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| Franz Kafka, el torturado |
Compartimos la mejor novela jurídica de la historia, a mi gusto mejor aún que El Proceso. Sólo un abogado como Kafka logró plasmar la sensación opresiva y sin final posible de los procedimientos estatales. Como dice el refrán "Las cosas de Palacio van despacio" pero las del Castillo en que se esconden, ni siquiera despacio...
FRANZ
KAFKA
EL
CASTILLO
I
Cuando
K llegó era noche cerrada. El pueblo estaba cubierto por una espesa capa de
nieve. Del castillo no se podía ver nada, la niebla y la oscuridad lo rodeaban,
ni siquiera el más débil rayo de luz delataba su presencia. K permaneció largo
tiempo en el puente de madera que conducía desde la carretera principal al
pueblo elevando su mirada hacia un vacío aparente.
Se
dedicó a buscar un alojamiento; en la posada aún estaban despiertos, el
hostelero no tenía ninguna habitación para alquilar, pero permitió, sorprendido
y confuso por el tardío huésped, que K durmiese en la sala sobre un jergón de
paja. K se mostró conforme. Algunos campesinos aún estaban sentados delante de
sus cervezas pero él no quería conversar con nadie, así que él mismo cogió el
jergón del desván y lo situó cerca de la estufa. Hacía calor, los campesinos
permanecían en silencio, aún los examinó un rato con los ojos cansados antes de
dormirse.
Pero
poco después le despertaron. Un hombre joven, vestido como si fuese de la
ciudad, con un rostro de actor, ojos estrechos y cejas espesas permanecía a su
lado junto al posadero. Los campesinos todavía seguían allí, algunos habían
dado la vuelta a sus sillas para ver y escuchar mejor. El joven se disculpó muy
amablemente por haber despertado a K, se presentó como el hijo del alcaide del
castillo y después dijo:
—Este
pueblo es propiedad del castillo, quien vive aquí o pernocta, vive en cierta
manera en el castillo. Nadie puede hacerlo sin autorización del conde. Usted,
sin embargo, o no posee esa autorización o al menos no la ha mostrado.
K,
que se había incorporado algo, se alisó el pelo, miró desde abajo a la gente
que le rodeaba y dijo:
—¿En
qué pueblo me he perdido? ¿Acaso hay aquí un castillo?
—Así
es —dijo lentamente el joven, mientras aquí y allá se sacudía alguna cabeza
sobre K—, el castillo del Conde Westwest .
—¿Y
hay que tener una autorización para pernoctar? —preguntó K como si quisiese
convencerse de que no había soñado las informaciones aportadas con anterioridad.
—Hay
que tener la autorización —fue la respuesta, y K captó un tono de burla cuando
el joven preguntó al hostelero y a los huéspedes con el brazo extendido:
—¿O
acaso no hay que tener una autorización?
—Entonces
tendré que recoger la autorización —dijo K bostezando y se quitó la manta con
la intención de levantarse.
—Sí,
¿y quién se la va a dar? —preguntó el joven.
—El
señor conde —dijo K—, no me queda otro remedio.
—¿Solicitar
ahora, a medianoche, una autorización del conde? —exclamó el joven,
retrocediendo un paso.
—¿No
es posible? —preguntó K con indiferencia—, entonces ¿por qué me ha despertado?
Pero
el joven entró en cólera.
—¡Maneras
de vagabundo! —exclamó—. ¡Exijo respeto para la autoridad condal! Precisamente
le he despertado para comunicarle que debe abandonar en seguida el condado.
—Basta
de comedias —dijo K con un tono llamativamente bajo, volvió a echarse y se
cubrió con la manta—. joven, ha llegado demasiado lejos y mañana volveré a
ocuparme de su conducta. El posadero y estos señores serán testigos, en el caso
de que necesite testigos. Por ahora conténtese con saber que soy el agrimensor solicitado
por el conde. Mis ayudantes vendrán mañana en coche con los aparatos. No quise
perderme un paseo por la nieve, pero por desgracia me he desviado algunas veces
del camino y por eso he llegado tan tarde. Que era muy tarde para presentarme
en el castillo es algo que ya sabía yo mismo ates de su lección. Por esta razón
me he conformado con este albergue nocturno que usted, dicho con indulgencia,
ha tenido la descortesía de perturbar. Con esto he concluido mis explicaciones.
Buenas. noches, señores.
Y
K se volvió hacia la estufa.
—¿Agrimensor?
—oyó aún que preguntaban dubitativamente a sus espaldas, luego se hizo el
silencio. Pero el joven se recobró de la sorpresa y le dijo al posadero en un
tono lo suficientemente apagado para interpretarse como una actitud de respeto
hacia el sueño de K, pero lo suficientemente elevado como para que le fuese
comprensible:
—Me
informaré por teléfono.
¡Cómo!
¿Hasta un teléfono había en esa posada de pueblo? Estaban perfectamente
establecidos. Ese detalle sorprendió a K, aunque en verdad lo había esperado.
Resultó que el teléfono estaba situado casi encima de su cabeza, su somnolencia
lo había pasado por alto. Pero si el joven quería telefonear no podría impedir,
ni con toda su buena voluntad, perturbar el sueño de K. Se trataba de si K
debía dejarle llamar, y decidió permitirlo. Pero entonces ya no tenía sentido
simular que estaba dormido, así que volvió a ponerse boca arriba. Vio a los
campesinos arrimarse tímidamente y hablar entre ellos: la llegada de un
agrimensor no era algo baladí. La puerta de la cocina se había abierto,
ocupando todo el umbral se encontraba la poderosa figura de la posadera; el
posadero se acercó a ella de puntillas para informarla de lo sucedido. Y
entonces comenzó la conversación telefónica. El alcaide dormía, pero un
subalcaide, uno de los subordinados, un tal Fritz, estaba allí. El joven, que
se presentó como Schwarzer, explicó que había encontrado a K, un hombre en la
treintena, bastante andrajoso, durmiendo tranquilamente en un jergón de paja
con una minúscula mochila como almohada y con un bastón nudoso al alcance de la
mano. Era evidente qué le había resultado sospechoso, y como el posadero había
descuidado ostensiblemente su deber, la obligación de Schwarzer consistía en
llegar al fondo del asunto. El hecho de despertarle, el interrogatorio, la
amenaza derivada del deber de expulsarlo del condado, habían sido tomados con
indignación por parte de K, por lo demás, según había resultado al final, con
razón, pues afirmaba ser un agrimensor solicitado por el conde. Naturalmente
que suponía al menos un deber formal comprobar esa afirmación, y Schwarzer le
pedía por ese motivo al señor Fritz que averiguase en la secretaría central si
realmente se esperaba a un agrimensor de ese tipo y que telefonease la
respuesta en seguida.
Entonces
volvió el silencio. Fritz averiguaba por su cuenta y allí se esperaba la
respuesta. K permaneció como hasta entonces, ni siquiera se dio la vuelta, no
pareció mostrar curiosidad alguna, se limitaba a mirar ante sí. El relato de
Schwarzer, en su mezcla de maldad y cautela, le dio una idea de la formación
diplomática de la que disponía en el castillo gente inferior como Schwarzer. Y
tampoco carecían de diligencia, la secretaría general tenía servicio nocturno.
Por añadidura, daba visiblemente una rápida respuesta, ya sonaba la llamada de
Fritz. Ese informe pareció muy corto, pues Schwarzer, furioso, colgó en seguida
el auricular.
—¡Ya
lo había dicho! —gritó—. Ninguna huella de un agrimensor, un vulgar vagabundo
mentiroso, tal vez algo peor.
Por
un momento K pensó que todos, Schwarzer, los campesinos, el posadero y la
posadera, se iban a arrojar sobre él; para al menos evitar la primera acometida
se acurrucó debajo de la manta, desde allí volvió a sacar lentamente la cabeza
y oyó cómo sonaba el teléfono, pareciéndole que lo hacía con una fuerza
inusitada. Pese a que era muy improbable que volviese á referirse a K, todos se
quedaron estáticos y Schwarzer regresó al aparato. Allí escuchó una larga
aclaración y luego dijo en voz baja:
—¿Así
que un error? Esto me resulta muy desagradable. ¿El mismo jefe de oficina ha
telefoneado? Extraño, muy extraño. ¿Cómo se lo voy a explicar ahora al señor
agrimensor?
K
escuchó. Así que el castillo le había nombrado agrimensor. Eso era por una
parte desfavorable, pues mostraba que el castillo sabía todo lo necesario
acerca de él, que había equilibrado las fuerzas y que emprendía la lucha sonriendo.
Por otra parte también era favorable, pues eso demostraba, según su opinión,
que se le menospreciaba y que gozaría de más libertad de la que había pensado
desde un principio. Y si creían que se le podría mantener en un estado de
continuo terror mediante ese reconocimiento de su condición de agrimensor, que,
ciertamente, les otorgaba cierta superioridad moral, se equivocaban, sólo le
causaba un ligero escalofrío, nada más.
K
hizo una señal negativa a Schwarzer cuando intentó acercarse a él con actitud
sumisa; se negó a trasladarse al dormitorio del posadero, sobre lo que se le
insistió, se limitó a aceptar del hostelero una bebida para favorecer el sueño,
de la hostelera una jofaina con jabón y una toalla y ni siquiera tuvo que
solicitar que se vaciase la sala, pues todos se apresuraron a salir escondiendo
el rostro para que no se les pudiese reconocer al día siguiente; apagaron la
lámpara y finalmente tuvo tranquilidad. Durmió profundamente, sólo molestado
una o dos veces por las ratas que se deslizaban por la habitación, hasta que
llegó la mañana.
Después
del desayuno, que, como toda la manutención, según indicaciones del posadero,
corría a cargo del castillo, quería dirigirse inmediatamente al pueblo. Pero
como el posadero, con quien sólo había hablado hasta ese momento lo necesario
en recuerdo de su conducta del día anterior, no paraba de vagar a su alrededor
con un semblante de muda súplica, sintió compasión de él y le invitó a sentarse
un rato a su lado.
—Aún
no conozco al conde —dijo K—, al parecer paga con generosidad el trabajo bien
hecho, ¿es cierto? Cuando alguien como yo viaja tan lejos de su mujer e hijo,
siempre quiere llevar algo a casa.
—A
ese respecto el señor no debe preocuparse, nadie se queja aquí de salarios
bajos.
—Bien
—dijo K—, no soy una persona tímida y también le puedo dar mi opinión a un
conde, pero siempre resulta mucho mejor resolver todos los problemas de forma
pacífica.
El
posadero se había sentado frente a K en el borde de la repisa de la ventana, no
se atrevía a sentarse con más comodidad, y contempló a K todo el tiempo con
unos grandes y temerosos ojos castaños. Al principio había hecho esfuerzos por
acercarse a K, ahora parecía como si prefiriese huir de él. ¿Temía que le
preguntara sobre el conde? ¿Temía la desconfianza del «señor» por el que ahora
tomaba a K? K tuvo que cambiar de conversación. Miró la hora y dijo:
—Pronto
llegarán mis ayudantes, ¿podrás ofrecerles aquí alojamiento?
—Por
supuesto, señor —dijo—, pero, ¿no vivirán contigo en el castillo?
¿Acaso
renunciaba tan fácilmente y encantado a sus huéspedes que los quería relegar a
toda costa al castillo?
—Eso
aún no es seguro —dijo K—, antes tengo que conocer qué trabajo quieren que
realice. Si tuviera, por ejemplo, que trabajar aquí abajo, entonces sería
razonable vivir aquí abajo. También temo no adaptarme a la vida arriba en el
castillo. Siempre quiero ser libre.
—No
conoces el castillo —dijo el posadero en voz baja.
—Es
cierto —dijo K—, no se debe de juzgar con anticipación. Por el momento, del
castillo no sé más que allí saben elegir al agrimensor adecuado. Tal vez haya
otras ventajas.
Dicho
esto, se levantó para liberarse del posadero que, intranquilo, no cesaba de
morderse los labios. Desde luego no se podía ganar fácilmente la confianza de
ese hombre.
Mientras
K se alejaba le llamó la atención un retrato oscuro en un marco también oscuro.
Ya se había fijado en él desde su lecho, pero no había podido apreciar los
detalles desde esa distancia y creía que el cuadro había sido retirado quedando
sólo una mancha negra. Pero, como podía comprobar ahora, se trataba de un
cuadro, el busto de un hombre de unos cincuenta años. Mantenía la cabeza tan
inclinada sobre el pecho que apenas se podían distinguir los ojos; esa
inclinación parecía causada por la elevada y pesada frente y una nariz grande y
aguileña. La barba, a causa de la posición de la cabeza, permanecía aplastada
contra el mentón, pero volvía a recobrar su amplitud más abajo. La mano
izquierda se hundía abierta en los cabellos, como si quisiese levantar la cabeza
sin conseguirlo.
—¿Quién
es? —preguntó K—. ¿El conde?
K
permanecía ante el cuadro y ni siquiera se volvió hacia el posadero.
—No
—dijo el posadero—, el alcaide.
—Buen
aspecto tiene el alcaide del castillo —dijo K—, lástima que tenga un hijo que
no le llegue a los talones.
—No
—dijo el posadero, atrajo un poco a K hacia sí y le susurró en el oído:
—Ayer
Schwarzer exageró, su padre no es más que un subalcaide e incluso uno de los
últimos.
En
ese momento el posadero le pareció a K un niño.
—¡El
muy granuja! —dijo K sonriendo, pero el posadero no sonrió con él, sino que se
limitó a decir:
—También
su padre es poderoso.
—¡Vete!
—dijo K—. Consideras a todos poderosos. ¿Acaso a mí también?
A
ti —dijo con timidez y seriedad— no te considero poderoso.
—Compruebo
que tienes una gran capacidad de observación —dijo K—. Dicho en confianza, no
soy realmente poderoso. En consecuencia no tengo menos respeto que tú frente a
los poderosos, sólo que no soy tan sincero como tú y no siempre quiero
reconocerlo.
Y
K dio unas palmadas en la mejilla del posadero para consolarle y ganar su
favor. Entonces sonrió un poco. En realidad parecía un adolescente con su
rostro suave y casi barbilampiño. ¿Cómo era posible que se hubiese podido casar
con esa mujer tan gruesa y de edad tan avanzada, a la que en ese momento se
podía ver a través de una ventana cómo trabajaba en la cocina con los codos
bien separados del cuerpo? K, sin embargo, no quería seguir sondeando a ese
hombre y terminar borrando la sonrisa que tanto le había costado obtener de él,
así que le hizo una señal para que le abriese la puerta y salió a la hermosa
mañana invernal.
Ahora
pudo ver el castillo nítidamente destacado en el aire luminoso, con su contorno
aún más realzado por la ligera capa de nieve que lo cubría todo imitando todas
las formas. Además, en la montaña donde estaba situado el castillo parecía
haber menos nieve que en el pueblo, donde K se desplazaba con no menos esfuerzo
que el día anterior en la carretera principal. Allí alcanzaba la nieve hasta
las ventanas de las casas y se acumulaba pesada sobre los bajos tejados, pero
arriba, en la montaña, todo se elevaba libre y ligero, al menos eso parecía
desde allí abajo.
En
general, el castillo, como se mostraba desde la lejanía, correspondía a lo que
K había esperado. No era ni un viejo castillo medieval ni un nuevo edificio
suntuoso, sino una extensa construcción consistente en unos pocos edificios de
dos pisos situados muy próximos unos de otros. Si no se hubiera sabido que era
un castillo, se habría tenido por una pequeña ciudad. K sólo pudo ver una
torre, si pertenecía a una vivienda o a una iglesia era algo que no se podía
saber. Bandadas de cornejas la rodeaban.
Con
la mirada fija en el castillo, K siguió su camino, sin que le inquietase nada
más. Pero al aproximarse, el castillo le decepcionó: en realidad sí que se
trataba de un miserable villorrio, compuesto de casas de pueblo, y sólo se
distinguía porque tal vez todo estaba construido de piedra, pero la pintura
hacía tiempo que se había caído y la piedra parecía desmenuzarse. K se acordó
fugazmente de su pueblo natal: apenas tenía nada que envidiarle a ese supuesto
castillo; si K hubiese venido sólo para visitarlo, la larga marcha no habría
merecido la pena y habría sido más razonable haber vuelto a visitar una vez más
su lugar de nacimiento, donde hacía tiempo que no había estado. Y comparó en su
mente el campanario de su pueblo natal con la torre de arriba. El campanario,
es cierto, no podía dudarse, se erguía recto, rejuveneciéndose en la parte
superior, y coronado por un techo ancho de tejas rojas, un edificio terrenal
—¿qué otra cosa podíamos construir?—, pero con una finalidad muy superior a la
del achaparrado villorrio y con una expresión más luminosa que la otorgada por
el sombrío día laboral. La torre de allá arriba —era lo único visible— era la
torre de una vivienda, como ahora se mostraba, quizá la del castillo principal,
un edificio redondo y uniforme, en parte cubierto piadosamente por la hiedra,
con pequeñas ventanas que destellaban por la luz del sol —su aspecto tenía algo
de descabellado—, y acababa en una especie de azotea, cuyas almenas, inseguras,
irregulares, rotas, mordían el cielo azul y parecían haber sido diseñadas por
un niño descuidado o acobardado. Era como si algún habitante afligido que
tendría que haberse mantenido encerrado en la habitación más alejada de la
casa, hubiese roto el techo y se hubiese alzado para mostrarse al mundo.
K
se detuvo una vez más, como si al estar quieto poseyera más capacidad de
juicio. Pero algo le perturbó. Detrás de la iglesia del pueblo, al lado de la
cual se había detenido —en realidad era sólo una capilla, ampliada ligeramente
para poder acoger a los feligreses— se encontraba la escuela. Ésta era un
edificio largo y bajo que aunaba extrañamente el carácter provisorio y lo
antiguo. Estaba situado detrás de un jardín cercado con una verja que ahora
estaba cubierto de nieve. En ese preciso momento salían los niños con el
maestro. Se apiñaban a su alrededor, dirigiendo hacia él todas las miradas y
sin parar de hablar entre ellos. K no podía entender su forma de hablar tan
rápida. El maestro, un hombre joven, pequeño y estrecho de hombros, pero, sin
que resultase ridículo, muy recto, ya se había fijado en K desde lejos, si bien
K era, aparte de su grupo, la única persona que podía verse en el lugar. K,
como forastero, saludó primero a ese hombrecillo de aspecto autoritario.
—Buenos
días, señor maestro —dijo.
Los
niños enmudecieron de golpe, ese repentino silencio como preparación a sus
palabras debió de agradar al maestro.
—¿Contempla
el castillo? —preguntó con más amabilidad de lo que K había esperado, pero con
un tono como si no aprobase lo que K estaba haciendo.
—Sí
—dijo K—, soy forastero, ayer por la noche llegué a este lugar.
—¿No
le gusta el castillo? —preguntó rápidamente el maestro.
—¿Cómo?
—respondió K un poco confuso y repitió la pregunta de una forma más suave:
—¿Que
si no me gusta el castillo? ¿Por qué supone que no me gusta?
—A
ningún forastero le gusta—dijo el maestro.
Para
no decir nada inapropiado, K cambió de conversación y dijo:
—¿Conoce
al conde?
—No
—dijo el maestro, y quiso alejarse, pero K no cedió y volvió a preguntar:
—¿Cómo?
¿No conoce al conde?
—¿Por
qué tendría que conocerlo? —preguntó el maestro en voz baja y añadió en voz
alta en francés—: Tenga consideración con la presencia de niños inocentes.
K
se creyó entonces con derecho a preguntar:
—¿Podría
visitarle, señor maestro? Permaneceré aquí largo tiempo y ya me siento un poco
abandonado; no me identifico con los campesinos, y tampoco con los habitantes
del castillo.
—Entre
los campesinos y el castillo no hay ninguna diferencia —dijo el maestro.
—Puede
ser —dijo K—, pero eso no altera mi situación. ¿Podría visitarle alguna vez?
—Vivo
en la calle Schwannen, en la casa del carnicero.
Eso
era más la información de una dirección que una invitación; no obstante K dijo:
—Bien,
iré.
El
maestro asintió con la cabeza y siguió su camino con los niños apiñados a su
alrededor que ya habían reanudado su griterío. Al poco tiempo desaparecieron
por una callejuela que descendía abruptamente.
K
estaba preocupado, enojado por la conversación. Por primera vez desde su
llegada se sentía realmente cansado. El largo camino hasta allí parecía no
haberle afectado en nada —¡cómo había caminado día tras día, tranquilamente,
paso a paso!—; ahora, sin embargo, se mostraban las consecuencias de ese
esfuerzo enorme, y a destiempo. Se sentía irresistiblemente impulsado a buscar
nuevos conocidos, pero cada nuevo conocido aumentaba su fatiga. Si ese día, en
el estado en que se encontraba, se obligaba a prolongar su paseo al menos hasta
la entrada del castillo, habría hecho más que suficiente.
Así
que continuó su camino, pero era un largo camino. Además, la calle, esa calle
principal del pueblo, no conducía al castillo, sólo pasaba cerca; después, sin
embargo, como intencionadamente, torcía y, aunque no se distanciaba del
castillo, tampoco se aproximaba a él. K siempre esperaba que la calle
finalmente se dirigiese hacia el castillo y sólo fundándose en esa esperanza
seguía avanzando; en apariencia dudaba en abandonar la calle a causa de su
cansancio, también se quedó asombrado por la longitud del pueblo que no conocía
fin, una y otra vez se sucedían las casuchas con las ventanas cubiertas de
hielo, la nieve y la soledad; finalmente se apartó de esa calle y le acogió una
callejuela estrecha, con una capa de nieve aún más profunda, donde sólo podía
avanzar con gran esfuerzo al hundírsele los pies en el manto blanco; el sudor
comenzó a correr por su frente; de repente se detuvo y ya no pudo seguir.
Bueno,
no estaba aislado, a derecha e izquierda había casas de campesinos; hizo una
bola de nieve y la arrojó contra una ventana. En seguida se abrió una puerta
—la primera puerta que se abría durante toda la caminata por el pueblo— y un viejo
campesino, con una chaqueta de piel de cordero, con la cabeza inclinada,
apareció en el umbral, débil y amable.
—¿Puedo
entrar un rato en su casa? —dijo K—, estoy muy cansado.
No
pudo oír lo que le dijo el anciano, aceptó agradecido que le colocasen una
tabla, que le salvaran de la nieve y que con unos pasos se hallara en una sala.
Una
gran sala en la penumbra. El que venía de fuera al principio no podía ver nada.
K tropezó con un cubo y una mano femenina le retuvo. Desde una esquina llegaron
los lloros de un niño pequeño, de otra se elevaba humo convirtiendo la penumbra
en tinieblas, K parecía estar entre nubes.
—Pero
si está borracho —dijo alguien.
—¿Quién
es usted? ¿Por qué lo has dejado entrar? —se oyó que decía una voz dominante
dirigida al anciano—. ¿Acaso se puede dejar entrar a cualquiera que se arrastre
por las calles?
—Soy
el agrimensor del condado —dijo K, intentando así justificarse ante la persona
aún invisible que había hablado.
—¡Ah!,
es el agrimensor —dijo una voz femenina y luego siguió un completo silencio.
—¿Me
conocen? —preguntó K.
—Claro
que sí —dijo brevemente la misma voz.
El
hecho de que le conocieran no le pareció ninguna recomendación.
Al
fin se disipó algo el humo y K pudo orientarse lentamente. Parecía un día de
limpieza general. Cerca de la puerta se estaba lavando ropa. El humo, sin
embargo, procedía de la esquina izquierda, donde, en una cubeta de madera tan
grande como K no la había visto en su vida —tenía las dimensiones de dos camas—
se bañaban dos hombres en agua caliente. Pero aún más sorprendente, sin que se
pudiera precisar en qué consistía la sorpresa, era la esquina derecha. De un
gran tragaluz, el único en la pared del fondo, procedía, del patio, una pálida
luz blanca de nieve que daba al vestido de una mujer, que casi yacía con
aspecto cansado en un sillón en lo más profundo de la esquina, una apariencia
sedosa. Tenía un bebé al pecho. A su alrededor jugaban un par de niños, hijos
de campesinos, como se podía comprobar, pero ella no parecía ser de su misma
clase, si bien la enfermedad y el cansancio también otorgan delicadeza a los
campesinos.
—¡Siéntese!
—dijo, resollando, uno de los hombres, uno con barba y bigote. Indicó,
cómicamente, con la mano sobre el borde de la cubeta, un baúl, y al hacerlo
salpicó el rostro de K con agua caliente. En el baúl se sentaba ya aletargado
el anciano que le había dejado entrar. K estaba agradecido de poder sentarse al
fin. Entonces nadie se preocupó de él. La mujer que hacía la colada, rubia, en
plena juventud, cantaba en voz baja mientras trabajaba; los hombres en el baño
pataleaban y se daban la vuelta, los niños querían acercarse a ellos, pero eran
rechazados una y otra vez por chorros de agua que tampoco respetaron a K; la
mujer en el sillón yacía como inánime, ni siquiera miraba a la criatura que
tenía al pecho, sino hacia un lugar indeterminado en las alturas.
K
contempló esa invariable imagen triste y hermosa a un mismo tiempo, pero luego
debió de quedarse dormido, pues al ser llamado por alguien en voz alta, se
asustó y descubrió que su cabeza se apoyaba en el hombro del anciano que estaba
a su lado. Los hombres, que habían terminado de bañarse —ahora le tocaba el
turno a los niños que se movían por la cubeta vigilados por la mujer rubia—, se
encontraban vestidos ante K. Resultó que el gritón de la barba era el más
ordinario de los dos. El otro, no más alto que el de la barba, aunque con menos
barba, era un hombre silencioso y pensativo, de ancha figura y rostro también
ancho, que mantenía la cabeza inclinada hacia abajo.
—Señor
agrimensor —dijo—, aquí no puede quedarse. Perdone la descortesía.
—Tampoco
quería quedarme —dijo K—, sólo descansar un poco. Ya lo he hecho y me voy.
—Es
probable que se sorprenda de la poca hospitalidad —dijo el hombre—, pero para
nosotros la hospitalidad no es costumbre, no necesitamos huéspedes.
Refrescado
por el sueño y más perspicaz que antes, K se alegró por las sinceras palabras.
Se movió con más libertad, apoyó su bastón aquí y allá y se acercó a la mujer
tendida en el sillón; por lo demás, él era el más alto en la habitación.
—Cierto
—dijo K—, para qué necesitan huéspedes. Pero en un momento u otro se necesita
alguno, por ejemplo a mí, al agrimensor.
—Eso
no lo sé —dijo lentamente el hombre—, si le han llamado, es probable que le
necesiten, eso es una excepción; nosotros, sin embargo, gente humilde, nos
atenemos a las reglas, eso no nos lo puede reprochar.
—No,
no —dijo K—, sólo les puedo estar agradecidos, a ustedes y a todos los
presentes.
E
inesperadamente para todos, K se dio la vuelta y quedó ante la mujer. Ella
miraba a K con sus ojos azules y cansados, un pañuelo de cabeza transparente de
seda. le llegaba hasta la mitad de la frente, la criatura dormía en su pecho.
—¿Quién
eres? —preguntó K.
Con
desdén, aunque no quedaba claro si su desprecio se dirigía a K o se refería a
su propia respuesta, dijo:
—Una
mujer del castillo.
Todo
eso sólo había durado un instante, pero K ya tenía a su derecha e izquierda a
cada uno de los hombres y, como si no hubiera ningún otro medio de
comunicación, le llevaron hasta la puerta en silencio pero aplicando todas sus
fuerzas. El anciano se alegró de algo y aplaudió, también la mujer que lavaba
se rió cuando los niños comenzaron repentinamente a hacer ruido como locos.
K
se encontraba en la callejuela y los hombres le vigilaban desde el umbral de la
puerta. Otra vez caía nieve, sin embargo parecía haber aclarado algo. El de la
gran barba gritó impaciente:
—¿Adónde
quiere dirigirse? Por aquí se va al castillo, por allí al pueblo.
K
no le respondió, pero al otro, que a pesar de su superioridad le parecía el más
tratable, le dijo:
—¿Quién
es usted? ¿A quién tengo que agradecerle la hospitalidad? —Soy el maestro
curtidor Lasemann, pero no le tiene que agradecer nada a nadie.
—Bien
—dijo K—, quizá volvamos a encontrarnos.
—No
lo creo —dijo el hombre.
En
ese instante exclamó el de la barba con la mano levantada:
—¡Buenos
días, Artur! ¡Buenos días, Jeremías!
K
se dio la vuelta. ¡Así que en ese pueblo salía la gente a la calle! De la
dirección del castillo venían dos jóvenes de estatura media, los dos muy
delgados, con trajes estrechos, muy parecidos de rostro, de tez muy morena,
pero con unas perillas tan negras que aun así destacaban. Para la condición en
que se hallaba la calle avanzaban sorprendentemente deprisa, dando grandes
zancadas rítmicas con sus piernas delgadas.
—¿Adónde
vais? —preguntó el de la gran barba.
Sólo
se podía hablar con ellos a gritos, tan rápido caminaban y no se detenían.
—¡Negocios!
—exclamaron riéndose. —¿Dónde?
—¡En
la posada!
—¡Hacia
allí me dirijo yo también! —gritó K.
De
repente, y más que cualquier otra cosa, sintió la gran necesidad de que le
llevaran con ellos; trabar conocimiento con ellos no le pareció muy productivo,
pero parecían alegres compañeros de camino.
Ellos
oyeron las palabras de K, se limitaron a asentir con la cabeza y ya habían
pasado de largo.
K
aún permanecía en la nieve y tenía pocas ganas de levantar el pie para volver a
hundirlo una vez más un poco más allá. El maestro curtidor y su compañero,
satisfechos por haberse desembarazado definitivamente de K, se retiraron
lentamente, no sin dejar de mirarle desde la casa por el resquicio de la
puerta. K se quedó solo— rodeado de nieve.
—Una
buena oportunidad para desesperarse un poco —pensó—, si me encontrase aquí por
casualidad y no por mi propia voluntad.
En
la casa situada a la izquierda se abrió de repente una ventana minúscula
—cerrada había parecido azul oscura, tal vez por el reflejo de la nieve—, y era
tan pequeña que al permanecer ahora abierta no se podía ver todo el rostro de
la persona que miraba por ella, sólo los ojos, unos ojos castaños y ancianos.
—Allí
está —oyó K que decía una voz femenina y temblorosa.
—Es
el agrimensor —dijo una voz masculina. Entonces fue el hombre quien miró por la
ventana y preguntó no de una manera descortés, pero sí como si le preocupase
que todo estuviese en orden delante de su casa.
—¿A
quién está esperando?
—A
un trineo que me lleve —dijo K.
—Por
aquí no pasa ningún trineo —dijo el hombre—. En esta calle no hay tráfico.
—Pero
si es la calle que conduce al castillo —objetó K.
—A
pesar de eso —dijo el hombre con cierta inflexibilidad— por aquí no hay
tráfico.
Los
dos callaron. Pero el hombre meditaba algo, pues aún mantenía abierta la
ventana, de la que salía humo.
—Es
un camino bastante malo —dijo K por mantener la conversación.
El
hombre, sin embargo, se limitó a decir:
—Sí,
es cierto.
Después
de un rato añadió:
—Si
quiere le llevo con mi trineo.
—Sí,
por favor —dijo K con gran alegría—. ¿Cuánto me va a cobrar?
—Nada
—dijo el hombre.
K
se asombró.
—Usted
es el agrimensor —dijo el hombre explicándose— y pertenece al castillo. ¿Adónde
quiere ir?
—Al
castillo —dijo rápidamente K.
—Allí
no voy —dijo el hombre en seguida.
—Pero
si pertenezco al castillo —dijo K repitiendo las palabras del hombre.
—Puede
ser —dijo el hombre algo reservado.
—Entonces
lléveme a la posada —dijo K.
—Bien
—dijo el hombre—, ahora salgo con el trineo.
La
conversación no le dio la impresión de amabilidad, sino la de un empeño
egoísta, temeroso y casi pedante de retirar a K de la entrada de la casa.
Se
abrió la puerta del patio y por ella apareció un trineo para cargas ligeras,
completamente plano y sin ningún asiento, tirado por un pequeño y débil
caballo, detrás salió el hombre, no un anciano, sino un hombre débil,
encorvado, cojo, con un rostro delgado, colorado y con aspecto de acatarrado,
que daba la impresión de ser muy pequeño debido a la bufanda de lana que
rodeaba el cuello. El hombre estaba visiblemente enfermo y sólo había salido
para poder desembarazarse de K. Éste hizo una alusión al respecto, pero el
hombre la rechazó con señas negativas. K sólo pudo enterarse de que era el
cochero Gerstäcker y que había cogido ese trineo tan incómodo porque ya estaba
preparado y sacar otro habría necesitado mucho tiempo.
—Siéntese
—dijo, y señaló con el látigo la parte trasera del trineo.
—Me
sentaré junto a usted —dijo K.
—Entonces
me marcharé —dijo Gerstäcker.
—Pero
¿por qué? —preguntó K.
—Me
marcharé —repitió Gerstäcker y sufrió un ataque de tos que le sacudió tanto que
se vio obligado a afirmar fuertemente sus piernas en la nieve y a sujetarse con
las dos manos en el borde del trineo. K no dijo nada más, se sentó en la parte
trasera del trineo, la tos se fue calmando lentamente y partieron.
El
castillo allá arriba, extrañamente oscuro a esa hora, y que K había tenido la
esperanza de alcanzar ese mismo día, se alejaba una vez más. Como si le
quisiera dar una despedida provisional, en el castillo se oyó el repicar de una
campana con un tono alegre y alado, que al menos durante un instante hizo
temblar el corazón, como si le amenazase —pues el son también era doloroso— el
cumplimiento de lo que él anhelaba con inseguridad. Pero al poco tiempo esa
gran campana enmudeció y fue reemplazada por una campanita débil y monótona,
quizá arriba o quizá ya en el pueblo. Ese repique se adaptaba mejor al lento
avance y al lastimoso pero implacable cochero.
—Eh,
tú —exclamó repentinamente K (ya se hallaban cerca de la iglesia, el camino
hacia la posada no estaba lejos, así que K podía osar algo)—, me sorprende
mucho que te atrevas a llevarme por los alrededores por tu propia cuenta.
¿Puedes hacerlo?
Gerstäcker
no le prestó atención y continuó la marcha junto a su caballito.
—¡Eh!
—exclamó K, cogió algo de nieve del trineo, hizo una bola, la lanzó y acertó en
la oreja de Gerstäcker. Éste se detuvo y se volvió. Pero cuando K le vio así
tan cerca de él —esa figura encorvada y en cierto modo maltratada; el rostro
colorado, delgado y cansado, con mejillas disparejas, una plana, la otra caída;
la boca abierta, con actitud de sorpresa, en la que sólo se veían unos pocos
dientes— tuvo que repetir con compasión lo que antes había dicho por maldad: si
Gerstäcker no podía ser castigado por transportarle.
—¿Qué
quieres de mí? —preguntó Gerstäcker sin comprender, y no esperó ninguna
aclaración, llamó al caballito y reanudó el camino.
Cuando
ya se hallaban cerca de la posada —K se dio cuenta de esta circunstancia al
tomar una curva—, para su sorpresa comprobó que ya había oscurecido. ¿Tanto
tiempo había estado fuera? Según sus cálculos, sólo una o dos horas, y había
salido por la mañana. Tampoco había sentido hambre, y hacía poco aún había
percibido la claridad del día, no obstante ahora ya anochecía.
—Días
cortos, días cortos —se dijo, bajó del trineo y entró en la posada.
Arriba,
en la pequeña escalera del vestíbulo, le agradó ver al posadero alumbrando con
un farol ante sí. Acordándose fugazmente del cochero, K se detuvo, oyó que
alguien tosía en la oscuridad y comprobó que estaba detrás de él. Bien, ya le
vería próximamente. Sólo cuando llegó arriba, donde estaba el posadero, que le
saludaba con humildad, comprobó que había un hombre a cada lado de la puerta.
Tomó el farol de las manos del posadero e iluminó a las dos personas; eran los
dos jóvenes con los que se había encontrado y a los que se habían dirigido con
los nombres de Artur y Jeremías. Ahora le saludaron. Sonrió en recuerdo de su
servicio militar, de aquellos tiempos felices.
—¿Quiénes
sois? —preguntó, y miró de uno al otro.
—Sus
ayudantes —respondieron.
—Son
los ayudantes —confirmó en voz baja el posadero.
—¿Cómo?
—preguntó K—. ¿Sois mis antiguos ayudantes a los que dije que viniesen después
de mí y a los que he estado esperando?
Ellos
asintieron.
—Está
bien —dijo K después de un rato—, está bien que hayáis venido.
—Por
lo demás —dijo K después de otro rato—, os habéis retrasado mucho, sois
negligentes.
—Era
un largo camino —dijo uno de ellos.
—Un
largo camino —repitió K—, pero me he encontrado con vosotros cuando regresabais
del castillo.
—Sí
—dijeron sin más aclaraciones.
—¿Dónde
tenéis los aparatos? —preguntó K.
—No
tenemos ninguno —dijeron.
—Los
aparatos que os había confiado —dijo K.
—No
tenemos ninguno —repitieron.
—Pero,
¿qué clase de gente sois? —dijo K—. ¿Entendéis algo de agrimensura?
—No
—respondieron.
—Si
sois mis antiguos ayudantes, tenéis que entender algo —dijo K.
Ellos
callaron.
—Así
que esas tenemos —dijo K, y los empujó delante de él hacia el interior de la
casa.
2
BARNABÁS
Los
tres estaban sentados juntos ante una mesita en la taberna de la posada, bebían
cerveza y guardaban silencio. K en el centro, a derecha e izquierda sus
ayudantes. Había otra mesa ocupada por campesinos, como en la noche anterior.
—Resulta
difícil con vosotros —dijo K, y comparó sus rostros como había hecho frecuentemente
con anterioridad—, ¿cómo os voy a distinguir? Sólo os diferenciáis en los
nombres, en lo demás sois idénticos como... —se interrumpió y continuó
maquinalmente—, como serpientes.
Ellos
se rieron.
—Se
nos diferencia bien —dijeron como justificación.
—Lo
creo —dijo K—; yo mismo he sido testigo de ello, pero yo sólo veo con mis ojos
y con ellos no puedo distinguiros. Por eso os trataré como a un solo hombre y
os llamaré a los dos Artur, así se llama uno de vosotros ¿quizá tú? —preguntó K
a uno de ellos.
—No
—dijo éste—, yo me llamo jeremías.
—Bueno,
da igual —dijo K—, os llamaré Artur a los dos. Si envío a Artur a algún lado,
os vais los dos juntos, si le encargo a Artur un trabajo, lo hacéis los dos,
aunque eso tiene para mí la gran desventaja de que no os puedo emplear en
trabajos distintos; sin embargo, tiene la ventaja de que los dos tenéis una
responsabilidad indivisible sobre todo lo que os encargue. Cómo os repartáis el
trabajo que os encargue, me resulta indiferente, pero no me podéis hablar uno
después del otro, para mí sois un solo hombre.
Ellos
meditaron un instante y dijeron:
—Para
nosotros sería muy desagradable.
—Cómo
no —dijo K—; es natural que os resulte desagradable, pero así lo haré.
Ya
desde hacía un rato había observado K que uno de los campesinos rondaba la
mesa: finalmente se decidió, se acercó a uno de los ayudantes y quiso
susurrarle algo en el oído.
—Disculpe
—dijo K, golpeó con la mano en la mesa y se levantó—, éstos son mis ayudantes y
ahora tenemos una entrevista. Nadie tiene derecho a molestarnos.
—¡Oh!,
perdone, perdone —dijo el campesino atemorizado y regresó a su grupo.
—Esto
tenéis que tenerlo muy presente —dijo K volviéndose a sentar—, no podéis hablar
con nadie sin mi permiso. Yo soy aquí un forastero y si sois mis antiguos ayudantes,
también vosotros sois forasteros. Nosotros, los tres forasteros, tenemos, por
consiguiente, que mantenernos juntos; estrechadme entonces vuestras manos.
Con
demasiada docilidad estrecharon la mano de K.
—Me
habéis dado vuestra palabra —dijo—, tenéis que cumplir mis órdenes. Ahora me
iré a dormir, os aconsejo que hagáis lo mismo. Hoy hemos perdido un día de
trabajo, mañana tendremos que comenzar muy temprano. Tenéis que conseguir un
trineo para ir al castillo y estar aquí, ante la casa, con él, a las seis de la
mañana, dispuestos para partir.
—Bien
—dijo uno, pero el otro se inmiscuyó:
—Dices
«bien», pero sabes que es imposible.
—Silencio
—dijo K—, ya queréis comenzar a distinguiros.
Pero
entonces también habló el primero:
—Tiene
razón, es imposible, sin autorización ningún forastero puede ir al castillo.
—¿Dónde
se consigue esa autorización?
—No
lo sé, tal vez del alcaide.
—Entonces
intentaremos hablar con él por teléfono. Llamad en seguida al alcaide, los dos.
Corrieron
hacia el aparato, pidieron la conexión —por el modo en que se afanaban
aparentaban ser ridículamente obedientes— preguntaron si podía ir al castillo
con ellos al día siguiente. El «no» pudo oírlo K desde su mesa, pero la
respuesta fue aún más detallada: «ni mañana ni ningún otro día».
—Yo
mismo telefonearé —dijo K, y se levantó. Mientras que hasta ese momento, salvo
el incidente con el campesino, los presentes apenas habían reparado en K y sus
ayudantes, sus últimas palabras despertaron el interés general. Todos se
levantaron al mismo tiempo que K y, aunque el posadero intentó echarlos hacia
atrás, se agruparon alrededor del aparato formando un semicírculo. Entre ellos
predominó la opinión de que K no recibiría ninguna respuesta. K tuvo que
pedirles que permaneciesen en silencio: no quería oír su opinión.
En
el receptor escuchó un zumbido, como nunca lo había oído al telefonear. Era
como si ese zumbido estuviese compuesto de innumerables voces infantiles, pero
en realidad tampoco era un zumbido, sino un canto de voces lejanas, extremadamente
lejanas, como si de ese zumbido se formase una única voz elevada y fuerte que
golpeaba el oído como si quisiese penetrar más en el pobre aparato auditivo. K
escuchaba sin decir nada, había apoyado el brazo izquierdo en el soporte del
teléfono y escuchaba en esa postura.
No
supo cuánto tiempo estuvo allí escuchando, al cabo el posadero le tiró de la
chaqueta y le dijo que acababa de llegar un mensajero para él.
—¡Fuera!
—gritó perdiendo el dominio de sí mismo, quizá en el auricular del teléfono,
pues entonces se anunció alguien. Se desarrolló la siguiente conversación:
—Aquí
Oswald, ¿quién es? —gritó una voz severa y arrogante con lo que a K le pareció
un pequeño defecto en la articulación que intentaba compensar con un suplemento
de severidad. K dudó en identificarse, estaba indefenso ante el teléfono: el
otro podía fulminarle, colgar el auricular y K se habría cerrado un camino
quizá no carente de importancia. El titubeo de K acabó con la paciencia del
hombre.
—¿Quién
es? —repitió, y añadió—: Me agradaría que no se telefonease tanto desde allí:
hace sólo un instante se ha telefoneado.
K
no se ocupó de esa indicación y anunció con una decisión repentina:
—Soy
el ayudante del señor agrimensor.
—¿Qué
ayudante? ¿Qué señor? ¿Qué agrimensor?
K
se acordó de la conversación telefónica del día anterior.
—Pregúntele
a Fritz —dijo brevemente.
Para
su sorpresa surtió efecto. Pero más por el hecho de que surtiera efecto, se
asombró de la centralización del servicio.
La
respuesta fue:
—Ya
sé, el eterno agrimensor, ja, ja. ¿Qué más? ¿Qué ayudante?
—Josef
—dijo K.
Le
molestaba algo el murmullo de los campesinos a sus espaldas, en apariencia no
estaban de acuerdo en que no se presentase correctamente. Pero K no tenía
tiempo de ocuparse de ellos, pues la conversación necesitaba de toda su
concentración.
—¿Josef?
—preguntaron—. Los ayudantes se llaman... —una pequeña pausa, al parecer
reclamaba los nombres a otra persona—, Artur y jeremías.
—Ésos
son los nuevos ayudantes —dijo K.
—No,
ésos son los antiguos.
—Son
los nuevos, yo, sin embargo, soy el antiguo, el que ha llegado hoy después del
agrimensor.
