; era un signo de confianza por parte de Gisa que dejase a Frieda ese trabajo, por lo demás, un trabajo desagradable e inadecuado, que K habría rechazado, si no fuese aconsejable, después de todas las negligencias laborales, aprovechar cualquier oportunidad para satisfacer a Gisa. Ésta había visto satisfecha cómo K bajaba la bañera para niños, había calentado el agua y cómo, finalmente, introducía al gato en la bañera. Entonces Gisa incluso le había dejado al exclusivo cuidado de Frieda, pues Schwarzer, un conocido de K de la primera noche, había venido y, después de saludar a K con una mezcla de timidez, cuyo motivo se encontraba en aquella noche, y un desprecio inmoderado, como correspondía a un bedel de escuela, se había ido con Gisa a la otra clase. Allí seguían los dos. Como le habían contado a K en la posada del puente, Schwarzer, que era hijo de un alcaide del castillo, hacía tiempo que vivía en el pueblo por amor a Gisa; había conseguido que, gracias a sus conexiones, le nombraran maestro auxiliar, pero ejercía ese cargo de tal manera que casi nunca se perdía una clase de Gisa, ya fuese en los bancos entre los niños o, mejor, en la tarima a los pies de Gisa. Ya no molestaba, los niños hacía tiempo que se habían acostumbrado y con gran facilidad, pues Schwarzer no sentía ni inclinación ni comprensión por los niños, apenas hablaba con ellos, sólo había asumido de Gisa la clase de gimnasia y en lo demás se mostraba satisfecho de vivir cerca, en la misma atmósfera, en la calidez de Gisa. Su mayor placer consistía en sentarse junto a ella y corregir los cuadernos escolares. Hoy también se ocupaban en eso: Schwarzer había traído un buen montón de cuadernos, el maestro también le daba los suyos, y mientras hubo claridad, K había podido verlos a los dos sentados a una mesita al lado de la ventana y trabajando, cabeza con cabeza, inmóviles, ahora, sin embargo, sólo se podían ver dos velas con llamas vacilantes. Era un amor serio y silencioso el que los unía, el tono lo daba Gisa, cuya manera de ser algo lenta a veces explotaba y rompía todos los límites, pero que jamás habría tolerado algo similar en otros, así que el más vivaracho, Schwarzer, tenía que someterse, andar lento, hablar lento, callar mucho, pero, eso se veía muy bien, era ricamente recompensado por la presencia sencilla y silenciosa de Gisa. Y a lo mejor Gisa ni siquiera le amaba, en todo caso sus ojos redondos y grises, que jamás pestañeaban, que aparentemente giraban en las pupilas, no daban respuesta a esa pregunta, sólo se veía que toleraba a Schwarzer sin réplica, pero estaba claro que no sabía apreciar el honor de ser amada por el hijo de un alcaide y su cuerpo exuberante seguía contribuyendo como siempre a si Schwarzer la seguía con la mirada o no. Schwarzer, por el contrario, le ofrecía el continuo sacrificio de vivir en el pueblo; a los mensajeros del padre, que venían con frecuencia a recogerle, los despachaba con gran enojo, como si el breve recuerdo del castillo y de sus obligaciones filiales despertado en él supusiese una considerable perturbación de su felicidad. Y, sin embargo, en realidad tenía mucho tiempo libre, pues Gisa sólo se mostraba ante él durante las horas de clase y durante la corrección de cuadernos; esto, es cierto, no por interés, sino porque amaba más que nada la comodidad y, por tanto, la soledad, y tal vez cuando se sentía más feliz era cuando, en su casa, se podía estirar con toda libertad en su sofá, con el gato a su lado, que no molestaba porque ya apenas se podía mover. Así pasaba la mayor parte del día Schwarzer sin ocupación alguna, pero también eso le gustaba, pues siempre tenía la posibilidad, que aprovechaba a menudo, de ir a la calle Löwen donde vivía Gisa, subir a su pequeña habitación en la buhardilla, escuchar ante la puerta siempre cerrada y luego volver a irse después de haber constatado inevitablemente en la habitación el más perfecto e incomprensible silencio. No obstante, a veces se mostraban en él las consecuencias de esa forma de vida, aunque nunca en la presencia de Gisa, mediante erupciones ridículas e instantáneas de un resurgido orgullo oficial, que, si bien es cierto, no se adaptaba mucho a su situación presente; cuando eso ocurría no era muy agradable, como K había tenido la ocasión de experimentar .