—¡No!
—gritaron.
—Entonces,
¿quién soy yo? —preguntó K con la misma tranquilidad.
Y
después de una pausa la misma voz con el mismo defecto de articulación, aunque
con otro tono más profundo y respetable, dijo:
—Tú
eres el antiguo ayudante.
K
escuchó el timbre de la voz y casi pasó por alto la pregunta: «¿Qué quieres?»
Hubiese
querido colgar el auricular. De esa conversación ya no esperaba nada más. Sólo
forzándose preguntó rápidamente:
—¿Cuándo
puede ir mi señor al castillo?
—Nunca
—fue la respuesta.
—Bien
—dijo K, y colgó el auricular.
Detrás
de él los campesinos se habían aproximado mucho a su persona. Los ayudantes
intentaban detenerlos lanzándole a él miradas de soslayo. Pero sólo parecía ser
una comedia; además, los campesinos, satisfechos con el resultado de la
conversación, comenzaban a ceder lentamente. Entonces el grupo fue dividido
desde atrás por un hombre con paso rápido que se inclinó ante K y le dio una
carta. K mantuvo la carta en la mano y miró al hombre, ya que en ese instante
le parecía más importante que la carta. Se daba una gran similitud entre él y
los ayudantes, era tan delgado como ellos, con el mismo traje ceñido, también
tan ágil y ligero como ellos y, sin embargo, tan diferente. ¡Ojalá K le hubiese
tenido como ayudante! Le recordaba un poco a la dama con el lactante que había
visto en la casa del maestro curtidor. Vestía casi por entero de blanco, el
traje no era de seda, era un traje de invierno como cualquier otro, pero tenía
la suavidad y solemnidad de un traje de seda. Su rostro era claro y sincero,
los ojos demasiado grandes. Su sonrisa era enormemente estimulante; se pasó la
mano por el rostro como si quisiese ahuyentar esa sonrisa, pero no lo logró.
—¿Quién
eres? —preguntó K.
—Me
llamo Barnabás —dijo—, soy un mensajero.
Sus
labios se abrían y cerraban al hablar con masculinidad y, sin embargo, con
suavidad.
—¿Te
gusta este lugar? —preguntó K, y señaló a los campesinos, que aún no habían
perdido el interés por él, y que miraban con sus rostros atormentados —el
cráneo parecía como si hubiese sido aplanado desde arriba y los rasgos faciales
se hubiesen formado por el dolor al ser golpeados—, sus labios gruesos, sus
bocas abiertas, pero al mismo tiempo tampoco miraban, pues a veces su mirada
erraba y permanecía fija en algún objeto antes de regresar; luego K señaló a
los ayudantes, que se mantenían abrazados, mejilla con mejilla, y sonreían, no
se sabía si humilde o burlonamente, se los señaló como si le presentase un
séquito que le habían impuesto por circunstancias especiales, esperando —en
ello residía la confianza y a eso era a lo que K daba importancia— que Barnabás
distinguiera razonablemente entre él y ellos. Pero Barnabás —si bien con
completa inocencia, como se podía reconocer— no admitió la pregunta, la dejó
pasar como un criado bien educado deja pasar las palabras sólo en apariencia
dirigidas a él por su señor, y se limitó a mirar a su alrededor en el sentido
de la pregunta, saludando a sus conocidos entre los campesinos e intercambiando
algunas palabras con los ayudantes, todo eso libre y espontáneamente, sin
mezclarse con ellos. K, desairado, pero no avergonzado, volvió a la carta que
tenía en la mano y la abrió. Decía lo siguiente:
«Muy
señor mío:
Como
usted ya sabe, ha sido aceptado en el servicio condal. Su superior más próximo
es el alcalde del pueblo, quien le comunicará los detalles acerca de su trabajo
y sus condiciones salariales y a quien también tendrá que dar cuenta de su
trabajo. Sin embargo, no le perderé de vista. Barnabás, el portador de esta
carta, le preguntará de vez en cuando para conocer sus deseos y comunicármelos
a mí. Siempre me encontrará dispuesto, en cuanto sea posible, a complacerle.
Deseo tener trabajadores satisfechos».
La
firma era ilegible, pero impreso se podía leer: «El director de la oficina X».
—¡Espera!
—le dijo K a Barnabás, quien obedeció con una ligera inclinación. A
continuación, K llamó al posadero para que le mostrase su habitación, ya que
deseaba permanecer un tiempo a solas con la carta. Al hacerlo recordó que
Barnabás, a pesar de la simpatía que sentía hacia él, no era más que un
mensajero y pidió que le sirvieran una cerveza. Prestó atención a la forma en
que la aceptó, aparentemente la aceptó encantado y se la bebió en seguida. En
la casa sólo habían podido poner a disposición de K una habitación en el ático,
e incluso eso había creado dificultades, pues había dos criadas que habían
dormido hasta entonces en ella y que habían tenido que ser alojadas en otro
lugar. En realidad no se había hecho otra cosa que sacar a las criadas, en lo
restante la habitación había quedado intacta, nada de sábanas nuevas en la
única cama, sólo un par de almohadas y una manta de caballerizas en el mismo
estado en que habían quedado después de la última noche; en la pared había
algunas imágenes de santos y fotografías de soldados; ni siquiera habían
aireado la habitación, al parecer no se esperaba que el huésped permaneciese
allí mucho tiempo y tampoco se hacía nada para retenerlo. K, sin embargo, se
mostró conforme con todo, se rodeó con la manta, se sentó a la mesa y comenzó a
leer de nuevo la carta a la luz de una vela.
No
era una carta uniforme, había pasajes en los que se hablaba con él como si
fuese una persona independiente, a quien se le reconoce una voluntad propia,
así era el encabezamiento, al igual que el pasaje que se refería a sus deseos.
Sin embargo, había otros pasajes en que era tratado abierta o encubiertamente
como un trabajador inferior apenas digno de la atención de ese director; éste
parecía tener que esforzarse para no «perderle de vista», su superior sólo era
el alcalde del pueblo, a quien incluso tenía que rendir cuentas, era probable
que su único colega fuese el policía del pueblo. Ésas eran sin duda contradicciones,
tan visibles que debían de ser intencionadas. Pues el pensamiento absurdo,
referido a una administración como ésa, de que había actuado con indecisión, ni
siquiera fue tomado en cuenta por K. Más bien advertía en ello el ofrecimiento
de una elección, se dejaba a su consideración lo que quería hacer con las
instrucciones de la carta: si quería ser un trabajador del pueblo con una
conexión, así y todo, distinguida, pero aparente con el castillo, o un
trabajador del pueblo aparente que en realidad hacía depender toda su relación
laboral de las indicaciones de Barnabás. K no dudó al elegir, tampoco habría
dudado sin las experiencias que ya había tenido. Sólo como trabajador del
pueblo, lo más alejado posible del señor del castillo, estaba en condiciones de
alcanzar algo en el castillo; esa gente del pueblo, que aún se mostraba tan
recelosa frente a él, comenzaría a hablar cuando él, aunque no se hubiese
convertido en su amigo, sí fuese un conciudadano, y una vez que ya no se
diferenciase de un Gerstäcker o Lasemann —y esto tenía que ocurrir con gran
rapidez, de ello dependía todo—, entonces se le abrirían de golpe todos los
caminos que, si hubiese dependido de los señores de arriba y de su indulgencia,
no sólo habrían quedado cerrados para él, sino invisibles. Es cierto que había
un peligro y se había acentuado suficientemente en la carta, se había descrito
con cierta alegría, como si fuese inevitable. Era la condición de trabajador.
Servicio, director, superior, trabajo, condiciones salariales, dar cuenta,
trabajador, la carta abundaba en todos estos términos laborales e incluso
cuando se decía algo diferente, más personal, se decía desde esa perspectiva.
Si K quería convertirse en un trabajador, podía hacerlo, pero entonces con
terrible seriedad, sin ninguna otra intención. K sabía que no le habían
amenazado con una obligación real, no la temía y aquí menos, pero sí que temía
la violencia del ambiente desalentador, la habituación a las decepciones, la
violencia de las influencias imperceptibles que se producirían a cada momento,
pero tenía que atreverse a enfrentarse con ese peligro. La carta tampoco
silenciaba que, si se llegaba a la lucha, K sería quien habría tenido la osadía
de comenzarla, se había dicho con sutileza y sólo una conciencia inquieta —inquieta,
no mala— podía advertirlo, eran las palabras «como usted ya sabe» respecto a su
admisión en el servicio. K se había anunciado y desde ese momento sabía, como
se expresaba en la carta, que había sido admitido.
K
retiró una foto de la pared y colgó la carta en un clavo; en esa habitación
viviría, ahí debía colgar la carta.
Luego
bajó a la taberna de la posada; Barnabás estaba sentado con los ayudantes a una
mesita.
—¡Ah!,
estás ahí —dijo K sin motivo, sólo porque se alegró de ver a Barnabás. Éste se
levantó de inmediato. Apenas entró K, los campesinos se levantaron para
acercarse a él, se había convertido en una costumbre estar siempre detrás de
sus talones.
—¿Qué
queréis continuamente de mí? —exclamó K.
No
se lo tomaron a mal y regresaron lentamente a sus asientos. Uno de ellos,
mientras se retiraba, dijo como explicación y con una indefinible sonrisa, que
otros imitaron:
—Siempre
se entera uno de algo nuevo —y se lamió los labios como si lo «nuevo» fuese
comida.
K
no dijo nada reconciliador, estaba bien si recibía algo de respeto, pero apenas
acababa de sentarse al lado de Barnabás, cuando ya notó el aliento de un
campesino en la nuca; venía, según dijo, a coger el salero, pero K dio,
enojado, una patada en el suelo, y el campesino se alejó corriendo sin el
salero. Era fácil molestar a K, sólo había que incitar a los campesinos contra
él: su obstinada participación le parecía más perversa que la reserva de los
otros y, además, también se trataba de reserva, pues si K se hubiese sentado a
su mesa, con toda seguridad no se habrían quedado sentados. Sólo la presencia
de Barnabás le impidió formar un escándalo. Pero se dio la vuelta hacia ellos
con actitud amenazadora, y también ellos le miraron. Al verlos así sentados,
cada uno en su puesto, sin hablar entre ellos, sin un vínculo visible entre
ellos, teniendo sólo en común que todos le miraban fijamente, le pareció que no
se trataba de maldad lo que les impulsaba a perseguirle, tal vez querían
realmente algo de él y no lo podían decir, y si no era eso, quizá se tratase
sólo de infantilismo; un infantilismo que parecía abundar en esa casa, ¿acaso
no era también infantil el posadero, que sostenía una jarra de cerveza para un
cliente con las dos manos, permaneciendo en silencio, mirando a K y haciendo
caso omiso de una llamada de la posadera, quien se había asomado por la ventana
de la cocina?
K,
más tranquilo, se volvió hacia Barnabás: le hubiese gustado alejar a los
ayudantes, pero no encontró ninguna excusa, por lo demás . se limitaban a mirar
en silencio sus cervezas.
—He
leído la carta —comenzó K—. ¿Conoces su contenido?
—No
—dijo Barnabás. Su mirada pareció decir más que sus palabras. Tal vez K se
equivocaba para bien como con los campesinos para mal, pero siguió sintiéndose
bien en su presencia.
—También
se habla de ti en la carta, de vez en cuando tienes que transmitir
informaciones entre la dirección y yo, por eso había pensado que conocerías el
contenido.
—Sólo
recibí el encargo —dijo Barnabás— de entregar la carta, esperar a que se haya
leído y, si lo considerases necesario, llevar una respuesta oral o escrita.
—Bien
—dijo K—, no necesita ser escrita, comunícale al señor director, ¿cómo se
llama? No pude leer el nombre.
—Klamm
—dijo Barnabás.
—Comunícale
entonces al señor Klamm mi agradecimiento por la admisión y por su amabilidad,
agradecimiento y amabilidad que, como una persona aún no adaptada a este lugar,
sé valorar en lo que se merecen. Me comportaré según sus instrucciones. Por
ahora no tengo ningún deseo especial.
Barnabás,
que había escuchado atento, pidió a K poder repetir el mensaje. K lo permitió y
Barnabás lo repitió literalmente. Luego se levantó para despedirse.
Durante
todo ese tiempo K había examinado su rostro, ahora lo hizo por última vez.
Barnabás era tan alto como K, sin embargo parecía como si inclinase la mirada
hacia K, eso ocurría casi con humildad, pero era imposible que ese hombre
pudiese avergonzar a alguien. Cierto, no era más que un mensajero, no conocía
el contenido de la carta que debía entregar, pero también su mirada, su sonrisa
y su paso parecían ser un mensaje, por más que no quisiera saber nada de ellos.
Y K le extendió la mano, lo que pareció sorprenderle, pues él sólo hubiese
querido inclinarse.
En
cuanto se hubo ido —antes de abrir la puerta se había apoyado un instante con
el hombro en ella y había abarcado la sala con una mirada que no dirigió a
nadie en particular—, K se dirigió a sus ayudantes:
—Voy
a traer de mi habitación los planos, entonces hablaremos de nuestro próximo
trabajo.
Quisieron
acompañarle.
—¡Quedaos
aquí! —dijo K.
Pero
no cejaron en su empeño. K tuvo que repetir la orden con más severidad.
Barnabás ya no estaba en el pasillo, acababa de irse. Tampoco lo vio ante la
casa, y volvía nevar. Gritó:
—¡Barnabás!
No
hubo respuesta. ¿Acaso se encontraba aún en la casa? No parecía haber otra
posibilidad. No obstante, K volvió a gritar su nombre con todas sus fuerzas: el
nombre estalló en la oscuridad de la noche. Y desde la lejanía llegó una débil
respuesta, tan lejos se encontraba ya Barnabás. K respondió y fue a su
encuentro; en el lugar donde se encontraron ya no podían ser vistos desde la
posada.
—Barnabás
—dijo K, y no pudo evitar un temblor en su voz—, quería decirte algo más. Me he
dado cuenta de que no funcionaría bien si tuviese que depender de tus visitas
casuales si necesito algo del castillo. Si no te hubiese alcanzado ahora por
pura casualidad —aún creía que estabas en la casa—, quién sabe cuánto tendría
que haber esperado a tu próxima aparición.
—Puedes
pedirle al director —dijo Barnabás— que me envíe regularmente a las horas que
tú indiques.
—Tampoco
eso sería suficiente —dijo K—, tal vez no quiera decir nada en todo un año,
pero un cuarto de hora después de tu partida se me puede ocurrir algo
inaplazable.
—¿Debo
comunicar entonces a la dirección —dijo Barnabás— que entre ella y tú
establezca otra conexión además de la mía?
—No,
no —dijo K—, de ningún modo, menciono este asunto sólo de pasada, esta vez he
tenido suerte y he logrado alcanzarte.
—¿Quieres
que regresemos a la posada —dijo Barnabás— para que me puedas dar allí el nuevo
mensaje?
Ya
había dado un paso en dirección a la posada.
—Barnabás
—dijo K—, no es necesario, te acompañaré un poco.
—¿Por
qué no quieres ir a la posada? —preguntó Barnabás.
—La
gente me molesta allí —dijo K—. Ya has visto la impertinencia de los
campesinos.
—Podemos
ir a tu habitación —dijo Barnabás.
—Es
la habitación de las criadas —dijo K—, sucia y mal ventilada, para no quedarme
allí quería acompañarte un poco, sólo tienes que dejar —añadió K para superar
definitivamente sus dudas— que me apoye en ti, tú caminas con más seguridad.
Y
K se cogió de su brazo. Había una profunda oscuridad, no veía su rostro, su
figura era imprecisa, ya con anterioridad había intentado Palpar su brazo.
Barnabás
cedió y se alejaron de la posada. Sin embargo, K sintió que él, a pesar del
gran esfuerzo, no era capaz de mantener el paso de Barnabás, que impedía la
libertad de sus movimientos y que incluso en circunstancias normales todo tenía
que fracasar por ese detalle, y precisamente en una de las callejuelas como
aquella en la que K se había hundido en la nieve por la mañana y de la que sólo
podría salir llevado por Barnabás. Pero alejó esas preocupaciones y se consoló
con el silencio de Barnabás; si continuaban en silencio, entonces seguir caminando
podría constituir también para Barnabás la finalidad de su compañía.
Avanzaron,
pero K no sabía en qué dirección, no podía reconocer nada, ni siquiera sabía si
ya habían pasado la iglesia. Debido al esfuerzo que le causaba el simple hecho
de caminar, ocurrió que no podía dominar sus pensamientos. En vez de permanecer
fijos en su objetivo, se confundían. Una y otra vez emergió su lugar de origen
y los recuerdos de él le colmaron. También allí había una iglesia en la plaza
principal, en parte estaba rodeada por un viejo cementerio y éste a su vez por
un elevado muro. Pocos niños habían escalado ese muro, tampoco K había sido
capaz de escalarlo. No les impulsaba la curiosidad, el cementerio ya no tenía
para ellos ningún secreto, muchas veces habían entrado por su puerta enrejada,
era el elevado muro lo que querían superar. Una mañana —la plaza, silenciosa y
vacía, estaba inundada de luz, K nunca la había visto así y jamás la volvería a
ver—, le resultó sorprendentemente fácil; en un lugar donde otras veces había
fracasado con frecuencia, escaló el muro a la primera con una bandera entre los
dientes. Aún se desprendían piedras bajo él cuando ya estaba arriba. Desenrolló
la bandera, el viento desplegó el paño, miró hacia abajo y a su alrededor,
también sobre el hombro hacia las cruces hundidas en la tierra, nadie estaba en
ese momento y allí más alto que él. Casualmente pasó el maestro, obligó a K a
bajar con una mirada enojada y, al saltar, K se lesionó en la rodilla; sólo con
esfuerzo pudo regresar a casa, pero había estado en el muro, el sentimiento de
esa victoria le proporcionó seguridad para una larga vida, lo que no era del
todo absurdo, pues ahora, después de muchos años, vino en su ayuda en la noche
nevada caminando del brazo de Barnabás.
Se
sujetó a él con más fuerza, Barnabás casi le arrastraba, el silencio no se
interrumpió; del camino K sólo sabía que por el estado de la calle no se habían
desviado hacia una de esas callejuelas laterales. Se alabó por no detenerse
debido a la dificultad del camino o a la preocupación de tener que regresar;
para que, finalmente, le arrastrasen, aún alcanzarían sus fuerzas. ¿Podía ser
el camino infinito? Durante el día el castillo se había presentado ante él como
un fácil objetivo y el mensajero conocía con toda seguridad el camino más
corto.
Entonces
Barnabás se detuvo. ¿Dónde estaban? ¿No se podía seguir? ¿Se despediría
Barnabás de K? No le sería posible, K se sujetaba con tal fuerza del brazo de
Barnabás que casi le hacía daño. ¿O podía haber ocurrido lo increíble y se
encontraban ya en el castillo o ante sus puertas? Sin embargo, por lo que K
sabía, no habían ascendido en ningún momento. ¿O Barnabás le había conducido
por un camino que subía imperceptiblemente?
—¿Dónde
estamos? —preguntó K en voz baja, más a él mismo que al otro.
—En
casa —respondió Barnabás de la misma manera.
—¿En
casa?
—Ahora
ten cuidado, no vayas a resbalar. El camino desciende.
—¿Desciende?
—Sólo
son unos pasos —añadió, y ya estaba llamando a una puerta.
Abrió
una joven, se encontraban ante el umbral de una gran sala, casi en plena
oscuridad, pues sólo brillaba una diminuta lámpara de aceite sobre una mesa en
la parte trasera de la izquierda.
—¿Quién
viene contigo, Barnabás? —preguntó la muchacha.
—El
agrimensor —dijo él.
—El
agrimensor —repitió ella en voz alta mirando hacia la mesa. A continuación, se
levantaron de allí dos ancianos, hombre y mujer, y otra joven. Saludaron a K,
Barnabás le presentó a todos, eran sus padres y sus hermanas Olga y Amalia. K
apenas se fijó en ellos, le quitaron la chaqueta empapada para secarla en la
calefacción y K dejó que lo hicieran.
Así
pues, no ellos, sino Barnabás era quien estaba en su casa. Pero, ¿por qué
estaban allí? K se llevó a Barnabás aparte y dijo:
—¿Por
qué has venido a tu casa? ¿O es que vivís en el recinto del castillo?
—¿En
el recinto del castillo? —repitió Barnabás, como si no comprendiese a K.
—Barnabás
—dijo K—, tú querías ir de la posada al castillo.
—No,
señor —dijo Barnabás—, yo quería ir a casa, al castillo iré por la mañana
temprano, nunca duermo allí.
—Así
que —dijo K— no querías ir al castillo, sólo aquí —su sonrisa le pareció
lánguida, su apariencia deslucida—. ¿Por qué no me has dicho nada?
—No
me has preguntado —dijo Barnabás—. Querías darme un mensaje, pero ni en la
taberna ni en tu habitación, entonces pensé que me lo podrías dar en casa de
mis padres sin que nadie te molestase; se alejarán en seguida, si se lo
ordenas, también podrías pernoctar aquí si esto te gusta más. ¿No he hecho
bien?
K
no pudo responder. Había resultado ser un malentendido, un vulgar y banal
malentendido y K se había abandonado a él. ¿Se había dejado encantar por la
chaqueta sedosa, brillante y ajustada de Barnabás, que éste ahora se
desabrochaba y debajo de la cual aparecía una camisa basta, de un color gris
sucio, llena de remiendos sobre el poderoso y anguloso pecho de un siervo? Y
todo lo que le rodeaba no sólo estaba en sintonía con eso, sino que llegaba a
superarlo: el viejo padre gotoso, que avanzaba más gracias a sus manos que a
sus piernas rígidas; la madre con las manos dobladas en el pecho que, debido a
su volumen sólo podía dar pasos minúsculos; los dos, el padre y la madre,
habían abandonado su esquina desde que K había entrado y aún no le habían
alcanzado. Las hermanas, rubias, muy similares y también parecidas a Barnabás,
pero con rasgos más duros que él, jóvenes altas y fuertes, rodeaban a los
recién llegados y esperaban de K algunas palabras de saludo, él, sin embargo,
no podía decir nada, había creído que en aquel pueblo todos tenían importancia
para él y así era, sólo esa gente no le importaba en lo más mínimo . Si hubiese
sido capaz de regresar solo a la posada, se habría ido en seguida. La
posibilidad de ir con Barnabás por la mañana temprano al castillo no le
tentaba. Ahora, en la noche, inadvertido, habría querido penetrar en el
castillo, conducido por Barnabás, pero con el Barnabás que se le había
aparecido al principio, un hombre que le estaba más próximo que cualquier otro
de los que había visto allí hasta entonces, y del que había creído al mismo
tiempo que poseía estrechas conexiones con el castillo que iban más allá de su
rango visible. Sin embargo, con el hijo de esa familia, a la que pertenecía por
completo y con la que ya estaba sentado a la mesa, con un hombre que
significativamente ni siquiera podía dormir en el castillo, era imposible ir al
castillo en pleno día y cogido de su brazo, era un intento ridículo y
desesperado.
K
se sentó en un banco situado debajo de una ventana, decidido a pasar allí la
noche y a no reclamar de la familia ningún otro servicio. La gente del pueblo,
que le había echado o que tenía miedo de él, le parecía menos peligrosa, pues
le impulsaba a depender de sí mismo, le ayudaba a mantener concentradas sus
fuerzas; esos ayudantes aparentes, sin embargo, que en vez de al castillo le
conducían, gracias a una pequeña mascarada, a su familia, le apartaban de su
camino; lo quisieran o no, trabajaban en la destrucción de sus fuerzas. Ignoró
una llamada de invitación procedente de la mesa familiar, permaneciendo en el
banco con la cabeza hundida.
En
ese instante se levantó Olga, la más afable de las hermanas y, mostrando una
huella de confusión juvenil, se acercó a K y le pidió que le acompañase a la
mesa, en ella habían dispuesto pan y tocino e iría a traer cerveza.
—¿De
dónde? —preguntó K.
—De
la posada —dijo ella.
Eso
le convenía a K. Le pidió que no trajera cerveza pero que le acompañara hasta
la posada, pues aún tenía importantes trabajos que concluir. Sin embargo,
resultó que no quería ir tan lejos, a su posada, sino a otra más cercana, a la
señorial. A pesar de ello, K le pidió que le dejara acompañarla; tal vez,
pensó, podría encontrar allí una posibilidad para pernoctar; en todo caso lo
habría preferido a la mejor cama en esa casa. Olga no respondió en seguida, se
limitó a mirar hacia la mesa. El hermano se había levantado, asintió con la
cabeza y dijo:
—Si
el señor así lo desea.
Con
ese consentimiento, K casi estuvo a punto de retirar su petición, pues sólo
podía consentir algo carente de valor. Pero cuando a continuación se habló
sobre la posibilidad de que la posada admitiese a K y todos dudaron, insistió
en ir sin ni siquiera hacer el esfuerzo de fundamentar razonablemente su
petición; esa familia tenía que aceptarle tal como era: en cierto modo no
sentía ninguna vergüenza ante ellos. Sólo le desconcertaba un poco Amalia con
su mirada seria, directa e impávida, quizá también algo abúlica.
Durante
el corto camino a la posada —K se asió del brazo de Olga y ella le arrastró, no
podía ayudarse de otra manera, como lo había hecho su hermano—, supo que esa
posada sólo estaba destinada a los señores del castillo, que allí podían comer
o incluso pernoctar cuando tenían algo que hacer en el pueblo. Olga habló con K
en voz baja y confidencial: era agradable ir con ella, casi como con su
hermano; K se resistió a esa sensación de bienestar, pero terminó plegándose a
ella.
La
posada era exteriormente muy similar a la posada en que K vivía; en el pueblo
no había grandes diferencias externas, pero sí que podían advertirse en seguida
pequeñas: la escalera de entrada, por ejemplo, tenía una barandilla, habían
fijado un pequeño farol sobre la puerta, cuando entraron ondeó un paño sobre
sus cabezas, era una bandera con los colores condales. En el pasillo les salió
al encuentro el posadero, que al parecer se encontraba realizando una ronda de
inspección; con los ojos pequeños, examinadores o somnolientos, no se sabía muy
bien, miró fugazmente a K y dijo:
—El
señor agrimensor sólo puede llegar hasta el despacho de venta de consumiciones.
—Claro
—dijo Olga, intercediendo en seguida—, sólo me acompaña.
K,
sin embargo, desagradecido, se desprendió de Olga y se apartó con el posadero.
Olga, mientras tanto, esperó pacientemente al final del pasillo.
—Desearía
pernoctar aquí —dijo K.
—Por
desgracia, eso es imposible —dijo el posadero—. Parece desconocer que la casa
está exclusivamente destinada a los señores del castillo.
—Eso
lo puede decir el reglamento —dijo—, pero tiene que ser posible dejarme dormir
en algún rincón.
—Me
encantaría poder satisfacer su deseo —dijo el posadero—, pero aparte de la
severidad del reglamento, del que usted habla como un forastero, su deseo
resulta imposible de cumplir porque los señores son extremadamente sensibles;
estoy convencido de que son incapaces, al menos tomándolos desprevenidos, de
soportar la mirada de un extraño; si yo le dejase dormir aquí y por una
casualidad —y las casualidades siempre se producen del lado de los señores— le
descubrieran, no sólo estaría yo perdido, también usted lo estaría.
Sonaba
ridículo, pero era cierto. Ese señorón, abotonado hasta el cuello, que, con una
mano apoyada en la pared y la otra en la cadera, con las piernas cruzadas y un
poco inclinado hacia K, le hablaba en confianza, parecía no pertenecer al
pueblo, por más que su oscuro traje tuviese un aspecto solemne y pueblerino.
—Le
creo perfectamente —dijo K— y tampoco menosprecio la importancia del
reglamento: he debido de expresarme con imprecisión. Sólo quiero llamarle la
atención sobre algo, en el castillo tengo valiosas conexiones y las tendré aún
más valiosas, las cuales le aseguran contra todo peligro que pudiese ocasionar
mi estancia aquí y le garantizo que estoy en condiciones de agradecerle con
creces un pequeño favor.
—Lo
sé —dijo el posadero, y repitió una vez más—: Eso lo sé.
Ahora
K tendría que haber expresado su deseo con más intensidad, pero precisamente
esa respuesta del posadero le confundió, por eso se limitó a preguntar:
—¿Pernoctan
hoy aquí muchos señores del castillo?
—En
ese aspecto ésta es una noche ventajosa —dijo el posadero tentador en cierta
manera—, sólo se queda un señor.
K
no podía seguir insistiendo, pero tenía la esperanza de que lo admitiesen, así
que preguntó por el nombre del huésped.
—Klamm
—dijo el posadero de pasada, mientras se volvía hacia su esposa que apareció en
ese momento con un vestido extrañamente envejecido y usado, lleno de arrugas y
pliegues, pero de un estilo fino, de la ciudad. Quería llevarse al posadero,
pues el señor director deseaba algo. Pero antes de irse, el posadero se volvió hacia
K, como si no fuese él sino K quien tuviese que decidir sobre la posibilidad de
pernoctar allí. K, sin embargo, no pudo decir nada; precisamente la
circunstancia de que se hallase allí su superior lo había desconcertado; sin
poder aclarárselo a él mismo, no se sentía tan libre ante Klamm como frente al
castillo; ser descubierto por él no habría supuesto un susto en el sentido del
posadero, pero sí una situación desagradable, algo así como si le ocasionase
algún dolor a alguien a quien le debía agradecimiento; al mismo tiempo le
oprimió severamente advertir que en esa irresolución se mostraban las temidas
consecuencias de ser un subordinado, un trabajador, y que no era capaz, ni
siquiera allí, donde surgían, de luchar con ellas hasta eliminarlas. Permaneció
de pie, se mordió los labios y no dijo nada. Una vez más, antes de que el
posadero desapareciese por una puerta, éste le miró y K le devolvió la mirada,
pero no se movió de su sitio hasta que Olga vino y se lo llevó.
—¿Qué
querías del posadero? —preguntó Olga.
—Quería
pasar aquí la noche —dijo K.
—Pero
si vas a pernoctar en nuestra casa —dijo Olga maravillada.
—Sí,
claro —dijo K, y le confió la interpretación de esas palabras.
3
FRIEDA
Donde
se servían las bebidas, en una habitación grande, vacía en el centro, se
sentaban cerca de la pared, al lado de barriles y sobre ellos, algunos
campesinos, que, sin embargo, presentaban un aspecto diferente a los de la
posada de K. Eran más limpios y uniformes, vestidos con un paño basto de color
amarillo grisáceo, las chaquetas eran holgadas, los pantalones ceñidos. Eran
hombres pequeños, a primera vista muy parecidos, con rostros angulosos y
planos, pero al mismo tiempo de mejillas redondeadas. Todos parecían tranquilos
y apenas se movían, sólo con la mirada perseguían a los que habían entrado,
pero lentamente y con actitud indiferente. Sin embargo, como eran tantos y
reinaba tanto silencio, ejercieron en K cierto efecto. Volvió a tomar el brazo
de Olga para así aclarar a aquellos hombres su presencia. En una esquina se
levantó un hombre, un conocido de Olga, y quiso aproximarse a ella, pero K la
obligó a volverse en otra dirección con el brazo con el que se apoyaba. Nadie
salvo Olga lo pudo notar; ella lo toleró con una sonriente mirada de soslayo.
Una
jovencita de nombre Frieda les sirvió la cerveza. Una pequeña, rubia e
insignificante muchacha, con rasgos tristes y mejillas hundidas, que, sin
embargo, sorprendía por su mirada, una mirada de especial superioridad. Cuando
esa mirada recayó en K, le pareció como si esos ojos hubiesen solucionado ya
asuntos que le concernían y cuya existencia ni siquiera conocía, pero de cuya
existencia esa mirada le convenció. K no dejó de mirar de reojo a Frieda,
tampoco cuando habló con Olga. No parecían ser amigas, sólo intercambiaron
algunas palabras indiferentes. K quiso contribuir algo a la conversación y
preguntó cuando menos se esperaba:
—¿Conoce
al señor Klamm?
Olga
se rió.
—¿Por
qué te ríes? —preguntó K enojado.
—Pero
si no me río —dijo, y siguió riéndose.
—Olga
es aún una joven muy infantil —dijo K, y se inclinó sobre el mostrador para
atraer una vez más la mirada fija de Frieda.
Sin
embargo, ella la mantuvo baja y dijo en voz baja:
—¿Quiere
ver al señor Klamm?
K
se lo pidió. Ella señaló hacia una puerta situada a la izquierda, cerca de
donde se encontraban.
Allí
hay un pequeño agujero, puede mirar a través de él.
—¿Y
esta gente? —preguntó K.
Ella
levantó el labio inferior y se llevó a K hacia la puerta con una mano
increíblemente suave. A través del agujero, que se había realizado
ostensiblemente con objeto de observar, pudo abarcar casi toda la habitación. A
un escritorio en el centro de la habitación, en un redondo y cómodo sillón,
estaba sentado el señor Klamm iluminado intensamente por una bombilla que
colgaba ante él. Era un hombre de mediana estatura, gordo y torpe. El rostro
aún estaba terso, pero las mejillas caían un poco por efecto de la edad. Lucía
un largo bigote. Unos quevedos torcidos que reflejaban la luz ocultaban sus
ojos. Si el señor Klamm hubiese estado sentado completamente frente a la mesa,
K sólo habría podido ver su perfil, pero como había adoptado una posición
oblicua, le podía ver toda la cara. Klamm apoyaba el codo izquierdo en la mesa;
la mano derecha, que sostenía un cigarro, descansaba sobre la rodilla. Sobre la
mesa había una jarra de cerveza; como el borde de la mesa estaba elevado, K no
pudo ver bien si allí había documentos, a él le parecía que estaba vacía. Para
mayor seguridad le pidió a Frieda que mirase por el agujero y que le informase.
Como ella había estado hacía poco en la habitación, pudo confirmarle sin más
que no había ningún escrito. K le preguntó a Frieda si ya tenía que irse, pero
ella le dijo que podía seguir mirando todo el tiempo que quisiese. K se había
quedado solo con Frieda. Olga, como comprobó fugazmente, había encontrado el
camino hacia su conocido, estaba sentada sobre un barril y pataleaba.
—Frieda
—dijo K con un susurro—, ¿conoce bien al señor Klamm?
—Ah,
sí, muy bien —dijo.
Se
inclinó hacia K y arregló con actitud juguetona su blusa color crema que, como
ahora comprobaba K, era ligeramente escotada y colgaba de su pobre cuerpo como
algo ajeno. Entonces ella dijo:
—¿No
se acuerda de la risa de Olga?
—Sí,
la muy malcriada —dijo K.
—Bien
—dijo ella reconciliadora—, había motivos para reírse, usted preguntó si yo
conocía a Klamm, y soy... —aquí se enderezó involuntariamente y volvió a
dirigir su mirada victoriosa hacia K, aunque no guardase ninguna relación con
lo que se estaba hablando—, soy su amante.
—La
amante de Klamm —dijo K.
Ella
asintió con la cabeza.
—Entonces
usted es para mí —dijo K sonriendo para que no hubiese demasiada seriedad entre
ellos— una persona muy respetable.
—No
sólo para usted —dijo Frieda amigablemente, pero sin imitar su sonrisa.
K
tenía un remedio contra su altanería y lo empleó, al preguntarle:
—¿Ha
estado alguna vez en el castillo?
Pero
no resultó, porque ella respondió:
—No,
pero ¿acaso no es suficiente con estar aquí en el despacho de bebidas?
Era
evidente que su orgullo se había desbordado y precisamente quería cebarse en K.
—Cierto
—dijo K—, aquí, en la taberna, usted desempeña las funciones del posadero.
—Así
es —dijo ella—, y comencé como criada en la posada del puente.
—Con
esas manos tan suaves —dijo K con un tono medio interrogativo y no supo si se
limitaba a lisonjear o realmente había sido obligado por ella a hacerlo. Sus
manos, sin embargo, eran realmente pequeñas y suaves, aunque también podría
haberse dicho que eran delgadas e indiferentes.
—Nadie
se ha fijado nunca en ellas —dijo ella—, ni siquiera ahora...
K
la miró con actitud interrogadora, ella sacudió la cabeza y no quiso seguir
hablando.
—Usted
tiene, naturalmente —dijo K—, sus secretos y no hablará de ellos con alguien a
quien sólo conoce desde hace una hora y que aún no ha tenido la oportunidad de
contarle cuál es su situación.
Ésa
fue, como se demostró en seguida, una indicación inadecuada, era como si
hubiese despertado a Frieda de una agradable ensoñación, ella sacó de su
cartera de piel, que colgaba de su cinturón, un trozo de madera y tapó con él
el agujero en la pared, a continuación, y para ocultar su cambio de humor, le
dijo visiblemente forzada:
—En
lo que a usted concierne, lo sé todo, usted es el agrimensor.
Después
de una pausa añadió:
Ahora
tengo que trabajar.
Y
ocupó su puesto detrás del mostrador, mientras entre la gente se levantaba de
vez en cuando alguno para que ella le llenase la jarra vacía. K quería volver a
hablar con ella de forma discreta, así que tomó una jarra vacía de un estante y
se aproximó a ella.
—Sólo
una cosa más, señorita Frieda —dijo—. Resulta extraordinario, y se necesita una
gran energía para ascender de criada a camarera, pero ¿se puede decir que una
persona así ha alcanzado ya su meta? Ésta es una pregunta absurda. En sus ojos,
y no se ría de mí, señorita Frieda, no habla tanto la lucha pasada como la
futura. Pero las resistencias del mundo son grandes, se tornan más grandes
cuanto más grandes son los objetivos, y no supone ninguna vergüenza asegurarse
la ayuda de un hombre sin influencia pero igual de combativo. Tal vez podamos
hablar con tranquilidad, no aquí, donde se fijan en nosotros tantas miradas.
—No
sé qué pretende usted —dijo, y en el tono esta vez, contra su voluntad, no
parecían reflejarse las victorias de su vida, sino las infinitas decepciones—.
¿Acaso desea separarme de Klamm?
—¡Cielo
santo! Me ha leído el pensamiento —dijo K cansado de tanto recelo—.
Precisamente ésa era mi intención secreta. Usted debería abandonar a Klamm y
ser mi amante. Y ahora ya me puedo ir. ¡Olga! —exclamó K—. Nos vamos a casa.
Obediente,
Olga descendió del barril, pero no pudo desembarazarse en seguida de los amigos
que la rodeaban. Entonces dijo Frieda en voz baja, mirando a K con un aire
amenazador:
—¿Cuándo
puedo hablar con usted?
—¿Puedo
pernoctar aquí? —preguntó K.
—Sí
—dijo Frieda.
—¿Puedo
permanecer aquí?
—Salga
con Olga para que me deshaga de la gente. Después de un rato puede volver.
—Bien
—dijo K, y esperó impaciente a Olga.
Pero
los campesinos no la dejaban, habían inventado un baile cuya protagonista era
Olga; danzaban a su alrededor en corro y al lanzar un grito común salía uno del
corro, aferraba la cadera de Olga con una mano y la remolineaba; el corro
giraba cada vez más deprisa, los gritos, como resuellos hambrientos, se
tornaron paulatinamente en uno solo; Olga, que al principio había querido
romper el corro sonriente, se tambaleaba de mano en mano con el pelo suelto.
—Ésa
es la gentuza que me envían —dijo Frieda, y se mordió con ira sus finos labios.
—¿Quiénes
son? —preguntó K.
—Los
criados de Klamm —dijo Frieda—; una y otra vez los trae consigo y su presencia
me trastorna. Apenas sé de qué he hablado hoy con usted, señor agrimensor, si
fue de algo malo, perdóneme, la presencia de esa gente es la culpable: es lo
más despreciable y repugnante que conozco y a ellos les tengo que servir
cerveza. Cuántas veces le he tenido que pedir a Klamm que los envíe a casa; si
tengo que soportar a los criados de otros señores, al menos podría tener
consideración conmigo, pero todo ha sido en vano, una hora antes de su llegada
se abalanzan como el ganado en el establo. Pero ahora deben irse realmente al
establo, que es el sitio al que pertenecen. Si usted no estuviese aquí, abriría
violentamente la puerta y el mismo Klamm tendría que sacarlos de esta
habitación.
—Pero,
¿no los oye? —preguntó K.
—No
—dijo Frieda—, duerme.
—¿Cómo?
—exclamó K—. ¿Duerme? Cuando miré en la habitación aún estaba despierto y
sentado a la mesa.
—Así
se sienta siempre —dijo Frieda—, también cuando usted le vio estaba durmiendo.
¿Le hubiera dejado mirar en otro caso? Ésa era su posición para dormir, los
señores duermen mucho, apenas se puede comprender. Por lo demás, si no durmiese
tanto, ¿cómo podría soportar a esa gente? Pero ahora tendré que expulsarlos de
aquí yo misma. Cogió un látigo de una esquina y se acercó con un único salto,
elevado y algo inseguro, a los danzantes. Primero se volvieron hacia ella como
si fuese una nueva danzarina y, efectivamente, en un primer instante pareció
como si Frieda quisiese dejar caer el látigo, pero lo volvió a alzar.
—¡En
el nombre de Klamm —gritó—, al establo, todos al establo!
Entonces
comprobaron que iba en serio; con un miedo incomprensible para K comenzaron a
aglomerarse en la parte trasera, con el golpe del primero se abrió una puerta,
el aire nocturno penetró en la habitación, y todos desaparecieron con Frieda,
que al parecer los llevó por el patio hasta el establo. Pero en el silencio
repentino que invadió la sala, K oyó pasos en el pasillo. Para protegerse saltó
detrás del mostrador, era el único lugar donde podía esconderse; aunque no le
estaba prohibido permanecer en esa zona, quería pernoctar allí, así que debía
evitar que le vieran. Cuando la puerta se abrió, se deslizó en el interior. Que
le descubriesen allí no dejaba de ser peligroso, en todo caso la excusa de que
se había escondido allí de la furia de los campesinos no era inverosímil. Era
el posadero.
—¡Frieda!
—gritó, y se paseó varias veces por la habitación. Afortunadamente, Frieda
regresó pronto y no mencionó a K, sólo se quejó de los campesinos y se dirigió
al mostrador con la intención de encontrar a K, allí pudo K rozar su pie y a
partir de ese momento se sintió seguro. Como Frieda no mencionó a K, al cabo
tuvo que hacerlo el posadero.
—Y
¿dónde está el agrimensor? —preguntó.
Era
un hombre cortés y bien educado por el trato duradero y relativamente libre con
personas muy superiores a él, pero con Frieda hablaba empleando un tono
especialmente respetuoso, que llamaba la atención porque, a pesar de ello, en
la conversación no dejaba de ser el empleador frente a su empleada, además
frente a una empleada bastante audaz.
—He
olvidado por completo al agrimensor —dijo Frieda, y puso su pequeño pie en el
pecho de K—. Se ha debido de ir hace tiempo.
—Pero
yo no le he visto —dijo el posadero— y he estado casi todo el tiempo en el
pasillo.
Aquí
no está —dijo Frieda con indiferencia.
—A
lo mejor se ha escondido —dijo el posadero—, después de la impresión que me ha
dejado, le considero capaz de eso y de otras cosas.
—No
creo que tenga esa osadía —dijo Frieda, y presionó aún más su pie contra K.
Había
algo alegre y libre en su ser que K no había advertido antes y ese rasgo se
apoderó increíblemente de ella cuando de repente, y riéndose, dijo:
—A
lo mejor está escondido aquí debajo —se agachó hacia K y lo besó fugazmente
para levantarse al instante y decir con un tono triste:
—No,
no está aquí.
Pero
también el posadero dio motivo de sorpresa cuando dijo:
—Para
mí es muy desagradable no poder decir con seguridad que se ha ido. No sólo se
trata del señor Klamm, sino del reglamento. Pero el reglamento, señorita
Frieda, me afecta a mí tanto como a usted. Usted se hace responsable de esta
sala, yo mismo registraré el resto de la casa. ¡Buenas noches! ¡Que duerma
bien!
Aún
no había salido de la habitación, cuando Frieda apagó la luz y ya estaba al
lado de K debajo del mostrador.
—¡Amado
mío! ¡Mi dulce amado! —susurró, pero ni siquiera rozó a K, como inconsciente de
amor yacía sobre la espalda con los brazos extendidos; el tiempo era infinito
para su amor afortunado y suspiró, más que cantó, una canción. Luego se
sobresaltó, pues K estaba sumido en sus pensamientos, y comenzó a arrastrarse
hacia él como si fuera una niña:
—Ven,
aquí se asfixia uno.
Se
abrazaron, el pequeño cuerpo ardía en las manos de K, rodaron sumidos en una
inconsciencia de la que K intentó en vano liberarse; unos metros más allá
chocaron con la puerta de Klamm provocan do un ruido sordo y allí yacieron
sobre un charco de cerveza y rodeados de otra basura de la que el suelo estaba
cubierto. Allí transcurrieron horas, horas de un aliento común, de latidos
comunes, horas en las que K tuvo la sensación de perderse o de que estaba tan
lejos en alguna tierra extraña como ningún otro hombre antes que él, una tierra
en la que el aire no tenía nada del aire natal, en la que uno podía asfixiarse
de nostalgia y ante cuyas disparatadas tentaciones no se podía hacer otra cosa
que continuar, seguir perdiéndose. Y para él, al menos en un principio, no
supuso ningún susto, sino un consolador amanecer, cuando alguien llamó a Frieda
desde la habitación de Klamm con una voz profunda, entre indiferente y
autoritaria.
—Frieda
—dijo K en el oído de Frieda y transmitió la llamada.
Con
una obediencia innata Frieda quiso levantarse de un salto, pero entonces se
acordó de dónde estaba, se estiró, rió en silencio y dijo:
—No,
no iré, nunca más iré con él.
K
quiso contradecirla, quiso impulsarla a que fuese con Klamm, comenzó a buscar
con ella los restos de su blusa, pero no pudo decir nada, estaba demasiado
feliz de tener a Frieda en sus brazos, demasiado feliz y a un mismo tiempo
asustado, pues le parecía que si Frieda le abandonaba, le abandonaba todo lo
que tenía. Y como si Frieda se hubiese fortalecido con la aquiescencia de K,
golpeó con su puño en la puerta y gritó:
—¡Estoy
con el agrimensor! ¡Estoy con el agrimensor!
Entonces
Klamm se calló. Pero K se levantó, se arrodilló junto a Frieda y miró a su
alrededor en la penumbra del amanecer.
¿Qué
había ocurrido? ¿Dónde estaban sus esperanzas? ¿Qué podía esperar de Frieda que
había traicionado todo? En vez de avanzar con la mayor precaución como
correspondía a la magnitud del enemigo y del objetivo, se había solazado allí
durante toda la noche sobre restos de cerveza, cuyo olor llegaba a aturdir.
—¿Qué
has hecho? —dijo ante sí—. Estamos perdidos.
—No
—dijo Frieda—, sólo yo estoy perdida, pero te he ganado a ti. Tranquilízate,
pero escucha cómo se ríen los dos.
—¿Quién?
—preguntó K, y se volvió.
En
el mostrador estaban sentados sus dos ayudantes, un poco somnolientos, pero alegres:
era la alegría que da el fiel cumplimiento del deber.
—¿Qué
queréis aquí? —gritó K como si fuesen culpables de todo, y buscó a su alrededor
el látigo que Frieda había tenido por la noche.
—Teníamos
que buscarte —dijeron los ayudantes—, como no regresaste con nosotros a la
posada, te buscamos en casa de Barnabás y finalmente te encontramos aquí: hemos
estado aquí sentados toda la noche. El trabajo no es fácil.
—Os
necesito durante el día, no por la noche —dijo K—. ¡Largaos de aquí!
—Ya
es de día —dijeron, y no se movieron.
Realmente
era de día, las puertas del patio se abrieron, los campesinos inundaron la sala
con Olga, a la que K había olvidado por completo. Olga estaba animada como por
la noche, por más que su pelo y su vestido estuviesen desordenados; sus ojos
buscaron a K desde que apareció en la puerta.
—¿Por
que no viniste a casa conmigo? —dijo ella casi llorando—. ¡Por una criada como
ésa! —y repitió esa exclamación varias veces.
Frieda,
que había desaparecido por un instante, regresó con un hatillo. Olga se apartó
con tristeza.
Ahora
ya nos podemos ir —dijo Frieda.
Era
evidente que se refería a la posada del puente, ése era el lugar al que quería
ir. K iba acompañado de Frieda y, a continuación, los ayudantes: ésa era la
comitiva. Los campesinos mostraron desprecio por Frieda, era comprensible
porque ella hasta ese momento los había dominado con severidad: uno de ellos
incluso tomó un bastón e hizo como si no quisiese dejarla irse hasta que no
hubiese saltado sobre él, pero su mirada bastó para ahuyentarlo. Afuera, en la
nieve, K pudo respirar algo: la alegría de estar al aire libre era tan grande
que esta vez le pareció soportable la dificultad del camino, aunque si K
hubiese estado solo, habría ido mejor. Al llegar a la posada, se dirigió directamente
a su habitación y se echó en la cama; Frieda preparó un lecho en el suelo y los
ayudantes entraron en la habitación, fueron expulsados, volvieron a entrar por
la ventana y K se mostró demasiado cansado para expulsarlos de nuevo. La
posadera vino en persona para saludar a Frieda y fue llamada «madrecita» por
ésta, se produjo un saludo efusivo incomprensible con besos y largos abrazos.
En la habitación no había apenas tranquilidad, con frecuencia entraron también
las criadas alborotando con sus botas masculinas ya fuese para traer o para
recoger algo. Si necesitaban cualquier cosa de la cama, llena de los objetos
más dispares, no dudaban en sacarlas sin consideración a K. A Frieda la
saludaron como si fuese una de ellas. A pesar de todas esas molestias, K
permaneció en cama durante todo el día y la noche. De vez en cuando Frieda le
tendía la mano. Cuando finalmente se levantó al día siguiente, recuperado por
el descanso, ya era su cuarto día en el pueblo.
4
CONVERSACIÓN
CON LA POSADERA
Le
habría gustado hablar confidencialmente con Frieda, pero los ayudantes, con
quienes, por lo demás, Frieda reía y bromeaba de vez en cuando, se lo impedían
con su impertinente presencia. Desde luego no se podía decir que fuesen
exigentes, se habían instalado en el suelo, sobre dos faldas viejas; su
ambición, como le repitieron a Frieda, consistía en no molestar a K y en ocupar
el mínimo espacio posible; a este respecto, si bien es cierto que sin dejar de
susurrar y soltar risitas medio ahogadas, doblaban brazos y piernas, se
acurrucaban el uno junto al otro y en la penumbra sólo se veía un gran ovillo.
Sin embargo, se apreciaba muy bien que con la luz del día se convertían en
observadores atentos, siempre mirando fijamente a K, ya fuese empleando sus
manos como telescopios al igual que los niños en sus juegos y realizando otras
cosas absurdas, o sólo parpadeando mientras parecían ocupados en el cuidado de
sus barbas, a las que atribuían una gran importancia, comparándolas
innumerables veces en su longitud y densidad y dejando que Frieda las juzgase.
K miraba frecuentemente desde su cama con completa indiferencia los manejos de
los tres.
Cuando
se sintió lo suficientemente fuerte para abandonar la cama, los tres se
apresuraron a servirle. No obstante, aún no estaba tan fuerte como para poderse
defender de su celo, notó que por ello se veía sometido a cierta dependencia
que podía tener consecuencias perjudiciales, pero no tenía más remedio que
dejarlo estar. Tampoco fue muy desagradable tomarse en una mesa bien puesta el
buen café que Frieda había traído, calentarse al lado de la calefacción que
Frieda había encendido, hacer que los ayudantes impulsados por su celo e
ineptitud bajasen y subiesen las escaleras diez veces para traer agua, jabón,
un peine y un espejo, y, una última vez, porque K había expresado el deseo en
voz baja de querer un vasito de ron.
En
medio de todo ese ordenar y servir, K, más como resultado de su bienestar que
de la esperanza de éxito, dijo:
—Salid
ahora los dos, por el momento no necesito nada y quiero hablar a solas con la
señorita Frieda.
Y
cuando no vio en sus rostros ninguna señal de resistencia, aún les dijo para
resarcirlos:
—Luego
nos iremos los tres a ver al alcalde, me podéis esperar abajo en la taberna.
Por
extraño que parezca le obedecieron, sólo que antes de salir dijeron:
—También
podríamos esperar aquí.
K
respondió:
—Lo
sé, pero no quiero.
A
K le pareció enojoso, aunque también, en cierto sentido, favorable, que Frieda
(quien, una vez que habían salido los ayudantes, se había sentado sobre las
rodillas de K), le dijese:
—¿Qué
tienes, cariño, contra los ayudantes? Ante ellos no debemos tener ningún
secreto. Son fieles.
—¡Ah!,
conque fieles —dijo K—, me espían continuamente, su conducta es absurda y
repugnante.
—Creo
entenderte —dijo ella, se colgó de su cuello y quiso decir algo más pero no
pudo seguir hablando y, como el sillón estaba cerca de la cama, oscilaron sobre
ella y cayeron. Allí yacieron, pero no tan entregados como la noche anterior.
Ella buscaba algo y él buscaba algo, furiosos, dibujándose extrañas muecas en
sus rostros; buscaban horadando el pecho del otro con la cabeza, y sus abrazos
y sus cuerpos violentamente entrelazados no les hacían olvidar, sino que les
recordaban el deber de buscar; como perros desesperados que escarban en el
suelo, así escarbaban en sus cuerpos e, irremediablemente decepcionados, para
sacar algún resto más de felicidad, deslizaron sus lenguas por el rostro ajeno.
Sólo el cansancio logró calmarlos y que se mostrasen mutuamente agradecidos.
Entonces llegaron las criadas.
—Mira
cómo están echados ahí —dijo una de ellas, y arrojó un trapo sobre ellos por
compasión.
Cuando
más tarde K se liberó del trapo y miró a su alrededor, comprobó —no le asombró
nada— que sus ayudantes volvían a estar en su esquina, amonestándose mutuamente
con seriedad mientras señalaban a K con el dedo y le saludaban, pero, además,
la posadera estaba sentada al lado de la cama y remendaba un calcetín, una
pequeña labor que no se compaginaba con su figura enorme que casi oscurecía la
habitación.
—Estoy
esperando desde hace tiempo —y alzó su rostro ancho y surcado de arrugas,
aunque en general daba la extraña sensación de ser liso y quizá, en otro
tiempo, hermoso. Las palabras sonaron como un reproche, un reproche
inconveniente, pues K no había solicitado que acudiese. Se limitó a constatar
con la cabeza sus palabras y se incorporó. También Frieda se levantó, pero
abandonó a K y se apoyó en el sillón donde estaba sentada la posadera.
—Señora
posadera —dijo K distraído—, ¿no puede esperar eso que me quiere decir hasta
que regrese de ver al alcalde? Tengo una importante entrevista con él.
—Esto
es más importante, créame señor agrimensor —dijo la posadera—, allí se trata
probablemente sólo de un trabajo, aquí de un ser humano, de Frieda, mi querida
sirvienta.
—¡Ah,
ya! —dijo K—, entonces no entiendo por qué no nos deja ese asunto a nosotros
dos.
—Por
amor e inquietud —dijo la posadera, y atrajo hacia sí la cabeza de Frieda,
quien, de pie, sólo llegaba al hombro de la posadera sentada.
—Como
Frieda tiene tanta confianza en usted —dijo K—, no puedo hacer otra cosa. Y
como Frieda ha llamado hace poco fieles a mis ayudantes, estamos entre amigos.
Así que le puedo decir, señora posadera, que considero lo mejor que Frieda y yo
nos casemos y, además, lo más pronto posible. Por desgracia no podré compensar
a Frieda de lo que ha perdido: el puesto en la posada de los señores y la
amistad de Klamm.
Frieda
levantó su rostro, sus ojos estaban llenos de lágrimas, en ellos no había nada
de un sentimiento de victoria.
—¿Por
qué yo? ¿Por qué he sido yo la elegida?
—¿Cómo?
—preguntaron K y la posadera a un mismo tiempo.
—Está
confusa, pobre hija —dijo la posadera—, confusa por la coincidencia de tanta
felicidad y desgracia.
Y
como confirmación de esas palabras Frieda se precipitó sobre K, le besó con
pasión, como si no hubiese nadie más en la habitación y cayó después de
rodillas, llorando y abrazándole. Mientras acariciaba el cabello de Frieda, K
preguntó a la posadera:
—¿Me
da usted la razón?
—Usted
es un hombre de honor —dijo la posadera, también a ella se le notaba la emoción
en la voz, parecía algo decaída y respiraba con dificultad; no obstante, aún
encontró la fuerza para decir:
—Ahora
habrá que pensar en algunas garantías que usted debe dar a Frieda, pues por muy
grande que sea el respeto que le tengo, usted sigue siendo un forastero, no
puede remitirse a nadie, su situación doméstica es aquí desconocida, así que
las garantías son necesarias, eso lo comprenderá, señor agrimensor, usted mismo
ha destacado lo que Frieda perderá al unirse a usted.
—Por
supuesto, garantías, naturalmente —dijo K—, lo mejor es que todo se haga ante
un notario, pero quizá otros organismos administrativos del condado también se
inmiscuyan. Por lo demás, antes de la boda tengo un asunto que resolver. Tengo
que hablar con Klamm.
—Eso
es imposible —dijo Frieda, levantándose un poco y apretándose contra K—. ¡Qué
ocurrencia!
—Tiene
que ser —dijo K—, si me resulta imposible a mí, tendrás tú que conseguirlo.
—No
puedo, K, no puedo —dijo Frieda—, Klamm no hablará nunca contigo. ¿Cómo puedes
creer que Klamm hablará contigo?
—¿Hablaría
contigo? —preguntó K.
—Tampoco
—dijo Frieda—, ni contigo ni conmigo, eso es imposible.
Se
volvió hacia la posadera con los brazos extendidos.
—Vea,
señora posadera, lo que reclama.
—Usted
es una persona peculiar, señor agrimensor —dijo la posadera, y K quedó
horrorizado al ver cómo estaba sentada, recta, con las piernas abiertas, las
poderosas rodillas marcándose en la fina falda—. Usted pide algo imposible.
—¿Por
qué es imposible? —preguntó K.
—Se
lo explicaré —dijo la posadera en un tono como si esa aclaración no fuese un
último favor sino ya la primera pena que imponía—, estaré encantada de
explicárselo. Cierto, yo no pertenezco al castillo, y soy sólo una mujer, y sólo
una posadera, aquí, en una posada de última categoría —bueno, no es de última
categoría, pero casi—, y así es posible que no atribuya mucha importancia a mi
aclaración, pero durante toda mi vida he mantenido los ojos bien abiertos y he
conocido a mucha gente y yo sola he llevado todo el peso de la economía, pues
mi esposo es un buen hombre, pero no un posadero, y jamás comprenderá lo que
significa asumir la responsabilidad. Usted, por ejemplo, debe a su negligencia
—en aquella noche yo estaba completamente agotada que siga en el pueblo, que
esté aquí sentado tan cómoda y pacíficamente en la cama.
—¿Cómo?
—dijo K, despertando de su distracción, más excitado por la curiosidad que por
el enojo.
—Sólo
lo debe a su negligencia —exclamó una vez más la posadera señalando a K con el
dedo índice.
Frieda
intentó apaciguarla.
—¿Qué
quieres tú? —dijo la posadera con un rápido giro de todo su cuerpo—, el señor
agrimensor me ha preguntado y debo responderle. No hay otra forma de que
comprenda lo que a nosotros nos resulta evidente: que el señor Klamm jamás
hablará con él, pero qué digo, que jamás podrá hablar con él. Escúcheme, señor
agrimensor, el señor Klamm es un señor del castillo, eso ya significa por sí
mismo, al margen de su otra posición, un rango muy elevado. Pero, ¿qué es
usted, cuyo consentimiento para la boda buscamos tan humildemente? Usted no
pertenece al castillo, no es del pueblo, usted es un don nadie. Por desgracia,
sin embargo, usted es algo: un forastero, uno que siempre resulta superfluo y
siempre está en camino, uno por quien siempre se producen trastornos, por cuya
causa hay que esconder a las criadas, cuyas intenciones son desconocidas, uno
que ha seducido a nuestra pequeña y querida Frieda y al que hay que dársela,
por desgracia, como esposa. A causa de todo esto no le hago en el fondo ningún
reproche. Usted es lo que es; ya he visto mucho en mi vida como para no
soportar ahora esta situación. Sin embargo, imagínese lo que está pidiendo. Un
hombre como Klamm debe hablar con usted. Con dolor he oído que Frieda le ha
dejado mirar por el agujero de la pared, ya cuando lo hizo había sido seducida
por usted. Dígame, ¿cómo ha podido soportar la mirada de Klamm? No tiene por
qué responder, lo sé, la ha soportado muy bien. Usted no es capaz de ver
realmente a Klamm, esto no es envanecimiento por mi parte, pues yo tampoco soy
capaz. Klamm debería hablar con usted, pero él ni siquiera habla con la gente
del pueblo, nunca ha hablado con alguien del pueblo. La gran distinción de
Frieda, que será mi orgullo hasta la muerte, consistía en que al menos solía
pronunciar su nombre, en que ella podía dirigirle la palabra cuando quería y
recibía el permiso para mirar por el agujero de la pared, pero él tampoco ha
hablado con ella. Y que llamase a Frieda de vez en cuando, no debe tener el
significado que a uno le gustaría atribuirle, él se limitaba a pronunciar el
nombre de Frieda. Pero ¿quién conoce sus intenciones? Que Frieda, naturalmente,
acudiese deprisa, era asunto suyo, y que la dejasen presentarse ante él sin oponerse,
se debía a la bondad de Klamm, pero no se puede afirmar que la hubiese llamado.
Ahora es cierto que todo eso se ha acabado para siempre. Tal vez Klamm vuelva a
pronunciar el nombre de Frieda, es posible, pero ya no la dejarán entrar, a
ella, a una muchacha que es su prometida. Y hay una cosa, una sola cosa que no
comprendo con mi pobre cabeza, que una joven, de la que se decía era la amante
de Klamm —dicho sea de paso, considero esta expresión algo exagerada— se dejase
rozar por usted.
—Cierto,
eso es extraño —dijo K, y colocó a Frieda, que se sometió con la cabeza
inclinada, sobre sus rodillas—, eso demuestra, según creo, que no toda la
situación es como usted la describe. Así, por ejemplo, usted tiene razón cuando
dice que yo ante Klamm soy un don nadie, y si ahora exijo hablar con Klamm y no
me dejo influir por sus explicaciones, con eso aún no se ha dicho que sea capaz
de soportar la mirada de Klamm sin la puerta interpuesta y que no correré en
cuanto esté en su presencia. Pero ese temor, aunque fundado, para mí no supone
un motivo para no aventurarme a afrontarlo. Si me resulta posible soportarlo,
entonces es necesario que hable conmigo, me basta si puedo comprobar la
impresión que le hacen mis palabras y si no le hacen ninguna o ni siquiera las
escucha, habré sacado el beneficio de haber hablado libremente ante un
poderoso. Usted, sin embargo, señora posadera, con todos sus conocimientos
humanos y de la vida, y Frieda, que aún ayer era la amante de Klamm —no veo
ningún motivo para cambiar de término—, me podrían facilitar la entrevista con
Klamm, si no es posible de otra manera, entonces en la posada de los señores,
quizá aún siga hoy allí.
—Es
imposible —dijo la posadera—, y ya veo que le falta la capacidad de
comprenderlo. Pero díganos, ¿de qué quiere hablar con Klamm?
—Sobre
Frieda naturalmente —dijo K.
—¿Sobre
Frieda? —dijo la posadera con incomprensión y se volvió hacia Frieda—. ¿Has
oído, Frieda? Sobre ti quiere hablar con Klamm, ¡con Klamm!
—¡Ay!
—dijo K—, usted es, señora posadera, una mujer tan lista y respetable y, sin
embargo, la asusta cualquier pequeñez. Así es, quiero hablar con él de Frieda,
eso no es tan terrible, sino más bien evidente. Pues se equivoca con toda
seguridad si cree que Frieda, desde el instante en el que yo aparecí, se ha
convertido en algo insignificante para Klamm. Le menosprecia si es eso lo que
cree. Pienso que resulta presuntuoso por mi parte querer instruirla a este
respecto, pero lo tengo que hacer. Por mi causa no ha podido alterarse nada en
la relación de Klamm con Frieda. O no existía ninguna relación esencial —eso es
lo que dicen aquellos que no le quieren dar el nombre honorífico de amante a
Frieda—, por lo que hoy tampoco existiría, o sí existía, entonces ¿cómo podría
perturbarla una persona como yo, quien, como ha dicho certeramente, es un don
nadie a los ojos de Klamm? Esas cosas se creen en el primer instante del susto,
pero la más pequeña reflexión debe ponerlas en su sitio. Por lo demás, dejemos
que Frieda exprese su opinión sobre el asunto.
Con
una mirada perdida en la lejanía, la mejilla apoyada en el pecho de K, Frieda
dijo:
—Es
como madre dice: Klamm no quiere saber nada más de mí. Pero, ciertamente, no
porque llegaras tú, querido, nada parecido podría haberle conmocionado. Creo
que fue obra suya que nos encontrásemos bajo el mostrador, esa hora fue
bendecida y no maldita.
—Si
es así —dijo K lentamente, pues las palabras de Frieda habían sido dulces y él
había cerrado los ojos unos segundos para dejarse invadir por esas palabras—,
si es así, aún hay menos motivos para temer una entrevista con Klamm.
—Verdaderamente
—dijo la posadera mirándolo desde arriba—, me recuerda a veces a mi esposo,
usted es tan obstinado e ingenuo como él. Lleva dos días en el pueblo y ya cree
saberlo todo mejor que sus habitantes, mejor que yo, una mujer ya mayor, y que
Frieda, que tanto ha visto y oído en la posada de los señores. No niego que
alguna vez sea posible lograr algo contra los reglamentos o contra la
costumbre, por mi parte no he visto algo parecido, pero según dicen hay
ejemplos de ello, puede ser, pero entonces con toda certeza no ocurre de la
manera en que usted pretende hacerlo: diciendo continuamente que no, guiándose
sólo por su propia tozudez y pasando por alto los consejos bienintencionados.
¿Acaso cree que usted es el objeto de mi inquietud? ¿Me he ocupado de usted
mientras estaba solo? ¿A pesar de que hubiese sido conveniente y se hubiese
podido evitar algo? Lo único que le dije entonces a mi esposo fue: «Mantente
alejado de él». Estas palabras deberían haber mantenido su validez también para
mí en el día de hoy, si el destino de Frieda no estuviese involucrado. A ella
le debe —le guste o no— mi atención, sí, incluso mi consideración. Y no puede
simplemente rechazarme ya que usted es responsable ante mí, la única que cuida
a la pequeña Frieda con atención maternal. Es posible que Frieda tenga razón y
que todo lo que ha ocurrido haya sido la voluntad de Klamm, pero de Klamm no sé
nada, jamás hablaré con él, para mí es completamente inalcanzable. Usted, sin
embargo, se sienta aquí, tiene en sus manos a mi Frieda y —por qué debería
callarlo— también está en mis manos. Sí, en mis manos, pues intente si no,
joven, si le echo de casa, buscar un alojamiento en el pueblo, aunque sea en
una caseta de perro.
—Gracias
—dijo K—, ésas son palabras sinceras y las creo. Tan insegura es entonces mi
posición y, por tanto, la de Frieda.
—¡No!
—gritó la posadera furiosa—. La posición de Frieda no tiene a ese respecto nada
que ver con la suya. Frieda pertenece a mi casa y nadie tiene el derecho de
llamar insegura su posición aquí.
—Bueno,
bueno —dijo K—, también le doy la razón en eso, especialmente porque Frieda,
por motivos desconocidos, parece tenerle demasiado miedo para injerirse.
Sigamos tratando provisionalmente sólo mi caso. Mi posición es extremadamente
insegura, eso no lo niega, sino que más bien se esfuerza en demostrarlo. Como
ocurre con todo lo que dice, esto es en su mayor parte cierto, pero no del
todo. Así, sé de un buen alojamiento que estaría dispuesto para mí.
—¿Dónde?
¿Dónde? —exclamaron Frieda y la posadera tan simultáneamente y con tanta
codicia como si tuviesen los mismos motivos para sus preguntas.
—En
casa de Barnabás —dijo K.
—¡Esas
granujas! —exclamó la posadera—. ¡Esas taimadas granujas! ¡En casa de Barnabás!
¿Lo habéis oído? —y se volvió hacia la esquina donde se encontraban los
ayudantes, pero éstos ya hacía tiempo que se habían levantado y estaban detrás
de la posadera cogidos del brazo; ella, ahora, como si necesitase un apoyo,
cogió la mano de uno de ellos—. ¿Habéis oído dónde las corre el señor? ¡En la
familia de Barnabás! Es cierto, ahí recibirá un alojamiento, ¡ay!, habría sido
mejor que lo hubiese conseguido allí y no en la posada de los señores. Y ¿dónde
pasasteis vosotros la noche?
—Señora
posadera—dijo K antes de que respondiesen los ayudantes—, se trata de mis
ayudantes, pero así los trata como si fueran sus ayudantes y mis vigilantes. En
cualquier otra cosa estoy dispuesto, al menos, a discutir cortésmente sobre sus
opiniones, pero no respecto a mis ayudantes, pues aquí el asunto está claro.
Por esto le pido que no hable con mis ayudantes, y si mi solicitud no bastase
les prohibo a mis ayudantes que la contesten.
—Así
que no puedo hablar con vosotros —dijo la posadera, y los tres se rieron, la
posadera, sin embargo, de forma burlona y con más suavidad de la que K había
esperado; los ayudantes en su forma acostumbrada, significándolo todo y nada,
rechazando cualquier responsabilidad.
—No
te enojes —dijo Frieda—, tienes que comprender correctamente nuestra
excitación. Si se quiere, en realidad debemos nuestro encuentro a Barnabás.
Cuando te vi por primera vez en el mostrador —entraste del brazo de Olga— ya
sabía algo sobre ti, pero en general me eras por completo indiferente. Pero no
sólo tú me eras indiferente, casi todo, casi todo me era indiferente. Estaba
insatisfecha con muchas cosas y algo me producía enojo, pero ¿qué clase de
insatisfacción y de enojo? Por ejemplo, uno de los huéspedes me molestó en el
mostrador—siempre estaban detrás de mí, ya viste a aquellos tipos, pero venían
más enojosos, el servicio de Klamm no era de lo peor—, así pues, uno de ellos
me molestó, ¿qué significaba eso para mí? Para mí era como si hubiese ocurrido
hace muchos años o como si no me hubiese ocurrido a mí o como si hubiese
escuchado cómo lo contaban o como si ya lo hubiese olvidado. Pero no lo puedo
describir, ni siquiera me lo puedo imaginar más, tanto han cambiado las cosas
desde que he abandonado a Klamm.
Y
Frieda interrumpió su relato, inclinó con tristeza la cabeza y mantuvo las
manos dobladas sobre el regazo.
—Ve
usted —exclamó la posadera, y lo hizo como si no hablase ella misma sino que
prestase su voz a Frieda, luego se acercó más y se sentó al lado de ella—, se
da cuenta ahora, señor agrimensor, de cuáles han sido las consecuencias de su
comportamiento; y también sus ayudantes, con los que no puedo hablar, pueden
aprender de esta situación. Usted ha arrancado a Frieda del estado de máxima
felicidad que se le podía dar y le ha sido posible porque Frieda, con su
exagerada e infantil compasión, no pudo soportar que entrase colgado del brazo
de Olga y que pareciese entregado a la familia de Barnabás. Le ha salvado y al
hacerlo se ha sacrificado. Y ahora que ya ha ocurrido y que Frieda ha cambiado
todo lo que tenía por la felicidad de sentarse sobre sus rodillas, ahora viene
usted y presenta como su gran triunfo que una vez tuvo la posibilidad de poder
pernoctar en la casa de Barnabás. Con eso quiere demostrar que usted es
independiente de mí. Cierto, si realmente hubiese pernoctado en casa de
Barnabás, sería tan independiente de mí que tendría que abandonar mi casa al
instante y de la forma más rápida.
—No
conozco los pecados de la familia de Barnabás —dijo K mientras Frieda, que
estaba como inánime, se incorporaba cuidadosamente, se sentaba en la cama y
terminaba por levantarse—. Quizá tenga usted razón en lo que dice, pero con
certeza tenía yo razón cuando le pedí que nos dejase a Frieda y a mí resolver
nuestros propios asuntos. Usted mencionó algo de amor y preocupación, de ello
no he vuelto a notar nada, sí, sin embargo, de odio, escarnio y expulsión de la
casa. Si se le había ocurrido apartar a Frieda de mí o a mí de Frieda, lo ha
intentado con gran habilidad, pero me parece que no lo logrará y, si lo lograse
—permítame por una vez pronunciar una oscura amenaza—, lo lamentará
amargamente. En lo que se refiere al alojamiento que me ha brindado —con esas
palabras parece referirse a este repugnante agujero— no resulta del todo seguro
que lo haya puesto a mi disposición por propia voluntad, más bien me parece que
existe una instrucción al respecto de la administración condal. Comunicaré allí
que me han desahuciado de la posada y si me conceden otro alojamiento entonces
podrá ya respirar con libertad, y yo con mayor profundidad. Y ahora me voy a
ver al alcalde con motivo de éste y de otros asuntos. Ocúpese al menos, por
favor, de Frieda, a quien ya ha maltratado lo suficiente con sus sermones
maternales.
A
continuación, se volvió hacia sus ayudantes.
—Venid
—dijo, quitó la carta del clavo y se dispuso a salir.
La
posadera había permanecido en silencio, pero en cuanto K Puso la mano en el
picaporte, dijo:
—Señor
agrimensor, aún me queda algo por decirle antes de que se ponga en camino, pues
diga lo que quiera y me insulte como me insulte, a mí, a una mujer ya anciana,
sigue siendo el futuro esposo de Frieda. Sólo por eso le digo que ignora por
completo la situación que se le presenta aquí; a una le zumba la cabeza cuando
le oye y cuando compara lo que dice y piensa con la realidad. No se puede
arreglar esa ignorancia de una vez y quizá no se pueda nunca, pero hay muchas
cosas que pueden mejorar si me cree aunque sólo sea un poco y mantiene presente
el hecho de esa ignorancia. Entonces, por ejemplo, se volverá en seguida más justo
conmigo y comenzará a sospechar la magnitud del susto que he sufrido —cuyos
efectos aún padezco— cuando me he dado cuenta de que mi querida pequeña ha
abandonado, en cierta manera, al águila, para unirse a la culebra ciega, aunque
la relación real sea mucho peor y tenga que intentar olvidarla continuamente,
sino no podría hablar con usted una palabra con tranquilidad. Pero ahora se ha
enfadado otra vez. No, no se vaya todavía, escuche aún esto, por favor: adonde
quiera que vaya sepa que sigue siendo el más ignorante y tenga cuidado, aquí en
nuestra casa, donde la presencia de Frieda le protege de daños, puede decir lo
que quiera, aquí nos puede mostrar, por ejemplo, cómo pretende hablar con
Klamm, pero, por favor, por favor se lo pido, no se atreva a decir esas cosas
en la realidad.
Se
levantó algo tambaleante por la excitación, se acercó a K, tomó su mano y le
miró con gesto suplicante.
—Señora
posadera —dijo K—, no comprendo por qué se humilla para suplicarme una cosa
así. Si, como usted dice, resulta imposible hablar con Klamm, entonces no lo
podré lograr, me lo supliquen o no. Pero si fuese posible, ¿por qué tendría que
renunciar a hacerlo, especialmente cuando con la refutación de su principal
reproche el resto de sus temores resultan cuestionables? Es cierto, soy
ignorante; sin embargo, la verdad prevalece, y eso es muy triste para mí, pero
también tiene la ventaja de que el ignorante osa más, así que prefiero portar
conmigo aún un poco más la ignorancia y sus malas consecuencias, al menos
mientras alcancen mis fuerzas. Esas consecuencias, en lo esencial, sólo me
afectan a mí, y por eso ante todo no comprendo por qué me suplica. Usted
siempre cuidará de Frieda y, si desaparezco completamente de su círculo, eso
significará, según su opinión, una suerte para ella. ¿Qué teme entonces? ¿Acaso
teme que al ignorante le parece todo posible? —aquí K abrió la puerta—. ¿No
temerá acaso por Klamm?
La
posadera miró en silencio cómo salía y bajaba deprisa las escaleras con sus
ayudantes detrás.
5
EN
CASA DEL ALCALDE
A
K, casi para su sorpresa, la entrevista con el alcalde le causaba pocas
preocupaciones. Intentó explicárselo con el hecho de que, según sus
experiencias hasta ese momento, el trato oficial con las autoridades condales
había sido muy fácil para él. Por una parte eso se debía a que, respecto al
tratamiento de sus asuntos, era evidente que se había emitido de una vez por
todas un determinado principio de actuación, supuestamente muy favorable para
él, y por otra, se debía a la unidad digna de admiración del servicio, que
precisamente allí donde no existía en apariencia se presentía perfecta. K,
cuando alguna vez pensaba en estas cosas, no estaba muy lejos de encontrar su
situación satisfactoria, a pesar de que, después de los ataques de bienestar
que le aquejaban, se dijera que cabalmente ahí radicaba el peligro. El trato
directo con organismos administrativos no era demasiado difícil, pues éstos,
por muy organizados que estuvieran, siempre tenían que defender cosas
invisibles y distantes en nombre de señores invisibles y distantes, mientras
que K luchaba por algo viviente y cercano, por él mismo, sobre todo, al menos
últimamente, por su propia voluntad, pues él era el atacante, y no sólo él
luchaba por él mismo, sino con toda seguridad por otras fuerzas que no conocía,
pero en las que podía creer según las medidas de los organismos
administrativos. Pero como los organismos desde un principio le habían
manifestado su buena voluntad en cosas inesenciales —hasta ese momento tampoco
se había tratado de más—, le habían impedido la posibilidad de pequeñas y
ligeras victorias y con esa posibilidad también la correspondiente
satisfacción, así como la fundada seguridad resultante de ella para otras
luchas más grandes. En vez de eso le dejaban deslizarse por todas partes, eso
sí, sin abandonar el pueblo, y, mediante esa táctica, le mimaban y debilitaban,
evitando toda lucha y situándolo en una vida extraña, extraoficial,
completamente opaca y turbia. De esa manera bien podía ocurrir, si no estaba
alerta, que él algún día, pese a toda la deferencia del organismo y pese al
cumplimiento completo de todas las obligaciones oficiales tan exageradamente
fáciles, fuese embaucado por el favor supuestamente concedido y condujese su
vida con tan poca precaución que se desmoronase, y el organismo competente, aún
suave y amistoso, por decirlo así, contra su voluntad pero en nombre de
cualquier orden público desconocido para él, viniese para deshacerse de él. Y
¿qué era su vida extraoficial allí? K no había visto nunca una mayor fusión
entre vida y función pública que allí, tan fundidas estaban que a veces podía
parecer que la vida y la función pública habían intercambiado sus puestos. ¿Qué
significaba, por ejemplo, el poder formal que Klamm había ejercido hasta ahora
sobre la posición oficial de K, si se comparaba con el poder real que tenía
Klamm sobre su alcoba? Así concluyó que sólo había lugar para un comportamiento
relajado frente a la administración, mientras que en lo restante siempre sería
necesaria una gran precaución, un mirar hacia todos los lados antes de dar un
paso.
K
encontró por lo pronto confirmada su idea de la administración local con el
alcalde. Éste, un hombre amable, obeso y afeitado pulcramente, estaba enfermo,
padecía un ataque de gota y recibió a K en la cama.
Así
que aquí está nuestro agrimensor—dijo; quiso levantarse para saludarle, pero no
pudo y se arrojó, disculpándose y señalando hacia la pierna, de nuevo sobre el
cojín. Una mujer silenciosa, casi como una sombra en la habitación oscurecida
por las pequeñas ventanas y las cortinas corridas, trajo una silla a K y la
colocó al lado de la cama.
—Siéntese,
siéntese, señor agrimensor—dijo el alcalde—, y dígame sus deseos.
K
le leyó la carta de Klamm y añadió algunos comentarios. Una vez más sintió la
extraordinaria ligereza del trato con la administración. Asumían literalmente
toda la carga, se les podía cargar con todo y uno quedaba intacto y libre. Como
si el alcalde hubiese sentido lo mismo a su manera, se volvió incómodo en la
cama. Finalmente, dijo:
—Como
habrá notado, señor agrimensor, ya conocía el asunto. El que no haya emprendido
nada tiene dos motivos, primero mi enfermedad, y segundo que, como usted no
venía, pensé que había renunciado al trabajo. Ahora que ha sido tan amable de
venir a verme, debo decirle la desagradable verdad. Ha sido aceptado como
agrimensor, como usted dice, pero, por desgracia, no necesitamos a ningún
agrimensor. No hay ningún trabajo para usted. Los límites de nuestras pequeñas
propiedades han sido trazados, todo ha sido registrado convenientemente, apenas
hay transmisiones de la propiedad y las pequeñas disputas de límites las
arreglamos entre nosotros. ¿Para qué necesitamos, pues, a un agrimensor?
K,
sin que hubiera pensado antes en ello, estaba convencido en su interior de
haber esperado una comunicación similar. Por eso mismo pudo responder
inmediatamente:
—Eso
me sorprende mucho y arroja todos mis cálculos por la borda. Sólo espero que se
trate de un malentendido.
—Por
desgracia, no —dijo el alcalde—, es como le digo.
—Pero
¿cómo es posible? —exclamó K—, no he emprendido un viaje larguísimo para ahora
ser mandado de vuelta.
—Ésa
es otra cuestión —dijo el alcalde— sobre la que yo no tengo que decidir, pero
le puedo explicar cómo se ha producido ese malentendido. En una administración
tan grande como la del condado puede ocurrir alguna vez que un departamento
disponga algo y que otro disponga otra cosa diferente, ninguno sabe del otro,
el control superior, es cierto, actúa con gran precisión, pero, por su
naturaleza, demasiado tarde, y así pueden originarse pequeñas confusiones.
Siempre se trata de pequeñeces, como, por ejemplo, su caso; en asuntos
importantes aún no he conocido un error, aunque las pequeñeces son con
frecuencia lo suficientemente desagradables. En lo que concierne a su caso, le
contaré abiertamente los pormenores sin secretos oficiales: para esto no llego
a la categoría de funcionario, soy un campesino y nada más. Hace mucho tiempo,
cuando llevaba pocos meses de alcalde, llegó un edicto, no sé de qué
departamento, en el que se comunicaba de la forma categórica tan peculiar a los
señores que se debía contratar a un agrimensor y en el que se encargaba a la
comunidad que preparase todos los planos y registros necesarios para su
trabajo. Ese edicto, naturalmente, no podía afectarle a usted, pues eso fue
hace muchos años y no me habría acordado si ahora no estuviese enfermo y
tuviese tiempo suficiente para reflexionar en la cama sobre las cosas más
ridículas. Mizzi —dijo de repente, interrumpiendo su informe, dirigiéndose a la
mujer que aún correteaba por la habitación realizando una actividad
incomprensible—, por favor, mira en el armario, a lo mejor encuentras el
edicto. Data —se explicó ante K— de mi primera época: en aquel tiempo aún lo
guardaba todo.
La
mujer abrió en seguida el armario, K y el alcalde miraban. El armario estaba
lleno a rebosar de papeles, al abrirlo rodaron dos gruesos rollos de
expedientes, enrollados como si fuesen troncos. La mujer saltó asustada hacia
un lado.
—Abajo,
tiene que estar abajo —dijo el alcalde, dirigiendo sus movimientos desde la
cama. Con actitud obediente, la mujer, abarcando los expedientes con sus dos
brazos, arrojó hacia abajo todo el contenido del armario para llegar a los
papeles situados en la parte inferior. Los papeles ya cubrían la mitad de la
habitación.
—Se
ha trabajado mucho —dijo el alcalde asintiendo con la cabeza—, y eso sólo es
una pequeña parte. La masa principal la he conservado en el granero, aunque la
mayor parte se ha perdido. ¿Quién puede guardar todo eso? En el granero, sin
embargo, aún queda mucho.
—¿Vas
a encontrar de una vez el edicto? —se volvió de nuevo hacia la mujer—. Tienes
que buscar un expediente en el que está la palabra «agrimensor» subrayada con
color azul.
—Esto
está demasiado oscuro —dijo la mujer—, traeré una vela.
Y
salió de la habitación pasando por encima de los papeles.
—Mi
esposa es una gran ayuda para mí —dijo el alcalde— en este trabajo pesado que,
sin embargo, se debe realizar en los ratos libres. Cierto, para los escritos
dispongo de un ayudante, el maestro, pero pese a ello resulta imposible
terminarlo todo, siempre queda mucho sin concluir, todo eso se encuentra
guardado en esas cajas —y señaló hacia otro armario—. Y sobre todo ahora que
estoy enfermo, se acumula—dijo, y se recostó cansado pero con orgullo.
—¿No
podría ayudar a su esposa a buscar? —dijo K cuando la mujer ya había regresado
con la vela y buscaba el edicto arrodillada ante las cajas.
El
alcalde sacudió sonriente la cabeza:
—Como
ya le dije, no tengo secretos oficiales para usted, pero no puedo llegar tan
lejos como para dejarle que busque en los expedientes. El silencio invadió la
habitación, sólo se podía oír el roce de los papeles, el alcalde quizá
dormitaba un poco. Un ligero golpeteo en la puerta hizo que K se diese la vuelta.
Eran, naturalmente, los ayudantes. Al menos se mostraron algo educados, no
irrumpieron en la habitación, sino que primero susurraron a través de la ranura
de la puerta.
—Tenemos
mucho frío fuera.
—¿Quién
es? —preguntó el alcalde asustándose.
—Sólo
se trata de mis ayudantes —dijo K—, no sé dónde me pueden esperar, en el
exterior hace mucho frío y aquí molestan.
—A
mí no me molestan —dijo amablemente el alcalde—, déjelos entrar. Además, les
conozco. Viejos conocidos.
—Pero
a mí sí que me molestan —dijo K con franqueza y dejó vagar su mirada de los
ayudantes al alcalde y de éste a los ayudantes, encontrando las tres sonrisas
iguales—. Pero ya que estáis aquí —dijo a modo de prueba—, entonces quedaos y
ayudad a la señora a buscar un expediente en el que aparece la palabra
«agrimensor» subrayada con color azul.
El
alcalde no puso ninguna objeción; lo que no podía hacer K, lo podían hacer los
ayudantes. Se arrojaron inmediatamente sobre los papeles, pero revolvían los
montones más que buscaban, y mientras uno deletreaba un escrito, el otro se lo
arrebataba continuamente de las manos. La mujer, por el contrario, estaba
arrodillada ante las cajas vacías, parecía haber dejado de buscar, en todo caso
la vela estaba muy lejos de ella.
—Así
que los ayudantes —dijo el alcalde con una sonrisa de satisfacción, como si
todo ocurriese según sus propias disposiciones, aunque nadie pudiese
suponerlo—, le resultan molestos. Pero son sus propios ayudantes.
—No
—dijo fríamente K—, se han unido a mí aquí.
—¿Cómo
que unido? —dijo el alcalde—. Querrá decir que le han sido asignados.
—Bueno,
pues asignados —dijo K—, igual podrían haber caído del cielo, tan irreflexiva
fue esa asignación.
—Aquí
no ocurre nada de forma irreflexiva —dijo el alcalde, olvidó incluso el dolor
del pie y se sentó en la cama.
—¿Nada?
—dijo K—; y ¿qué ocurre con mi contratación?
—También
su contratación fue fruto de la reflexión —dijo el alcalde—, sólo que hay
algunas circunstancias accesorias que han creado confusión, se lo demostraré
con los expedientes.
—Esos
expedientes no se van a encontrar—dijo K.
—¿No?