Resultaba asombroso que al menos en la posada del puente se hablase de Schwarzer con cierto respeto, incluso cuando se trataba de cosas más ridículas que serias, y también se incluía a Gisa en ese respeto. Pero no correspondía a la realidad cuando Schwarzer se creía superior a K 'por el hecho de ser maestro auxiliar, esa superioridad no existía, un bedel es para los maestros, e incluso para un maestro de la categoría de Schwarzer, una persona muy importante a la que no se puede despreciar impunemente y a la que, cuando no se pueda evitar despreciarla por intereses de clase, al menos se le tiene que hacer soportable con la correspondiente contraprestación. K quería pensar en ello cuando llegara la ocasión, además, Schwarzer ya le debía algo por la primera noche, una deuda que no se había reducido porque los días siguientes hubiesen dado razón al recibimiento de Schwarzer. Pues no se podía tampoco olvidar que ese recibimiento quizá había dado el tono a todos los restantes. A través de Schwarzer y de un modo absurdo se había concentrado en las primeras horas toda la atención de la administración en K, cuando, completamente extraño en el pueblo, sin conocidos, sin un refugio, yaciendo en un jergón de paja, agotado por la caminata e indefenso, se encontraba abandonado a cualquier intervención administrativa. Sólo una noche más y todo podría haber transcurrido de otra manera, con tranquilidad, semioculto. En todo caso nadie habría sabido nada de él, no habrían tenido ninguna sospecha, al menos no habrían dudado en dejarle permanecer allí un día como un joven excursionista, se habrían dado cuenta de su utilidad y fiabilidad, se habría difundido por el vecindario, quizá habría encontrado pronto como criado un alojamiento en algún lugar. Naturalmente, no habría podido zafarse de la administración. Pero era una diferencia notable que en plena noche, por su culpa, se hubiese puesto al teléfono la administración central o quien fuese, se la hubiese despertado, se le hubiese exigido, si bien con humildad, pero con importuna inflexibilidad, además por Schwarzer, probablemente considerado arriba con reprobación, en vez de, al día siguiente, haberse presentado K durante las horas de servicio en la casa del alcalde, como se debía hacer, haberse anunciado como un excursionista forastero que ya había encontrado un alojamiento en casa de un miembro de la comunidad y que al día siguiente probablemente partiría, a no ser que se produjese el caso improbable de que encontrase allí trabajo, sólo por unos días, naturalmente, pues en ningún caso quería permanecer más tiempo allí. Así, o de una forma parecida, habría ocurrido sin Schwarzer. La administración habría continuado ocupándose del asunto, pero con tranquilidad, siguiendo la vía oficial, sin ser molestada por la impaciencia, probablemente odiada, de las partes. K era inocente de todo, la culpa recaía en Schwarzer, pero Schwarzer era el hijo de un alcaide y externamente se había comportado con corrección, así que sólo se podía indemnizar a K. ¿Y la causa ridícula de todo eso? Quizá el mal humor de Gisa en aquel día, por lo cual Schwarzer decidió vagar por la noche sin poder dormir y hacer pagar a K sus penas. Por otra parte también se podía decir que K debía mucho a esa conducta de Schwarzer. Sólo gracias a ella había sido posible lo que K en solitario jamás habría logrado, ni jamás habría osado lograr y lo que por su parte la administración nunca habría reconocido, que él, desde el principio, sin rodeos, abiertamente y de tú a tú, se había enfrentado a la administración, en la medida en que eso era posible con ella. Pero era un regalo envenenado, le había ahorrado a K muchas mentiras y secretos, pero también le dejaba prácticamente indefenso, en todo caso le perjudicaba en su lucha y le podría haber desesperado, si no se hubiese dicho que la diferencia de poder entre la administración y él era tan terrible que todas las mentiras y la astucia de las que él hubiese sido capaz no habrían podido inclinar esencialmente esa diferencia a su favor, sino que cualquier cambio siempre habría tenido que resultar imperceptible. Pero ése sólo era un pensamiento con el que K se consolaba; Schwarzer, sin embargo, seguía siendo su deudor. Si aquella vez había dañado a K, quizá la próxima vez pudiese ayudarle, K seguiría necesitando ayuda, por mínima que fuese, por ejemplo, Barnabás parecía haber fracasado una vez más. A causa de Frieda, K había dudado durante todo el día si debía ir a preguntar a la casa de Barnabás; para no recibirle cuando Frieda estuviese delante, K había trabajado fuera y después del trabajo también se había quedado en el exterior para esperar a Barnabás, pero Barnabás no había venido. Entonces no quedaba otro remedio que ir a casa de las hermanas, sólo un rato, sólo quería preguntar desde el umbral, al poco tiempo estaría de regreso. Golpeó la nieve con la pala y salió corriendo. Llegó sin aliento a la casa de Barnabás, abrió después de llamar en ella y preguntó sin ni siquiera fijarse en el aspecto que presentaba la habitación:
—¿Aún no ha llegado Barnabás?