—exclamó el alcalde—. Mizzi, por favor, busca más rápido. Pero en un principio
también le puedo contar la historia sin expedientes. Aquel edicto del que ya le
he hablado lo contestamos agradecidos diciendo que no necesitábamos ningún
agrimensor. Esta respuesta al parecer no llegó al departamento originario, lo
denominaré A, sino, erróneamente, a otro departamento B. Así pues, el
departamento A se quedó sin respuesta, pero por desgracia el departamento B tampoco
recibió toda nuestra respuesta, ya fuese porque el contenido del expediente se
hubiese quedado aquí o porque se hubiese perdido por el camino —en el
departamento desde luego no, se lo puedo garantizar—, el caso es que al
departamento B sólo llegó una carpeta del expediente en la que no había nada
indicado salvo que se trataba del expediente incluido, pero en realidad
desgraciadamente perdido, de la contratación de un agrimensor. Mientras, el
departamento A esperó nuestra respuesta; es cierto que tenía notas sobre el
asunto, pero como suele ocurrir comprensiblemente y puede ocurrir debido a la
precisión con que se llevan todos los casos, el encargado confió en que
responderíamos y que él luego o contrataría al agrimensor o seguiría
manteniendo correspondencia con nosotros según las necesidades. Por
consiguiente, descuidó las notas y se olvidó de todo. Al departamento B, sin
embargo, llegó la carpeta, en concreto a un funcionario famoso por su
escrupulosidad, se llama Sordini, un italiano, incluso para mí, un iniciado,
resulta incomprensible por qué un hombre de sus capacidades ocupa uno de los
puestos más subordinados. Este Sordini, naturalmente, nos envió la carpeta
vacía para que incluyésemos el expediente. Ahora bien, desde el primer escrito
del departamento A habían pasado muchos meses, cuando no años, y esto es
comprensible, pues, cuando, como es la regla, un expediente recorre el camino
correcto, llega a su departamento a más tardar en un día y se soluciona en ese
mismo día, pero cuando yerra el camino, y debe buscar con celo en la excelencia
de la organización el camino correcto, si no lo encuentra, entonces dura mucho
tiempo. Cuando recibimos la nota de Sordini, sólo nos podíamos acordar
difusamente del asunto, en aquel tiempo sólo éramos dos en el trabajo, Mizzi y
yo, aún no me habían asignado al maestro, y sólo conservábamos copias de los
asuntos más importantes. En suma, sólo pudimos responder de forma vaga que no
sabíamos nada de esa contratación y que no necesitábamos a ningún agrimensor.
—Pero
—se interrumpió a sí mismo el alcalde como si hubiese llegado demasiado lejos
en su celo narrativo o como si al menos existiese esa posibilidad de haber
llegado demasiado lejos— ¿no le aburre la historia?
—No,
nada de eso —dijo K—, me divierte.
A
eso contestó el alcalde:
—No
se la cuento para su diversión.
—Sólo
me divierte —dijo K— porque me deja entrever la ridícula confusión que, bajo
determinadas circunstancias, puede decidir sobre la existencia de un hombre.
—Aún
no ha podido entrever nada—dijo el alcalde con seriedad—, y puedo seguir
contándole la historia. Con nuestra respuesta, evidentemente, un Sordini no
podía quedar satisfecho. Admiro a ese hombre, aunque para mí resulta un
tormento. No se fía de nadie; aun cuando, por ejemplo, ha conocido a alguien en
innumerables ocasiones como el hombre más digno de confianza, siempre desconfía
de él en la siguiente ocasión y, además, como si no lo conociese de nada o,
mejor, como si le conociera como un granuja. Considero que su forma de
actuación es correcta: un funcionario debe proceder así, por desgracia no puedo
seguir ese principio debido a mi carácter. Ya ve como le muestro todo
abiertamente, a un extraño; no puedo actuar de otro modo. Sordini, sin embargo,
consideró inmediatamente con desconfianza nuestra respuesta. Entonces se
desarrolló una numerosa correspondencia. Sordini preguntó por qué se me había
ocurrido de repente que no había que contratar a ningún agrimensor. Yo respondí
con ayuda de la excelente memoria de Mizzi que la iniciativa había partido de
la administración (ya hacía mucho tiempo que nos habíamos olvidado de que se
trataba de otro departamento); Sordini, por el contrario: ¿por qué menciona
ahora este escrito oficial?; yo otra vez: porque me acabo de acordar de él;
Sordini: eso es muy extraño; yo: eso no es extraño en un asunto que se arrastra
ya desde hace tanto tiempo; Sordini: sí que es extraño, pues el escrito del que
yo me había acordado, no existe; yo: naturalmente que no existe, porque se ha
perdido el expediente; Sordini: pero debe de haber una nota respecto a ese
primer escrito. Yo: pues no la hay. Aquí me detuve, pues no osé afirmar ni
creer que en el departamento de Sordini se había deslizado un error. Quizá
usted, señor agrimensor, reproche en su mente a Sordini que la consideración a
mi afirmación al menos tendría que haberle impulsado a investigar el asunto en
otros departamentos. Pero precisamente eso no hubiese sido correcto; no quiero
que en sus pensamientos quede una mácula sobre ese hombre; es un principio
laboral fundamental de la administración que no se cuente con la posibilidad de
errores. Ese principio está autorizado por la exquisita organización del Todo y
es necesario cuando se quiere alcanzar una gran velocidad en la conclusión de
los asuntos. Así pues, Sordini no pudo investigar en otros departamentos;
además, esos departamentos no le habrían respondido, pues habrían advertido en
seguida que se trataba de la investigación de un posible error.
—Permítame,
señor alcalde, que le interrumpa con una pregunta —dijo K—, ¿no mencionó antes
un organismo de control? El funcionamiento de la administración es tal, según
lo que me cuenta, que me produce vértigo la sola idea de que ese control no se
llegase a aplicar.
—Usted
es muy severo —dijo el alcalde—, pero multiplique su severidad por mil y
seguirá siendo una minucia comparada con la severidad que aplica la
administración contra sí misma. Sólo un completo forastero como usted puede
plantear esa pregunta. ¿Que si hay organismos de control? Sólo hay organismos
de control. Cierto, no tienen como misión descubrir errores en el sentido
grosero del término, pues en realidad no se producen errores y en el caso de
que se produzca uno, como el suyo, ¿quién puede afirmar definitivamente que se
trata de un error?
—¡Eso
sería algo completamente nuevo! —exclamó K.
—Para
mí es algo muy viejo —dijo el alcalde—. No estoy convencido de una manera muy
diferente a la suya de que se ha producido un error; Sordini, a causa de la
desesperación que le ha causado, ha enfermado gravemente, y los primeros
organismos de control, a quienes debemos el descubrimiento del origen del
error, también lo reconocen. Pero ¿quién puede afirmar que los segundos órganos
de control juzgarán de la misma manera, y también los terceros y los restantes?
—Puede
ser —dijo K—, prefiero no injerirme en esas especulaciones; también es la
primera vez que oigo de esos órganos de control y, naturalmente, no los puedo
comprender. No obstante, creo que aquí hay que distinguir dos cosas, la primera
es lo que ocurre en el seno de la administración y lo que se puede entender de
una manera u otra como oficial, y, en segundo lugar, mi persona real, yo mismo,
que permanezco fuera del ámbito administrativo y a quien amenaza un perjuicio
tan absurdo por parte de la administración que aún no puedo creer en la
seriedad del peligro. Para lo primero probablemente posea validez, señor
alcalde, lo que ha contado con tan extraordinario y asombroso conocimiento de
causa, pero quisiera oír aunque sólo sea una palabra acerca de mi persona.
—Ahora
voy a eso —dijo el alcalde—, pero no podría haberlo comprendido si no hubiera
dicho lo anterior. Al mencionar los órganos de control me he anticipado. Así
que regreso a las divergencias con Sordini. Como le he mencionado, mi defensa
fue cediendo lentamente. Pero cuando Sordini tiene en la mano cualquier
ventaja, por mínima que sea, ya ha vencido, pues entonces se intensifican su
atención, su energía y su presencia de ánimo, siendo una visión horrible para
el atacado y espléndida para el enemigo del atacado. Porque he experimentado
esto último, puedo contárselo, como así hago. Por lo demás, aún no he logrado
verle, él no puede bajar, tiene demasiado trabajo, me han descrito su despacho
como una habitación consistente en paredes cubiertas con columnas de expedientes,
y ésos son sólo los expedientes en los que está trabajando en ese momento, y
como los expedientes se están sacando y metiendo continuamente, ocurriendo todo
con gran prisa, las columnas se derrumban y precisamente el ruido y los
crujidos que producen se han convertido en el distintivo del despacho de
Sordini. Así es, Sordini es un trabajador y dedica al caso más pequeño el mismo
cuidado que al más grande.
—Usted
siempre denomina, señor alcalde, mi caso como uno de los más pequeños y, sin
embargo, ha ocupado ya a muchos funcionarios; si al principio quizá era muy
pequeño, se ha convertido por el celo de funcionarios como Sordini en un caso
grande. Por desgracia, y en contra de mi voluntad, puesto que mi celo no me
lleva a originar columnas de expedientes referentes a mí y a hacer que se
derrumben, sino a trabajar tranquilamente en mi humilde mesa de diseño como un
humilde agrimensor.
—No
—dijo el alcalde—, no es ningún caso grande, en este sentido no tienen ningún
motivo para quejarse, es uno de los casos más pequeños entre los pequeños. El
volumen de trabajo no determina el rango del caso; sigue estando muy lejos de
comprender a la administración, si es eso lo que cree. Pero incluso si
dependiese del volumen de trabajo, su caso sería uno de los más insignificantes;
los casos normales, es decir, aquellos en los que no se producen los supuestos
errores, dan mucho más trabajo y, por añadidura, más productivo. Por lo demás,
usted no sabe nada del trabajo que causó su caso, de eso quiero hablarle ahora.
Al principio Sordini me dejó de lado, pero sus funcionarios vinieron, se
produjeron diariamente interrogatorios de miembros respetados de la comunidad
en la posada de los señores, de todos esos interrogatorios se levantó acta. La
mayoría me apoyó, sólo unos pocos se quedaron extrañados, la cuestión de la
agrimensura afecta a los campesinos, sospechaban algún acuerdo secreto, alguna
injusticia, además encontraron un líder, y Sordini debió de llegar a la
conclusión de que si sometía la cuestión al consejo municipal no todos se
habrían mostrado contrarios a la contratación de un agrimensor. Así, algo
evidente, esto es, que no necesitábamos a ningún agrimensor, se convirtió al
menos en algo cuestionable. En especial destacó al respecto un tal Brunswick,
usted no le conoce, quizá no sea un mal tipo, pero sí tonto y fantasioso, es un
cuñado de Lasemann.
—¿Del
maestro curtidor? —preguntó K, y describió al hombre con barba que había visto
en la casa de Lasemann.
—Sí,
es él —dijo el alcalde.
—También
conozco a su esposa —dijo K un poco a la buena de Dios.
—Es
posible —dijo el alcalde, y enmudeció.
—Es
hermosa —dijo K—, pero un poco pálida y enfermiza. Parece que procede del
castillo —esto último lo pronunció en un tono casi interrogativo.
El
alcalde miró la hora, puso algo de medicina en una cuchara y la tragó con
premura.
—Del
castillo usted sólo conoce la zona administrativa, ¿verdad? —preguntó K con
rudeza.
—Sí
—dijo el alcalde con una sonrisa irónica y, sin embargo, agradecida—, es la más
importante. Y en lo que concierne a Brunswick: si pudiéramos excluirlo de la
comunidad, casi todos seríamos felices y Lasemann no menos que los demás. Pero
en aquella época Lasemann ganó algo de influencia; desde luego no es un orador,
pero sí un gritón y eso les basta a algunos. Y así ocurrió que me vi obligado a
presentar el caso ante el consejo municipal, por lo demás el único éxito de
Brunswick, pues, naturalmente, el consejo municipal, en su gran mayoría, no
quería saber nada de un agrimensor. También esto ocurrió hace mucho tiempo, pero
el asunto nunca ha llegado a tranquilizarse del todo, en parte por la
escrupulosidad de Sordini, quien intentó averiguar los motivos tanto de la
mayoría como de la oposición mediante las comprobaciones más cuidadosas, en
parte por la necedad y el celo de Brunswick, que mantiene diversas relaciones
personales con la administración y que ponía en movimiento con nuevas
invenciones de su fantasía. Sordini, sin embargo, no se dejó embaucar —¿cómo
podría embaucar Brunswick a Sordini?—, pero, incluso para no dejarse embaucar,
era necesario iniciar nuevas averiguaciones y antes de que se hubiesen
concluido, a Brunswick ya se le había ocurrido algo nuevo, pues es muy
dinámico, eso forma parte de su necedad. Y ahora llego a una característica
especial de nuestro aparato administrativo. Debido a su precisión también es
extremadamente sensible. Cuando se ha ponderado un asunto durante mucho tiempo,
puede ocurrir, sin que las consideraciones se hayan terminado, que surja
repentinamente, como un rayo, una decisión del caso en un lugar impredecible e
ilocalizable, una decisión que termina con él de manera arbitraria aunque, la
mayoría de las veces, de forma correcta. Es como si el aparato administrativo
no hubiese podido soportar más la tensión causada por la irritación de tantos
años debido a la misma insignificante cuestión, y hubiese tomado por sí misma
la decisión, sin la colaboración de los funcionarios. Naturalmente, no se ha
producido ningún milagro y con toda certeza ha sido algún funcionario quien ha
escrito la conclusión o tomado una decisión ágrafa, pero en todo caso, al menos
por nuestra parte o por la de la administración, no se puede afirmar qué
funcionario ha decidido en esa ocasión y por qué motivos. Son los órganos de
control los que pueden constatarlo mucho después, aunque nosotros ya no lo
sabremos nunca, además tampoco se interesaría nadie más por eso. Como he dicho,
sin embargo, esas decisiones son la mayoría de las veces excelentes, sólo
molesta de ellas que, como acostumbra a ocurrir, de esas decisiones sólo se
sabe mucho después y, por lo tanto, mientras, se sigue discutiendo
apasionadamente sobre el asunto ya decidido hace tiempo. No sé si en su caso se
produjo una decisión semejante —hay circunstancias que hablan a favor y otras
en contra—, pero si hubiera ocurrido, entonces le habrían enviado a usted el
contrato y habría realizado el largo viaje hasta aquí; mientras, habría
transcurrido mucho tiempo y Sordini habría seguido trabajando en el mismo
asunto hasta la extenuación, Brunswick habría seguido intrigando y yo habría
sido atormentado por los dos. Me limito a indicar esa posibilidad, con certeza
sólo sé lo siguiente: un organismo de control descubrió entretanto que del
departamento A salió hace muchos años una interpelación a la comunidad
referente a un agrimensor sin que hasta ese momento hubiese llegado una
respuesta. Me volvieron a preguntar y se volvió a aclarar toda la cuestión, el
departamento A se quedó satisfecho con la respuesta de que no se necesitaba
ningún agrimensor, y Sordini tuvo que reconocer que ese caso no había entrado
en su ámbito de competencias y que, ciertamente sin culpa, había realizado un
trabajo inútil y agotador. Si no se hubiera vuelto a acumular tanto trabajo de
todas partes, como siempre, y si su caso no hubiese sido uno muy pequeño —casi
se puede decir el más pequeño entre los pequeños—, todos habríamos podido
respirar, creo que incluso Sordini, sólo Brunswick se mostró rencoroso, pero
era algo ridículo. Y ahora imagínese, señor agrimensor, mi decepción, cuando,
después de la conclusión feliz de todo el asunto —y también ha pasado mucho
tiempo de eso—, usted aparece repentinamente y parece como si todo el caso
tuviese que comenzar de nuevo. Comprenderá muy bien que estoy firmemente
decidido, en lo que a mí concierne, a no permitirlo.
—Claro
—dijo K—, pero aún comprendo mejor que aquí se ha cometido un terrible abuso
conmigo y quizá, incluso, con las leyes. Sabré defenderme, por mi parte, contra
todo esto.
—¿Qué
pretende hacer? —preguntó el alcalde.
—Eso
no se lo puedo decir—dijo K.
—No
quiero meterme donde no me llaman —dijo el alcalde—, pero quiero recordarle que
usted, en mí, tiene, no quiero decir un amigo, pues somos completamente
extraños, pero sí, en cierto modo, un compañero de negocios. Lo único que no
concedo es que se le haya contratado como agrimensor, pero por lo demás siempre
se puede dirigir a mí con confianza, aunque, ciertamente, dentro de los límites
de mi poder, que no es muy grande.
—Usted
repite una y otra vez —dijo K— que debo ser contratado como agrimensor, pero ya
he sido contratado, aquí tiene la carta de Klamm.
—La
carta de Klamm —dijo el alcalde— es valiosa y honrosa con la firma de Klamm,
que parece verdadera, pero..., no, aquí no me atrevo a decir nada. ¡Mizzi!
—exclamó entonces—. ¿Qué estáis haciendo?
Era
evidente que ni los ayudantes, a quienes habían dejado de observar hacía
tiempo, ni Mizzi, habían encontrado el expediente, pero luego lo habían querido
guardar todo en el armario y no les había sido posible debido al gran desorden
causado. Entonces a los ayudantes se les había ocurrido algo y era lo que
estaban ejecutando. Habían volcado el armario en el suelo, lo habían llenado de
expedientes, se habían sentado luego con Mizzi sobre la puerta del armario e
intentaban ahora presionarla para que se cerrase.
—Así
que no han encontrado el expediente —dijo el alcalde—, es una lástima, pero ya
conoce la historia, en realidad ya no necesitamos el expediente, aunque
tendremos que encontrarlo, probablemente se halle en casa del maestro, en la
que aún se encuentran muchos expedientes. Pero ven con la vela, Mizzi, y léeme
esta carta.
Mizzi
se acercó y pareció aún más gris e insignificante que cuando estaba sentada al
borde de la cama y se apretaba contra el voluminoso hombre que la tenía rodeada
con el brazo. Su pequeño rostro llamó la atención ahora a la luz de la vela,
con sus arrugas severas sólo suavizadas por el decaimiento causado por la edad.
No hizo nada más que mirar la carta y dobló las manos.
—De
Klamm —dijo.
Luego
leyeron conjuntamente la carta, murmuraron un poco entre ellos y, finalmente,
mientras los ayudantes gritaban hurras por haber logrado cerrar el armario y
Mizzi los miraba agradecida, el alcalde dijo:
—Mizzi
comparte mi opinión y ahora lo puedo decir. Esta carta no es ningún escrito
oficial, se trata de una carta privada. Eso se puede reconocer claramente en el
encabezamiento «Muy Sr. Mío». Además, en ella no se dice una palabra de que
usted haya sido contratado como agrimensor, en realidad sólo se habla en
general de servicios señoriales y ni siquiera eso se ha expresado de modo
vinculante, sino que se dice que usted ha sido contratado «como usted sabe»,
esto es, la carga de la prueba de que ha sido contratado recae sobre usted. Al
final, por lo demás, se le remite en asuntos oficiales exclusivamente a mí,
como su superior más próximo, quien le comunicará los detalles, como en gran
parte ha ocurrido ya. Para alguien que sepa leer los escritos oficiales y que,
en consecuencia, lee mejor las cartas no oficiales, todo esto queda muy claro.
Que usted, un forastero, no lo pueda percibir, no me extraña. En general, la
carta significa otra cosa: que Klamm se propone ocuparse personalmente de usted
para el caso en que se le contrate para servicios señoriales.
—Señor
alcalde —dijo K—, interpreta tan bien la carta que al final no queda otra cosa
más que un papel en blanco con una firma. ¿Acaso no nota que así denigra el
nombre de Klamm al que pretende respetar?
—Eso
es un malentendido —dijo el alcalde—, no desconozco la importancia de la carta,
ni tampoco la denigro con mi interpretación, todo lo contrario. Una carta
privada de Klamm tiene, naturalmente, mucha más importancia que un escrito
oficial, pero precisamente no tiene la importancia que usted le otorga.
—¿Conoce
a Schwarzer? —preguntó K.
—No
—dijo el alcalde—. ¿Lo conoces tú, Mizzi? Tampoco. No, no le conocemos.
—Eso
es extraño —dijo K—, es el hijo de un subalcaide.
—Querido
señor agrimensor —dijo el alcalde—, ¿cómo podría conocer a todos los hijos de
los subalcaides?
—Bien
—dijo K—, entonces tendrá que creerme que lo es. Con ese Schwarzer tuve el día
de mi llegada una disputa enojosa. Él mismo se puso en contacto telefónico con
un subalcaide apellidado Fritz y recibió la información de que yo había sido
contratado como agrimensor. ¿Cómo se explica eso, señor alcalde?
—Muy
fácil —dijo el alcalde—, en realidad aún no ha entrado en contacto con nuestra
administración. Todos sus contactos hasta ahora han sido aparentes. Usted, sin
embargo, como consecuencia de su ignorancia de las circunstancias, los tuvo por
reales. Y en lo que respecta al teléfono, mire, en mi casa, y yo verdaderamente
tengo suficientes contactos con la administración, no hay ningún teléfono. En
posadas, etc., es posible que pueda prestar buenos servicios, como un
tocadiscos, pero nada más. Ha telefoneado aquí alguna vez, ¿verdad? Entonces es
posible que me comprenda. En el castillo el teléfono funciona perfectamente, me
han contado que allí se telefonea ininterrumpidamente, lo que, es natural,
acelera mucho el trabajo. Ese ininterrumpido telefonear es oído en nuestros
teléfonos como un rumor o un canto, seguro que usted también lo ha oído. Sin
embargo, ese rumor y esos cantos son lo único correcto y digno de confianza que
nos transmiten los teléfonos del pueblo, todo lo demás es engañoso. No hay
ninguna conexión telefónica específica con el castillo, ninguna centralita que
comunique nuestra llamada; si se llama desde aquí al castillo, allí suena en
todos los aparatos de los departamentos más inferiores o, mejor, sonaría en
todos, como sé con certeza, si los teléfonos no estuvieran desconectados en
casi todos ellos. De vez en cuando, sin embargo, hay algún funcionario que
siente la necesidad de distraerse un poco —especialmente por la tarde o por la
noche—, entonces conecta los teléfonos y nosotros recibimos alguna respuesta,
aunque una respuesta que no es más que una broma. Por lo demás, es muy
comprensible. ¿Quién puede creerse legitimado para alborotar a causa de sus
pequeños problemas personales en medio de los trabajos más importantes de los
que se ocupan a una velocidad vertiginosa? Tampoco comprendo cómo un forastero
puede creer que si él, por ejemplo, llama por teléfono a Sordini, el que
contesta es Sordini. Más bien se tratará probablemente de un insignificante
secretario de otro departamento. Por el contrario, en alguna hora especial,
puede ocurrir que, si se llama al insignificante secretario, sea Sordini quien
responda. Entonces, ciertamente, será mucho mejor salir corriendo y dejar el
teléfono antes de oír la primera sílaba.
—No
lo había considerado así —dijo K—, no podía conocer esas particularidades,
tampoco tenía mucha confianza en esas conversaciones telefónicas y siempre fui
consciente de que sólo tiene una importancia real lo que se conoce o se alcanza
en el mismo castillo.
—No
—dijo el alcalde, acentuando la negación—, esas respuestas telefónicas poseen
una importancia real, ¿cómo podría ser de otro modo? ¿Cómo es posible que una
información dada por un funcionario del castillo carezca de importancia? Ya se
lo dije con ocasión de la carta de Klamm. Todas esas manifestaciones carecen de
importancia oficial; si les atribuye una importancia oficial, se equivoca; sin
embargo, su importancia privada, en un sentido amistoso u hostil, es muy
grande, la mayoría de las veces más grande de lo que podría llegar a ser nunca
una importancia oficial .
—Bien
—dijo K—, aceptando que todo sea como usted lo ha expuesto, entonces yo tendría
una buena cantidad de amigos en el castillo; bien considerado, ya antaño, hace
muchos años, la ocurrencia de aquel departamento de hacer venir a un agrimensor
fue un acto de amistad respecto a mi persona, y en el periodo que siguió se
fueron encadenando esos actos hasta que, con un mal final, me atrajeron hasta
aquí y ahora me amenazan con expulsarme.
—Hay
algo de verdad en su forma de ver las cosas —dijo el alcalde—, tiene razón en
que no se pueden tomar literalmente las declaraciones del castillo. Pero
siempre es necesaria la precaución, y no sólo aquí, será más necesaria cuanto
más importante sea la declaración de que se trata. En lo que se refiere a lo
que ha dicho de haber sido atraído, me resulta incomprensible. Si hubiera
seguido mejor mis informaciones, debería saber que la cuestión de su
contratación aquí es demasiado difícil como para poder responderla a lo largo
de una pequeña conversación.
—Así
que como resultado —dijo K— sólo queda que todo es muy confuso e insoluble,
salvo mi expulsión.
—¿Quién
osaría expulsarle, señor agrimensor? —dijo el alcalde—. La misma opacidad de
las cuestiones que le incumben le garantizan el tratamiento más cortés, sólo
que, según parece, usted es muy sensible. Nadie le retiene aquí, pero eso aún
no es una expulsión.
—Oh,
señor alcalde —dijo K—, ahora es usted otra vez el que ve algo con demasiada
claridad. Le enumeraré algunas cosas que me retienen aquí: los sacrificios que
hice para salir de mi casa; el largo y penoso viaje; las esperanzas fundadas
que me hice a causa de la contratación; mi completa falta de capital; la
imposibilidad de encontrar un trabajo en casa y, finalmente, y no la menor, mi
novia, que es de aquí.
—¡Ah,
Frieda! —dijo el alcalde sin sorpresa alguna—. Ya sé. Pero Frieda le seguiría a
cualquier parte. En lo que respecta al resto, aquí son necesarias algunas
consideraciones e informaré sobre ello en el castillo. Si se emitiese una
decisión o fuese necesario otro interrogatorio, iré a recogerle. ¿Está de
acuerdo?
—No,
en absoluto —dijo K—, no quiero ningún regalo compasivo del castillo, sino mi
derecho.
—Mizzi
—dijo el alcalde a su esposa, que aún permanecía sentada en la cama y apretada
contra él y que jugueteaba soñadora con la carta, de la que había hecho un
barquito. K se la quitó asustado—. Mizzi, la pierna comienza de nuevo a dolerme
mucho, tendremos que renovar la compresa.
K
se irguió.
—Entonces
ha llegado el momento de despedirme —dijo.
—Sí
—dijo Mizzi, quien había comenzado a aplicar una pomada—, la corriente de aire
es muy fuerte.
K
se volvió, los ayudantes, en su celo servicial e improcedente, habían abierto
las puertas de par en par en cuanto K había hecho la indicación de retirarse. K
sólo pudo inclinarse ligeramente ante el alcalde para preservar la habitación
del enfermo del intenso frío que penetraba. Luego salió de la habitación,
llevándose detrás a los ayudantes, y cerró rápidamente la puerta.
6
SEGUNDA
CONVERSACIÓN CON LA POSADERA
El
posadero le esperaba ante la posada. Sin ser preguntado no habría osado hablar,
por eso fue K quien le preguntó qué quería.
—¿Tienes
ya una nueva vivienda? —preguntó el posadero, mirando al suelo.
—¿Preguntas
por encargo de tu esposa? —dijo K—. Dependes mucho de ella, ¿no?
—No
—dijo el posadero—, no pregunto por encargo de ella. Pero está muy excitada y
se siente muy desgraciada por tu culpa, no puede trabajar, tampoco sale de la
cama y no cesa de suspirar y de quejarse.
—¿Crees
que debo visitarla? —preguntó K.
—Te
lo pido —dijo el posadero—, quería recogerte en casa del alcalde, oí allí a
través de la puerta, pero estabais en plena conversación, no quería molestar,
además me preocupaba mi esposa, así que regresé corriendo, pero ella no me dejó
entrar en la habitación, por lo que no me quedó otro remedio que esperarte.
—Entonces
vamos deprisa—dijo K—, la tranquilizaré pronto.
—Ojalá
sea posible —dijo el posadero.
Atravesaron
la luminosa cocina, donde trabajaban tres o cuatro criadas, separadas las unas
de las otras, en ocupaciones casuales, y que se quedaron estáticas al ver a K.
Ya en la cocina se podían oír los suspiros de la posadera. Se encontraba en una
pequeña dependencia sin ventanas, separada de la cocina sólo por un tabique de
madera. Había únicamente espacio para una gran cama de matrimonio y un armario.
La cama estaba situada de tal modo que desde ella se podía ver toda la cocina y
se podía vigilar todo el trabajo que se realizaba en ella. Por el contrario,
desde la cocina apenas se podía ver algo de esa dependencia: en su interior
reinaba una gran oscuridad, sólo el cobertor rojo brillaba un poco. Cuando ya
se había entrado y la vista se había acostumbrado a la oscuridad, se podían
distinguir algunos detalles.
—Por
fin viene usted —dijo la posadera con voz débil. Yacía sobre la espalda con los
miembros extendidos, era evidente que la respiración le causaba molestias, pues
había arrojado el edredón. En la cama presentaba un aspecto más juvenil que
vestida, pero el gorro de dormir de fino encaje que llevaba, a pesar de que era
muy pequeño y no se ajustaba debido a su peinado, despertaba la compasión al
destacar el decaimiento de su rostro.
—¿Cómo
iba a venir? —dijo K con suavidad—.
No
me ha llamado. —No tendría que haberme dejado esperar tanto —dijo la posadera
con la obstinación del enfermo—. Siéntese —dijo, y señaló el borde de la cama—.
Los demás podéis iros.
Junto
a los ayudantes también habían entrado las criadas.
—¿También
yo debo irme, Gardena? dijo el posadero.
K
era la primera vez que oía el nombre de la esposa.
—Naturalmente
—dijo ella con lentitud, y como si estuviese entre tenida con otros
pensamientos, añadió—: ¿Por qué ibas a quedarte precisamente tú?
Pero
cuando todos se habían retirado a la cocina, incluidos los ayudantes, que esta
vez obedecieron en seguida, quizá porque les interesaba una de las criadas,
Gardena demostró estar lo suficientemente atenta como para comprobar que desde
la cocina se podía oír todo lo que allí se hablara, pues esa estancia carecía
de puerta, así que ordenó que todos desalojasen la cocina. Esto ocurrió en
seguida.
—Por
favor, señor agrimensor—dijo entonces Gardena—, en la parte delantera del
armario cuelga un chal, alcáncemelo. Quiero taparme con él, no soporto el edredón,
tengo dificultades para respirar.
Y
cuando K le hubo entregado el chal, ella dijo:
—Ve
usted, éste es un bonito chal, ¿verdad?
A
K le pareció un chal de lana común y corriente, lo palpó una vez más por
cortesía, pero no dijo nada.
—Sí,
es un bonito chal —dijo Gardena, y se tapó con él. Ahora yacía pacíficamente,
todas las penas parecían haberla abandonado, incluso recordó su cabello
alborotado por su posición en la cama, así que se sentó un rato y arregló su
peinado alrededor del gorro de dormir. Tenía un cabello abundante.
K
se tornó impaciente y dijo:
—Encargó
que me preguntasen, señora posadera, si ya había encontrado otro alojamiento.
—¿Encargué
que le preguntasen? —dijo la posadera—. No, eso es un error.
—Su
esposo me acaba de hacer esa pregunta.
—No
me sorprende —dijo la posadera—, estoy reñida con él. Cuando yo no quería
tenerle aquí, dejó que se quedara, ahora que estoy feliz de que viva aquí,
continúa su juego. Siempre hace cosas parecidas.
—Entonces
—dijo K—, ¿ha cambiado tanto su opinión sobre mí? ¿En tan sólo una o dos horas?
—No
he cambiado mi opinión —dijo débilmente la posadera—. Deme su mano, así. Y
ahora prométame que será completamente sincero, yo también quiero serlo con
usted.
—Bien
—dijo K—, pero ¿quién va a comenzar?
—Yo
—dijo la posadera; no daba la sensación de que con eso hubiese querido hacer
una concesión a K, sino que parecía ansiosa por ser la primera en hablar.
Sacó
una fotografía de debajo del colchón y se la dio a K.
—Fíjese
en esa foto —le pidió.
Para
verla mejor, K se adentró un poco en la cocina pero ni siquiera allí era fácil
reconocer algo en la fotografía, pues, debido a su antigüedad, los tonos habían
palidecido y presentaba numerosas arrugas y manchas.
—No
está en muy buenas condiciones —dijo K.
—Por
desgracia, no —dijo la posadera—, cuando se llevan siempre encima durante años,
les ocurre eso. Pero si se fija bien, lo podrá reconocer todo, seguro. Por lo
demás, yo misma puedo ayudarle, dígame lo que ve, me alegra mucho oír algo de
la fotografía. ¿Qué ve?
—A
un hombre joven —dijo K.
—Correcto
—dijo la posadera—. Y ¿qué hace?
—Parece
descansar sobre una tabla, se estira y bosteza.
La
posadera se rió.
—No,
eso es completamente falso —dijo ella.
—Pero
si aquí se ve la tabla y a él encima—insistió K.
—Fíjese
mejor—dijo la posadera enojada—, ¿se le ve realmente tendido?
—No
—dijo entonces K—, no está tendido, flota, y ahora lo veo, no es ninguna tabla,
sino probablemente un cordón y el joven da un salto.
—Así
es —dijo la posadera alegrándose—, salta, así se ejercitan los mensajeros
oficiales, ya sabía que lo reconocería. ¿Puede ver también su rostro?
—Del
rostro veo muy poco —dijo K—, parece esforzarse mucho, la boca está abierta,
los ojos entornados y el pelo ondea.
—Muy
bien —dijo la posadera con un tono elogioso—, nadie que no le haya visto antes
puede apreciar más. Pero era un joven hermoso, sólo lo vi fugazmente una vez y
nunca le olvidaré.
—¿Quién
era? —preguntó K.
—Era
el mensajero —dijo la posadera—, a través del cual Klamm me llamó por primera
vez.
—K
no pudo oír muy bien, fue distraído por el ruido de un cristal. Encontró en
seguida el origen de la perturbación. Los ayudantes permanecían en el patio
exterior, saltando alternativamente sobre un pie y sobre el otro en la nieve.
Simularon que se alegraban de ver a K, de la alegría le señalaron y
repiquetearon con los dedos en la ventana de la cocina. Ante un gesto
amenazador de K dejaron inmediatamente de hacerlo, intentaron apartarse
mutuamente de allí, pero uno desplazaba al otro y al poco tiempo volvieron a
estar los dos en el mismo sitio. K se apresuró a llegar al dormitorio, donde
los ayudantes no podían verle desde el exterior y él también podía dejar de
verlos. Pero el ruido suave y suplicante en la ventana aún le persiguió durante
un buen rato.
—Otra
vez los ayudantes —dijo a la posadera como disculpa, y señaló hacia afuera.
Ella, sin embargo, no le prestó atención, le había quitado la foto, la había
visto, alisado y vuelto a guardar debajo del colchón. Sus movimientos se habían
tornado más lentos, pero no por cansancio, sino bajo la carga del recuerdo.
Había querido contarle la historia a K, pero ésta le había hecho olvidar a K.
Jugaba con el borde del chal. Sólo transcurrido un rato miró hacia arriba, se
pasó la mano sobre los ojos y dijo:
—También
este chal es de Klamm, y el gorro de dormir. La fotografía, el chal y el gorro:
ésos son los tres recuerdos que me quedan de él. No soy joven como Frieda, ni
tan ambiciosa, ni tampoco tan delicada, ella es muy delicada; en suma, sé
resignarme con la vida que me ha tocado, pero tengo que reconocer que sin estas
tres cosas no habría soportado tanto tiempo aquí, sí, probablemente no habría
soportado ni un día. Estos tres recuerdos quizá le parezcan pobres, pero ya ve,
Frieda, que ya lleva tratando con Klamm tanto tiempo, no posee ningún recuerdo,
se lo he preguntado, ella es demasiado entusiasta y también demasiado difícil
de contentar, yo, por el contrario, que sólo estuve tres veces con Klamm
—después no me volvió a llamar, no sé por qué—, presintiendo la brevedad de mi
trato con él, me traje estos recuerdos. Cierto, hay que ocuparse personalmente
de ello, Klamm, por sí mismo, no da nada, pero cuando se ve algo adecuado, se
puede pedir.
K
se sentía incómodo con esas historias, por más que le afectaran.
—¿Cuánto
tiempo ha pasado de todo eso? —preguntó suspirando.
—Más
de veinte años —dijo la posadera—, mucho más de veinte años.
—Así
que tanto tiempo se mantiene fidelidad a Klamm —dijo K—. ¿Es consciente, señora
posadera, de que con esas confesiones me causa hondas preocupaciones cuando
pienso en mi futuro matrimonio?
La
posadera encontró una impertinencia que K se inmiscuyera en sus asuntos y le
miró sesgada e iracunda.
—No
se enoje, señora posadera —dijo K—, no digo una palabra contra Klamm, pero por
el poder de los acontecimientos mantengo ciertas relaciones con Klamm, eso no
lo puede negar ni el más grande admirador de Klamm. En consecuencia, cuando se
le nombra siempre pienso en mí, es algo que no puedo evitar. Por lo demás,
señora posadera —aquí K tomó su mano vacilante—, recuerde lo mal que terminó
nuestra última conversación y que ahora queremos separarnos en paz.
—Tiene
razón —dijo la posadera, e inclinó la cabeza—, pero respéteme. No soy más
sensible que otros, todo lo contrario, todos tienen zonas sensibles, yo sólo
tengo ésta.
—Por
desgracia, también es la mía —dijo K—, pero podré dominarme. Ahora acláreme,
señora posadera, cómo puedo soportar en el matrimonio esa horrible fidelidad a
Klamm, presuponiendo que Frieda también la comparta.
—¿Horrible
fidelidad? —repitió la posadera enojada—. ¿Se trata de fidelidad? Yo soy fiel a
mi esposo, ¿pero a Klamm? Klamm me hizo una vez su amante, ¿puedo perder alguna
vez ese rango? ¿Y que cómo lo puede soportar con Frieda? Ay, señor agrimensor,
¿quién es usted para atreverse a realizar semejante pregunta?
—¡Señora
posadera! —dijo K con tono admonitorio.
—Ya
sé —dijo la posadera aplacándose—, pero mi esposo no ha planteado esas
preguntas. No sé a quién se puede llamar más desgraciada, si a mí en aquel
tiempo o a Frieda ahora. Frieda, que abandona a Klamm por petulancia o yo, a
quien no volvió a llamar. Quizá sea Frieda, aunque no parezca saberlo aún en
toda su trascendencia. Pero en aquellos tiempos mi desgracia dominaba
exclusivamente mis pensamientos, pues una y otra vez tenía que preguntarme y
hoy tampoco dejo de preguntarme: ¿por qué ocurrió? ¡Tres veces te llamó Klamm,
pero no hubo nunca una cuarta vez! ¿Qué es lo que me ocupaba más entonces? ¿De
qué otra cosa iba a hablar con mi esposo, con el que me casé poco después?
Durante el día no teníamos tiempo, habíamos adquirido esta posada en un estado
lamentable y teníamos que intentar levantarla. ¿Y en la noche? Durante muchos
años nuestros pensamientos nocturnos giraban en torno a Klamm y a los motivos
de su cambio de opinión. Y cuando mi esposo se quedaba dormido en esas
conversaciones, le despertaba y seguíamos hablando.
—Ahora,
si me lo permite —dijo K—, le plantearé una pregunta algo brusca.
La
posadera permaneció en silencio.
—Así
que no puedo preguntar —dijo K—, también eso me basta.
—Cierto
—dijo la posadera—, también eso le basta, especialmente eso. Usted lo
interpreta todo mal, también el silencio. Pero no puede hacer otra cosa. Le
permito que pregunte.
—Si
todo lo interpreto mal —dijo K—, quizá también interprete mal mi pregunta,
quizá no sea tan brusca. Sólo quería saber cómo conoció a su esposo y cómo
llegó esta posada a su posesión.
La
posadera arrugó la frente, pero dijo con indiferencia:
—Esa
es una historia muy simple. Mi padre era herrero y Hans, mi actual esposo, que
era mozo de caballerías de un terrateniente, venía con frecuencia a ver a mi
padre. Fue después de mi último encuentro con Klamm, yo era muy desgraciada y
en realidad no debería haberlo sido, pues todo se había producido con
corrección y que no pudiese volver a ver a Klamm, era la decisión de Klamm, es
decir, era correcta, sólo los motivos seguían siendo oscuros; podría haberlos
investigado, pero no debería haber sido desgraciada; sin embargo lo era y no
podía trabajar, pasaba el día sentada en nuestro jardín. Allí me vio Hans, se
sentó a mi lado, no me quejé, pero él sabía de qué se trataba, y como es un
buen chico se puso a llorar conmigo. Y cuando el posadero de entonces, a quien
se le había muerto la esposa, renunciando al negocio, pues ya era un hombre viejo,
pasó un día por delante de nuestro jardín y nos vio allí sentados, se detuvo y
nos ofreció sin dudarlo el arrendamiento de la posada. Como nos tenía
confianza, no quiso recibir ningún anticipo y fijó un arrendamiento muy barato.
No quería representar una carga para mi padre, todo lo demás me resultaba
indiferente y así, pensando en la posada y en el trabajo que quizá podría
procurarme algo de olvido, le di mi mano a Hans. Ésa es la historia.
Durante
un momento reinó el silencio, luego dijo K:
—La
manera de actuar del posadero fue espléndida pero imprudente, ¿o tenía algún
motivo para tener confianza en los dos?
—Conocía
muy bien a Hans —dijo la posadera—, era su tío.
—Entonces
resulta evidente —dijo K— que la familia de Hans tenía interés en establecer vínculos
con usted.
—Tal
vez —dijo la posadera—, no lo sé, no me preocupó.
—Pero
tuvo que ser así —dijo K—, cuando la familia estuvo dispuesta a realizar
semejante sacrificio y poner en sus manos la posada sin garantía alguna.
—No
supuso ninguna imprudencia como luego se mostró —dijo la posadera—. Me puse
manos a la obra, como era fuerte, la hija del herrero, no necesitaba criada ni
mozo, estaba en todas partes, en la sala, en la cocina, en el establo, en el
patio, cocinaba tan bien que incluso le quité clientes a la posada de los
señores. Aún no ha estado al mediodía en el comedor, no conoce a nuestros
huéspedes de esas horas, antaño aún eran más, desde entonces he perdido a
muchos. Y el resultado fue que no sólo pudimos pagar sin problemas el
arrendamiento, sino que transcurridos algunos años pudimos comprar la posada y
hoy casi no tenemos deudas. El siguiente resultado, sin embargo, fue que me
destrocé, me puse enferma del corazón y ahora soy una mujer mayor. Quizá crea
que soy mucho mayor que Hans, pero en realidad sólo es dos o tres años más
joven y, además, no envejecerá nunca, pues con su trabajo —fumar en pipa,
escuchar a los huéspedes, vaciar la pipa y de vez en cuando coger una cerveza—,
con ese trabajo no se envejece.
—Su
capacidad de trabajo resulta digna de admiración —dijo K—, de ello no cabe la
menor duda, pero hablábamos de los tiempos anteriores a su matrimonio y
entonces debió de ser extraño que la familia de Hans, sacrificando su dinero o,
al menos, con la asunción de un riesgo tan grande como la entrega de la posada,
hubiesen fomentado la boda y sin otra esperanza que la basada en su capacidad
de trabajo, desconocida para ellos, y en la de Hans, cuya debilidad ya tendría
que haber salido a la luz.
—Bueno,
sí —dijo la posadera cansada—, ya sé adónde quiere ir a parar y el error en que
se encuentra. De Klamm no había ninguna huella en todo eso. ¿Por qué habría
tenido que cuidarse de mí o, mejor, cómo habría podido cuidarse de mí? Él ya no
sabía nada de mí. Que no me hubiese vuelto a llamar era un signo de que me
había olvidado. Cuando ya no llama, olvida por completo. No quería hablar de
esto delante de Frieda. Tampoco es olvido, es más que eso, pues a quien se ha
olvidado, se le puede volver a conocer. En el caso de Klamm eso no es posible.
Cuando no manda llamar a alguien, no sólo le ha olvidado en lo que respecta al
pasado, sino también en lo que respecta al futuro. Cuando me esfuerzo mucho,
puedo ponerme en su lugar y leer sus pensamientos, unos pensamientos que aquí
carecen de sentido y que quizá en el lugar de donde viene posean alguna
validez. Posiblemente llegue a la osadía de pensar la extravagancia de que
Klamm me había procurado a un Hans como esposo para que yo no tuviera ningún
impedimento para verle cuando me llamase en el futuro. Bien, más allá no puede
ir una extravagancia. ¿Dónde está el hombre que podría impedirme ir a ver a
Klamm, cuando él me hiciese una señal? Absurdo, completamente absurdo, una
misma se confunde cuando juega con esos absurdos.
—No
—dijo K—, no queremos confundirnos, no había llegado tan lejos con mis
pensamientos como usted supone, aunque, para decir la verdad, me encontraba en
ese camino. Al principio me asombró que los parientes esperasen tanto de la
boda y que esas esperanzas, efectivamente, se hiciesen realidad, si bien es
cierto con el empeño de su corazón, de su salud. El pensamiento en una conexión
entre esos hechos y Klamm se abrió paso en mi mente, pero no del modo tan
grosero en que usted lo ha representado, sólo con la finalidad de volver a
increparme, porque eso le causa placer. ¡Pues que lo disfrute! Mi pensamiento,
sin embargo, era otro: al principio es Klamm la causa del matrimonio. Sin Klamm
no habría sido usted infeliz, no habría permanecido pasiva en su jardín; sin
Klamm no la hubiese visto Hans; sin su tristeza, el tímido de Hans jamás se
habría atrevido a dirigirle la palabra; sin Klamm no habrían llorado juntos;
sin Klamm, el buen tío posadero jamás les hubiera visto allí, pacíficamente
sentados; sin Klamm usted no se habría mostrado indiferente frente a la vida,
esto es, no se habría casado con Hans. Bueno, en todo esto ya hay suficiente
Klamm, podríamos pensar, pero aún sigue. Si no hubiese buscado el olvido, no
habría trabajado contra usted misma con tanta desconsideración, y tampoco
habría mejorado tanto la posada. Así que también aquí aparece Klamm. Pero
Klamm, aparte de eso, también fue la causa de su enfermedad, pues su corazón ya
estaba agotado antes de su matrimonio por la desgraciada pasión que la
consumió. Sólo queda la pregunta de qué fue lo que tanto tentó a los parientes
de Hans para querer la boda. Usted misma mencionó una vez que ser la amante de
Klamm significa una elevación en el rango que ya no se puede perder, así pues,
bien pudo ser eso lo que les atrajo. Pero además creo que también fue la
esperanza de que la buena estrella que la había conducido hasta Klamm
—presuponiendo que se tratase de una buena estrella, pero usted así lo afirma—
le seguiría perteneciendo, esto es, que permanecería con usted y no la
abandonaría de forma tan repentina, como Klamm había hecho.
—¿Cree
todo eso en serio? —preguntó la posadera.
—En
serio —contestó rápidamente K— sólo creo que las esperanzas de los parientes de
Hans no eran ni fundadas ni infundadas y también creo descubrir el error que
usted ha cometido. Aparentemente todo parece haber acabado con éxito. Hans está
bien situado, tiene una esposa espléndida, es respetado, la posada está libre
de deudas. Pero en realidad no todo ha concluido con éxito, él habría sido
mucho más feliz con una simple muchacha, de la que él hubiese sido su primer
amor; si él, como le reprochan, a veces se queda en la taberna como perdido, es
porque realmente se siente perdido —sin por ello ser desgraciado, desde luego,
ya le conozco bastante para decirlo—, pero también es seguro que ese joven
guapo y comprensivo habría sido más feliz con otra mujer, con lo que también
digo, más independiente, más trabajador y masculino. Y usted, con toda certeza,
no es feliz y, como dijo, sin los tres recuerdos no habría podido seguir viviendo
y también está enferma del corazón. Así que, ¿fueron infundadas las esperanzas
de sus parientes? No lo creo. La bendición recaía sobre usted, pero no supieron
emplearla.
—¿Qué
se ha omitido? —preguntó la posadera. Yacía boca arriba con los miembros extendidos
mirando al techo.
—Preguntarle
a Klamm—dijo K.
—Entonces
volveríamos a ocuparnos de su caso.
—O
del suyo —dijo K—, nuestros asuntos parecen tocarse
—¿Qué
quiere usted de Klamm? —preguntó la posadera. Se había sentado erguida y
sacudido la almohada para poder apoyarse y miraba directamente a los ojos de
K—. Le he contado sinceramente mi caso, del que podría aprender algo. Dígame
ahora usted con toda sinceridad lo que le quiere preguntar a Klamm. Sólo con
esfuerzo he convencido a Frieda de que se vaya a su habitación y permanezca
allí, temía que en su presencia no hablaría con la suficiente sinceridad.
—No
tengo nada que ocultar —dijo K—. Para comenzar, sin embargo, tengo que llamarle
la atención sobre algo. Klamm olvida en seguida, dijo. Eso, en primer lugar, me
parece muy improbable y, en segundo lugar, no se puede demostrar; es evidente
que sólo se trata de una leyenda, inventada por la fantasía de las jovencitas
que en ese momento gozaban del favor de Klamm. Me asombra que crea una
invención tan trivial.
—No
es ninguna leyenda —dijo la posadera—, es más el producto de la experiencia.
—Entonces
también se puede refutar con una nueva experiencia —dijo K—. Y también hay una
diferencia entre su caso y el de Frieda. Aún no se ha producido el hecho de que
Klamm no llame a Frieda, más bien sí que la ha llamado, pero ella no ha
obedecido la llamada. Es incluso posible que aún la esté esperando.
La
posadera calló y paseó por K una mirada escrutadora. Luego dijo:
—Escucharé
tranquilamente todo lo que tenga que decir. Hable con toda sinceridad y no
tenga miramientos conmigo. Sólo le pido una cosa, no emplee el nombre de Klamm.
Llámele «él» o de cualquier otra forma, pero no con su nombre .
—Encantado
—dijo K—, pero lo que quiero de él es difícil de decir. En principio quiero
verle de cerca, luego quiero oír su voz y, a continuación, quiero saber qué
opina de nuestra boda; el resto depende del curso de la conversación. Pueden
surgir muchas cosas mientras hablamos, pero lo más importante para mí es estar
frente a él. Aún no he hablado directamente con ningún funcionario de verdad.
Parece ser más difícil de lograr de lo que había creído. Ahora, sin embargo,
tengo el deber de hablar con él como una persona particular, y eso es, según mi
opinión, mucho más fácil de lograr; como funcionario tal vez sólo pudiera
hablar con él en su despacho inaccesible, en el castillo o, lo que resulta
cuestionable, en la posada de los señores; como persona particular, sin
embargo, en cualquier parte de la casa, en la calle, donde consiga encontrarme
con él. El hecho de que cuando lo logre, también tendré ante mí al funcionario,
lo aceptaré encantado, pero no es mi primer objetivo .
—Bien
—dijo la posadera, y presionó su rostro contra la almohada, como si dijera algo
vergonzoso—, si logro con mis conexiones que se transmita su solicitud de una
entrevista con Klamm, prométame que no emprenderá nada por su cuenta hasta que
llegue la respuesta.
—Eso
no lo puedo prometer —dijo K—, aunque me gustaría complacer sus deseos. El
asunto corre prisa, sobre todo después del resultado desfavorable de mi
entrevista con el alcalde.
—Esa
objeción es baladí —dijo la posadera—, el alcalde es una persona
insignificante. ¿Acaso no lo ha notado? No podría permanecer un día en el
puesto, si su esposa, que lo lleva todo, no estuviera allí.
—¿Mizzi?
—preguntó K.
La
posadera asintió.
—Estuvo
presente—dijo K.
—¿Dijo
algo? —preguntó la posadera.
—No
—dijo K—, pero tampoco me dio la impresión de que pudiera.
—Bueno
—dijo la posadera—, todo lo contempla erróneamente aquí. En todo caso, lo que
el alcalde ha dispuesto sobre usted no tiene ninguna importancia y con la
esposa hablaré en su momento. Y si ahora le prometo que la respuesta de Klamm
llegará como mucho en una semana, ya no tiene ningún motivo para no transigir con
mi petición.
—Todo
eso no es decisivo —dijo K—, mi resolución está tomada e intentaría ejecutarla
aunque llegase una respuesta negativa. Pero si tengo esa intención desde el
principio, no puedo solicitar con anterioridad una entrevista. Lo que sin la
solicitud permanece un intento quizá osado, pero de buena fe, después de una
respuesta negativa se convertiría en una insubordinación manifiesta. Eso sería
mucho peor.
—¿Peor?
—dijo la posadera—. En todo caso se tratará de insubordinación. Y ahora haga lo
que quiera. Acérqueme la falda.
Se
puso la falda sin ninguna consideración a K y se apresuró a entrar en la
cocina. Ya desde hacía tiempo se oían ruidos en el comedor. Habían llamado en
la ventana. Los ayudantes la habían abierto y gritado que tenían hambre. También
habían aparecido otros rostros. Incluso se oía un canto bajo entonado por
varias voces.
La
conversación de K con la posadera había retrasado la comida: aún no estaba
preparada y los huéspedes se habían reunido, si bien ninguno de ellos había
osado infringir la prohibición de la posadera de pisar la cocina. Ahora, sin
embargo, que los observadores anunciaron que la posadera ya llegaba, las
criadas entraron en la cocina, y cuando K entró en el comedor, los numerosos
comensales, más de veinte, hombres y mujeres, vestidos con provincialismo pero
no como campesinos, se abalanzaron desde la ventana hacia las mesas para
asegurarse su plaza. Sólo en una pequeña mesa, situada en un rincón, permanecía
ya sentado un matrimonio con algunos niños; el hombre, un señor amable de ojos
azules con cabello gris desgreñado y barba, estaba inclinado hacia los niños
marcándoles el compás para su canción, que se esforzaba en mantener en un tono
bajo. Quizá quería que se olvidaran del hambre con la canción. La posadera se disculpó
ante los comensales con unas palabras pronunciadas con indiferencia, nadie le
reprochó nada. Miró buscando al posadero, que ya había huido hace tiempo ante
la dificultad de la situación. Entonces se fue lentamente hacia la cocina; para
K, que se apresuró a buscar a Frieda en su habitación, ya no tuvo ni una
mirada.
7
EL
MAESTRO
K
se encontró arriba con el maestro. La habitación, para su alegría, apenas se
podía reconocer, tan diligente había sido Frieda. Había aireado, había puesto
la calefacción, fregado el suelo, hecho la cama; las cosas de las criadas, esa
odiosa basura, habían desaparecido, incluidas las fotografías; la mesa, que
había atraído las miradas por la costra de mugre formada en la tabla, había
sido cubierta con un mantel blanco. Ahora ya se podía recibir a huéspedes; la
poca ropa de K que Frieda había lavado con anterioridad y que colgaba ahora
ante la calefacción para secarse, molestaba poco. El maestro y Frieda estaban
sentados a la mesa, se levantaron cuando entró K, Frieda le saludó con un beso,
el maestro se inclinó un poco. K, distraído y aún con la intranquilidad
provocada por la conversación con la posadera, comenzó a disculparse por no
haber podido visitar aún al maestro: parecía como si indicase que el maestro,
impaciente por la espera de K, se hubiese decidido por hacer él mismo la
visita. El maestro, sin embargo, con su actitud moderada, sólo pareció recordar
lentamente que entre K y él se había convenido una suerte de visita.
—Usted
es, entonces, señor agrimensor —dijo lentamente—, el forastero con el que hablé
hace tiempo en la plaza de la iglesia.
—Sí
—dijo brevemente K; lo que había tolerado entonces en su abandono, no lo iba a
permitir en su habitación. Se volvió hacia Frieda y habló con ella sobre una
visita importante que tenía que hacer inmediatamente y en la que tenía que
aparecer lo mejor vestido posible. Frieda, sin preguntar más a K, llamó en
seguida a los ayudantes, que estaban entretenidos en inspeccionar el nuevo
mantel, ordenándoles que limpiaran el traje y los zapatos de K, que había
comenzado a quitarse, y que los limpiaran concienzudamente en el patio. Ella
misma tomó una camisa del cordel y corrió hacia la cocina para plancharla.
Ahora
se encontraba K a solas con el maestro, que permanecía sentado y en silencio,
dejó que esperase aún un poco más, se quitó la camisa y comenzó a lavarse ante
la jofaina. Ahora, de espaldas al maestro, le preguntó sobre el motivo de su
visita.
—Vengo
por encargo del alcalde —dijo él.
K
se mostró dispuesto a recibir el mensaje. Pero como las palabras de K apenas se
podían oír por el chapoteo del agua, el maestro tuvo que acercarse y se apoyó
en la pared junto a K. Éste se disculpó por su ocupación y por su
intranquilidad con la excusa de la urgencia de la visita proyectada. El maestro
no reparó en sus palabras y dijo:
—Fue
descortés con el señor alcalde, un hombre mayor, honorable y con amplia
experiencia.
—No
sé si fui descortés —dijo K mientras se secaba—, pero que pensaba en otra cosa
que en un comportamiento cortés, es cierto, pues se trataba de mi existencia
que se ve amenazada por el ignominioso funcionamiento de una administración
cuyas particularidades no tengo que expresar, pues usted mismo es un miembro
activo de sus organismos. ¿Se ha quejado sobre mí el alcalde?
—¿De
quién otro se podría quejar? —dijo el maestro—. Y si lo hubiera, ¿se quejaría
de él alguna vez? Me he limitado a levantar un acta, según su dictado, sobre su
conversación y, a través de ella, he tenido suficiente noticia sobre la bondad
del señor alcalde y sobre su tipo de respuestas.
Mientras
K buscaba el peine, que Frieda tenía que haber guardado en alguna parte, dijo:
—¿Cómo?
¿Un acta? ¿Redactada en mi ausencia por alguien que ni siquiera estuvo en la
entrevista? No está mal. Y ¿por qué un acta? ¿Acaso fue un acto administrativo?
—No
—dijo el maestro—, fue semioficial, también el acta es sólo semioficial, se
hizo porque en nuestros asuntos tiene que reinar un orden severo. En todo caso
ya está redactada y no resulta muy honrosa para usted.
K,
que ya había encontrado el peine sobre la cama, dijo más tranquilo:
—Pues
muy bien, ¿ha venido sólo a anunciármelo?
—No
—dijo el maestro—, pero no soy ningún autómata y tenía que expresarle mi
opinión. Mi encargo, sin embargo, es una prueba más de la bondad del señor alcalde.
Hago hincapié en que para mí esa bondad resulta inexplicable y que cumplo su
encargo sólo como una obligación de mi puesto y por veneración al señor
alcalde.
K,
lavado y peinado, estaba ahora sentado a la mesa esperando la camisa y el
traje, sentía poca curiosidad por lo que el maestro le iba a comunicar, también
había influido en él la baja opinión que la posadera tenía del alcalde.
—¿Son
más de las doce? —dijo pensando en el camino que aún tenía que recorrer, luego
recapacitó—: Quería cumplir un encargo del alcalde, ¿no?
—Bueno
—dijo el maestro encogiéndose de hombros como si quisiera desprenderse de
cualquier responsabilidad—. El señor alcalde teme que usted, si la decisión
sobre su asunto se prolonga durante mucho tiempo, emprenda algo irreflexivo por
su propia cuenta. Yo, por mi parte, no sé por qué teme eso, mi opinión es que
usted puede hacer lo que quiera. No somos sus ángeles protectores y tampoco
tenemos ninguna obligación de seguirle en todos los caminos que elija. Pero en
fin, el señor alcalde es de otra opinión. Cierto es que no puede acelerar la
decisión sobre la competencia de la administración; sin embargo, desea tomar
una decisión, provisional aunque generosa, en su radio de acción que dependerá
de usted aceptarla o no: le ofrece provisionalmente el puesto de bedel de la
escuela.
K,
al principio, apenas prestó atención a lo que se le ofrecía, pero el hecho de
que se le ofreciera algo no le parecía insignificante. Indicaba que, según la
opinión del alcalde, era capaz de poner en práctica medidas para su defensa, y
para defenderse de ellas quedaban justificados algunos sacrificios de la
comunidad. Y qué importancia se le daba al asunto. El maestro, que ya había
esperado allí un buen rato y que antes había redactado el acta, debía de haber
sido enviado a toda prisa por el alcalde.
Cuando
el maestro comprobó que con su mensaje sólo había conseguido que K se tornase
meditabundo, continuó:
—Yo
puse mis objeciones. Le dije que hasta ahora no había sido necesario ningún
bedel en la escuela: la esposa del sacristán limpia de vez en cuando y la
señorita Gisa, la maestra, lo inspecciona; yo tengo ya preocupaciones
suficientes con los niños como para enojarme ahora con un bedel. El señor
alcalde opuso que, sin embargo, la escuela está muy sucia. Yo le contesté, como
era verdad, que no está tan mal y añadí: ¿será mejor si tomamos a ese hombre
como bedel? Seguro que no, aparte de que él no entiende de esos trabajos, la
escuela consta exclusivamente de dos grandes clases sin ninguna otra estancia,
el bedel tiene, por tanto, que vivir con su familia en una de las clases,
dormir, incluso es posible que cocinar, eso no puede aumentar, naturalmente, la
limpieza. Pero el señor alcalde insistió y dijo que ese puesto podía significar
la salvación para usted y que, por consiguiente, se esforzaría todo lo posible
para cumplirlo a la perfección; además, el señor alcalde opinó que con usted
ganábamos también las fuerzas de su esposa y de sus ayudantes, de tal forma que
no sólo la escuela, sino también el jardín podrían mantenerse con una limpieza
y orden ejemplares. Todo eso lo pude refutar con facilidad. Finalmente, el
señor alcalde no pudo aducir más en su favor, se rió y dijo que usted es el
agrimensor y que, por tanto, trazaría muy bien los macizos de flores en el jardín
de la escuela. Bueno, contra las bromas no hay objeciones, así que vine aquí
para transmitirle esa proposición.
—Se
preocupa inútilmente, señor maestro —dijo K—, jamás se me ocurriría aceptar ese
puesto.
—Estupendo
—dijo el maestro—, lo rechaza sin reservas.
Tomó
el sombrero y se marchó.
Poco
después llegó Frieda con el rostro turbado: traía la camisa sin planchar, y no
respondió ninguna pregunta. Para distraerla, K le contó lo del maestro y la
oferta; apenas lo hubo escuchado, arrojó la camisa sobre la cama y volvió a
irse. Regresó al poco tiempo, pero con el maestro, que presentaba un aspecto
mohíno y ni siquiera saludó. Frieda le pidió un poco de paciencia —era evidente
que se lo había pedido ya varias veces en el camino hasta allí—, se llevó a K
por una puerta lateral, de la que él no sabía nada, hacia una habitación
contigua y finalmente le contó, excitada y sin aliento, lo que le había
ocurrido. La posadera, furiosa porque se había humillado ante K con confesiones
y, lo que era más enojoso, con condescendencia referente a una entrevista de K
con Klamm, y sin conseguir otra cosa que, como ella dijo, un rechazo frío y,
además, poco sincero, había decidido no tolerar por más tiempo a K en su casa;
si tiene conexiones con el castillo, que las utilice rápidamente, pues hoy
mismo, ahora, tiene que abandonar la casa y sólo por una orden directa de la
administración y obligada por la fuerza le volvería a acoger, pero ella tiene
la esperanza de que no se llegue a eso, pues también ella tiene conexiones con
el castillo y sabrá hacerlas valer. A fin de cuentas, él sólo ha sido admitido
en la posada por el descuido del posadero y ni siquiera en una situación de
necesidad, pues esta misma mañana se ha preciado de tener otro alojamiento
dispuesto. Frieda, naturalmente, se puede quedar, pero si quiere mudarse con K,
la posadera será muy desgraciada, sólo por ese pensamiento se había desplomado,
llorando, ante el horno de la cocina, la pobre mujer que padece del corazón,
pero cómo puede actuar de otro modo, si se trata, al menos en su imaginación,
del honor del recuerdo de Klamm. Así piensa la posadera. Frieda, ciertamente,
seguirá a K a donde él quiera, por la nieve o el hielo, sobre eso no cabía
ninguna duda, pero en todo caso su situación era muy mala, por eso ha saludado
con gran alegría la oferta del maestro; por más que no sea un puesto muy
adecuado para K, era temporal, se podía ganar tiempo y se podrían encontrar
fácilmente otras posibilidades, aunque la decisión final fuese desfavorable.
—¡En
caso de necesidad emigramos! —exclamó finalmente Frieda colgada del cuello de
K—. ¿Qué nos mantiene aquí en el pueblo? Temporalmente, ¿verdad, cariño?,
aceptamos la oferta, he vuelto a traer al maestro, tú le dices «trato hecho»,
nada más, y nos trasladamos a la escuela.
—Malo
—dijo K sin tomarlo muy en serio, pues el alojamiento le importaba poco,
también tenía mucho frío en ropa interior allí, en la buhardilla, que,
expuesta, era atravesada por una corriente de aire hela do—. ¿Ahora que has
arreglado tan bien la habitación tenemos que mudarnos? Sólo aceptaría ese
puesto de mala gana, muy a disgusto, ya la humillación ante ese maestrillo me
resulta desagradable y ahora se convierte en mi superior. Si pudiera permanecer
un poco más aquí, quizá esta misma tarde cambiase mi situación. Si al menos tú
permanecieras aquí, podríamos esperar y darle al maestro una respuesta
incierta. Para mí siempre encontraré un alojamiento, aunque sea en casa de
Bar...
Frieda
le tapó la boca con la mano.
—Eso
no —dijo angustiada—, por favor no vuelvas a decirlo. En lo demás, te seguiré
en todo. Si quieres, permaneceré aquí sola, por muy triste que sea para mí y si
quieres rechazaremos la oferta, por muy errónea que me parezca esa decisión.
Pues mira, si encontrases otra posibilidad, incluso esta misma tarde, bueno,
entonces es evidente que renunciaríamos inmediatamente a la escuela, nadie
podrá impedírnoslo. Y en lo que respecta a la humillación ante el maestro,
déjame que yo me preocupe de eso y verás como no lo es, yo misma hablaré con
él. Tú permanecerás en silencio, no tendrás nunca que hablar con él, si no
quieres; yo seré en realidad su subordinada y ni siquiera yo lo seré, pues
conozco sus debilidades. Así que no se perderá nada si aceptamos el puesto,
mucho, sin embargo, si lo rechazamos, ante todo no encontrarías un alojamiento,
ni siquiera para ti mismo, si hoy no logras alcanzar el castillo, al menos uno
por el que yo, tu futura esposa, no tuviera que avergonzarme. Y si no
encuentras ningún alojamiento, reclamarás de mí que duerma aquí en una
habitación cálida mientras sé que tú estás vagando allá afuera, en plena noche
y helado de frío.
K,
que durante todo el tiempo había permanecido con los brazos cruzados sobre el
pecho y con las manos golpeándose la espalda para así calentarse un poco, dijo:
—Entonces
no nos queda otra solución que aceptar, ¡vamos!
En
la habitación se apresuró a acercarse a la calefacción, del maestro no se
preocupó; éste estaba sentado a la mesa, sacó el reloj y dijo:
—Ya
se ha hecho tarde.
—Pero
ya nos hemos puesto completamente de acuerdo, señor maestro —dijo Frieda—,
aceptamos el puesto.
—Bien
—dijo el maestro—, pero el puesto se ha ofrecido sólo al señor agrimensor, él
es quien debe manifestarse al respecto.
Frieda
acudió en ayuda de K.
—Cierto
—dijo ella—, él acepta el puesto, ¿verdad, K?
Así
K pudo limitar su declaración a un simple «sí», que ni siquiera fue dirigido al
maestro, sino a Frieda.
—Entonces
—dijo el maestro—, sólo me queda enumerarle sus deberes laborales, para que
coincidamos en ello de una vez por todas. Señor agrimensor, tiene que limpiar y
calentar diariamente las dos clases, así como efectuar pequeñas reparaciones en
el edificio, en el mobiliario y en los aparatos gimnásticos, debe mantener el
camino a través del jardín despejado de nieve, realizar servicios de mensajero
para mí y para la maestra y en la temporada cálida se encargará de los trabajos
del jardín. Entre sus derechos se encuentran los siguientes: podrá vivir en una
de las clases, según su elección; sin embargo, cuando no se den clases simultáneas
en las dos habitaciones, y usted viva precisamente en la habitación donde se da
clase, tendrá que trasladarse naturalmente a la otra habitación. En la escuela
no puede cocinar, por eso tanto usted como los suyos recibirán la comida aquí,
en la posada, a costa de la comunidad. Menciono sólo de pasada, pues usted,
como un hombre instruido, ya debe de saberlo, que tendrá que comportarse de un
modo digno para una escuela y que, especialmente durante las horas de clase,
los niños jamás serán testigos de escenas domésticas desagradables. En este
ámbito aprovecho para recordarle que debe legitimar lo más rápidamente posible
sus relaciones con la señorita Frieda. Sobre todo esto y otros detalles se
redactará un contrato laboral que deberá firmar en cuanto se traslade a la
escuela.
A
K le parecía todo eso carente de importancia, como si no le afectase o no le
vinculase a nada, sólo la jactancia del maestro le irritaba, por lo que dijo
sin reflexionar:
—Bueno,
se trata de las obligaciones usuales.
Para
difuminar un poco esa observación, Frieda preguntó por el sueldo.
—Si
se paga un sueldo —dijo el maestro— se considerará después de que transcurra un
mes de prueba.
—Pero
eso es muy duro para nosotros —dijo Frieda—, deberíamos casarnos prácticamente
sin dinero, crear nuestro hogar de la nada. ¿No podríamos, señor maestro,
mediante una solicitud a la comunidad, pedir un pequeño sueldo inmediato? ¿Lo
aconsejaría usted?
—No
—dijo el maestro, que dirigía sus palabras a K—, una solicitud así tendría que
ser acompañada de mi recomendación para que pudiera tener éxito y yo no la
recomendaré. La concesión de la plaza no es más que una deferencia frente a
usted y las deferencias, cuando se es consciente de la propia responsabilidad
pública, no se deben llevar demasiado lejos.
Entonces
se inmiscuyó K, casi en contra de su voluntad.
—En
lo que concierne a la deferencia, señor maestro —dijo—, creo que se equivoca.
La deferencia, más bien, parte de mí.
—No
—dijo el maestro sonriendo, ya había logrado que K hablase—, sobre eso estoy
muy bien informado. Necesitamos un bedel en la escuela con tanta urgencia como
un agrimensor. Bedeles y agrimensores no son más que una carga. Me costará
muchos dolores de cabeza cómo voy a justificar esos costes ante la comunidad,
lo mejor y lo más sincero sería arrojar el nombramiento sobre la mesa y no
molestarse en justificarlo.
—A
eso es a lo que me refiero —dijo K—, me tiene que contratar en contra de su
voluntad; a pesar de que le va a causar dolores de cabeza, me tiene que
contratar. Cuando alguien se ve obligado a contratar a otro y este otro se deja
contratar, el último es quien hace el favor.
—Extraño
—dijo el maestro—, ¿qué nos puede obligar a contratarle? La bondad del señor
alcalde, su gran corazón, eso es lo que nos obliga. Usted deberá renunciar,
señor agrimensor, de eso me doy buena cuenta, a algunas fantasías, antes de
convertirse en un buen bedel. Y para la percepción de un sueldo, esas
indicaciones, naturalmente, no crean la atmósfera adecuada. Por desgracia
también noto que su comportamiento aún me dará mucho que hacer: durante todo el
tiempo ha estado negociando conmigo, lo sigue haciendo y no lo puedo creer, en
camisa y calzoncillos.
—¡Así
es! —exclamó K sonriendo y dando una palmada—. ¿Dónde están esos terribles
ayudantes?
Frieda
corrió hacia la puerta. El maestro, que comprobó que K ya no estaba dispuesto a
seguir hablando con él, le preguntó a Frieda cuándo querían trasladarse a la
escuela.
—Hoy
mismo —dijo Frieda.
—Entonces
mañana por la mañana haré mi visita de inspección —dijo el maestro, saludó con
la mano, quiso salir por la puerta, que Frieda mantenía abierta para él, pero
chocó con las criadas que ya venían con sus pertenencias para acomodarse otra
vez en la habitación. Así que el maestro tuvo que deslizarse entre ellas y Frieda
le siguió.
—Tenéis
mucha prisa —dijo K, que esta vez se mostró muy satisfecho con ellas—, aún
estamos aquí y ya queréis volver.
Ellas
no contestaron y retorcieron confusas sus hatillos de ropa, de los que
sobresalían los conocidos trapos sucios.
—Ni
siquiera habéis lavado vuestras cosas —dijo K, no lo dijo con maldad, sino con
cierta simpatía. Ellas lo notaron, abrieron al mismo tiempo sus rudas bocas,
mostraron sus hermosos y fuertes dientes, como los de un animal, y lanzaron una
sonora carcajada.
—Venid
—dijo K—, instalaos, es vuestra habitación.
Como
aún dudaban —su habitación les parecía demasiado cambiada—, K tomó a una del
brazo para conducirla hacia el interior. Pero la dejó inmediatamente, tanta
sorpresa leyó en la mirada de las dos, después de haberse intercambiado un
signo de inteligencia, mirada que no apartaron de él.
—Ya
me habéis mirado suficiente tiempo —dijo K, defendiéndose de una sensación
desagradable; tomó los zapatos y el traje, que Frieda, seguida de los
ayudantes, acababa de traer, y se vistió. Una vez más le resultó incomprensible
la paciencia que mostraba Frieda con los ayudantes. Los había encontrado, tras
una larga búsqueda, en vez de limpiando los trajes en el patio como debían, en
el comedor, pacíficamente sentados y comiendo, con el traje sucio y arrugado
sobre las rodillas; ella misma tuvo que limpiarlo después y, sin embargo, ella,
que sabía dominar a la gente de baja condición, ni siquiera se enojó con ellos,
en su presencia habló de su burda negligencia como si contase una broma e
incluso acarició a uno de ellos en la mejilla. K quería exponerle sus quejas al
respecto más adelante. Ahora, sin embargo, ya era hora de irse.
—Los
ayudantes se quedan aquí para ayudarte en el traslado —dijo K.
Ellos
no se mostraron de acuerdo, alegres y satisfechos con la comida, preferían algo
de movimiento. Sólo cuando Frieda dijo: «claro, os quedáis aquí», se
sometieron.
—¿Sabes
adónde voy? —preguntó K.
—Sí
—dijo Frieda.
—¿Y
no quieres detenerme? —preguntó K.
—Encontrarás
tantos impedimentos —dijo ella—, ¡qué significarían para ti mis palabras!
Se
despidió de K con un beso, le dio, como no había podido comer, un paquete con
pan y salchichas, que había subido de la cocina, le recordó que ya no debía
regresar allí, sino a la escuela, y le acompañó, con la mano en su hombro,
hasta la puerta.
8
ESPERANDO
A KLAMM
Al
principio, K estaba contento de haber escapado del barullo de las criadas y de
los ayudantes en la habitación caldeada. Fuera helaba un poco, la nieve era más
dura, se podía caminar con más facilidad. Pero comenzaba a oscurecer, así que
aceleró sus pasos.
El
castillo, cuyos perfiles comenzaban a difuminarse, permanecía, como siempre, en
calma, jamás había percibido K en él un signo de vida, quizá era imposible
reconocer algo desde esa distancia y, sin embargo, los ojos reclamaban algo y
no querían tolerar esa quietud. Cuando K contemplaba el castillo, a veces le
parecía como si observase a alguien que estaba sentado allí tranquilo, mirando
ante sí, no sumido en sus pensamientos y cerrado a todo su entorno, sino libre
y despreocupado, como si estuviese solo y nadie le observase. Y, sin embargo,
tenía que percibir que alguien le observaba, pero eso no afectaba en nada a su
tranquilidad y, en realidad —no se sabía si como motivo o como consecuencia—
las miradas del observador no podían mantenerse fijas y resbalaban. Ese día,
esa sensación se fortaleció por la temprana oscuridad: cuanto más tiempo lo
contemplaba, con más profundidad se hundía todo en la penumbra.
Precisamente
cuando K llegó a la posada de los señores, aún sin iluminar, se abrió una
ventana en el primer piso, un hombre joven, gordo y pulcramente afeitado, con
una pelliza, se asomó por ella y permaneció allí; no pareció responder al
saludo de K ni con la más ligera inclinación de cabeza. K no encontró a nadie
ni en el pasillo ni en la taberna, el olor a cerveza rancia era peor que la
última vez, algo parecido no ocurría en la posada del puente. Se acercó de
inmediato a la puerta por la cual había observado a Klamm, presionó cuidadosamente
el picaporte hacia abajo, pero la puerta estaba cerrada; a continuación, palpó
para encontrar el lugar donde se hallaba el agujero, pero le habían debido de
poner un tapón tan bien ajustado que no podía encontrarlo de esa manera, así
que encendió una cerilla. Entonces un grito le asustó. En el rincón, entre la
puerta y la barra, cerca de la calefacción, estaba sentada, formando un ovillo,
una muchacha que le observaba con fijeza en el resplandor de la cerilla con
unos ojos apenas abiertos por la somnolencia. Era evidente que se trataba de la
sucesora de Frieda. Se recuperó pronto de la sorpresa, encendió la luz, la
expresión de su rostro aún era enojada, entonces reconoció a K.
Ah,
el señor agrimensor —dijo sonriendo, le dio la mano y se presentó:
—Me
llamo Pepi.
Era
pequeña, colorada, sana, el cabello abundante y rojizo estaba recogido en una
trenza, algunos mechones ondulados colgaban alrededor del rostro; llevaba un
vestido liso que caía verticalmente y que no le quedaba bien: estaba hecho de
una tela gris brillante, en la parte inferior había sido estrechado en el bajo
de un modo tosco e infantil con ayuda de una cinta de seda. Se interesó por
Frieda y preguntó si no regresaría pronto. Ésa era una pregunta que casi rayaba
en la maldad.
—Me
llamaron a toda prisa —dijo entonces—, después de la partida de Frieda, pues
aquí no se puede emplear a una cualquiera, hasta ahora era criada, pero no ha
sido un cambio muy bueno el que he hecho. Aquí hay mucho trabajo nocturno, es
agotador, apenas podré soportarlo, no me sorprende que Frieda haya renunciado.
—Frieda
estaba aquí muy satisfecha —dijo K para, finalmente, llamar la atención de Pepi
sobre la diferencia existente entre Frieda y ella y que ella no consideraba.
—No
la crea—dijo Pepi—, Frieda puede dominarse como nadie. Lo que no quiere
reconocer, no lo reconoce, y ninguno nota que ella tuviese algo que reconocer.
Ya hace unos años que trabajo con ella aquí, siempre hemos dormido juntas en la
misma cama, pero no nos tomamos confianza, seguro que ya no piensa en mí. Su
única amiga es quizá la vieja posadera de la posada del puente y eso también
resulta significativo.
—Frieda
es mi novia —dijo K, y siguió buscando al mismo tiempo el agujero.
—Lo
sé —dijo Pepi—, por eso se lo cuento, si no para usted no tendría ninguna
importancia.
—Comprendo
—dijo K—, se refiere a que puedo estar orgulloso de haber ganado para mí a una
mujer tan reservada.
—Sí
—dijo ella, y rió satisfecha, como si hubiese conseguido de K un secreto
acuerdo referente a Frieda.
Pero
no eran realmente sus palabras las que ocupaban a K y las que le distraían algo
de su búsqueda, sino su aparición y su presencia en ese lugar. Cierto, era
mucho más joven que Frieda, casi una niña, y su vestido era ridículo, parecía
evidente que se había vestido así para corresponder a las ideas exageradas que
tenía de una muchacha de servicio en la barra. Y ni siquiera podía corresponder
con pleno derecho a esas ideas, pues la ocupación de ese puesto, que no le iba
nada, había sido inesperada e inmerecida, además se lo habían dado
temporalmente, ni siquiera le habían confiado la cartera de piel que Frieda
siempre había llevado en el cinturón. Y su supuesta insatisfacción con la plaza
no era más que arrogancia. Sin embargo, a pesar de su irreflexión infantil, era
probable que tuviera relaciones con el castillo, pues, si no mentía, había sido
criada; sin saber de sus posesiones, pasaba el tiempo allí dormitando, pero un
abrazo a ese pequeño y redondo cuerpecillo quizá no sirviera para arrebatarle
sus posesiones, pero sí podría animarle para el penoso camino que tenía ante
él. Entonces, ¿quizá no era diferente a Frieda? Oh, sí, era diferente. Bastaba
con pensar en la mirada de Frieda para comprenderlo. K jamás habría rozado a
Pepi, pero ahora tuvo que taparse un rato los ojos, con tanta codicia la estaba
mirando.
—No
tiene por qué estar encendida —dijo Pepi, y apagó la luz—, sólo he encendido
porque me ha asustado. ¿Qué busca aquí? ¿Ha olvidado algo Frieda?
—Sí
—dijo K, y señaló hacia la puerta—, ahí, en la habitación contigua, un mantel,
uno blanco y bordado.
—Sí,
su mantel —dijo Pepi—, lo recuerdo, un trabajo muy bonito, también yo la ayudé
a hacerlo. Pero en esa habitación no creo que esté.
—Frieda
así lo cree. ¿Quién vive aquí? —preguntó K.
—Nadie
—dijo Pepi—, es la habitación de los señores, aquí comen y beben los señores,
esto es, está destinada para eso, pero la mayoría de ellos permanecen arriba,
en sus habitaciones.
—Si
supiera —dijo K— que en la habitación no hay nadie, me encantaría entrar y
buscar el mantel. Pero es muy inseguro; Klamm, por ejemplo, suele sentarse
allí.
—Klamm
no está ahora allí, con toda seguridad—dijo Pepi—, está a punto de partir, en
el patio le está esperando el trineo.
En
seguida, sin una palabra de explicación, K abandonó la taberna, torció en el
pasillo en vez de hacia la salida hacia el interior de la casa y ya había
alcanzado en pocas zancadas el patio. ¡Qué bello y silencioso estaba aquel
lugar! Un patio cuadrado, limitado en tres de sus lados por la casa y separado
de la calle, una calle lateral que K desconocía, por un elevado muro blanco con
una enorme y pesada puerta que en ese momento permanecía abierta. En la parte
del patio la casa parecía más alta que vista desde la parte frontal, al menos
el primer piso estaba terminado de construir y presentaba un gran aspecto, pues
se hallaba rodeado de una galería de madera cerrada hasta dejar sólo una
rendija a la altura de la vista. Aún en el tramo central, pero ya en el ángulo,
en la intersección de las dos alas del edificio, había una entrada a la casa,
abierta, sin puerta. Ante ella se encontraba un trineo cerrado tirado por dos
caballos. Salvo al cochero, a quien K, desde esa distancia y en la penumbra,
más adivinaba que veía, no se podía ver a nadie más.
Con
las manos en los bolsillos, mirando cuidadosamente a su alrededor, K rodeó dos
muros del patio hasta llegar al trineo. El cochero, uno de esos campesinos que
habían estado en la taberna, le había visto venir hundido en su abrigo de piel
e indiferente, del mismo modo en que alguien sigue el camino de un gato. Pese a
que K llegó a donde se encontraba, saludó, e incluso los caballos se volvieron
un poco intranquilos ante la presencia de un hombre surgido de la oscuridad,
permaneció despreocupado. Eso le venía bien a K. Apoyado en el muro sacó su
comida, pensó agradecido en Frieda que tan bien le alimentaba, y atisbó en el
interior de la casa. Una escalera rectangular descendía desde allí y se veía
atravesada por un pasadizo aparentemente profundo; todo estaba limpio, pintado
de blanco y bien, delimitado.
K
esperó más de lo que había pensado. Ya hacía mucho tiempo que había terminado
la comida, el frío era considerable, de la penumbra se había pasado a las más
oscuras tinieblas y Klamm aún no aparecía.
—Aún
puede tardar bastante —dijo repentinamente una voz ruda tan cerca de K que éste
se estremeció. Era el cochero que, como si se hubiese despertado, se estiraba y
bostezaba en voz alta.
—¿Que
puede tardar bastante? —preguntó K, en cierto modo agradecido por sus palabras,
pues el continuo silencio y la tensión comenzaban a ser desagradables.
—Hasta
que usted se vaya—dijo el cochero.
K
no le comprendió, pero no siguió preguntando, creía que así podía hacer hablar
a ese tipo altanero. No responder en esa oscuridad era casi una provocación. Y,
efectivamente, el cochero preguntó al poco rato:
—¿Quiere
coñac?
—Sí
—dijo K sin reflexionar, demasiado tentado por la oferta, pues estaba tiritando
de frío.
—Entonces
abra el trineo —dijo el cochero—, en la cartera lateral hay algunas botellas,
tome una, beba y démela a mí. Me resulta muy problemático bajar a causa del
abrigo de piel.
A
K le fastidió eso de tener que darle la botella, pero como ya había comenzado
una conversación con el cochero, obedeció, aun con el peligro de ser
sorprendido por Klamm en el interior del trineo. Abrió la amplia puerta y
hubiera podido sacar en seguida la botella de la cartera situada en la parte
lateral, pero se vio tan atraído por el interior, ahora que la puerta estaba
abierta, que no pudo resistirse; sólo quería sentarse un instante. Se introdujo
rápidamente. Era extraordinaria la calidez en el interior del trineo y así
permaneció aunque la puerta, que K no se atrevía a cerrar, estaba abierta. No
sabía si estaba sentado en un banco, tantas pieles, edredones y cojines había
por doquier; uno podía estirarse y girar hacia todos los lados, siempre se
hundía con suavidad y calor. Con los brazos extendidos y la cabeza apoyada en
los cojines, que siempre estaban a mano, K miró desde el interior del trineo
hacia la oscura casa. ¿Por qué Klamm tardaba tanto en bajar? Como ebrio por el
calor después de la larga espera en la nieve, K deseó que Klamm llegase por
fin. El pensamiento de que no debería ser visto por KIamm en esa situación sólo
se hizo consciente de un modo difuso, como una silenciosa perturbación. En ese
olvido se vio apoyado por la conducta del cochero, quien debía de saber que
estaba en el interior del trineo y le dejaba allí sin ni siquiera reclamarle la
botella de coñac. Eso era considerado, pero K quería hacerle el favor; torpemente,
sin cambiar de postura, alcanzó la cartera lateral, pero no la de la puerta
abierta, que estaba muy lejos, sino la que se encontraba detrás de él, en la
cerrada, aunque daba igual, también en ésa había botellas. Sacó una, la abrió y
olió el contenido, tuvo que reírse involuntariamente, el olor era tan dulce,
tan acariciador, como si se oyera de alguien, a quien se ama mucho, alabanzas y
buenas palabras, y sin saber con certeza de qué se trata, sin ni siquiera
querer saberlo, sintiéndose sólo feliz con la conciencia de que esa persona
amada es la que habla. «¿Será esto coñac?» —se preguntó K dubitativo y lo probó
por curiosidad. Pues sí, era coñac, por extraño que pareciese, quemaba y daba
calor. ¿Cómo era posible que al beberlo, algo que era portador de un dulce
aroma se convirtiese en una bebida digna de un cochero? «¿Es posible?» —se
preguntó K como haciéndose un reproche a sí mismo y volvió a beber.
En
ese momento —K estaba precisamente dando un largo trago a la botella—, se hizo
la claridad, se encendió la luz eléctrica en el interior de la escalera, en el
corredor, en el pasillo y sobre la entrada. Se oyeron pasos en la escalera, la
botella se cayó de las manos de K y se derramó sobre una de las pieles. K saltó
fuera del trineo; acababa de cerrar la puerta, lo que produjo un ruido
estruendoso, cuando un señor salió lentamente de la casa. Lo único consolador
es que no se trataba de Klamm, o ¿había que lamentarse de que no lo fuera? Era
el señor que K ya había visto en la ventana del primer piso. Un señor aún
joven, muy apuesto, rosado y blanco, pero muy serio. También K le miró con aire
sombrío, pero con esa mirada aludía a sí mismo. Hubiera preferido arreglárselas
para que los ayudantes se hubiesen comportado como él había hecho, entonces
habrían comprendido. El hombre aún callaba, como si no tuviera el aliento
suficiente para hablar en su ancho pecho.
—Esto
es terrible —dijo entonces, y alzó algo el sombrero sobre la frente.
¿Cómo?
¿El señor no sabía probablemente nada de la estancia de K en el interior del
trineo y ya encontraba algo terrible? ¿Acaso encontraba terrible que K pudiese
haber penetrado hasta el patio?
—¿Cómo
ha llegado hasta aquí? —preguntó el señor en voz más baja, pero logrando ya
respirar, entregándose a lo irrevocable.
¡Qué
pregunta! ¿Qué podía responder? ¿Debía confirmar expresamente K que el camino
comenzado con tantas esperanzas había sido en vano? En vez de responder, K se
volvió hacia el trineo, lo abrió y recogió su gorro que había olvidado en el
interior. Con desagrado notó cómo el coñac goteaba sobre el estribo.