En ese momento comprobó que Olga no estaba, que los dos ancianos estaban otra vez sentados a una mesa lejana en la penumbra, todavía no se habían percatado de lo que había ocurrido en la puerta y lentamente giraban sus rostros hacia él, y, finalmente, vio a Amalia debajo de un cobertor echada en un banco al lado de la calefacción, asustada por la aparición de K y manteniendo la mano en la frente para tranquilizarse. Si hubiera estado Olga, habría contestado en seguida y K podría haberse ido, pero ahora al menos tuvo que dar los pasos necesarios para acercarse a Amalia, extenderle la mano, que ella estrechó en silencio, y pedirle que impidiese a los intimidados padres que se molestasen en venir por él, lo que ella hizo con unas palabras. K se enteró de que Olga cortaba leña en el patio, que Amalia, agotada —no mencionó ningún motivo—, se había tenido que echar hacía poco y que Barnabás aún no había llegado, pero que tenía que llegar pronto, pues nunca pernoctaba en el castillo. K le agradeció la información, ya se podía ir, pero Amalia le preguntó si no quería esperar a Olga, pero él ya no tenía tiempo, luego preguntó Amalia, si ya había hablado ese día con Olga, él lo negó asombrado y le preguntó si Olga tenía algo especial que comunicarle. Amalia hizo un gesto de enojo con la boca y asintió en silencio, se trataba claramente de una despedida y se echó de nuevo. Desde esa posición le observó fijamente como si se sorprendiera de que aún estuviera allí. Su mirada era fría, inmóvil como siempre, no estaba dirigida hacia lo que observaba, sino que iba algo más lejos —causando cierto malestar—, lo que la originaba no parecía una debilidad, ni confusión, ni falta de sinceridad, sino un continuo anhelo de soledad, que superaba a cualquier otro, y que quizá en ella misma sólo se hacía consciente de esa manera. K creyó recordar que esa mirada ya le había ocupado la primera noche, sí, que probablemente la impresión negativa que esa familia le había dado obedecía a esa mirada que no era fea en sí misma, sino orgullosa y sincera en su carácter reservado.
—Estás siempre tan triste, Amalia —dijo K—. ¿Te atormenta algo? ¿Acaso no puedes decirlo? Nunca he visto una campesina como tú. Hoy mismo, ahora me ha llamado la atención. ¿Eres del pueblo? ¿Has nacido aquí?
Amalia lo afirmó como si K sólo hubiese realizado la última pregunta, luego dijo:
—¿Entonces vas a esperar a Olga?
—No sé por qué preguntas continuamente lo mismo —dijo K—; no puedo permanecer aquí más tiempo porque mi novia me está esperando en casa.
Amalia se apoyó en un codo, no sabía nada de una novia. K mencionó su nombre, pero Amalia no la conocía. Preguntó si Olga sabía algo de ese noviazgo, K así lo creía, Olga le había visto ya con Frieda, también se difunden rápidamente esas noticias por el pueblo. Amalia, sin embargo, le aseguró que no sabía nada y que eso la haría muy desgraciada, pues Olga parecía amar a K. No había hablado abiertamente de ello, porque era muy reservada, pero traicionaba involuntariamente
su amor. K estaba convencido de que Amalia se equivocaba. Amalia sonrió y esa sonrisa, aunque era triste, iluminó su rostro sombrío y concentrado, hizo que hablara su silencio, hizo confiada la extrañeza, era la revelación de un secreto hasta ahora bien guardado del que, si bien podía retractarse otra vez, ya nunca podría hacerlo del todo. Amalia dijo que estaba segura de no equivocarse, sí, incluso sabía más, también sabía que K sentía cierta inclinación por Olga y que sus visitas, que tenían como pretexto los mensaj