Luego
se dirigió de nuevo hacia el señor; ya no tenía ningún reparo en mostrarle que
había estado en el trineo, tampoco era lo peor; si le preguntaba, aunque sólo
en ese caso, no silenciaría que el mismo cochero le había inducido al menos a
abrir la puerta. Lo realmente malo era en realidad que el señor le había
sorprendido, que no había tenido el tiempo suficiente para esconderse de él
para luego esperar a Klamm sin molestias o que no había tenido la suficiente
presencia de ánimo para permanecer en el interior del trineo, cerrar la puerta,
y allí esperar a Klamm entre las pieles, o al menos permanecer allí mientras
ese señor se encontrase en las cercanías. Cierto, él no podía haber sabido si
era realmente Klamm el que venía, en cuyo caso hubiese sido naturalmente mucho
mejor haberle recibido fuera del trineo. Sí, había mucha materia para
reflexionar, pero ya no, pues todo había acabado.
—Venga
conmigo —dijo el señor, sin ordenar en un sentido estricto, aunque la orden no
residía en las palabras, sino en un corto movimiento de la mano,
intencionadamente indiferente, que las acompañaba.
—Estoy
esperando a alguien —dijo K, ya sin esperanzas de éxito, sólo por principio.
—Venga
—dijo una vez más el señor impertérrito, como si quisiese mostrar que nunca
había dudado que K esperase a alguien.
—Pero
entonces no encontraré a quien estoy esperando —dijo K con un estremecimiento
del cuerpo. Pese a todo lo ocurrido tenía la sensación de que lo que había
conseguido hasta ese momento era una especie de posesión que, ciertamente, sólo
mantenía de forma aparente pero que no debía renunciar a ella por una orden
cualquiera.
—No
le va a encontrar en ningún caso, tanto si se queda como si se va—dijo el
señor, brusco al manifestar su opinión, pero llamativamente deferente respecto
al proceso mental de K.
—Entonces
prefiero no encontrarle esperándole —dijo K con obstinación; con toda seguridad
no iba a dejarse expulsar de allí sólo por las palabras de ese joven. A
continuación, el señor cerró un instante los ojos con una expresión de
superioridad en el rostro, inclinado hacia arriba con arrogancia, como si
quisiese que K entrase en razón; pasó la lengua por sus labios semiabiertos y
le dijo al cochero:
—¡Desenganche
los caballos!
El
cochero, obediente, pero lanzando una enojada mirada de soslayo a K, tuvo que
descender y quitarse la piel, comenzando con lentitud, como si no esperase una
contraorden del señor, pero sí un cambio de opinión de K, a empujar a los
caballos hacia atrás, aproximándose a un ala lateral del edificio en la que,
detrás de una gran puerta, debía de estar el establo y la cochera. K vio cómo
se quedaba solo, por una parte se alejaba el trineo, por la otra, por el camino
por donde K había venido, se alejaba el joven señor, aunque los dos lo hacían
con gran lentitud, como si quisieran mostrar a K que aún estaba en su poder
impulsarlos a regresar .
Quizá
tuviese ese poder, pero no le habría servido de nada; hacer regresar al trineo
habría significado tener que alejarse. Así que permaneció en silencio, siendo
el único que mantenía su puesto, pero era una victoria que no proporcionaba
ninguna alegría. Miró alternativamente al trineo y al señor. Este último ya
había alcanzado la puerta por la que K había entrado al patio, una vez más miró
hacia atrás, K creyó ver cómo sacudía la cabeza sobre tanta obstinación, luego
se volvió con un movimiento corto y decidido y entró al pasillo en el que
desapareció. El cochero permaneció más tiempo en el patio, tenía mucho trabajo
con el trineo, tenía que abrir la gran puerta del establo, retroceder y colocar
el trineo en su lugar, desenganchar los caballos, llevarlos a la cuadra, todo
lo hacía con gran seriedad, sumido en sus pensamientos, ya sin ninguna
esperanza de realizar un viaje; ese continuo trabajo en silencio, sin ninguna
mirada de soslayo a K, le pareció a éste un reproche más duro que el
comportamiento del señor. Y cuando una vez terminada la labor, el cochero, con
su paso lento y oscilante, atravesó el patio, cerró la puerta y regresó al establo,
todo pausadamente, siguiendo literalmente su propio rastro en la nieve,
encerrándose en el establo, y cuando entonces se apagó la luz —¿a quién tendría
que haber iluminado?—, y arriba, en la galería de madera, aún se veía claridad
a través de la ranura, atrayendo su mirada errática, a K le pareció como si
hubiesen roto todos los vínculos con él y como si fuese más libre que nadie y
pudiera esperar en ese lugar prohibido todo lo que quisiera, como si se hubiese
ganado en duro combate, como ningún otro, esa libertad, y como si nadie pudiera
tocarle o expulsarle, ni siquiera hablarle, pero —este convencimiento era como
mínimo igual de fuerte— como si, al mismo tiempo, no hubiese nada más absurdo,
más desesperado que esa libertad, esa espera, esa invulnerabilidad.
9
Y
se alejó de allí regresando a la casa, esta vez no a lo largo del muro, sino a
través de la nieve; en el pasillo se encontró al posadero, quien le saludó sin
decir una palabra y le señaló la puerta de la taberna. K siguió el gesto del
posadero porque estaba helado y quería ver personas, aunque se quedó muy
decepcionado al encontrar una vista opresiva para él, a una mesita, que en
realidad había sido dispuesta a propósito, pues allí se contentaban con los barriles,
se sentaba el joven señor y ante él, de pie, estaba la posadera de la posada
del puente. Pepi, orgullosa, con la cabeza inclinada hacia atrás, con la misma
sonrisa eterna, consciente de su irrefutable dignidad, oscilando la trenza con
cada uno de sus movimientos, corrió de un lado a otro llevando cerveza, tinta y
una pluma, pues el señor había extendido papeles ante sí, comparaba cifras que
encontraba en un papel y luego en otro al final de la mesa, y quería escribir.
La posadera contemplaba muda y tranquila al señor y los papeles como si ya
hubiese dicho todo lo necesario y hubiese sido bien recibido.
—El
señor agrimensor, por fin —dijo el señor cuando K entró, lanzándole una mirada
fugaz y concentrándose de nuevo en los papeles. También la posadera dirigió a K
una mirada, ésta indiferente y carente de sorpresa. Pepi pareció haber reparado
en K sólo cuando él se acercó a la barra y pidió un coñac.
K
se apoyó allí, presionó los ojos con su mano y no prestó atención a nada. Luego
dio unos sorbitos al coñac y lo rechazó porque era imbebible.
—Todos
los señores lo beben —dijo brevemente Pepi, vació el resto, lavó la copa y la
colocó en su sitio.
—Los
señores también lo tienen mejor—dijo K.
—Es
posible—dijo Pepi—, pero yo no.
Con
eso había terminado con K y ya estaba otra vez al servicio del señor, quien,
sin embargo, no necesitaba nada, así que pasó una y otra vez por detrás de él
con el intento respetuoso de arrojar una mirada a los papeles; pero no era más
que burda curiosidad y fanfarronería, que también la posadera desaprobó
frunciendo las cejas.
De
repente, sin embargo, la posadera oyó algo y se quedó inmóvil, concentrándose
en la escucha, mirando al vacío. K se volvió, no oyó nada especial, tampoco los
otros parecían oír nada, pero la posadera anduvo de puntillas con pasos cortos
hacia la puerta detrás de ella que conducía al patio, miró por el ojo de la
cerradura, se volvió hacia los demás con los ojos muy abiertos y el rostro
sofocado, hizo un gesto con la mano hacia donde estaban y entonces miraron
alternativamente, la posadera la mayor parte del tiempo, también Pepi tuvo su
turno, y el señor se mostró en comparación el más indiferente. Pepi y el señor
regresaron pronto, sólo la posadera seguía mirando con esfuerzo, muy inclinada,
casi de rodillas, parecía como si quisiese conjurar al ojo de la cerradura para
que la dejase pasar a través de él, pues ya hacía tiempo que no se podía ver
nada. Cuando finalmente se irguió, se pasó las manos por el rostro, se arregló
el cabello despeinado, tomó aire y su vista aparentemente se habituó a la
habitación y a los presentes,—aunque lo hizo en contra de su voluntad. K, no
para que le confirmasen algo que ya sabía, sino para anticiparse a un ataque,
que ya temía, tan vulnerable era ahora, dijo:
—¿Entonces
ya se ha ido Klamm?
La
posadera pasó por su lado sin decir una palabra, pero el señor dijo desde la
mesita:
—Sí,
claro. Como usted ha abandonado su puesto de vigilancia, Klamm ya ha podido
partir. Resulta maravilloso lo sensible que es el señor. ¿No notó, señora posadera,
lo intranquilo que miraba Klamm a su alrededor?
La
posadera no pareció haberlo observado, pero el señor continuó:
—Bueno,
afortunadamente, ya no se podía ver nada más, el cochero borró las huellas en
la nieve.
—La
señora posadera no ha advertido nada—dijo K—, pero no dijo eso a causa de
alguna esperanza, sino sólo irritado por la afirmación del señor que había
querido sonar tan conclusiva e inapelable.
—Quizá
no estaba en ese preciso instante en el ojo de la cerradura —dijo la posadera
al principio para proteger al señor, pero después también quiso otorgarle su
derecho a Klamm y añadió:
—Por
lo demás, no creo que Klamm sea tan sensible. Es cierto que tememos por él e
intentamos protegerle y por eso partimos de una extremada sensibilidad de
Klamm. Eso está bien así y con seguridad también es la voluntad de Klamm. Pero
cómo sea en realidad, no lo sabemos. Está claro que Klamm jamás hablará con
alguien con quien no quiera hablar, por mucho que se esfuerce ese alguien y por
muy insoportable que sea su intromisión, pero sólo ese hecho, que Klamm jamás
hablará con él, que jamás dejará que aparezca en su presencia, basta, ¿por qué
no podría soportar en realidad la mirada de cualquiera?
El
señor asintió con insistencia.
—Esa
es también, naturalmente, mi opinión —dijo—, si me he expresado de un modo algo
diferente ha sido para que el señor agrimensor me comprendiese. Cierto es, sin
embargo, que Klamm, en cuanto salió, miró varias veces a su alrededor.
—Quizá
me ha buscado —dijo K.
—Es
posible —dijo el señor—, en eso no había caído.
Todos
se rieron, Pepi, que apenas entendía de qué hablaban, con más fuerza que los
demás.
—Ahora
que estamos todos reunidos y tan alegres —dijo entonces el señor—, le pediría
al señor agrimensor que me ayudase a completar mis actas con algunos datos.
—Aquí
se escribe mucho —dijo K, y miró desde la lejanía hacia el acta.
—Sí,
una mala costumbre —dijo el señor, y volvió a reírse—, pero quizá aún no sepa
quién soy yo. Soy Momus , el secretario municipal de Klamm.
Después
de estas palabras la seriedad volvió a la habitación; aunque la posadera y
Pepi, naturalmente, conocían bien al señor, quedaron afectadas por la mención
del nombre y de su cargo. E incluso el señor mismo, como si hubiese dicho
demasiado para su capacidad receptiva, y como si quisiera al menos huir de toda
solemnidad adicional implícita en sus palabras, se concentró en sus expedientes
y comenzó a escribir de tal modo que en la habitación sólo se oía la pluma.
—¿Qué
es eso de secretario municipal? —preguntó K después de un rato.
En
vez de Momus, que ahora, después de haberse presentado, ya no consideraba
adecuado proporcionar ese tipo de explicaciones, fue la posadera quien
contestó:
—El
señor Momus es el secretario de Klamm como cualquier otro de los secretarios de
Klamm, pero su residencia oficial y, si no me equivoco, sus competencias...
Momus
sacudió vivamente la cabeza mientras escribía y la posadera mejoró sus
palabras.
—Bueno,
su residencia oficial, no sus competencias, queda limitada al pueblo. El señor
Momus se encarga de los escritos de Klamm referentes al pueblo y es el primero
que recibe todas las peticiones a Klamm procedentes del pueblo.
Cuando
K, aún poco afectado por esas cosas, contempló a la posadera con la mirada
vacía, añadió ella casi confusa:
Así
está dispuesto, todos los señores del castillo tienen sus secretarios
municipales.
Momus,
que había escuchado con más atención que K, completó lo dicho por la posadera:
—La
mayoría de los secretarios municipales sólo trabajan para un señor; yo, sin
embargo, para dos, para Klamm y para Vallabene.
—Sí
—dijo la posadera, recordándolo en ese momento, y se dirigió a K:
—El
señor Momus trabaja para dos señores, para Klamm y para Vallabene, por tanto es
doble secretario municipal.
—Incluso
doble —dijo K asintiendo con la cabeza hacia Momus, como se asiente ante un
niño del que se acaban de oír elogios. Mientras, el secretario municipal,
inclinado hacia adelante, le miraba directamente.
Si
en esas palabras había cierto desprecio, o no se notó o, por el contrario, se
supuso. Precisamente ante K, que ni siquiera era lo suficientemente digno para
ser visto por Klamm, aunque sólo fuera casualmente, se detallaban los méritos
de un hombre perteneciente al estrecho círculo de Klamm con la intención sin
disimulo de obligarle a mostrar reconocimiento y alabanzas. Y, sin embargo, K
no se daba cuenta; él, que se esforzaba con todas sus energías por conseguir
una mirada de Klamm, no valoraba lo suficiente el puesto de un Momus, que podía
vivir ante Klamm; lejos estaban de él la admiración o incluso la envidia, pues
no consideraba su proximidad lo más deseable, él, sólo él, con sus deseos y con
los de nadie más, era quien tenía que acercarse a Klamm, y acercarse, no para
descansar a su lado, sino para adelantarle en su camino hacia el castillo.
Y
después de mirar la hora en su reloj, dijo:
—Ahora
debo irme a casa.
En
ese momento cambió de inmediato la situación a favor de Momus.
—Sí,
es cierto —dijo éste—, los deberes del bedel de la escuela le llaman. Pero
antes me tendrá que dedicar un minuto. Se trata de unas preguntas cortas.
—No
tengo ganas —dijo K, y quiso irse hacia la puerta.
Momus
golpeó una de las actas contra la mesa y se levantó:
—En
nombre de Klamm le conmino a responder mis preguntas.
—¿En
nombre de Klamm? —repitió K—, ¿acaso le preocupan mis asuntos?
—Sobre
eso —dijo Momus— no puedo juzgar y usted mucho menos, dejémoslo a su
discreción. Pero le exijo en el ejercicio del cargo que ocupo, concedido por
Klamm, que permanezca y responda.
—Señor
agrimensor —se injirió la posadera—, me guardaré mucho de seguir aconsejándole;
con mis anteriores consejos, los más benevolentes que puede haber, he sido
rechazada por usted con la mayor grosería y he venido ha hablar con el
secretario —no tengo nada que ocultar para informar a la administración de su
conducta y de sus intenciones, así como para impedir en el futuro que usted sea
alojado de nuevo en mi posada; así están las cosas entre nosotros y ya no se
puede cambiar nada, y si ahora digo mi opinión, no lo hago para ayudarle a
usted, sino para facilitar en algo la difícil tarea del señor secretario
consistente en tratar con un hombre como usted. No obstante, y debido a mi
completa sinceridad—con usted no puedo hablar sino con sinceridad y aun así
ocurre en contra de mi voluntad—, también usted puede sacar provecho de mis
palabras, siempre que quiera. En este caso le advierto de que el único camino
que conduce a Klamm pasa por las actas del señor secretario. Pero no quiero
exagerar, quizá el camino no conduzca a Klamm, quizá se interrumpa antes de
llegar a él, sobre eso decide el secretario según su arbitrio. En todo caso es
el único camino que, al menos para usted, va en la dirección de Klamm. ¿Y usted
quiere renunciar a este único camino por ningún otro motivo que por
obstinación?
—Ay,
señora posadera —dijo K—, no es ni el único camino hacia Klamm ni posee más
valor que los demás. Y usted, señor secretario, es quien decide sobre si lo que
diré aquí llegará hasta Klamm o no.
—Cierto
—dijo Momus, y miró orgulloso, con los ojos hundidos, hacia la derecha y la
izquierda, donde no había nada que mirar—. ¿Para qué sería en otro caso
secretario?
—Ahora
puede ver, señora posadera —dijo K—, que no necesito un camino para llegar a
Klamm, sino uno para llegar al señor secretario.
—Ese
camino se lo pretendía abrir yo —dijo la posadera—, ¿no le pedí esta mañana que
me dejase canalizar su petición a Klamm? Eso habría ocurrido a través del señor
secretario. Usted, sin embargo, lo rechazó y ahora no le va a quedar otro
remedio que este camino. Ciertamente, después de su actuación de hoy, de su
intento de asaltar a Klamm, con menos perspectivas de éxito. Pero esta última y
diminuta esperanza que desaparece, casi inexistente, es lo único que tiene.
—¿Cómo
es posible, señora posadera —dijo K—, que en un principio haya intentado
impedirme que llegase hasta Klamm y que ahora torne tan en serio mi solicitud
y, en cierto modo, me considere perdido después del fracaso de mis planes? Si
al principio se me desaconsejó con toda sinceridad que intentase llegar a
Klamm, ¿cómo es posible que ahora se me impulse hacia adelante, al parecer con
la misma sinceridad, en el camino hacia Klamm, por más que no conduzca hasta
él?
—¿Le
impulso hacia adelante? —preguntó la posadera—. ¿Acaso significa impulsarle
hacia adelante decirle que sus intentos carecen de esperanza de éxito? Sería,
verdaderamente, lo máximo en osadía, si así quisiese descargar sobre mí una
responsabilidad que le concierne a usted. ¿Es quizá la presencia del señor
secretario lo que le motiva a ello? No, señor agrimensor, yo no le impulso a
nada. Sólo puedo reconocer una cosa, que yo, cuando le vi por primera vez,
quizá le estimé demasiado. Su rápida victoria sobre Frieda me asustó, no sabía
de lo que aún podría ser capaz, yo quería impedir males mayores y creí poder conseguirlo
si le conmocionaba con amenazas y súplicas. Mientras tanto he aprendido a
pensar con más tranquilidad sobre todo. Puede hacer lo que quiera, sus actos
podrán dejar, a lo mejor, afuera, en la nieve del patio, profundas huellas,
pero nada más.
—Me
parece que aún no ha logrado aclarar la contradicción —dijo K—, pero me doy por
satisfecho habiéndole llamado la atención sobre ella. Ahora le pido, señor
secretario, que me diga si la opinión de la señora posadera es acertada, me
refiero a si el acta que quiere completar conmigo podría conducir como
consecuencia a que pudiese aparecer ante Klamm. Si es así, estoy dispuesto a
responder a todas las preguntas. A ese respecto, estoy dispuesto a todo.
—No
—dijo Momus—, no existe esa vinculación. Aquí se trata sólo de redactar una
correcta descripción de lo acontecido esta tarde para el registro municipal de
Klamm. Esa descripción ya está terminada, sólo tiene que rellenar dos o tres
espacios en blanco por cuestión de orden, no existe ninguna otra finalidad y
tampoco se puede alcanzar.
K
miró en silencio a la posadera.
—¿Por
qué me mira? —preguntó la posadera—. ¿Acaso he dicho algo diferente? Así ocurre
siempre, señor secretario, así ocurre siempre. Falsea las informaciones que se
le dan y luego afirma que ha recibido informaciones falsas. Le vengo diciendo
desde el principio, hoy y siempre, que no tiene ninguna posibilidad de ser
recibido por Klamm, si no hay ninguna posibilidad, tampoco la recibirá por esta
acta. ¿Puede haber algo más claro? Además, le digo que esta acta es la única
conexión oficial que puede tener con Klamm, también eso es lo suficientemente
claro y no da lugar a dudas. Como no me cree, sigue con la esperanza —no sé por
qué ni para qué— de poder llegar hasta Klamm, entonces sólo se le puede ayudar,
si se logra insertar en su proceso mental que la única conexión oficial que
tiene con Klamm es esta acta. Eso es lo que me he limitado a decir, y quien
afirme otra cosa diferente tergiversa maliciosamente mis palabras.
—Si
es como dice, señora posadera, entonces le pido disculpas, entonces la he
interpretado mal; yo creía, erróneamente, como ha resultado ahora, que de sus
palabras se podía deducir una ínfima esperanza para mí.
—Cierto
—dijo la posadera—, ésa es mi opinión, usted vuelve a tergiversar mis palabras,
aunque ahora en el sentido contrario. Para usted, según mi opinión, existe una
esperanza así y, además, se basa únicamente en esta acta, pero puede ser que
asalte al señor secretario con la pregunta «¿podré ver a Klamm si respondo a
las preguntas?» Cuando un niño pregunta así, uno se ríe, cuando lo hace un
adulto resulta una ofensa contra la administración, lo que el señor secretario
ha ocultado indulgentemente con la elegancia de su respuesta. La esperanza, sin
embargo, a la que me refiero, consiste en que a través del acta posee una
suerte de conexión, quizá una suerte de conexión con Klamm. ¿No es esa una
esperanza suficiente? ¿Si le preguntaran sobre los méritos que le hacen digno
de esa esperanza, podría mencionar algo? Cierto, no se puede decir nada más
concreto acerca de esa esperanza, y especialmente el señor secretario, en el
ejercicio de sus funciones, jamás podrá darle la mínima indicación al respecto.
Para él se trata, como ya le dijo, de una descripción de la tarde de hoy, por
cuestión de orden, más no le dirá, ni siquiera si ahora mismo le pregunta
respecto a mis palabras.
—¿Entonces,
señor secretario —preguntó K—, leerá Klamm esa acta?
—No
—dijo Momus—, ¿para qué? Klamm no puede leer todas las actas, en realidad no
lee ninguna. «¡Dejadme en paz con vuestras actas!», suele gritarnos.
—Señor
agrimensor—se quejó la posadera—, me agota con esas preguntas. ¿Acaso es
necesario o siquiera deseable que Klamm lea esa acta y tome conciencia literal
de las naderías de su vida? ¿No preferiría pedir humildemente que ocultasen ese
expediente a Klamm, una petición, por lo demás, tan irrazonable como la primera
—quién puede ocultar algo a Klamm— algo que, sin embargo, revelaría en usted un
carácter más simpático? ¿Y es necesario para eso que usted denomina su
esperanza? ¿No ha declarado que quedaría satisfecho, si sólo tuviese la
oportunidad de hablar delante de Klamm, aun en el caso de que él no le viera y
ni siquiera le escuchara? ¿Y no alcanza mediante este expediente al menos eso,
aunque quizá mucho más?
—¿Mucho
más? —preguntó K—. ¿De qué manera?
—Si
no quisiera tenerlo siempre todo en forma comestible —dijo la posadera—, como
si fuera un niño. ¿Quién puede dar respuesta a esas preguntas? El acta se
guarda en el registro municipal de Klamm, eso ya lo ha escuchado, mas no se
puede decir con seguridad. ¿Conoce ya toda la importancia de lo que redacta el
señor secretario para el registro municipal? ¿Sabe lo que significa cuando el
señor secretario le interroga? Tal vez, o es muy probable, ni siquiera lo sepa
él mismo. Está aquí tranquilamente sentado y cumple con su deber, por cuestión
de orden, como dijo. Pero piense que Klamm le ha nombrado, que trabaja en
nombre de Klamm, que lo que hace, aunque nunca llegue hasta Klamm, cuenta desde
un principio con la aprobación de Klamm. Y ¿cómo puede tener algo la aprobación
de Klamm si no está inspirado por su espíritu? Muy lejos está de mí la
intención de adular toscamente al señor secretario, él mismo tampoco lo
toleraría, pero no hablo de su personalidad independiente, sino de lo que él es
cuando cuenta con la aprobación de Klamm, como ahora mismo. Entonces es un
instrumento en el cual se posa la mano de Klamm, y ay de aquel que no se someta
a él .
K
no temía las amenazas de la posadera, ya estaba cansado de las esperanzas con
las que intentaba hacerle caer en la trampa. Klamm estaba lejos, una vez la
posadera había comparado a Klamm con un águila y eso le había parecido a K
ridículo; ahora ya no, pensaba en su lejanía, en su inexpugnable morada, en su
silencio continuo, quizá sólo interrumpido por gritos que K jamás había oído,
en su mirada penetrante que nunca se dejaba contrariar ni poner en evidencia,
en sus círculos, indestructibles por la profundidad de K, que trazaba arriba
según leyes incomprensibles, sólo visibles en algún instante, todo eso tenían
en común Klamm y el águila. El acta no tenía nada que ver con todo eso, esa
acta sobre la cual Momus despedazaba en ese momento una rosquilla con la que
iba a acompañar la cerveza y con la que cubrió todos los papeles de sal y
comino.
—Buenas
noches —dijo K—, siento aversión contra todos los interrogatorios.
Y
realmente se fue hacia la puerta.
—Pues
se va —dijo Momus casi atemorizado a la posadera.
—No
se atreverá —dijo ella.
Pero
K no pudo oír nada más, ya se encontraba en el pasillo. Hacía frío y soplaba un
fuerte viento. De la puerta de enfrente salió el posadero, parecía como si
detrás de ella, por un agujero, hubiese vigila do el pasillo. Se sujetaba los
faldones de la chaqueta, tan fuerte soplaba el viento en el pasillo.
—¿Ya
se va, señor agrimensor? —dijo.
—¿Se
asombra de ello? —preguntó K.
—Sí
—dijo el posadero—. Entonces, ¿no le han interrogado?
—No
—dijo K—, no me dejo interrogar.
—¿Por
qué? —preguntó el posadero.
—No
sé por qué razón me debería dejar interrogar, por qué me tengo que someter a
una broma o a un capricho administrativo. Tal vez lo hubiese hecho en otra
ocasión para matar el tiempo, pero hoy no.
—Sí,
claro —dijo el posadero, pero era una anuencia cortés, carente de convicción—.
Tengo que dejar entrar al servicio en la taberna —dijo después—, ya hace tiempo
que ha pasado su hora. No quería importunar el interrogatorio.
—¿Lo
consideraba tan importante? —preguntó K.
—Oh,
sí —dijo el posadero.
—Entonces,
¿no tendría que haberme negado? —preguntó K.
—No
—dijo el posadero—, no lo debería haber hecho.
Como
K callaba, ya fuese para consolarle o para salir del paso con más rapidez,
añadió:
—Bueno,
bueno, no por eso se va a caer el cielo.
—No
—dijo K—, por el tiempo que hace, no creo.
Y
se separaron sonriendo.
10
EN
LA CALLE
K
salió a la escalera exterior azotada por el fuerte viento y miró hacia la
oscuridad. Un tiempo malo, malísimo. De alguna manera, en consonancia con él se
acordó de cómo la posadera se había esforzado en que se plegase al interrogatorio
y cómo había logrado resistirse. No había sido ningún esfuerzo externo, en
secreto le había alejado del acta, al final no sabía si había resistido o se
había resignado. Una naturaleza intrigante, aparentemente trabajando sin
sentido como el viento, según encargos lejanos y extraños de los que nunca se
tenía noticia.
Apenas
había caminado unos pasos por la carretera cuando vio en la lejanía dos luces
oscilantes. Ese signo de vida le alegró y se apresuró a llegar hasta ellas, que
también venían a su encuentro. No supo por qué se sintió tan decepcionado al
reconocer a los dos ayudantes que marchaban hacia él, probablemente los había
enviado Frieda, y los faroles que le liberaban de las tinieblas haciendo ruido
a su alrededor eran de su propiedad; no obstante, estaba decepcionado, había
esperado encontrarse con algún extraño, no con esos viejos conocidos que le
resultaban una carga. Pero no sólo venían los ayudantes, de la oscuridad, entre
ellos, surgió Barnabás.
—¡Barnabás!
—exclamó K, y le ofreció su mano—. ¿Me buscabas?
La
sorpresa del encuentro le hizo olvidar al principio el enojo que le causó una
vez.
—Sí
—dijo Barnabás con el mismo tono amable de siempre—, y con una carta de Klamm.
——¡Una
carta de Klamm! —dijo K alzando la cabeza y tomando deprisa la carta de la mano
de Barnabás—. ¡Iluminad! —le dijo a los ayudantes que se apretaban contra él a
derecha e izquierda y levantaban los faroles.
K
tuvo que doblar repetidas veces el gran pliego de la carta para protegerlo del
viento. A continuación leyó: «¡Al agrimensor en la posada del puente! Los
trabajos de agrimensura que ha realizado hasta el presente son dignos de mi
reconocimiento. También los trabajos de los ayudantes son dignos de alabanza.
Sabe estimularlos muy bien a trabajar. ¡No desmaye en su celo profesional!
¡Conduzca sus trabajos a un buen fin! Una interrupción me enojaría. Por lo
demás, esté confiado, la cuestión salarial se decidirá en breve. No le pierdo
de vista».
K
dejó de mirar la carta cuando los ayudantes, lectores más lentos, gritaron tres
hurras para celebrar las buenas noticias e hicieron oscilar los faroles.
—Calma
—dijo, y dirigiéndose a Barnabás—: Es un malentendido.
Barnabás
no le comprendió.
—Es
un malentendido —repitió K.
Y
el cansancio de la tarde volvió a apoderarse de él, el camino hasta la escuela
le parecía aún más largo y detrás de Barnabás se encontraba toda su familia y
los ayudantes se apretaban contra él, así que tuvo que distanciarlos con los
codos; cómo había podido Frieda enviárselos; si él había ordenado que permanecieran
con ella. El camino a casa lo habría encontrado él solo y lo habría recorrido
con más facilidad que en esa compañía. Por añadidura, uno de ellos se había
puesto alrededor del cuello un pañuelo, cuyos extremos ondeaban con el viento y
golpeaban el rostro de K, mientras que el otro los retiraba de su rostro con
sus dedos puntiagudos y juguetones sin, ciertamente, mejorar la situación. Los
dos, incluso, parecían haberle tomado el gusto a esa actividad, del mismo modo
en que les entusiasmaba el viento y la inestabilidad de la noche.
—¡Vamos!
—gritó K—. Si habéis venido a mi encuentro, ¿por qué no habéis traído mi
bastón? ¿Con qué si no os voy a llevar hasta casa?
Se
escondieron detrás de Barnabás, pero tampoco estaban tan asustados, pues en
otro caso no habrían mantenido los faroles a derecha e izquierda de su
protector. Él, sin embargo, se desprendió de ellos.
—Barnabás
—dijo K, y le afectó profundamente que Barnabás no comprendiese que en tiempos
tranquilos su chaqueta brillase, pero que cuando había problemas, no supusiese
ninguna ayuda; en él sólo se podía encontrar una resistencia muda, resistencia
contra la que no se podía luchar, pues él mismo estaba indefenso, sólo brillaba
su sonrisa, pero era de tan poca ayuda como las estrellas arriba contra la tormenta
allí abajo.
—Mira
lo que me escribe el señor —dijo K, y mantuvo la carta ante su rostro—. El
señor está mal informado, no hago ningún trabajo de agrimensura y lo valiosos
que son los ayudantes, bueno, eso ya lo sabes tú mismo. Y el trabajo que no
hago no lo puedo interrumpir, ¡si ni siquiera puedo despertar el enojo del
señor, cómo voy a ganarme su reconocimiento! Y confiado, desde luego, no lo
estaré nunca.
—Yo
lo intentaré arreglar —dijo Barnabás, que todo el tiempo había pasado la vista
por la carta, pero no la había podido leer, ya que la tenía pegada al rostro.
—¡Ay!
—dijo K—, me prometes que lo vas a arreglar, pero ¿puedo creerte realmente?
¡Necesito tanto a un mensajero digno de confianza, ahora más que nunca!
K
se mordió los labios de impaciencia.
—Señor
—dijo Barnabás con una ligera inclinación del cuello. K estuvo a punto de
dejarse seducir y creer a Barnabás—, yo lo arreglaré, también lo último que me
pediste.
—¡Cómo!
—gritó K—. ¿Aún no lo has arreglado? ¿No estuviste al día siguiente en el castillo?
—No
—dijo Barnabás—, mi buen padre es viejo, ya lo has visto, y había mucho
trabajo, tuve que ayudarle, pero ahora podré ir pronto al castillo.
—Pero
¿qué haces, ser descabellado? —exclamó K, y se dio una palmada en la frente—,
¿acaso no tienen prioridad ante todo los asuntos de Klamm? ¿Tienes el cargo
superior de un mensajero y lo ejerces con tal desvergüenza? ¿A quién le
preocupa el trabajo de tu padre? Mamm espera noticias y tú, en vez de
precipitarte a llevárselas, prefieres sacar la porquería del establo.
—Mi
padre es zapatero —dijo Barnabás impertérrito—, tenía encargos de Brunswick y
yo soy el ayudante de mi padre.
—¡Encargos—zapatos—Brunswick!
—gritó K amargado, como si hiciese inservibles para siempre cada una de las
palabras—. ¿Y quién necesita aquí zapatos en los caminos siempre vacíos, y qué
me importan a mí todos los zapatos del mundo? Te he confiado un mensaje, no
para que lo olvides en un banco de zapatero, sino para que lo lleves de
inmediato al señor.
K
se tranquilizó un poco al ocurrírsele que probablemente Klamm no había
permanecido todo el tiempo en el castillo, sino en la posada de los señores,
pero Barnabás volvió a irritarle cuando comenzó a recitar el primer mensaje
para demostrarle que no lo había olvidado.
—Basta,
no quiero saber más—dijo K.
—No
te enfades conmigo, señor—dijo Barnabás y, como si quisiera castigarle
inconscientemente, apartó su mirada y bajó los ojos, pero no era más que
consternación por los gritos de K.
—No
me he enfadado contigo —dijo K, y su intranquilidad se volvió contra él mismo—,
no contigo, pero resulta muy perjudicial para mí sólo tener un mensajero así
para las cosas importantes.
—Mira
—dijo Barnabás, y pareció como si para defender su honor de mensajero dijera
más de lo que podía—, Klamm no espera tus noticias, incluso se enoja cuando
llego, «otra vez noticias», dijo él una vez, y la mayoría de las veces se
levanta cuando me ve llegar desde lejos, se va a la habitación contigua y no me
recibe. Tampoco está acordado que tenga que presentarme cada vez que tenga un
mensaje; si fuese así, es obvio que me presentaría inmediatamente, pero no se
ha acordado nada al respecto, y si no me presentase nunca, tampoco me
reclamarían que lo hiciese. Cuando llevo un mensaje lo hago voluntariamente.
—Bien
—dijo K observando a Barnabás y apartando premeditadamente la vista de los
ayudantes que, alternándose detrás de los hombros de Barnabás, surgían
lentamente de su hundimiento y rápidamente, con un silbido que imitaba al
viento, como si se asustasen ante la mirada de K, volvían a desaparecer, así se
divirtieron un buen rato—, no sé cómo son las cosas con Klamm, que tú sepas
reconocer cómo son allí, lo dudo e incluso si pudieras, tampoco podrías
mejorarlas. Pero sí puedes transmitir un mensaje, y eso es lo que te pido. Un mensaje
muy corto. ¿Podrás llevarlo mañana mismo y decirme la respuesta también mañana
o al menos informarme de cómo ha sido recibido? ¿Puedes y quieres hacerlo? Para
mí sería muy importante. Y tal vez tenga la oportunidad de agradecértelo o tal
vez tienes ahora un deseo que yo pueda cumplir.
—Claro
que cumpliré tu encargo —dijo Barnabás.
—¿Y
quieres esforzarte, cumplirlo lo mejor posible, transmitírselo personalmente a
Klamm, recibir la respuesta del mismo Klamm y en seguida, mañana, aún por la
mañana, quieres hacerlo?
—Lo
haré lo mejor que pueda—dijo Barnabás—, pero eso es lo que hago siempre.
—No
vamos a seguir discutiendo sobre eso —dijo K—. Éste es el mensaje: «El
agrimensor solicita al señor director que le permita presentarse personalmente
ante él, acepta por antelación toda condición que esté vinculada a esa
autorización. Se ha visto obligado a realizar esta petición, porque hasta ahora
todos los intermediarios han fracasado, como prueba aduce que hasta el momento
no ha realizado ningún trabajo de agrimensura; con desesperada vergüenza ha
leído, por tanto, la última carta del señor director, sólo una entrevista
personal podría ayudar a solucionar la situación. El agrimensor conoce las
molestias que puede causar, así que se esforzará por reducirlas todo lo que
pueda, sometiéndose a cualquier limitación de tiempo, incluso a una fijación
del número de palabras, si se considera necesaria, que pueda emplear durante la
entrevista, incluso cree poder contentarse con sólo diez palabras. Con gran
respeto y extremada impaciencia, espera la decisión».
K
había hablado concentrado en las palabras y olvidándose de sí mismo, como si
estuviese ante la puerta de Klamm y hablase con el vigilante de la puerta.
—Es
más largo de lo que había pensado —dijo al cabo—, pero tienes que transmitirlo
oralmente, no quiero escribir una carta, seguiría el infinito camino de los
expedientes.
Así,
K garabateó en un papel sobre la espalda de uno de los ayudantes, mientras el
otro iluminaba, pero K pudo escribirlo según el dictado de Barnabás que lo
había memorizado todo y lo repetía como un escolar, sin preocuparse del texto
erróneo que los ayudantes le intentaban soplar.
—Tu
memoria es extraordinaria —dijo K, y le dio el papel—, ahora, por favor,
muéstrate extraordinario en el resto. ¿Y los deseos? ¿No tienes ninguno? Te
digo sinceramente que me tranquilizaría, respecto al destino de mi mensaje, si
tuvieras alguno.
Al
principio Barnabás permaneció callado, luego dijo:
—Mis
hermanas te envían saludos.
—Tus
hermanas —dijo K—, sí, esas jóvenes fuertes y altas.
—Las
dos te envían un saludo, pero especialmente Amalia —dijo Barnabás—, hoy me ha
traído esta carta del castillo para ti.
Interesado
en esta información, K preguntó:
—¿No
podría llevar ella también mi mensaje al castillo? ¿O no podríais ir los dos
juntos y buscar suerte cada uno por su lado?
—Amalia
no puede entrar en las oficinas —dijo Barnabás—, si no lo haría encantada.
—Mañana
es probable que vaya a visitaros —dijo K—, pero ven tú antes a buscarme con la
respuesta. Te espero en la escuela. Saluda de mi parte a tus hermanas.
La
promesa de K pareció hacer muy feliz a Barnabás y, después de estrecharse las
manos como despedida, llegó incluso a rozar fugazmente el hombro de K. Éste
sintió sonriente ese roce como si fuera un distintivo, como si ahora todo fuese
como al principio, cuando Barnabás entró por primera vez en la posada con todo
su esplendor en la presencia de los campesinos. Ya más calmado, durante el
camino de regreso dejó que los ayudantes hicieran lo que quisiesen.
11
EN
LA ESCUELA
Llegó
congelado a casa, todo estaba oscuro, las velas en los faroles se habían
consumido; conducido por los ayudantes, que conocían el lugar, logró entrar en
una de las clases palpando las paredes:
—Vuestra
primera acción digna de elogio —dijo recordando la carta de Klamm.
Aún
medio dormida, Frieda exclamó desde una esquina:
—¡Dejad
dormir a K! ¡No le molestéis!
Así
seguía ocupando K sus pensamientos, aun cuando rendida por el sueño no había
podido esperarlo despierta. Entonces se encendió la luz, aunque la lámpara,
dado que tenía poco petróleo, apenas iluminaba. El lugar mostraba varias
carencias, si bien se había caldeado; la gran habitación, que también se
empleaba para hacer gimnasia —los aparatos estaban por todos lados y también
colgaban del techo—, había consumido ya toda la leña disponible. Como se le
aseguró a K, la temperatura había sido muy agradable, pero ahora, por
desgracia, se había enfriado. En un depósito había reservas de leña, pero
estaba cerrado y el maestro era quien tenía la llave, además, sólo permitía que
se sacase leña para calentar durante las horas de clase. Hubiera sido
soportable, si hubiesen dispuesto de camas para poder huir del frío en ellas,
pero no había nada excepto un jergón de paja, cubierto, lo que era digno de aprecio,
por un mantón de lana perteneciente a Frieda, pero sin colchón de plumas y sólo
con dos cobertores rígidos y bastos que apenas calentaban. E incluso los
ayudantes miraban con codicia ese jergón de paja, pero, naturalmente, no tenían
la esperanza de poder acostarse en él. Frieda miró a K con miedo; que podía
hacer habitable incluso la habitación más miserable, era algo que había
demostrado en la posada del puente, pero aquí no había podido lograr nada más,
sin ningún medio, como en realidad había sido.
—Nuestro
único mobiliario son los aparatos de gimnasia —dijo entre lágrimas esforzándose
por sonreír. Pero en lo que se refería a las graves carencias, la insuficiencia
de camas y la calefacción, se prometía ayuda para el día siguiente y le pidió a
K que tuviera paciencia hasta entonces. Ninguna palabra, ningún signo, ningún
gesto podía indicar que albergaba en su corazón la mínima amargura por más que
él, como tenía que reconocer, la había sacado de la posada de los señores y
luego de la del puente. Por esta razón K se esforzó por encontrarlo todo
soportable, lo que tampoco le resultaba tan difícil, pues él caminaba en
pensamientos con Barnabás y repetía literalmente todo su mensaje, pero no como
se lo había transmitido a Barnabás, sino como él creía que sonaría en los oídos
de Klamm. Además, se alegró sinceramente por el café que Frieda le preparaba en
un hornillo y siguió desde la calefacción, ya fría, sus movimientos
experimentados y ligeros con los cuales extendía sobre la mesa del maestro el
inevitable mantel blanco, colocaba una taza de café con motivos florales y,
junto a ella, pan y tocino e, incluso, una lata de sardinas. Ahora ya estaba
todo listo, tampoco Frieda había comido, sólo había esperado a K. Había dos
sillas: en ellas Frieda y K se sentaron a la mesa, los ayudantes a sus pies, en
la tarima, pero no permanecieron tranquilos, también molestaron durante la
comida; a pesar de que recibieron con abundancia de todo y ni siquiera habían
terminado lo suyo, no cesaban de levantarse para comprobar si aún quedaba algo
en la mesa y si podían esperar algo más. K no les prestó atención, sólo por la
risa de Frieda se fijó en ellos. Él puso su mano acariciadora sobre la de ella
y le preguntó en voz baja por qué les toleraba tanto, incluso aceptaba amablemente
su mala educación. De esa manera jamás podrían desprenderse de ellos, mientras
que tratándolos con dureza como correspondía a su comportamiento podrían lograr
o dominarlos o, lo que era más probable y mejor, quitarles el gusto de seguir
en ese puesto y finalmente que se fuesen. No parecía que la estancia en la
escuela tuviese perspectivas de ser muy buena, aunque tampoco fuera a durar
mucho, pero apenas se notarían las carencias si los ayudantes se hubiesen ido y
sólo los dos permaneciesen en esa casa tan tranquila. ¿Acaso no notaba que los
ayudantes se ponían más descarados cada día que pasaba, como si la presencia de
Frieda y la esperanza de que K no intervendría con fuerza en su presencia, como
haría en otro caso, les animara a ello? Además, quizá podría haber algún medio
simple para desembarazarse de ellos, tal vez hasta lo conociese Frieda, que
tanto sabía de su situación actual. Y a los ayudantes probablemente sólo se les
hiciese un favor al expulsarlos, pues tampoco se daban allí la gran vida y la haraganería
de la que habían disfrutado hasta ese momento terminaría en parte, ya que
tendrían que ponerse a trabajar, mientras que Frieda, después de las
agitaciones de los últimos días, tenía que descansar y él, K, estaría ocupado
en buscar una salida a la situación de emergencia en que se encontraban. Sin
embargo, si los ayudantes se fueran, se encontraría tan aligerado que podría
cumplir fácilmente con las obligaciones en la escuela y con todo lo demás.
Frieda,
que había escuchado con atención, acarició lentamente su brazo y dijo que era
de la misma opinión, pero que él, sin embargo, quizá valoraba demasiado la mala
educación de los ayudantes, eran chicos jóvenes, alegres y algo simples, por
primera vez al servicio de un forastero, liberados de la severa disciplina del
castillo, por eso mismo un poco excitados y asombrados, y que en ese estado a
veces cometían tonterías, sobre las que, naturalmente, uno se tenía que enojar,
aunque lo más razonable sería reírse. Ella, a veces, no podía dejar de reírse.
Sin embargo, estaba de acuerdo con K en que lo mejor sería desembarazarse de
ellos y quedarse los dos solos. Se aproximó a K y ocultó su rostro en su
hombro, y allí dijo, de forma tan incomprensible que K se tuvo que inclinar,
que no conocía ningún medio contra los ayudantes y temía que fracasase todo lo
propuesto por K. Por lo que ella sabía, había sido el mismo K quien los había
reclamado y ahora los tenía y los mantendría. Lo mejor sería aceptarlo como un
mal menor, como lo que en realidad eran, y así los soportaría mejor.
K
no quedó satisfecho con esa respuesta: medio en broma medio en serio dijo que
le parecía que ella tenía confianza en ellos o que, al menos, sentía por ellos
una gran inclinación, a fin de cuentas eran unos chicos atractivos aunque no
había nadie del que alguien, con buena voluntad, no pudiese deshacerse, y eso
lo demostraría con los ayudantes.
Frieda
le dijo que ella le estaría muy agradecida si lo lograba. Además, a partir de
ese momento ya no se reiría de ellos ni hablaría con ellos una palabra que no
fuese necesaria. Ya no encontraba en ellos nada que le hiciera gracia; por
añadidura no era nada agradable ser observada continuamente por dos personas,
ella había aprendido a contemplar a los dos con sus ojos. Y, realmente, se
sobresaltó un poco cuando los dos ayudantes volvieron a levantarse, en parte
para comprobar los restos de comida en parte para enterarse de a qué se debían
los continuos murmullos.
K
aprovechó la ocasión para quitarle las ganas a Frieda de seguir con los
ayudantes, la atrajo hacia sí y terminaron juntos la comida. Entonces deberían
haberse acostado, todos estaban muy cansados, uno de los ayudantes se había
quedado dormido, incluso, mientras comía, eso divirtió mucho al otro y quiso
convencer a K y a Frieda para que mirasen el necio rostro del durmiente, pero
no lo logró, los dos se mantuvieron arriba con actitud de rechazo. Con el
insoportable frío que hacía dudaban si irse a dormir, finalmente K declaró que
se tenía que volver a caldear la habitación, en otro caso sería imposible
dormir. Buscó un hacha o alguna herramienta parecida, los ayudantes sabían de
un hacha y la trajeron; a continuación se fue al depósito de leña. En poco
tiempo había logrado romper la puerta; encantados, como si no hubiesen
experimentado en su vida nada mejor, persiguiéndose y empujándose mutuamente,
los ayudantes comenzaron a llevar leña a la habitación; en poco tiempo ya
habían acumulado un buen montón, así que encendieron la calefacción, se
sentaron alrededor, a los ayudantes les dieron un cobertor, para arroparse con
él, y eso bastó, porque acordaron que uno de ellos siempre vigilaría el fuego
para mantenerlo, pero poco después hacía tanto calor que ya no necesitaron los
cobertores, se apagó la lámpara y, felices por el calor y la calma, Frieda y K
se echaron a dormir.
Cuando
K se despertó por la noche a causa de un ruido y tocó somnoliento en el lugar
donde debía estar Frieda, comprobó que en vez de ella a su lado estaba uno de
los ayudantes. Fue, probablemente debido a la irritación que ya trajo consigo
el ser despertado de repente, el mayor susto que había tenido desde que había
llegado al pueblo. Se levantó dando un grito y sin pensarlo le dio al ayudante
tal puñetazo que comenzó a llorar. El malentendido, sin embargo, se aclaró en
seguida. Frieda se había despertado porque —al menos eso se había figurado— un
animal grande, probablemente un gato, le había saltado al pecho y luego se
había escapado. Ella se había levantado y buscado al animal por toda la
habitación. Eso lo había aprovechado uno de los ayudantes para disfrutar un
poco del placer del jergón de paja, lo que ahora pagaba amargamente. Frieda,
sin embargo, no pudo encontrar nada, quizá sólo fuera pura imaginación, regresó
con K y en el camino, como si hubiese olvidado la conversación nocturna,
acarició el pelo del ayudante lloroso para confortarle. K no dijo nada, se
limitó a ordenar al ayudante que dejase ya de vigilar el fuego, pues con el
consumo de casi toda la leña reunida ya hacía demasiado calor.
Por
la mañana se despertaron cuando los primeros niños de la escuela ya estaban
allí y rodeaban con curiosidad a los durmientes. Fue algo desagradable porque a
causa del calor, que ahora, sin embargo, por la mañana, había dado lugar a un
frío respetable, se habían quitado todos hasta la camisa y precisamente cuando
comenzaban a vestirse apareció en la puerta Gisa, la maestra, una mujer joven,
alta, rubia y hermosa, aunque algo rígida. Había sido visiblemente preparada
para tratar al nuevo bedel y había recibido instrucciones del maestro, pues ya
en el umbral dijo:
—Esto
no lo puedo tolerar. Pues sí, bonita situación. Tienen simplemente el permiso
de dormir en la clase, pero yo no tengo la obligación de dar clase en su
dormitorio. Una familia que duerme hasta casi el mediodía, ¡era lo que nos
faltaba!
Bueno,
contra eso se podría decir bastante, especialmente en lo que se refería a la
familia y a las camas, pensó K, mientras él y Frieda —los ayudantes no podían
ayudar, se limitaban a mirar perplejos, desde el suelo, a la maestra y a los
niños— empujaron a toda prisa el potro y las barras, los cubrieron con el
cobertor y así crearon un espacio en el cual, asegurados contra las miradas de
los niños, al menos pudieron vestirse. Pero no lograron gozar de un minuto de
tranquilidad. Al principio la maestra les riñó porque no había agua fresca en
la jofaina. Precisamente K acababa de pensar en recoger la jofaina para él y
para Frieda, pero en principio renunció a ello para no irritar demasiado a la
maestra, aunque esa renuncia no ayudó en nada, pues poco después se produjo una
gran disputa, puesto que, desgraciadamente, se habían olvidado de quitar los
restos de la cena de la mesa del maestro, así que la maestra lo apartó todo con
una regla y lo tiró al suelo; a la maestra no le preocupó en absoluto que se
derramase el aceite de las sardinas y los restos del café, el bedel ya pondría
orden en todo. Aún sin estar completamente vestidos, apoyados en las barras,
Frieda y K contemplaban la destrucción de su pequeña posesión, los ayudantes,
que no pensaban en vestirse, espiaban, para el disfrute de los niños, por
debajo del cobertor. A Frieda lo que más le dolía era la pérdida de la
cafetera, sólo cuando K, para consolarla, le aseguró que iría inmediatamente a
ver al alcalde y reclamaría una reposición, se calmó lo suficiente como para,
en ropa interior como estaba, salir del recinto y recuperar al menos la tapa
para impedir que se ensuciara más. Lo logró a pesar de que la maestra, para
asustarla, martillaba la mesa de un modo irritante. Una vez que K y Frieda
terminaron de vestirse, tuvieron, no sólo que obligar a los ayudantes, que
yacían como embargados por los acontecimientos, con órdenes y empujones, para
que se vistieran, sino que en parte tuvieron que vestirlos ellos mismos. Cuando
terminaron, K repartió el trabajo. Los ayudantes tenían que recoger madera y
calentar la habitación, pero primero en la otra clase, en la cual aún
amenazaban grandes peligros, pues allí se encontraba ya probablemente el
maestro. Frieda tenía que fregar el suelo y K traería agua y ordenaría un poco,
por ahora no se podía pensar en desayunar. Pero para informarse del estado de
ánimo de la maestra, K quería salir el primero, los demás le deberían seguir
cuando él los llamara, tomó esa medida porque no quería que las tonterías de los
ayudantes volviesen a empeorar la situación y, por otra parte, porque quería
procurar no herir a Frieda, pues ella tenía ambición, él no; ella era sensible,
él no; ella pensaba en los pequeños horrores del presente, él, sin embargo, en
Barnabás y en el futuro. Frieda siguió correctamente todas sus indicaciones,
apenas apartaba los ojos de él. En cuanto salió, la maestra, acompañada de las
risas de los niños, que ya no cesaron, exclamó:
—¡Qué!
¿Se han quedado dormidos?
Y
cuando K no se dignó responder, pues no había sido una pregunta de verdad, y se
dirigió directamente al lavabo, la maestra preguntó:
—¿Qué
han hecho con mi gato?
Un
gato gordo y viejo yacía sobre la mesa y la maestra inspeccionaba una pata que
parecía ligeramente herida. Así que Frieda había tenido razón, ese gato no
había saltado sobre ella, pues parecía incapaz de saltar, pero había pasado por
encima de ella, se habría asustado por la presencia de personas en la casa, se
querría esconder y al realizar algún movimiento inusual causado por la prisa,
se había herido. K intentó explicárselo tranquilamente a la maestra, pero ésta
sólo se fijó en el resultado y dijo:
—Ya
veo, le habéis herido, así os habéis presentado aquí. Mire —y llamó a K para
que acudiese a la mesa, le enseñó la pata y antes de que pudiese darse cuenta,
ella le hizo un arañazo en la palma de la mano. Aunque las uñas del gato
estaban ocultas, la maestra, esta vez sin consideración con el gato, las
presionó con tanta fuerza que produjeron unas estrías sangrientas.
—Y
ahora vaya al trabajo —dijo ella con impaciencia y volvió a inclinarse sobre el
gato.
Frieda,
que había mirado detrás de las barras con los ayudantes, gritó al ver la
sangre. K mostró la mano a los niños y dijo:
—Mirad
lo que me ha hecho un gato malo y astuto.
No
lo dijo por los niños, cuyos gritos y risas se habían vuelto tan ingobernables
que ya no necesitaban ninguna causa o estímulo, no había ninguna palabra que
pudiese penetrarlos o influir en ellos. Pero como la maestra sólo respondió con
una breve mirada de soslayo y continuó ocupada con el gato, quedando su furia
inicial satisfecha con el castigo sangriento, K llamó a Frieda y a los
ayudantes para comenzar el trabajo.
Después
de que K se hubo llevado la jofaina con agua sucia y hubo traído agua fresca y
cuando se disponía a fregar la clase, un niño de doce años se levantó de su
asiento, tocó la mano de K y dijo algo incomprensible por el barullo. Entonces
se produjo un gran silencio. K se volvió. Había ocurrido lo temido durante toda
la mañana. En la puerta estaba el maestro, el hombrecillo sostenía con cada una
de sus manos a un ayudante cogido por el cuello. Los había atrapado cuando
recogían leña; con poderosa voz, haciendo una pausa entre cada palabra, gritó:
—¿Quién
se ha atrevido a romper la puerta del depósito de leña? ¿Quién es el culpable
para que lo aplaste?
Entonces
se levantó Frieda del suelo, pues se esforzaba en limpiar a los pies de la
maestra, miró hacia K, como si quisiese reunir fuerzas, y, no sin algo de su
antigua superioridad en la voz y el gesto, dijo:
—He
sido yo, señor maestro. No se me ocurrió otra cosa. Si las clases tenían que
estar caldeadas por la mañana temprano, había que abrir el depósito de leña. No
me atreví a recoger la llave en su casa, pues ya era de noche, mi novio estaba
en la posada de los señores, era posible que pasara la noche allí, así que tuve
que tomar una decisión. Si hice mal, perdóneme mi inexperiencia, ya me ha
reñido lo suficiente mi novio cuando vio lo ocurrido. Sí, incluso me prohibió
que caldease la clase temprano, pues creía que al mantener cerrado el depósito
de leña, usted no quería que se calentase por la mañana, al menos hasta que
usted llegase. Que no se haya encendido la calefacción es culpa suya, pero de
la rotura de la puerta yo soy la culpable.
—¿Quién
ha roto la puerta? —preguntó el maestro a los ayudantes, quienes aún intentaban
liberarse de su cautividad.
—El
señor—dijeron los dos al unísono y, para que no hubiese ninguna duda, señalaron
a K.
Frieda
se rió, y esa risa pareció más convincente que sus palabras. A continuación,
comenzó a escurrir el trapo con el que estaba fregando el suelo en el cubo,
como si con su explicación el caso se hubiese concluido y el testimonio de los
ayudantes no hubiese sido nada más que una broma. Cuando se agachó para continuar
su labor, dijo:
—Nuestros
ayudantes son niños que, a pesar de su edad, deberían estar aquí en la escuela.
Yo misma abrí la puerta del depósito de madera ayer por la noche con un hacha,
fue muy fácil, no necesité a los ayudantes, sólo habrían importunado. Pero
cuando mi novio vino por la noche y salió para inspeccionar los daños y para
repararlos en lo que fuese posible, los ayudantes le siguieron después,
probablemente porque tenían miedo de permanecer aquí solos, y vieron a mi novio
trabajando delante de la puerta destrozada, por eso dicen eso ahora; ya ve, son
como niños.
Mientras
hablaba Frieda, los ayudantes no paraban de mover negativamente la cabeza,
seguían señalando a K y se esforzaban por cambiar la opinión de Frieda con sus
gestos, pero como no lo consiguieron, finalmente se sometieron, tomaron las
palabras de Frieda como una orden y al repetirles la pregunta el maestro, ya no
respondieron.
—Bueno,
bueno, así que me habéis mentido, o al menos habéis acusado injustamente al
bedel.
Ellos
se mantuvieron en silencio, pero su temblor y sus miradas angustiadas parecían
indicar una conciencia culpable.
—Entonces
os daré ahora mismo una paliza —dijo el maestro, y envió a uno de los niños a
la otra habitación para que le trajera una palmeta. Cuando el maestro levantó
la palmeta, Frieda gritó:
—¡Los
ayudantes han dicho la verdad!
Entonces
arrojó desesperada el trapo en el cubo, salpicando con el agua, y corrió hasta
detrás de las barras para esconderse.
—Un
grupo de mentirosos —dijo la maestra, que acababa de ponerle la venda al gato y
lo mantenía en el regazo, para el cual era demasiado ancho.
—Así
que nos queda el señor bedel —dijo el maestro, empujó a los ayudantes
dejándolos libres y se volvió a K, que, durante todo el tiempo, había estado
escuchando apoyándose en el palo de la escoba.
—Este
bedel, que por cobardía reconoce con toda tranquilidad que se inculpe a otros
falsamente de sus propias bellaquerías.
—Bueno
—dijo K, que había notado que la intervención de Frieda había calmado la
desenfrenada furia inicial del maestro—, si los ayudantes hubiesen recibido un
castigo, no me habría apenado, pues ya se han salido con la suya en más de diez
casos en que lo merecían, así que bien podrían recibir un castigo aunque sea
inmerecido. Pero también me hubiera convenido si se hubiera evitado un
enfrentamiento directo entre usted, señor maestro, y yo, quizá también le
habría convenido a usted. Pero como ahora Frieda me ha sacrificado a los
ayudantes —aquí K realizó una pausa, se podían oír en el silencio los sollozos
de Frieda detrás del cobertor—, se tienen que aclarar las cosas.
—Esto
es inaudito —dijo la maestra.
—Comparto
completamente su opinión, señorita Gisa —dijo el maestro—. Usted, bedel, está
naturalmente despedido de inmediato por este comportamiento vergonzoso en el
ejercicio de sus funciones, por ahora me reservo la sanción que seguirá, pero
márchese al instante con todas sus cosas de esta casa. Para nosotros será una
liberación y por fin podremos comenzar las clases. Así que dese prisa.
—Yo
no me muevo de aquí —dijo K—. Usted es mi superior pero no la persona que me ha
concedido este empleo, esa persona es el señor alcalde, sólo acepto su despido.
Pero él no me ha dado el puesto para que me congele aquí con los míos, sino
—como usted mismo dijo— para impedir actos desesperados e imprudentes por mi
parte. Despedirme de repente estaría en contra de sus intenciones; mientras no
oiga lo contrario de su propia boca, no lo creeré. Por lo demás, es probable
que el rechazo de su imprudente despido le sea ventajoso también a usted.
—¿Así
que no obedece? —preguntó el maestro.
K
negó con la cabeza.
—Piénselo
bien —dijo el maestro—, no se puede decir que sus decisiones siempre sean las
mejores, piense por ejemplo en la tarde de ayer, cuando rechazó que le
interrogasen.
—Por
qué menciona eso ahora? —preguntó K.
—Porque
me da la gana —dijo el maestro—, y ahora repito por última vez: ¡fuera de aquí!
Pero
como esas palabras tampoco tuvieron ningún efecto, el maestro se fue hacia la
mesa y habló en voz baja con la maestra; ésta dijo algo referente a la policía,
pero el maestro lo rechazó; finalmente, los dos llegaron a un acuerdo, el
maestro dijo a los niños que le siguieran a la otra habitación, allí tendrían
clase con los otros niños, todos juntos, ese cambio les alegró; en un instante,
entre gritos y risas, la habitación se quedó vacía, el maestro y la maestra
fueron los últimos en salir. La maestra llevaba el diario de clase y encima al
gato, que se mantenía impertérrito. Al maestro le hubiese gustado dejar allí al
gato, pero una indicación que lo sugería fue rechazada categóricamente por la
maestra, haciendo una referencia a la crueldad de K, así que para colmo K le
cargó el gato al maestro. Esto último influyó, evidentemente, en las últimas
palabras que el maestro dirigió a K desde la puerta:
—La
señorita abandona esta clase obligada por la necesidad, porque usted se niega
de manera recalcitrante a aceptar mi despido y porque nadie puede reclamar de
ella, una mujer joven, que imparta su clase en medio de sus sucias relaciones
domésticas. Así que se queda solo y puede ponerse todo lo cómodo que quiera,
sin sentirse molesto por la aversión de observadores decentes. Pero no durará
mucho, se lo garantizo.
Y
con esto cerró la puerta.
12
LOS
AYUDANTES
Cuando
todos abandonaron la habitación, K dijo a los ayudantes:
—¡Fuera
de aquí!
Asombrados
por esa orden repentina, obedecieron, pero en cuanto K cerró con llave la
puerta detrás de ellos, gimotearon y llamaron a la puerta:
—¡Estáis
despedidos! —gritó K—, jamás os volveré a tomar a mi servicio.
Pero
no quisieron aceptar esa decisión y golpearon con las manos y los puños en la
puerta.
—¡Queremos
regresar contigo, señor! —gritaron, como si K fuese la tierra prometida y ellos
no pudiesen llegar hasta ella. Pero K no tenía ninguna compasión, esperó
impaciente hasta que el ruido insoportable obligó a intervenir al maestro.
Ocurrió pronto.
—¡Deje
entrar a sus malditos ayudantes! —gritó.
—¡Los
he despedido! —respondió K, y tuvo el desagradable efecto colateral de mostrar
lo que ocurría cuando alguien era lo suficientemente fuerte no sólo para
despedir a otro, sino para ejecutar el despido. El maestro intentó aplacar
bondadosamente a los ayudantes, sólo tenían que esperar allí con calma, al
final K los volvería a admitir. Después de decir estas palabras, se fue. Y
quizá se hubiesen calmado si K no les hubiera vuelto a gritar que estaban
definitivamente despedidos y que no tenían ninguna esperanza de ser
readmitidos. A continuación, volvieron a hacer ruido como al principio. De
nuevo vino el maestro, pero esta vez no habló con ellos, se limitó a alejarlos
de allí con la temida palmeta.
Al
poco rato aparecieron ante la ventana de la clase de gimnasia, golpearon en los
cristales y gritaron, pero sus palabras eran incomprensibles. No permanecieron
allí mucho tiempo, en la profunda capa de nieve no podían saltar como lo
requería su intranquilidad. Así que corrieron hacia la verja del jardín y se
subieron sobre su parte inferior, desde donde, aunque sólo desde la lejanía,
disfrutaban de una mejor vista sobre la habitación; allí, encaramados a las
verjas, se balanceaban a un lado y a otro, pero de repente se quedaban quietos
y doblaban las manos en actitud de súplica hacia K. Eso lo hicieron durante
mucho tiempo, sin considerar la inutilidad de sus esfuerzos; estaban como
cegados, ni siquiera oyeron cómo K corrió las cortinas para liberarse de su
visión.
En
la penumbra de la habitación K fue hacia las barras para ver a Frieda. Ante su
mirada ella se levantó, se arregló el pelo, se secó el rostro y se puso en
silencio a hacer el café. Aunque ella lo sabía todo, K le informó formalmente
de que había despedido a los ayudantes. Ella se limitó a asentir con la cabeza.
K se sentó en un pupitre y observó sus cansados movimientos. Siempre había sido
la frescura y la tenacidad lo que había embellecido la futilidad de su cuerpo,
ahora esa belleza había desaparecido. Unos días viviendo con K lo habían
logrado. El trabajo en la taberna no había sido fácil, pero más conveniente
para ella. ¿O había sido el distanciamiento de K la causa real de su
decadencia? La cercanía de Klamm la había hecho tan irresistiblemente
seductora; seducido por ella, K la había tomado para sí y ahora se marchitaba
entre sus brazos .
—Frieda—dijo
K.
Ella
dejó en seguida el molinillo de café y se acercó a K en el pupitre.
—¿Estás
enfadado conmigo? —preguntó ella.
—No
—dijo K—, creo que no puedes hacer otra cosa. Has vivido satisfecha en la
posada de los señores, debí dejarte allí.
—Sí
—dijo Frieda, y miró ante sí con tristeza—, tendrías que haberme dejado allí.
No valgo lo suficiente para vivir contigo. Liberado de mí, quizá podrías
conseguir todo lo que quieres. En consideración a mí te sometes a ese maestro
tiránico, asumes este puesto miserable, solicitas fatigosamente una entrevista
con Klamm. Todo lo haces por mí, pero yo te lo pago mal.
—No
—dijo K, y la rodeó consolador con su brazo—, todo eso no son más que
pequeñeces que a mí no me dañan y en realidad a Klamm sólo le quiero ver por
ti. ¡Y todo lo que tú has hecho por mí! Antes de conocerte, aquí estaba
completamente extraviado, nadie me aceptaba, y cuando los obligaba me despedían
a toda prisa. Y si pudiese haber encontrado tranquilidad con alguien, eran
personas de las que tenía que huir, como por ejemplo Barnabás.
—Huiste
de ellos, ¿verdad, querido? —exclamó Frieda con viveza y después de oír el
dubitativo «sí» de K volvió a caer en su apatía. Pero K tampoco poseía la
tenacidad para explicar qué es lo que gracias a Frieda había tomado un camino
favorable. Soltó lentamente el brazo que la rodeaba y se quedaron un rato
sentados y en silencio, hasta que Frieda, como si el brazo de K le hubiese
transmitido calor, dijo:
—No
soportaré esta vida. Si quieres que siga contigo, tenemos que emigrar, a
cualquier lado, al sur de Francia o a España.
—No
puedo emigrar —dijo K—, he venido para permanecer aquí. Permaneceré aquí —e
incurriendo en una contradicción que no hizo el esfuerzo de aclarar, añadió
como si hablase consigo mismo—: ¿Qué podría haberme tentado a venir a este
páramo a no ser el deseo de quedarme?
A
continuación, dijo:
—Pero
tú también quieres quedarte aquí, es tu tierra. Sólo que echas de menos a Klamm
y eso hace que te desesperes.
—¿Que
echo de menos a Klamm? —dijo Frieda—, aquí hay Klamm en exceso, demasiado
Klamm; para escapar de él quiero salir de aquí. No echo de menos a Klamm, sino
a ti. Por ti quiero irme, porque no puedo tener suficiente de ti, aquí, donde
todos tiran de mí. Cómo me gustaría quitarme esta bonita máscara y con el
cuerpo miserable poder vivir contigo en paz.
K
sólo prestó atención a una cosa.
—¿Klamm
está aún en contacto contigo? —preguntó en seguida—. ¿Te llama?
—No
sé nada de Klamm —dijo Frieda—, hablo de otros, por ejemplo de los ayudantes.
—¡Ah!,
los ayudantes —dijo K sorprendido—. ¿Te acosan?
—¿Acaso
no lo has notado? —preguntó Frieda.
—No
—dijo K, e intentó recordar en vano algún detalle—. Son jóvenes impertinentes y
ávidos, pero que te hayan importunado, eso no lo he advertido.
—¿No?
—dijo Frieda—. ¿No notaste que no había manera de sacarlos de nuestra habitación
en la posada del puente, ni cómo vigilaban celosos nuestra relación, o cómo uno
de ellos, finalmente, se echó a mi lado en el jergón de paja, o cómo han
testimoniado contra ti para expulsarte, perderte y así poder estar a solas
conmigo? ¿No has notado nada de eso?
K
miró a Frieda sin responder. Esas acusaciones contra los ayudantes eran
verdaderas, pero también podían interpretarse de forma inocente, como fruto del
carácter ridículo, infantil, inquieto y falto de dominio de los dos. Y ¿no
hablaba contra la acusación de Frieda que hubiesen intentado siempre ir a todas
partes con K en vez de quedarse con Frieda? K mencionó algo parecido.
—¡Pura
hipocresía! —dijo Frieda—. Pero ¿no has podido darte cuenta? Entonces ¿por qué
los has despedido si no es por estos motivos?
Y
se fue hacia la ventana, apartó un poco las cortinas, miró hacia afuera y llamó
a K. Aún se encontraban los ayudantes en la verja. Aunque estaban visiblemente
cansados, de vez en cuando, haciendo acopio de todas sus fuerzas, seguían
extendiendo los brazos con actitud suplicante hacia la escuela. Uno de ellos,
para no tener que aferrarse continuamente había ensartado la chaqueta en una de
las barras de la verja. —¡Pobres! ¡Pobres! —exclamó Frieda .
—¿Que
por qué los he expulsado? —preguntó K—. La causa directa has sido tú.
—¿Yo?
—preguntó Frieda sin apartar la vista de los ayudantes.
—Sí,
porque has tratado con demasiada amabilidad a los ayudantes —dijo K—, por
perdonarles su comportamiento maleducado, reírte de sus necedades, acariciar su
pelo, tener continuamente compasión de ellos, J os pobres, los pobres», vuelves
a decir, y, finalmente, el último incidente, como para ti mi precio no era muy
alto, me quisiste sacrificar para rescatar del castigo a los ayudantes.
—Eso
es —dijo Frieda—, de eso es precisamente de lo que hablo, eso es lo que me hace
infeliz, lo que me separa de ti, aunque no conozco mayor felicidad para mí que
estar contigo, continuamente, sin interrupción, sin fin; sueño que en la tierra
no hay ningún lugar tranquilo para nuestro amor, ni en el pueblo ni en ningún
otro sitio, y por eso me imagino una tumba, profunda y estrecha, en la que nos
mantenemos abrazados como oprimidos por unas tenazas, yo oculto mi rostro en
ti, tú el tuyo en mí y nadie nos ve más. Pero aquí... ¡mira a los ayudantes!
Sus manos suplicantes no se dirigen a ti, sino a mí.
—Y
no soy yo quien los observa —dijo K—, sino tú.
—Claro,
yo —dijo Frieda casi enojada—, de eso es de lo que estoy hablando todo el rato,
¿a qué se debería si no que los ayudantes me persiguieran, por más que puedan
ser emisarios de Klamm?
—¿Emisarios
de Klamm? —dijo K, a quien sorprendió mucho esa designación, por muy natural
que le pareciese al principio. —Emisarios de Klamm, claro —dijo Frieda—, aunque
lo sean, al mismo tiempo son jóvenes pueriles que necesitan probar la palmeta
para su educación. Qué jóvenes más feos y gamberros son y qué repugnante es el
contraste entre sus rostros de adultos, casi de estudiantes, y su
comportamiento necio e infantil. ¿Acaso crees que no me doy cuenta? Me
avergüenzo de ellos. Pero aquí radica el asunto, ellos no me repudian, sino que
me avergüenzo de ellos. Siempre tengo que mirarlos. Cuando debiera enojarme con
ellos, me tengo que reír. Cuando debiera golpearlos, tengo que acariciar su
pelo. Y cuando yazco a tu lado por la noche, no puedo dormir y tengo que ver
cómo uno de ellos duerme enrollado en una manta y el otro permanece arrodillado
ante la calefacción, vigilando que no se apague, y tengo que inclinarme hasta
casi despertarte. Y no es el gato lo que me asusta, ¡ay!, conozco gatos y
también conozco esos sueños agitados y constantemente turbados en la taberna,
no es el gato lo que me asusta, sino yo misma. Y no necesito a ese gato
monstruoso, me estremezco con el menor ruido. Temí que te despertaras y todo
llegase a su fin y entonces me levanté y encendí una vela para que te
despertases deprisa y me pudieses proteger.
—No
sabía nada de todo eso —dijo K—, sólo por un presentimiento de lo que me
cuentas los he expulsado, ahora ya se han ido, ahora todo está bien.
—Sí,
al fin se han ido —dijo Frieda, pero su rostro estaba atormentado, triste—,
pero no sabemos quiénes son. Emisarios de Klamm, así los llamo yo jugando con
mi imaginación, aunque tal vez lo sean. Sus ojos, esos ojos simples pero
centelleantes, me recuerdan en cierto modo a los ojos de Klamm, sí, ésa es la
mirada de Klamm, que a veces me contempla a través de sus ojos. Y, por tanto,
fue incorrecto cuando dije que me avergonzaba de ellos. Sólo quería que fuese
así. Pero sé que en otro lugar y con otras personas el mismo comportamiento
sería necio y repugnante, pero con ellos no es así, contemplo sus necedades con
respeto y admiración. Pero si son los emisarios de Klamm, ¿quién nos liberará
de ellos? Y ¿sería bueno que nos liberasen de ellos? ¿No tendrías que correr a
recogerlos y alegrarte de que quisieran volver?
—¿Quieres
que los vuelva a dejar entrar? —preguntó K.
—No,
no —dijo Frieda—, no hay nada que quiera menos. Su mirada cuando entrasen, su
alegría por volverme a ver, sus saltos de niños y sus abrazos de hombres, todo
eso no podría soportarlo. Pero en cuanto pienso que, si permaneces duro con
ellos, quizá cierres el camino de Klamm hacia ti, deseo preservarte de las
consecuencias que eso tendría. Entonces sí quiero que los dejes entrar. Entonces
que entren lo más rápido posible. No tengas ninguna consideración conmigo, yo
no importo. Me defenderé todo el tiempo que pueda y, si tuviera que perder,
bueno, perderé, pero con la conciencia de que también ha ocurrido por ti.
—Con
esas palabras no haces más que reforzar mi sentencia respecto a los ayudantes
—dijo K—, jamás entrarán si puedo impedirlo. Que los he expulsado, demuestra
que, bajo determinadas circunstancias, se los puede dominar y que, por tanto,
no guardan ninguna relación esencial con Klamm. Ayer por la noche recibí una
carta de Klamm de la que se puede deducir que está mal informado acerca de los
ayudantes, de lo que también se puede deducir que le son completamente
indiferentes, pues si no lo fueran habría podido recabar noticias cabales sobre
ellos. Y que veas en ellos a Klamm no demuestra nada, pues aún, por desgracia,
estás influida por la posadera y ves a Klamm por todas partes. Todavía eres la
amante de Klamm y todavía no eres mi esposa. A veces eso me entristece
profundamente, me parece como si lo hubiese perdido todo, tengo la sensación de
haber venido al pueblo, pero no lleno de esperanza, como estaba en realidad
cuando llegué, sino con la conciencia de que sólo me esperan decepciones y que
tendré que probarlas todas hasta la raíz. Aunque esto sólo ocurre a veces
—añadió K sonriendo al ver cómo Frieda se venía abajo con sus palabras—, y en
el fondo demuestra algo bueno: lo que significas para mí. Y si ahora reclamas
que decida entre tú y los ayudantes, los ayudantes ya han perdido. Vaya
pensamiento, elegir entre los ayudantes y tú. Ahora quiero librarme
definitivamente de ellos. Quién sabe, por lo demás, si la debilidad que se ha
apoderado de nosotros dos no proviene de que no hemos desayunado.
—Es
posible —dijo Frieda sonriendo con cansancio y se puso a trabajar. También K
volvió a coger la escoba.
13
HANS
Después
de un rato, llamaron débilmente a la puerta.
—¡Barnabás!
—gritó K, arrojó la escoba y en pocas zancadas ya estaba ante la puerta.
Horrorizada
más por el nombre que por otra cosa, Frieda le contempló. Con las manos
inseguras K no podía abrir el viejo cerrojo.
—Ya
abro —repetía en vez de preguntar quién era el que llamaba. A continuación tuvo
que ver cómo el que entraba por la puerta abierta no era Barnabás, sino un niño
que ya con anterioridad había querido hablar con K. Pero K no tenía ganas de
acordarse de él.
—¿Qué
buscas aquí? —dijo—. La clase es ahí al lado.
—Vengo
de allí —dijo el niño, y miró tranquilamente a K con sus grandes ojos castaños,
muy recto y con los brazos pegados al cuerpo.
—¿Qué
quieres? Dímelo rápido —dijo K, y se inclinó un poco hacia abajo, pues el niño
hablaba en voz baja.
—¿Puedo
ayudarte? —preguntó el niño.
—Nos
quiere ayudar—dijo K a Frieda, y luego al niño—: ¿Cómo te llamas?
—Hans
Brunswick—dijo el niño—, alumno de cuarto curso, hijo de Otto Brunswick,
maestro zapatero en la calle Madelein.
—Así
que te llamas Brunswick—dijo K, y se dirigió a él en un tono más amable.
Resultó que Hans, por los arañazos sangrientos con que la maestra había castigado
a K, se había irritado tanto que había decidido apoyarle. Por su propia cuenta
se había escabullido de la clase contigua como un desertor, exponiéndose a un
gran castigo. Podía deberse a las ideas infantiles que le dominaban. A ellas
también correspondía la seriedad que se desprendía de todos sus actos. Su
timidez sólo le había molestado al principio, luego se habituó a K y a Frieda y
cuando le dieron un café se animó y tomó confianza, siendo sus preguntas
vehementes y penetrantes, como si quisiera enterarse rápidamente de lo más
importante para luego poder tomar decisiones por su propia cuenta en favor de K
y Frieda. También había algo imperioso en su carácter, pero estaba tan mezclado
con la inocencia infantil, que, medio en broma medio en serio, se dejaba
someter. En todo caso acaparó toda la atención, habían dejado el trabajo y el
desayuno se prolongaba. A pesar de que estaba sentado ante un pupitre, K en la
mesa del maestro y Frieda en una silla a su lado, parecía que Hans era el
maestro, como si examinase y juzgase las respuestas; una ligera sonrisa en su
rostro parecía indicar que sabía muy bien que sólo se trataba de un juego, no
obstante, más seria era su actitud ante el asunto, aunque quizá no era una
sonrisa lo que se reflejaba en sus labios, sino la felicidad de la niñez.
Sorprendentemente tarde reconoció que ya conocía a K, desde que éste estuvo en
la casa de Lasemann. K se alegró de ello.
—¿Tú
jugabas entonces a los pies de la mujer? —preguntó K.
—Sí
—dijo Hans—, es mi madre.
Y
entonces tuvo que hablar sobre su madre, pero lo hizo con dudas y sólo cuando
le reiteraron la petición. Resultó que era un niño a través del cual a veces
parecía hablar, especialmente en las preguntas, en un presentimiento del
futuro, quizá también como consecuencia de la ilusión de los sentidos que
afectaba a los intranquilos y tensos oyentes, casi un hombre enérgico, astuto y
perspicaz, pero que poco después se manifestaba sin transición como un escolar
que no comprendía algunas preguntas, otras las interpretaba mal, que con una
desconsideración infantil hablaba en voz demasiado baja, aunque se le había
llamado frecuentemente la atención sobre esa falta y que, finalmente, como
consuelo frente a algunas preguntas urgentes, se limitaba a callar y, además,
sin mostrar confusión alguna, como jamás podría hacerlo un adulto. Era como si,
según su opinión, sólo a él le estuviese permitido preguntar y que las
preguntas de los otros infringieran algún reglamento o fuesen una pérdida de
tiempo. También podía mantenerse mucho tiempo sentado con el cuerpo recto, la
cabeza inclinada hacia abajo y el labio inferior ligeramente desprendido. A
Frieda le gustó tanto esa actitud, que le planteó con frecuencia preguntas de
las que esperaba que le hiciesen callar de esa manera. A veces lo consiguió,
pero a K le enojaba. En general pudieron saber poco, la madre estaba algo
enferma, pero no pudieron averiguar de qué enfermedad se trataba; el niño que
la señora Brunswick mantenía en el regazo era la hermana de Hans y se llamaba
Frieda (la coincidencia de nombres con la mujer que le preguntaba la tomó con
mal humor), todos vivían en el pueblo, pero no en casa de Lasemann, allí sólo
estaban de visita para que los bañasen, porque Lasemann tenía una gran bañera,
en la cual bañarse y jugar procuraba un gran placer a los niños pequeños, entre
los que Hans no se contaba; de su padre Hans habló con respeto o con miedo,
pero sólo cuando no hablaba al mismo tiempo de la madre; en comparación con la
madre el valor del padre parecía pequeño, por lo demás, todas las preguntas
sobre la vida familiar, fuera cual fuese el método en plantearlas, quedaron sin
respuesta; del oficio del padre se supo que era el zapatero más importante del
lugar, nadie se le podía igualar, como repitió con frecuencia y en respuesta a preguntas
que no tenían nada que ver con eso, incluso le daba trabajo a otros zapateros,
por ejemplo, al padre de Barnabás; en este último caso Brunswick lo hacía por
compasión, al menos eso indicaba el gesto orgulloso de Hans, lo que impulsó a
Frieda a acercarse a él de un salto y darle un beso. A la pregunta de si ya
había estado en el castillo, respondió, después de habérsela repetido muchas
veces, que «no», y la misma pregunta, pero referida a la madre, no se dignó
responderla. Al final K se cansó. Seguir preguntando le pareció inútil, en eso
el niño tenía razón, y además había algo vergonzoso en querer enterarse de
secretos familiares a través de un niño inocente, y doblemente vergonzoso era
que ni siquiera se enteraran de algo al respecto. Y cuando K para terminar le
preguntó en qué se ofrecía para ayudar, no se maravilló al oír que sólo quería
ayudarles en el trabajo para que el maestro y la maestra no se enojasen, con K.
Éste le aclaró que no era necesaria su ayuda, que enojarse era un rasgo del carácter
del maestro y que no podrían impedirlo ni con el trabajo mejor realizado. Pero
el trabajo en sí no era difícil, esa vez simplemente se había retrasado por
unas circunstancias casuales, además esos enojos no hacían el mismo efecto en K
que en un escolar, se los sacudía de encima, le eran indiferentes, y tenía la
esperanza de librarse del maestro muy pronto. Agradecía mucho que hubiese
ofrecido su ayuda con el maestro y Hans podía regresar, esperaba que no lo
castigasen por lo que había hecho. A pesar de que K no subrayó y se limitó a
indicar fugazmente que se trataba de ayuda con el maestro la que él no
necesitaba, dejaba abierta la pregunta sobre otro tipo de ayuda, Hans así lo
dedujo y preguntó si quizá K necesitaba otra ayuda, le encantaría ayudarle y si
él mismo no pudiera, se lo pediría a su madre y entonces seguro que podía
resultar. También cuando el padre tenía preocupaciones, le preguntaba a la
madre. Y la madre ya había preguntado una vez por K, ella apenas salía de casa,
sólo excepcionalmente estuvo aquel día en casa de Lasemann; él, sin embargo,
Hans, iba con frecuencia para jugar con sus hijos y una vez le preguntó la
madre si tal vez el agrimensor se había encontrado allí. Pero a la madre, como
estaba tan débil y cansada, no se le podía hablar mucho y él se limitó a decir
que no había visto al agrimensor y ya no se habló más del asunto. Pero al
encontrarle ahora en la escuela, le había tenido que hablar para poder informar
luego a la madre. Pues eso es lo que más le gusta a la madre: cuando se obedecen
sus deseos sin una orden expresa. A eso respondió K, después de una breve
reflexión, que no necesitaba ninguna ayuda, tenía todo lo que necesitaba, pero
era muy amable por parte de Hans que quisiera ayudarle y le agradecía sus
buenas intenciones, era posible que más tarde pudiese necesitar algo, entonces
se dirigiría a él, ya conocía su dirección. Por el contrario, quizá K pudiese
ayudarle un poco, sentía mucho que la madre de Hans estuviese enferma y que
nadie comprendiese allí su sufrimiento; en un caso tan descuidado puede darse
un grave empeoramiento de una ligera dolencia. Pero él, K, tenía conocimientos
médicos y lo que aún era más valioso, experiencia en el tratamiento de los
enfermos. Consiguió triunfar cuando los médicos fracasaron. En casa siempre le
habían llamado por sus poderes curativos «hierba amarga». En todo caso querría
ver a la madre de Hans y hablar con ella. Quizá pudiese darle un buen consejo,
sólo por él, por Hans, estaría encantado de poder hacerlo. Al principio los
ojos de Hans brillaron con esa oferta, sedujeron a K para mostrarse más
perentorio, pero el resultado fue insatisfactorio, pues Hans contestó a las
preguntas, y ni siquiera se mostró triste al hacerlo, que su madre no podía
recibir visitas de extraños, pues necesitaba reposo absoluto; a pesar de que K
apenas habló con ella, tuvo que pasar después varios días en cama, lo que,
ciertamente, ocurría con frecuencia. En aquella ocasión el padre se enojó mucho
con K y jamás permitiría que K visitase a su madre, incluso aquella vez él
quiso buscar a K para castigarle por su comportamiento, pero la madre le
convenció de lo contrario. Ante todo era su misma madre la que no quería hablar
con nadie y su interés por K no significaba una excepción de la regla, todo lo
contrario, a su mención ocasional de que tendría el deseo de verle, no le
siguieron los hechos, con eso había manifestado claramente su voluntad. Sólo
quería oír de K, pero no hablar con él. Por lo demás tampoco padecía de una
enfermedad en el pleno sentido de la palabra, ella sabía muy bien el origen de
su estado y a veces lo dejaba entrever, probablemente se debía al aire de allí,
que ella no soportaba, pero tampoco quería abandonar el lugar a causa del padre
y de los niños, también estaba mejor que antes. Eso fue de lo que K se enteró;
la capacidad mental de Hans aumentaba visiblemente, ya que protegía a su madre
de K, de K, a quien supuestamente quería ayudar; incluso con la finalidad de
proteger a la madre de K contradijo algunas de sus manifestaciones anteriores,
por ejemplo respecto a la enfermedad. No obstante, K notó también que le seguía
cayendo bien a Hans, sólo que sobre la madre olvidaba todo lo demás. Cualquiera
que se colocase frente a la madre, se ponía en una posición injusta, ahora
había sido K, pero también podía ser, por ejemplo, el padre. K quiso intentar
esto último y dijo que era muy razonable por parte de su padre que protegiese
así a su madre de toda molestia y si K hubiese sospechado algo en aquella
ocasión, no habría osado dirigirse a ella y ahora pedía perdón por ello. Por el
contrario, no podía entender del todo por qué el padre, si el origen del
padecimiento estaba tan claro como Hans decía, impedía que la madre se
recuperase cambiando de aires; se tenía que afirmar que se lo impedía, pues ella
no quería irse por el padre y por los niños, pero se podría llevar a los niños,
tampoco tendría que estar ausente mucho tiempo ni tampoco muy lejos, ya arriba,
en la montaña del castillo, el aire era mucho mejor. Los costes de esa
excursión no deberían atemorizar al padre, a fin de cuentas era el mejor
zapatero del lugar y con toda seguridad la madre tenía parientes o conocidos en
el castillo que la acogerían encantados. ¿Por qué no dejaba que se fuera? No
debería menospreciar ese padecimiento; K sólo había visto fugazmente a la
madre, pero su llamativa palidez y debilidad le impulsaron a dirigirle la
palabra, ya en aquella ocasión le sorprendió que el padre dejase a la esposa
enferma en la atmósfera perjudicial de la habitación de los baños y que ni siquiera
se moderase en sus conversaciones en voz alta. El padre no sabía de qué se
trataba, por más que haya mejorado de la enfermedad en los últimos tiempos, ese
tipo de padecimientos tienen humores, pero si no se los combate con todas las
fuerzas, se llega a un momento en que ya no puede ayudar nada. Si K no podía
hablar con la madre, sería quizá ventajoso si al menos pudiese hablar con el
padre y llamarle la atención sobre todo eso.
Hans
había escuchado con gran atención, había entendido la mayoría y había sentido
con fuerza la amenaza implícita en el resto. A pesar de ello dijo que K no
podía hablar con el padre, pues éste tenía una gran aversión hacia él y
probablemente le trataría igual que el maestro. Dijo esto sonriendo y con
timidez al hablar de K y triste y con saña cuando habló del padre. Sin embargo,
añadió que K quizá pudiese hablar con la madre, pero sin que lo supiera el
padre. Entonces Hans reflexionó con la mirada fija en un punto, como una mujer
que quiere hacer algo prohibido y busca una posibilidad de realizarlo con
impunidad. Poco después dijo que en un par de días quizá sería posible, pues el
padre iba por la tarde a la pensión de los señores, ya que allí tenía algunas
entrevistas, entonces él, Hans, vendría por la tarde y conduciría a K hasta su
madre, presuponiendo que ella estuviese de acuerdo, lo que sería muy
improbable. Ella no hacía nada contra la voluntad del padre, se sometía en todo
a él, incluso en cosas cuya irracionalidad hasta él mismo, Hans, veía
claramente. Ahora buscaba Hans ayuda contra el padre, era como si se hubiese
engañado a sí mismo, pues había creído que quería ayudar a K, mientras que en
realidad había querido averiguar si tal vez, como nadie del lugar había podido
ayudar, ese forastero aparecido repentinamente y mencionado incluso por la
madre era capaz de hacerlo. Qué inconscientemente reservado, sí, casi solapado,
era el niño, no había sido fácil de deducir de su presencia y de sus palabras,
sólo se pudo notar después por la casualidad y la intención dulas confesiones
que habían asomado. Y entonces reflexionó con K en largas conversaciones qué
dificultades habría que superar; eran, pese a la mejor voluntad de Hans,
dificultades casi insuperables; sumido en sus pensamientos y, sin embargo,
buscando ayuda, miraba continuamente a K con ojos inquietos y parpadeantes. No
podía decirle nada a la madre antes de la partida del padre, si no éste se
enteraría de todo y ya sería imposible, así que sólo más tarde podría
mencionarlo, pero por consideración a la madre tampoco de repente y deprisa,
sino lentamente y en el momento oportuno, entonces podría pedir permiso a la
madre, luego vendría a recoger a K, pero ¿no sería ya demasiado tarde?, ¿no
amenazaría la llegada inminente del padre? Sí, en realidad era imposible. K,
por el contrario, demostró que no era imposible. No tenían que temer que no
hubiese suficiente tiempo, bastaría una corta entrevista, un breve encuentro, y
no hacía falta que Hans viniese a buscar a K, éste esperaría escondido en algún
lugar cerca de la casa y, con un signo de Hans, acudiría en seguida. No, dijo
Hans, K no podía esperar cerca de la casa —una vez más le dominaba la
sensibilidad por causa de su madre—, sin conocimiento de la madre K no podía
ponerse en camino, Hans no podía aceptar un acuerdo secreto con K que fuese
secreto para la madre, él tenía que recoger a K de la escuela y no antes de que
la madre lo supiese y diese su consentimiento. Bueno, dijo K, entonces era
realmente peligroso, era posible que el padre le descubriese en la casa y
aunque no ocurriese, la madre, por miedo, no dejaría que K la visitase y todo
fracasaría por culpa del padre. Contra eso volvió a defenderse Hans y así
siguió la disputa. Ya hacía tiempo que K había llamado a Hans para que viniese
a la mesa y le había colocado entre sus rodillas, acariciándolo de vez en
cuando para tranquilizarlo. Esa cercanía influyó en que Hans, a pesar de su
resistencia temporal, consintiese en llegar a un acuerdo. Convinieron lo
siguiente: Hans le diría al principio a su madre toda la verdad, sin embargo,
para facilitarle el consentimiento, añadiendo que K también quería hablar con
Brunswick, aunque no a causa de la madre, sino por sus asuntos. Eso también era
verdad, a lo largo de la conversación a K se le había ocurrido que Brunswick,
aunque fuese un hombre malo y peligroso, no podía ser realmente su enemigo, a
fin de cuentas había sido, al menos según el informe del alcalde, el líder de
aquellos que, fuese también por motivos políticos, habían reclamado la
contratación de un agrimensor. Así pues, la llegada de K al pueblo tenía que
haber sido favorable para él, pero entonces el enojoso encuentro el primer día
y la aversión de la que Hans había hablado resultaban incomprensibles, quizá
Brunswick se había enojado porque K no se había dirigido a él primero para
solicitar ayuda, quizá había otro malentendido que podía ser aclarado con unas
palabras. Una vez que ocurriera eso, K podría encontrar en Brunswick un
respaldo contra el maestro, sí, incluso contra el alcalde, poniendo al
descubierto todo el fraude administrativo, pues ¿qué otra cosa podía ser todo?
El alcalde y el maestro le mantenían alejado de los órganos administrativos del
castillo y le obligaban a aceptar el puesto de bedel. Si se producía una nueva
lucha por K entre Brunswick y el alcalde, Brunswick tendría que poner a K de su
parte, K sería huésped en la casa de Brunswick y sus instrumentos de poder se
pondrían a su disposición, todo a despecho del alcalde, quien sabía muy bien
hasta dónde podría llegar y, en todo caso, estaría frecuentemente cerca de la
mujer. Así jugaba con sus sueños y ellos con él, mientras Hans, pensando
exclusivamente en su madre, observaba preocupado el silencio de K, al igual que
se hace con un médico sumido en sus pensamientos para encontrar un remedio en
un caso grave. Con esa propuesta de K, que él quería hablar con Brunswick por
la contratación como agrimensor, Hans se mostró conforme, aunque sólo porque
gracias a eso su madre quedaba protegida del padre y, además, se trataba de un
recurso excepcional que esperaba no se produjese. Sólo preguntó cómo K
aclararía al padre una visita tan tardía, y se conformó finalmente, aunque con
un rostro algo sombrío, con que K diría que el insoportable puesto como bedel
en la escuela y el tratamiento deshonroso del maestro le habían sumido en una
repentina desesperación y había olvidado cualquier consideración.
Cuando
lograron preparar todo, en lo que se podía prever, y la posibilidad de éxito ya
no quedaba al menos excluida, Hans, liberado de la carga de la reflexión, se
tornó más alegre y charló aún un rato de manera infantil, primero con K y luego
con Frieda, que desde hacía tiempo estaba abstraída y ahora comenzó de nuevo a
participar en la conversación. Entre otras cosas ella le preguntó qué quería
ser de mayor, él no reflexionó mucho y dijo que quería ser un hombre como K.
Cuando le preguntó los motivos, no supo qué responder y a la pregunta de si
quería ser bedel en una escuela, contestó negativamente. Sólo al seguir
preguntándole reconocieron a través de qué caminos había llegado a expresar ese
deseo. La situación presente de K no era en modo alguno digna de envidia, sino
triste y despreciable, él mismo habría preferido preservar a su madre de la
mirada y de las palabras de K. Sin embargo, él había llegado hasta K y le había
pedido ayuda y había sido feliz de que K consintiese, también creía reconocer
lo mismo en otras personas, y ante todo la madre había mencionado a K. De esa
contradicción surgió en él la creencia de que en ese momento K era aún un ser
humillado y espantoso, pero que en un futuro, si bien casi inimaginable y
lejano, él los superaría a todos. Y precisamente esa disparatada lejanía y el
orgulloso desarrollo que debería conducir a ella tentaron a Hans. Incluso a ese
precio quería tomar al K del presente. Lo especialmente infantil y al mismo
tiempo astuto de ese deseo consistía en que Hans contemplaba desde lo alto a K
como si fuera un joven cuyo futuro se expandiera más que el suyo propio, el de
un niño. Y era con una seriedad sombría con la que él, obligado una y otra vez
por las preguntas de Frieda, hablaba de esas cosas. Pero K le volvió a animar
cuando dijo que él sabía lo que Hans le envidiaba, se trataba de su espléndido
bastón de nudos que se encontraba sobre la mesa y con el que Hans había jugado
distraído durante la conversación. Bueno, K sabía fabricar esos bastones y, si
el plan resultaba exitoso, le haría a Hans uno más bonito. No quedó muy claro
si Hans sólo había tenido en mente el bastón, tal fue su alegría sobre la
promesa de K, y se despidió alegremente no sin antes estrechar con fuerza la
mano de K y decir:
—Entonces
hasta pasado mañana.
14
EL
REPROCHE DE FRIEDA
Ya
era hora de que Hans se marchase, pues poco después el maestro abrió
violentamente la puerta y, al ver a K y a Frieda tranquilamente sentados sobre
la mesa, gritó:
—¡Perdonad
la molestia! Pero decidme cuándo vais a terminar por fin de arreglar la
habitación. En la otra habitación se sientan todos apretados, así no se puede
dar clase, mientras vosotros os estiráis aquí a vuestras anchas en la
habitación grande y encima, para tener aún más sitio, habéis echado a los
ayudantes. ¡Y ahora haced el favor de moveros!
Y
dirigiéndose a K:
—¡Tú
ahora me traes un tentempié de la posada del puente!
Todo
eso lo gritó furioso, pero las palabras eran proporcionalmente suaves, incluso
el grosero tuteo. K se mostró dispuesto a obedecer en seguida; sólo para
sondear al maestro dijo:
—Me
ha despedido.
—Despedido
o no, tráeme mi tentempié—dijo el maestro.
—Despedido
o no, eso es precisamente lo que quiero saber—dijo K.
—¿De
qué hablas? No has aceptado el despido.
—¿Eso
basta para anularlo? —preguntó K.
—Para
mí no —dijo el maestro—, de eso puedes estar seguro, pero sí para el alcalde,
incomprensiblemente. Ahora corre, si no sales de aquí volando y esta vez de
verdad.
K
estaba satisfecho, el maestro había hablado mientras tanto con el alcalde o tal
vez no había hablado, sino adoptado la previsible opinión del alcalde y ésta
era favorable a K. Ahora quería K darse prisa en traer el tentempié, pero
cuando aún se encontraba en el pasillo, el maestro le hizo regresar, ya fuese
porque quisiese probar con esa orden especial su disposición servicial para
orientarse luego según el resultado, ya fuese porque había recobrado las ganas
de ordenar y le causaba placer que K, siguiendo sus órdenes, saliese corriendo
como un camarero y le pudiese obligar a regresar con la misma rapidez. K, por
su parte, sabía que él, mediante un comportamiento demasiado obediente, se
convertiría en el esclavo y en cabeza de turco del maestro, pero hasta cierto
límite quería ahora aceptar pacientemente los caprichos del maestro, pues si,
como se había mostrado, no podía despedirle legalmente, podía atormentarle en
el puesto hasta hacerle la vida imposible. Pero precisamente ahora K necesitaba
ese puesto más que antes. La conversación con Hans le había dado nuevas
esperanzas, manifiestamente improbables, sin ningún fundamento, pero
inolvidables, incluso hacían olvidar a Barnabás. Si quería ir detrás de ellas,
y no le quedaba otro remedio, tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas, no
preocuparse de ninguna otra cosa, ni de la comida, ni de la vivienda, ni de la
administración del pueblo, ni siquiera de Frieda, y en el fondo se trataba sólo
de Frieda, pues todo lo demás únicamente le afligía con relación a Frieda. Por
eso tenía que intentar mantener ese puesto que daba alguna seguridad a Frieda y
no debía arrepentirse de tolerar algo más al maestro en aras de ese objetivo,
aunque fuese más de lo que le hubiese tolerado en otras circunstancias. Todo
eso no era demasiado doloroso, pertenecía a esa cadena continua de pequeñas
aflicciones de que constaba la vida, no era nada en comparación con aquello a
lo que aspiraba K, además, no había venido para llevar una vida pacífica y
rodeada de honores.
Y
así ocurrió que, al igual que se había puesto en camino hacia la posada, al
recibir la contraorden se mostró dispuesto en seguida a ordenar antes la
habitación para que la maestra pudiese trasladarse a ella con su clase. Pero
tenía que trabajar deprisa, pues después tenía que traer el tentempié y el
maestro ya estaba hambriento y sediento. K aseguró que lo haría todo según sus
deseos; el maestro miró un rato cómo K se apresuraba a cumplir sus órdenes,
cómo quitaba el jergón de paja, ponía los aparatos de gimnasia en su lugar y
barría, mientras Frieda lavaba y frotaba la tarima. Ese celo pareció satisfacer
al maestro, aún llamó la atención de que ante la puerta había preparado un
montón de leña para la calefacción —no quería dejar que K abriese el depósito
de leña— y se fue a ver a los niños con la amenaza de regresar e inspeccionar
la tarea.
Después
de un rato de trabajo silencioso, Frieda preguntó por qué se sometía ahora
tanto al maestro. Era una pregunta compasiva e inquieta, pero K, que pensaba lo
poco que Frieda había conseguido cumplir su promesa de protegerle de las
órdenes y de la violencia del maestro, dijo brevemente que ahora que era bedel
de la escuela tenía que ejercer el puesto. Entonces volvió el silencio hasta
que K, recordando con la breve conversación que Frieda había estado mucho
tiempo sumida en sus propios pensamientos, ante todo durante la conversación
con Hans, le preguntó abiertamente, mientras llevaba la leña, en qué estaba
pensando. Ella respondió, mirando hacia él lentamente, que en nada determinado,
sólo pensaba en la posadera y en la verdad de algunas de sus palabras. Sólo
cuando K insistió en que siguiese, contestó con más detalles después de varias
negativas, pero sin dejar su trabajo, lo que no hacía por diligencia, pues
apenas avanzaba en él, sino sólo para no verse obligada a mirar a K. Y entonces
contó cómo al principio había escuchado tranquilamente la conversación de K con
Hans, cómo después se asustó con algunas palabras de K y comenzó a comprender
con más precisión el sentido de esas palabras y cómo desde entonces no había
podido dejar de encontrar en las palabras de K confirmaciones de una
advertencia que agradecía a la posadera y en cuyo fundamento no había querido
creer. K, enojado sobre los modismos generales con que hablaba y más irritado
que conmovido por su voz triste y llorosa —pero ante todo porque la posadera
volvía a injerirse en su vida, al menos en recuerdos, ya que en persona hasta
ese momento había tenido poco éxito—, arrojó la leña al suelo, se sentó encima
y reclamó con palabras serias que hablase con completa claridad.
A
menudo —comenzó Frieda—, ya desde el principio, la posadera se esforzó en que
dudara de ti, no afirmaba que mentías, todo lo contrario, dijo que eras sincero
como un niño, pero que tu manera de ser era tan diferente a la nuestra que
nosotros, incluso cuando hablabas sinceramente, nos teníamos que esforzar mucho
para creerte y, si no nos salvaba antes una buena amiga, nos teníamos que
habituar a creerte a través de una amarga experiencia. Incluso a ella, que
posee un gran conocimiento de los hombres, no le ocurre de manera muy
diferente. Pero después de la última conversación contigo en la posada del
puente, ella —me limito a repetir sus malas palabras— ha descubierto tus
manejos, ahora ya no puedes embaucarla, incluso si te esforzaras en ocultar tus
intenciones. «Pero él no oculta nada», repitió una y otra vez, añadiendo:
«esfuérzate en escucharle realmente en cualquier oportunidad, no sólo
superficial, sino realmente». Ninguna otra cosa ha hecho ella, y respecto a mí
habría averiguado lo siguiente: tú me has abordado —empleó esta expresión
afrentosa— sólo porque casualmente me crucé en tu camino, no te desagradé y
porque tú tomaste a una chica de barra, de manera errónea, por la víctima
propicia de todo huésped que alargaba su mano. Además, querías, por algún
motivo, dormir aquella noche en la posada de los señores, como la posadera ha
sabido del posadero, y eso sólo lo podías conseguir gracias a mí. Todo eso
habría bastado para convertirme en tu amante aquella noche, pero para que
llegase a más, se necesitaba más, y ese «más» era Klamm. La posadera no afirma
saber lo que quieres de Klamm, sólo afirma que tú, antes de conocerme a mí, te
esforzabas en llegar hasta Klamm tanto como después. La diferencia residía en
que antes carecías de esperanzas, después, sin embargo, creíste encontrar en mí
un instrumento de confianza para llegar pronto e incluso con superioridad hasta
Klamm. Cómo me asusté —pero sólo fue fugazmente, sin un motivo profundo cuando
dijiste hoy que antes de conocerme te sentías extraviado aquí. Son las mismas
palabras que empleó la posadera, también ella dice que desde que me conociste
te has vuelto mucho más resuelto. Eso se debe a que creíste haber conquistado
en mí a una amante de Klamm y, por eso, poseer una prenda que sólo se podía
desempeñar al precio más alto. Negociar con Klamm sobre ese precio es tu único
anhelo. Como no tienes ningún interés en mí, sino sólo en mi precio, estás
dispuesto respecto a mí a toda concesión, pero respecto al precio te muestras
testarudo. Por eso te resulta indiferente que pierda mi puesto en la posada de
los señores, te es indiferente que también tenga que abandonar la posada del
puente, que tenga que realizar el trabajo pesado de la escuela, no tienes ninguna
dulzura conmigo, ni siquiera tienes tiempo para mí, me dejas a los ayudantes,
no conoces los celos, el único valor que poseo para ti es que una vez fui la
amante de Klamm, en tu ignorancia te esfuerzas en impedirme olvidar a Klamm
para que al final no me resista mucho cuando el momento decisivo haya llegado;
por añadidura luchas también contra la posadera, a quien crees capaz de poder
arrebatarme de tu lado, por eso extremaste tu disputa con ella para poder
abandonar conmigo la posada del puente; de que yo, en lo que a mí concierne,
sea tu posesión bajo todas las circunstancias, de eso no dudas. Te imaginas la
entrevista con Klamm como un negocio: dinero efectivo a cambio de dinero
efectivo. Cuentas con todas las posibilidades; para conseguir el premio, estás
dispuesto a todo; si Klamm me quiere, me darás a él; si quiere que te quedes
conmigo, te quedarás conmigo; si quiere que me abandones, me abandonarás, pero
también estarás dispuesto a hacer comedia en caso de que sea ventajoso; en ese
caso simularás que me quieres, intentarás combatir su indiferencia resaltando
tu insignificancia y avergonzándole con el hecho de tu sucesión en mi persona o
le informarás de mis confesiones amorosas respecto a él, que realmente he
hecho, y le pedirás que me vuelva a acoger, por supuesto bajo condición del
pago del precio; y si no hay otra manera, simplemente suplicarás en nombre del
matrimonio K. Pero si tú entonces, dedujo la posadera, te das cuenta de que te
has equivocado en todo, en tus suposiciones y en tus esperanzas, en tu idea de
Klamm y de sus relaciones conmigo, en ese momento comenzará para mí el
infierno, pues seré tu única posesión de la que, además, dependerás por
completo, pero al mismo tiempo será una posesión que ha resultado sin valor y a
la que tratarás en consecuencia, ya que el único sentimiento que tienes hacia
mí es el del poseedor.
K
había escuchado tenso y con la boca cerrada, la leña debajo de él había rodado,
casi había resbalado hasta el suelo, no se había dado cuenta, sólo ahora lo
percibió; se levantó y se sentó en la tarima, allí tomó la mano de Frieda, que
intentó eludirlo débilmente, y dijo:
—En
el informe no he podido distinguir la opinión de la posadera de la tuya.
—Sólo
era la opinión de la posadera—dijo Frieda—, lo he escuchado todo porque venero
a la posadera, pero fue la primera vez en mi vida que rechacé del todo su
opinión. Tan lamentable me pareció todo lo que dijo, tan lejana su comprensión
de nuestra situación real. Más bien me pareció verdad todo lo contrario de lo
que ella dijo. Pensé en la mañana sombría después de nuestra primera noche.
Cómo te arrodillaste a mi lado con una mirada como si todo estuviese perdido. Y
cómo sucedió después que a pesar de mis esfuerzos, no sólo no pude ayudarte,
sino que te obstaculicé. Por mí se convirtió la posadera en tu enemiga, a quien
aún continuas sin apreciar en lo que vale; por mí, por quien te preocupabas,
tuviste que luchar por este empleo; estabas en desventaja frente al alcalde,
tuviste que someterte al maestro y a los caprichos de los ayudantes, pero lo
peor ha sido que quizá por mi culpa has cometido una falta contra Klamm. Que
sigas queriendo llegar hasta Klamm no es más que el esfuerzo impotente de
reconciliarle contigo. Y me dije que la posadera, que sabe todo esto mucho
mejor que yo, me quería guardar con sus consejos de los reproches mucho más
amargos que me podría hacer yo a mí misma. Un esfuerzo bienintencionado, pero
superfluo. Mi amor a ti me habría ayudado a superarlo todo, finalmente te
habría ayudado a ti, si bien no aquí, en el pueblo, en cualquier otro lado, ya
ha habido una prueba de su fuerza, te ha salvado de la familia de Barnabás.
Así
que ésa era tu opinión —dijo K—. Y ¿qué ha cambiado desde entonces?
—No
lo sé —dijo Frieda, y miró la mano de K que mantenía la suya—, quizá no ha
cambiado nada; si estás tan cerca de mí y me preguntas con tanta tranquilidad,
entonces creo que no ha cambiado nada. En realidad, sin embargo —y retiró su
mano, se sentó erguida ante él y lloró sin cubrirse la cara, mostrándole el
rostro bañado en lágrimas como si no llorara por ella y, por lo tanto, no
tuviera nada que ocultar, sino como si llorara por la traición de K y éste
mereciese la desolación de esa visión—, en realidad todo ha cambiado desde que
te he oído hablar con el niño. Con qué inocencia comenzaste, preguntando por su
situación doméstica, por esto y aquello, me pareció como si acabases de llegar
a la taberna, solícito, sincero, buscando mi rostro con celo infantil. No había
ninguna diferencia con aquella vez y me hubiera gustado que la posadera
estuviera aquí, te hubiese escuchado e intentase mantenerse en su opinión. Pero
de repente, no sé cómo ocurrió, noté con qué intención hablabas con el niño.
Con tus palabras compasivas ganaste fácilmente una confianza difícil de ganar
para luego perseguir sin obstáculos tu objetivo, que yo iba identificando más y
más. Ese objetivo era la mujer. A través de tus palabras aparentemente
preocupadas se reflejaba sin ambages el interés exclusivo en tus asuntos. Has
engañado a la mujer antes de ganártela. No sólo escuchaba en tus palabras mi
pasado, también mi futuro, me parecía como si la posadera se sentara a mi lado
y me aclarase todo y yo intentase apartarla con todas mis fuerzas, pero dándome
cuenta de la imposibilidad de semejante esfuerzo y en ello en realidad ya no
era yo la engañada, ni siquiera era yo ya la engañada, sino esa extraña. Y
cuando hice un último esfuerzo y le pregunté qué quería ser y él dijo que
quería ser como tú, esto es, que ya te pertenecía del todo, ¿qué diferencia
podía haber entre él, el niño inocente del que se ha abusado aquí, y yo, de
quien se abusó aquella vez en la taberna?
—Todo
—dijo K; al ir acostumbrándose a los reproches se había serenado—, todo lo que
tú dices es, en cierto sentido, correcto, no se puede decir que no sea verdad,
sólo que es hostil. Son pensamientos de la posadera, mi enemiga, incluso si
crees que son tuyos, eso me consuela. Pero también son instructivos, aún se
puede aprender algo de la posadera. A mí no me los ha comunicado, aunque
tampoco ha sido indulgente conmigo, es evidente que te ha confiado esa arma con
la esperanza de que la emplearías contra mí en un momento especialmente malo o
decisivo; si abuso de ti, ella también lo hace. Pero ahora, Frieda, piensa, aun
cuando todo fuese exactamente tal y como lo cuenta la posadera, sólo sería muy
grave en un caso, si tú no me amaras. Entonces, sólo entonces habría ocurrido
así, que yo te habría ganado con cálculo y astucia para beneficiarme de esa
posesión. Quizá forme parte también de mi plan que aquella vez, para despertar
tu compasión, apareciese ante ti con Olga del brazo, y la posadera ha olvidado
añadir eso en mi cuenta. Pero si no se da ese caso, si no fue un astuto animal
de rapiña el que se apoderó de ti entonces, sino que tú viniste hacia mí, del
mismo modo en que yo fui hacia ti, y nos encontramos olvidándonos de nosotros
mismos, dime, Frieda, ¿qué sería? Desde aquella vez llevo adelante tanto tus
asuntos como los míos, no hay ninguna diferencia y sólo una enemiga puede hacer
distinciones. Eso vale en todas partes, también respecto a Hans. Por lo demás,
en tu delicadeza de sentimientos, exageras la conversación con Hans, pues si
las opiniones de Hans y las mías no coinciden plenamente, tampoco llegan tan
lejos como para que exista una contradicción, además, a Hans no se le han
escapado nuestras diferencias, si creyeras eso, valorarías en muy poco a ese
cauteloso joven y aun en el caso de que le hubieran quedado ocultas, nadie
recibirá un daño por ello, al menos eso espero.
—Es
tan difícil orientarse, K —dijo Frieda, y sollozó—, no he tenido ningún recelo
contra ti, me lo ha contagiado la posadera, y sería feliz de poder deshacerme
de él y pedirte perdón de rodillas, como en realidad hago todo el rato, incluso
cuando digo cosas tan malas. Pero cierto es que mantienes muchos secretos;
vienes y vas, no sé adónde ni de dónde. Antes, cuando Hans llamó a la puerta,
pronunciaste incluso el nombre de Barnabás. Si alguna vez me hubieras llamado a
mí con tanto amor como por un motivo incomprensible gritaste ese nombre odiado.
Si no tienes ninguna confianza en mí, cómo puedo impedir que no se origine
desconfianza en mí, entonces estoy entregada a la posadera a quien pareces
confirmar con tu comportamiento. No en todo, no quiero afirmar que la confirmas
en todo, ¿acaso no has expulsado por mí a los ayudantes? ¡Ay, si supieras con
cuánto anhelo busco algo positivo para mí en todo lo que haces y dices, aun
cuando me atormente!
Ante
todo, Frieda —dijo K—, no te oculto nada: cómo me odia la posadera y cómo se esfuerza
por apartarte de mí y con qué medios despreciables lo hace y cómo tú cedes ante
ella, Frieda, cómo cedes ante ella. Dime en qué te oculto algo. Que quiero
llegar hasta Klamm, ya lo sabes, que no puedes ayudar a lograrlo y que lo tengo
que conseguir por mi propia cuenta, también lo sabes, que hasta ahora no lo he
conseguido, ya lo ves. ¿Tengo que humillarme doblemente al contarte los
intentos fallidos que ya en la realidad me humillan lo suficiente? ¿Tengo acaso
que preciarme de haber esperado en vano, congelándome, al lado del trineo de
Klamm durante toda una tarde? Feliz de no tener que pensar más en esas cosas,
me apresuro a volver contigo y entonces encuentro que de ti emana esa actitud
amenazadora. ¿Y Barnabás? Cierto, le espero. Es el mensajero de Klamm, no he
sido yo el que le ha nombrado.
—¡Otra
vez Barnabás! —exclamó Frieda—. No creo que sea un buen mensajero.
—Quizá
tengas razón —dijo K—, pero es el único mensajero que me han enviado.
Aún
peor—dijo Frieda—, entonces más deberías guardarte de él.
—Por
desgracia, hasta ahora no me ha dado motivo para ello —dijo K sonriendo—, viene
raramente y lo que trae carece de importancia, sólo el hecho de proceder de
Klamm es lo que le confiere valor.
—Pero
mira ahora—dijo Frieda—, ya ni siquiera Klamm es tu objetivo, quizá eso sea lo
que más me intranquiliza; que quisieras llegar a Klamm por encima de mí, era
malo, pero que ahora parezcas querer alejarte de Klamm es mucho peor, es algo
que ni siquiera la posadera ha previsto. Según la posadera, mi suerte terminó,
una suerte muy cuestionable pero real, con el día en que tú viste
definitivamente que tu esperanza en Klamm era vana. Ahora ni siquiera esperas
ese día, de repente entra un niño y comienzas a luchar con él por su madre,
como si lucharas por oxígeno para respirar.
—Has
comprendido correctamente mi conversación con Hans —dijo K—, así fue realmente.
Pero ¿se ha hundido tanto en tu recuerdo tu vida anterior —excepto,
naturalmente, la posadera, que no se deja apartar— que ya no sabes cómo se debe
luchar por avanzar, especialmente cuando se viene de abajo? ¿Te has olvidado de
que hay que utilizar todo aquello que de alguna manera dé esperanza? Y esa
mujer viene del castillo, ella misma me lo dijo cuando me perdí el primer día y
acabé en la casa de Lasemann. ¿Qué otra cosa se me podía ocurrir que no fuese
pedirle consejo e, incluso, ayuda? Si la posadera conoce con exactitud todos
los impedimentos que me separan de Klamm, esa mujer conoce probablemente el
camino, pues ella ha bajado por él.
—¿El
camino hacia Klamm? —preguntó Frieda.
—Claro,
hacia KIamm, ¿hacia dónde si no? —dijo K, que entonces se levantó de un salto.
—Pero
ahora ya ha llegado el momento de que vaya a recoger el tentempié.
Frieda
insistió en que permaneciera con una urgencia injustificada, como si sólo su
permanencia confirmase todas sus palabras confortadoras. K, sin embargo, le
recordó al maestro, señaló hacia la puerta, que en cualquier momento se podía
abrir violentamente, prometió volver en seguida, ni siquiera tenía que encender
la calefacción, él mismo lo haría. Finalmente, Frieda se sometió en silencio.
Cuando K caminaba por la nieve —ya hacía tiempo que tenía que haberla retirado
del camino, extraño lo lento que avanzaba el trabajo—, vio cómo uno de los
ayudantes aún se aferraba a la verja muerto de cansancio. Sólo había uno,
¿dónde estaba el otro? ¿Había logrado romper K la resistencia de al menos uno
de ellos? El que había quedado aún tuvo las energías suficientes, ya que, al
ver a K, se animó de nuevo, extendió los brazos y comenzó a hacer girar sus
globos oculares con anhelo.
—Su
tenacidad es modélica—se dijo K, y se vio obligado a añadir—: Uno se congela
con él en la verja.
Por
lo demás, K sólo tuvo para el ayudante un gesto amenazador con el puño que
excluyó cualquier acercamiento, sí, incluso el ayudante retrocedió asustado un
buen trecho. En ese momento abrió Frieda la ventana, para, como había convenido
con K, airear antes de encender la calefacción. El ayudante dejó inmediatamente
de mirar a K y se deslizó, atraído irresistiblemente, hasta la ventana. Con el
rostro desfigurado por la amabilidad frente al ayudante y de impotencia frente
a K, ella agitó un poco la mano por la parte de arriba de la ventana, ni
siquiera era claro si se trataba de un gesto de defensa o de un saludo. El ayudante,
al acercarse, tampoco se dejó desconcertar. Entonces Frieda cerró deprisa la
ventana exterior y permaneció detrás con la mano en el picaporte, con la cabeza
inclinada hacia un lado, grandes ojos y una sonrisa rígida. ¿Sabía que así
atraía al ayudante más que lo espantaba? Pero K ya no miró hacia atrás,
prefería darse prisa y regresar pronto.
15
CON
AMALIA
Por
fin —ya era de noche— había terminado K de despejar el camino del jardín, había
acumulado la nieve a ambos lados del camino y la había aplanado, terminando el
trabajo del día. Estaba en la puerta del jardín, sin nadie a su alrededor en un
amplio círculo. Hacía horas que había expulsado al ayudante, le había
perseguido durante un buen trecho y se había escondido en algún lugar entre el
jardín y las casas. Ya no le pudo encontrar, pero tampoco apareció más. Frieda
estaba en casa y o lavaba la ropa o seguía bañando al gato de Gisa; era un
signo de confianza por parte de Gisa que dejase a Frieda ese trabajo, por lo
demás, un trabajo desagradable e inadecuado, que K habría rechazado, si no
fuese aconsejable, después de todas las negligencias laborales, aprovechar
cualquier oportunidad para satisfacer a Gisa. Ésta había visto satisfecha cómo
K bajaba la bañera para niños, había calentado el agua y cómo, finalmente,
introducía al gato en la bañera. Entonces Gisa incluso le había dejado al
exclusivo cuidado de Frieda, pues Schwarzer, un conocido de K de la primera
noche, había venido y, después de saludar a K con una mezcla de timidez, cuyo
motivo se encontraba en aquella noche, y un desprecio inmoderado, como
correspondía a un bedel de escuela, se había ido con Gisa a la otra clase. Allí
seguían los dos. Como le habían contado a K en la posada del puente, Schwarzer,
que era hijo de un alcaide del castillo, hacía tiempo que vivía en el pueblo
por amor a Gisa; había conseguido que, gracias a sus conexiones, le nombraran
maestro auxiliar, pero ejercía ese cargo de tal manera que casi nunca se perdía
una clase de Gisa, ya fuese en los bancos entre los niños o, mejor, en la
tarima a los pies de Gisa. Ya no molestaba, los niños hacía tiempo que se
habían acostumbrado y con gran facilidad, pues Schwarzer no sentía ni
inclinación ni comprensión por los niños, apenas hablaba con ellos, sólo había
asumido de Gisa la clase de gimnasia y en lo demás se mostraba satisfecho de
vivir cerca, en la misma atmósfera, en la calidez de Gisa. Su mayor placer
consistía en sentarse junto a ella y corregir los cuadernos escolares. Hoy
también se ocupaban en eso: Schwarzer había traído un buen montón de cuadernos,
el maestro también le daba los suyos, y mientras hubo claridad, K había podido
verlos a los dos sentados a una mesita al lado de la ventana y trabajando,
cabeza con cabeza, inmóviles, ahora, sin embargo, sólo se podían ver dos velas
con llamas vacilantes. Era un amor serio y silencioso el que los unía, el tono
lo daba Gisa, cuya manera de ser algo lenta a veces explotaba y rompía todos
los límites, pero que jamás habría tolerado algo similar en otros, así que el
más vivaracho, Schwarzer, tenía que someterse, andar lento, hablar lento,
callar mucho, pero, eso se veía muy bien, era ricamente recompensado por la
presencia sencilla y silenciosa de Gisa. Y a lo mejor Gisa ni siquiera le
amaba, en todo caso sus ojos redondos y grises, que jamás pestañeaban, que
aparentemente giraban en las pupilas, no daban respuesta a esa pregunta, sólo
se veía que toleraba a Schwarzer sin réplica, pero estaba claro que no sabía
apreciar el honor de ser amada por el hijo de un alcaide y su cuerpo exuberante
seguía contribuyendo como siempre a si Schwarzer la seguía con la mirada o no.
Schwarzer, por el contrario, le ofrecía el continuo sacrificio de vivir en el
pueblo; a los mensajeros del padre, que venían con frecuencia a recogerle, los
despachaba con gran enojo, como si el breve recuerdo del castillo y de sus
obligaciones filiales despertado en él supusiese una considerable perturbación
de su felicidad. Y, sin embargo, en realidad tenía mucho tiempo libre, pues
Gisa sólo se mostraba ante él durante las horas de clase y durante la
corrección de cuadernos; esto, es cierto, no por interés, sino porque amaba más
que nada la comodidad y, por tanto, la soledad, y tal vez cuando se sentía más
feliz era cuando, en su casa, se podía estirar con toda libertad en su sofá,
con el gato a su lado, que no molestaba porque ya apenas se podía mover. Así
pasaba la mayor parte del día Schwarzer sin ocupación alguna, pero también eso
le gustaba, pues siempre tenía la posibilidad, que aprovechaba a menudo, de ir
a la calle Löwen donde vivía Gisa, subir a su pequeña habitación en la
buhardilla, escuchar ante la puerta siempre cerrada y luego volver a irse
después de haber constatado inevitablemente en la habitación el más perfecto e
incomprensible silencio. No obstante, a veces se mostraban en él las
consecuencias de esa forma de vida, aunque nunca en la presencia de Gisa,
mediante erupciones ridículas e instantáneas de un resurgido orgullo oficial,
que, si bien es cierto, no se adaptaba mucho a su situación presente; cuando
eso ocurría no era muy agradable, como K había tenido la ocasión de
experimentar .
Resultaba
asombroso que al menos en la posada del puente se hablase de Schwarzer con
cierto respeto, incluso cuando se trataba de cosas más ridículas que serias, y
también se incluía a Gisa en ese respeto. Pero no correspondía a la realidad
cuando Schwarzer se creía superior a K 'por el hecho de ser maestro auxiliar,
esa superioridad no existía, un bedel es para los maestros, e incluso para un
maestro de la categoría de Schwarzer, una persona muy importante a la que no se
puede despreciar impunemente y a la que, cuando no se pueda evitar despreciarla
por intereses de clase, al menos se le tiene que hacer soportable con la
correspondiente contraprestación. K quería pensar en ello cuando llegara la
ocasión, además, Schwarzer ya le debía algo por la primera noche, una deuda que
no se había reducido porque los días siguientes hubiesen dado razón al
recibimiento de Schwarzer. Pues no se podía tampoco olvidar que ese recibimiento
quizá había dado el tono a todos los restantes. A través de Schwarzer y de un
modo absurdo se había concentrado en las primeras horas toda la atención de la
administración en K, cuando, completamente extraño en el pueblo, sin conocidos,
sin un refugio, yaciendo en un jergón de paja, agotado por la caminata e
indefenso, se encontraba abandonado a cualquier intervención administrativa.
Sólo una noche más y todo podría haber transcurrido de otra manera, con
tranquilidad, semioculto. En todo caso nadie habría sabido nada de él, no
habrían tenido ninguna sospecha, al menos no habrían dudado en dejarle
permanecer allí un día como un joven excursionista, se habrían dado cuenta de
su utilidad y fiabilidad, se habría difundido por el vecindario, quizá habría
encontrado pronto como criado un alojamiento en algún lugar. Naturalmente, no
habría podido zafarse de la administración. Pero era una diferencia notable que
en plena noche, por su culpa, se hubiese puesto al teléfono la administración
central o quien fuese, se la hubiese despertado, se le hubiese exigido, si bien
con humildad, pero con importuna inflexibilidad, además por Schwarzer,
probablemente considerado arriba con reprobación, en vez de, al día siguiente,
haberse presentado K durante las horas de servicio en la casa del alcalde, como
se debía hacer, haberse anunciado como un excursionista forastero que ya había
encontrado un alojamiento en casa de un miembro de la comunidad y que al día
siguiente probablemente partiría, a no ser que se produjese el caso improbable
de que encontrase allí trabajo, sólo por unos días, naturalmente, pues en
ningún caso quería permanecer más tiempo allí. Así, o de una forma parecida,
habría ocurrido sin Schwarzer. La administración habría continuado ocupándose
del asunto, pero con tranquilidad, siguiendo la vía oficial, sin ser molestada
por la impaciencia, probablemente odiada, de las partes. K era inocente de
todo, la culpa recaía en Schwarzer, pero Schwarzer era el hijo de un alcaide y
externamente se había comportado con corrección, así que sólo se podía
indemnizar a K. ¿Y la causa ridícula de todo eso? Quizá el mal humor de Gisa en
aquel día, por lo cual Schwarzer decidió vagar por la noche sin poder dormir y
hacer pagar a K sus penas. Por otra parte también se podía decir que K debía
mucho a esa conducta de Schwarzer. Sólo gracias a ella había sido posible lo
que K en solitario jamás habría logrado, ni jamás habría osado lograr y lo que
por su parte la administración nunca habría reconocido, que él, desde el
principio, sin rodeos, abiertamente y de tú a tú, se había enfrentado a la
administración, en la medida en que eso era posible con ella. Pero era un
regalo envenenado, le había ahorrado a K muchas mentiras y secretos, pero
también le dejaba prácticamente indefenso, en todo caso le perjudicaba en su
lucha y le podría haber desesperado, si no se hubiese dicho que la diferencia
de poder entre la administración y él era tan terrible que todas las mentiras y
la astucia de las que él hubiese sido capaz no habrían podido inclinar esencialmente
esa diferencia a su favor, sino que cualquier cambio siempre habría tenido que
resultar imperceptible. Pero ése sólo era un pensamiento con el que K se
consolaba; Schwarzer, sin embargo, seguía siendo su deudor. Si aquella vez
había dañado a K, quizá la próxima vez pudiese ayudarle, K seguiría necesitando
ayuda, por mínima que fuese, por ejemplo, Barnabás parecía haber fracasado una
vez más. A causa de Frieda, K había dudado durante todo el día si debía ir a
preguntar a la casa de Barnabás; para no recibirle cuando Frieda estuviese
delante, K había trabajado fuera y después del trabajo también se había quedado
en el exterior para esperar a Barnabás, pero Barnabás no había venido. Entonces
no quedaba otro remedio que ir a casa de las hermanas, sólo un rato, sólo
quería preguntar desde el umbral, al poco tiempo estaría de regreso. Golpeó la
nieve con la pala y salió corriendo. Llegó sin aliento a la casa de Barnabás,
abrió después de llamar en ella y preguntó sin ni siquiera fijarse en el
aspecto que presentaba la habitación:
—¿Aún
no ha llegado Barnabás?
En
ese momento comprobó que Olga no estaba, que los dos ancianos estaban otra vez
sentados a una mesa lejana en la penumbra, todavía no se habían percatado de lo
que había ocurrido en la puerta y lentamente giraban sus rostros hacia él, y,
finalmente, vio a Amalia debajo de un cobertor echada en un banco al lado de la
calefacción, asustada por la aparición de K y manteniendo la mano en la frente
para tranquilizarse. Si hubiera estado Olga, habría contestado en seguida y K
podría haberse ido, pero ahora al menos tuvo que dar los pasos necesarios para
acercarse a Amalia, extenderle la mano, que ella estrechó en silencio, y
pedirle que impidiese a los intimidados padres que se molestasen en venir por él,
lo que ella hizo con unas palabras. K se enteró de que Olga cortaba leña en el
patio, que Amalia, agotada —no mencionó ningún motivo—, se había tenido que
echar hacía poco y que Barnabás aún no había llegado, pero que tenía que llegar
pronto, pues nunca pernoctaba en el castillo. K le agradeció la información, ya
se podía ir, pero Amalia le preguntó si no quería esperar a Olga, pero él ya no
tenía tiempo, luego preguntó Amalia, si ya había hablado ese día con Olga, él
lo negó asombrado y le preguntó si Olga tenía algo especial que comunicarle.
Amalia hizo un gesto de enojo con la boca y asintió en silencio, se trataba
claramente de una despedida y se echó de nuevo. Desde esa posición le observó
fijamente como si se sorprendiera de que aún estuviera allí. Su mirada era
fría, inmóvil como siempre, no estaba dirigida hacia lo que observaba, sino que
iba algo más lejos —causando cierto malestar—, lo que la originaba no parecía
una debilidad, ni confusión, ni falta de sinceridad, sino un continuo anhelo de
soledad, que superaba a cualquier otro, y que quizá en ella misma sólo se hacía
consciente de esa manera. K creyó recordar que esa mirada ya le había ocupado
la primera noche, sí, que probablemente la impresión negativa que esa familia
le había dado obedecía a esa mirada que no era fea en sí misma, sino orgullosa
y sincera en su carácter reservado.
—Estás
siempre tan triste, Amalia —dijo K—. ¿Te atormenta algo? ¿Acaso no puedes
decirlo? Nunca he visto una campesina como tú. Hoy mismo, ahora me ha llamado
la atención. ¿Eres del pueblo? ¿Has nacido aquí?
Amalia
lo afirmó como si K sólo hubiese realizado la última pregunta, luego dijo:
—¿Entonces
vas a esperar a Olga?
—No
sé por qué preguntas continuamente lo mismo —dijo K—; no puedo permanecer aquí
más tiempo porque mi novia me está esperando en casa.
Amalia
se apoyó en un codo, no sabía nada de una novia. K mencionó su nombre, pero
Amalia no la conocía. Preguntó si Olga sabía algo de ese noviazgo, K así lo
creía, Olga le había visto ya con Frieda, también se difunden rápidamente esas
noticias por el pueblo. Amalia, sin embargo, le aseguró que no sabía nada y que
eso la haría muy desgraciada, pues Olga parecía amar a K. No había hablado
abiertamente de ello, porque era muy reservada, pero traicionaba involuntariamente
su
amor. K estaba convencido de que Amalia se equivocaba. Amalia sonrió y esa
sonrisa, aunque era triste, iluminó su rostro sombrío y concentrado, hizo que
hablara su silencio, hizo confiada la extrañeza, era la revelación de un
secreto hasta ahora bien guardado del que, si bien podía retractarse otra vez,
ya nunca podría hacerlo del todo. Amalia dijo que estaba segura de no
equivocarse, sí, incluso sabía más, también sabía que K sentía cierta
inclinación por Olga y que sus visitas, que tenían como pretexto los mensaj

